Ladrones de sueños 31 El abismo #2
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31 El abismo #2

Adrián caminaba junto a su ausencia, sosteniendo una lámpara baja.

No se miraban. Tal vez porque el paño impedía el reconocimiento, tal vez porque Adrián empezaba a entender que no todas las responsabilidades se miran de frente sin convertirlas en narcisismo.

Rhea avanzaba detrás, con la cuerda sujeta por Olin.

La operadora observaba las piedras, los postes, las farolas muertas y los cables enterrados como quien ve por primera vez el esqueleto del negocio que la alimentó.

Christina abría camino con la pistola en una mano y la campanilla de Veyr en la otra.

Cada pocos metros, el suelo intentaba corregirse bajo sus botas: una piedra parecía escalón de casa; una sombra adoptaba forma de pasillo; un montón de nieve sugería una cama limpia; una farola rota emitía durante un segundo la música suave de Dulces sueños.

Christina tocaba la campanilla una vez, y la ruta volvía a ser mala, fría, estrecha.

La fealdad seguía salvándolos con una eficacia que ningún folleto habría sabido vender.

—El abismo está cerca —dijo la ausencia.

—No hemos venido a visitarlo —respondió Christina.

—No necesita visita. Está en el borde de todo sueño que se queda sin dueño.

Rhea habló desde atrás.

—Eso se parece demasiado a una frase de Volkar.

La ausencia giró un poco la cabeza bajo el paño.

—Volkar aprendió a decir cosas que ya existían.

—Y a cobrarlas.

—Sí.

La subida se estrechó al llegar a la estación exterior de Aguas Frías.

No era una estación como las imaginaciones comerciales del valle habrían fabricado: no había andenes limpios, ni trenes, ni refugio heroico bajo la nieve.

Era un conjunto de construcciones bajas, parcialmente enterradas, con chapa, piedra, madera negra, cables tensados entre postes, campanas de distintos tamaños colgadas en series, depósitos de combustible vacíos o casi vacíos, antenas dobladas y una torre de vigilancia tan humilde que parecía un puesto de cazadores.

En la pared principal había marcas de sal, fechas raspadas, nombres incompletos y una frase escrita con pintura blanca sobre metal oxidado: DORMIR POR TURNOS NO ES VIVIR, PERO VIVE MÁS QUE DORMIR JUNTOS.

Cerca de la entrada, una camilla exterior estaba volcada.

Había sangre vieja en la nieve. Laro Emet no estaba.

Tampoco la médica Idena había mentido: aquel lugar olía a humanidad sostenida por alambres, no a salvación.

Adrián se detuvo ante la puerta.

—Esto no parece un exterior esperando rescatarnos.

—Suele pasar con los exteriores reales —dijo Christina.

Olin se acercó a una de las campanas y la miró de reojo.

—¿Esta se toca?

—No toque nada que no le haya insultado primero.

—Regla prudente.

La ausencia de Adrián avanzó hasta el centro del patio de estación. La luz gris se concentró alrededor de sus pies. Por debajo del paño que le cubría la cara, la humedad negra goteó sobre la nieve y no se mezcló con ella. Formó pequeños agujeros. Rhea dio un paso atrás.

—Está abriendo drenaje.

—No —dijo la ausencia—. Me están reconociendo.

—Quién —preguntó Christina.

El viento cambió antes de que respondiera.

Las campanas no sonaron. Vibraron. Todas a la vez, sin golpe, sin mano, emitiendo un temblor bajo que se metió en los dientes.

La estación pareció alejarse unos metros sin moverse.

Las rocas del fondo perdieron textura. La carretera gris apareció más allá del patio, extendiéndose hacia una niebla donde los postes con campanas se repetían hasta el límite de la vista.

Y detrás de la carretera, durante un segundo, hubo ciudad.

No una ciudad humana, aunque imitaba la idea: torres negras, planos inclinados, ventanas sin hueco, puentes que no unían nada, fachadas como rostros incompletos, agua suspendida donde debería haber cielo.

No estaba allí del todo. Era una superposición al fondo de la salida, una presencia esperando que alguien eligiera mal la dirección del sueño.

Christina sintió náusea. No miedo puro. Náusea de reconocer que el mundo apócrifo no era un monstruo que cruzaba una puerta, sino una inteligencia de imitación que había aprendido paciencia durante décadas.

Si el valle soñaba con salida, la ciudad negra se colocaría al fondo de la salida.

Si soñaba con muertos, hablaría con voces de muertos.

Si soñaba con descanso, olería a vainilla.

Si soñaba con orden, proyectaría una torre.

No necesitaba inventar deseo. Bastaba con ocuparlo.

—Ahí está —susurró Adrián.

—No lo mire como descubrimiento —dijo Christina—. Mírelo como una enfermedad con buena arquitectura.

La ausencia se quitó el paño de la cara.

Adrián intentó detenerlo, pero Christina levantó la mano.

El rostro de la copia estaba deshaciéndose, no de manera sangrienta, sino administrativa: los rasgos perdían prioridad, como si el sistema dejara de invertir en mantenerlos.

La ciudad negra al fondo reaccionó. Algunas de sus torres inclinaron líneas hacia la estación. No eran ojos, pero miraron.

—Si cruzo hacia la carretera, arrastro mi falta fuera de los puntos —dijo la ausencia—. Si me quedo, volverán a usarme como hueco interior. Si entro en la ciudad, seré puerta.

—Entonces no entre en la ciudad —dijo Olin—. Lo digo con mi vasta experiencia en no entrar en ciudades negras.

—La carretera pasa cerca.

Rhea habló con voz baja, casi contra su voluntad.

—Necesita ancla exterior. Algo que no pertenezca al valle ni al mundo apócrifo. Si cruza solo, la ciudad lo puede nombrar. Si cruza con algo de estación, quizá la ruta lo clasifica como tránsito, no entrega.

Christina miró alrededor.

—Qué.

Adrián señaló una campana pequeña caída junto a la camilla. No era de las series colgadas. Era una campana manual, de hierro mate, con el mango envuelto en tela.

—Eso.

Olin la recogió con una mueca.

—Tiene sangre.

—Mejor —dijo Christina—. La sangre es poco publicitaria.

La ausencia tomó la campana. Al tocarla, su mano dejó de gotear negro durante un instante. La ciudad del fondo se tensó. Las torres no se movieron, pero algo cambió en la perspectiva. La carretera parecía más larga y más estrecha.

La radio de Brida crepitó.

—Aguas Frías, lectura de drenaje subiendo. La malla aguanta. Pero hay retorno desde ciudad negra hacia Lavadero y Escuela. Si la ausencia cruza, debe cruzar ya o lo perdemos. Cinco minutos de ventana. Quizá menos.

Sam entró desde Depósitos, sin permiso, jadeando y con la caja de testigos golpeándole el costado.

—No empiece —dijo Christina sin volverse.

—No vengo por Veyr. Vengo por testigo.

—Le dije que se quedara.

—Y yo he descubierto que obedezco mal cuando alguien intenta mandar una despedida ajena. Además, Veyr me mandó. Dijo que necesitaban a alguien que declarara que esto ocurrió sin convertirlo en canción.

Christina maldijo en voz baja. Después le dio la razón con un gesto mínimo.

—Haga de testigo. Sin nombres completos.

Sam se colocó junto al borde de la carretera gris, temblando, pero no miró a la ciudad negra. Miró la nieve sucia, las campanas, la sangre en la mano de la ausencia, el paño mojado, la cara de Adrián, las botas de Christina.

—Veo estación exterior de Aguas Frías —dijo—.

Veo nieve que no está limpia. Veo una carretera que no nos ha prometido nada.

Veo una campana con sangre. Veo una ausencia con cara prestada.

Veo al Ross vivo despierto, aunque parezca que no le conviene.

Veo a Christina Bequer apuntando porque es su forma de rezar sin admitirlo.

Veo a Rhea Plass asustada de algo que no puede vender.

Veo a Olin con escopeta y mala postura. Veo que la ciudad negra está al fondo y que nadie la ha invitado a cenar.

—Muy bien —murmuró Olin—. Me siento correctamente representado.

La ausencia levantó la campana.

—Si cruzo, no me sigan.

Adrián dio un paso.

—Es mi culpa.

La copia lo miró, y por primera vez pareció compadecerlo.

—No eres tan importante.

La frase fue brutal y misericordiosa a la vez. Adrián se quedó quieto.

—Fuiste una llave cansada —continuó la ausencia—. No la puerta. No el mundo. No el error entero. Deja de intentar serlo todo para que el daño tenga forma de ti.

Adrián no lloró. Le habría resultado más fácil.

La ausencia cruzó el primer tramo de carretera.

Las campanas de los postes vibraron una a una, no como llamada, sino como recuento.

Sam habló sin dejar de mirar cosas concretas.

Christina mantuvo el arma apuntada a la ciudad, sabiendo lo absurdo del gesto y necesitándolo de todos modos.

Rhea murmuraba códigos de cierre comercial, revocando cualquier intento de Dulces sueños de nombrar aquello como tránsito seguro.

Olin rezongaba insultos contra la carretera, contra la nieve, contra los postes y contra la mala idea general de tener piernas.

Adrián sostenía la lámpara baja tan fuerte que se quemó los dedos y no la soltó.

A mitad de la carretera, la ciudad negra respondió.

No atacó con criaturas. No envió una sombra con garras.

Hizo algo peor: corrigió la carretera para que pareciera menos hostil.

La nieve se limpió. Las señales oxidadas recuperaron letras legibles.

Las campanas dejaron de estar torcidas. Al fondo, la ciudad negra se ocultó detrás de una luz de amanecer verdadero.

Durante un instante, la ruta pareció segura, casi hermosa.

—No —dijo Christina.

La ausencia se detuvo.

Sam gritó:

—¡La carretera está mintiendo! ¡La nieve era sucia! ¡Las señales estaban podridas! ¡Olin olía a pólvora vieja!

—¡Eh! —protestó Olin.

La nieve volvió a ensuciarse. La ciudad reapareció al fondo, irritada sin moverse. La ausencia siguió caminando.

Entonces la voz de Laro Emet llegó desde la niebla.

—Tengo sueño.