31 El abismo
La luz gris del Camino de Aguas Frías no iluminaba como las farolas, ni como las lámparas bajas, ni como los anuncios de Dulces sueños antes de que el valle aprendiera a desconfiar de todo lo amable.
Era una claridad pobre, oblicua, casi de amanecer cansado, extendida sobre la garganta occidental con la misma prudencia de quien abre una puerta lo justo para mirar si al otro lado hay alguien esperando con un cuchillo.
Christina la vio desde la calle de los Transformadores mientras bajaba del edificio de luz con Adrián, Rhea, Brida, Olin y la ausencia cubierta de Adrián caminando entre ellos como una herida con piernas.
Sobre sus cabezas, los drones habían dejado de formar el círculo perfecto de siempre y volaban en una malla irregular, menos bella, menos tranquilizadora, pero viva.
Cada máquina arrastraba una franja de zumbido distinto, algunas más bajas, otras demasiado altas, una con la luz lateral dañada, otra emitiendo destellos que Brida corregía por radio desde un panel portátil colgado al cuello.
La torre negra sin ventanas ya no ocupaba todas las calles, pero sus fragmentos seguían apareciendo en esquinas húmedas, en cristales rotos, en charcos quietos y en los ojos de quienes se habían quedado demasiado tiempo mirando las farolas.
La derivación había ganado seis horas, no una salvación; seis horas para que el sueño dejara de acumularse dentro de las casas y corriera por rutas feas, vigiladas y parciales: Lavadero, Cementerio, Escuela, Archivo, Dulces sueños clausurado, Aguas Frías.
Seis horas para enseñar al valle a no dejarse soñar entero.
Seis horas para llevar una ausencia hasta una salida que quizá no era salida, sino desagüe, frontera o hambre con mejor educación.
Volkar quedó atrás, en la sala de sincronía, esposado a una tubería de mantenimiento, con la rodilla rota, la boca ensangrentada y Olin vigilándolo con una escopeta cargada y una disposición moral muy sencilla.
Christina había estado a punto de llevarlo, porque los hombres como Volkar siempre parecían tener una última pieza escondida en la manga, pero Brida necesitaba la sala de luz limpia de su voz y Rhea había dicho algo útil por primera vez sin veneno: “Si lo llevas a una ruta abierta, hablará como si el mundo tuviera que elegirlo de traductor.” Así que lo dejaron allí, sin micrófonos, sin firmas archivadas, sin terminal portátil, con Kael Ormun atado en la sala inferior y un técnico con orden de golpear cualquier altavoz que empezara a sonar con demasiada calma.
La última frase de Volkar antes de que Christina cerrara la puerta había sido casi un susurro: “El abismo no necesita que yo hable.” Christina no le respondió.
Era verdad o quería parecerlo, y ambas cosas merecían el mismo silencio.
La calle hacia Depósitos estaba llena de gente despierta haciendo cosas que, doce horas antes, habrían parecido ridículas o propias de una feria vieja: mujeres clavando paños oscuros sobre escaparates, niños sentados en corros mordiendo cortezas de pan mientras maestras les pedían que describieran objetos del aula, técnicos cubriendo lectores con mantas para protegerlos de las pantallas rotas, ancianos pasando sal de mano en mano como si repartieran tabaco de contrabando, agentes de Tersen escoltando a vecinos con cápsulas en rojo hacia refugios de vigilia, estériles oníricos que habían pasado de escribir panfletos sobre el derecho al sueño a gritar normas sobre cómo no seguir una voz si esa voz pronunciaba tu nombre desde una tubería.
La violencia no había desaparecido. En la plaza seguían oyéndose golpes, discusiones, llantos y la voz de Mallas intentando abrir archivos con testigos sin que una multitud lo despellejara administrativamente allí mismo.
En el Lavadero, según la radio, las compuertas expulsaban agua negra a intervalos, y cada expulsión exigía una campana, tres testigos y una lavandería entera insultando al desagüe para que no se sintiera invitado.
En la funeraria, Evan y Nola cerraban despedidas como quien cose heridas con hilo húmedo.
En Escuela Baja, Mina Vey dirigía a otros niños con una autoridad extraña, repitiendo que una imagen bonita no se toca hasta que sabe decir dónde guarda el polvo.
Y en Dulces sueños, Livia Noss quemaba residuos comerciales en hornos de mantenimiento, obligando a la empresa a oler a cable, vómito y tela quemada en vez de vainilla.
El valle se estaba salvando de la manera más torpe posible: volviéndose concreto.
Sam los esperaba en Depósitos con la cara blanca, una lámpara baja en la mano y la caja de testigos NOCHE CERO colgada del hombro.
No estaba solo. Veyr Domas permanecía dentro de la cámara de sal, sentado en un banco, con las manos sobre las rodillas y la mirada fija en el suelo, más pálido que antes, pero estable.
Idena Sull le había revisado el implante exterior, le había cambiado una venda y ahora se mantenía apoyada en el marco, demasiado herida para correr, demasiado terca para quedarse fuera de una decisión que podía afectar a Aguas Frías.
Al ver al Ross enterrado cubierto con paños, Veyr cerró los ojos como si reconociera una clase de problema, no una persona.
—Traen una falta con forma —dijo.
—Traemos muchas cosas —respondió Christina—. Esa es una.
Sam miró a Adrián, luego a la copia cubierta.
—¿Cuál es cuál?
—El que parece peor soy yo —dijo Adrián.
—Eso no ayuda tanto como cree.
La ausencia de Adrián levantó un poco la cabeza bajo el paño.
—Yo no soy él.
Sam tragó saliva.
—Eso sí ayuda menos.
Idena se acercó al Ross enterrado sin tocarlo. Observó la humedad negra que empapaba los paños de sus manos, la manera en que las líneas de sal se deshacían alrededor de sus dedos y el temblor de la marca de tres puntos en la muñeca.
—Si lo llevamos a Aguas Frías, debe ir sin que nadie lo nombre, sin que nadie lo mire al rostro y sin que nadie le pida prueba de humanidad. No es un reaparecido consciente. No es un muerto. No es exterior. Es una presión con memoria de hombre.
—Qué protocolo tiene eso —preguntó Olin, que había llegado detrás tras dejar a Volkar bajo vigilancia de Brida y un agente.
—Uno que acabo de inventar.
—Bien. Me gustan los protocolos jóvenes. Todavía no han tenido tiempo de decepcionar.
Veyr Domas levantó la vista hacia Sam. Durante toda la noche, el padre y el hijo habían evitado la palabra que los unía y los separaba.
La cámara de sal había hecho su trabajo: Veyr seguía siendo una persona posible, no una llamada.
Pero la luz gris de Aguas Frías lo estaba despertando de otra manera.
La ruta exterior reconocía su implante, su campana, sus años fuera, sus estaciones de vigilia.
También podía reconocer su deseo. Y el deseo de un hombre que vuelve a ver a su hijo después de décadas es tan peligroso como cualquier monstruo si una puerta sabe alimentarse de él.
—No puedo guiaros hasta arriba —dijo Veyr—. Si cruzo con él, la ruta confundirá regreso con retirada. Pero puedo tocar la campana desde aquí.
Sam apretó la caja de testigos.
—Yo voy.
Veyr negó.
—No.
—No eres quien decide.
—Esta vez sí sé algo que tú no sabes.
—Llevas toda la noche con esa ventaja y empieza a cansar.
Veyr se puso de pie con lentitud. La sal crujió bajo sus botas.
—Si subes conmigo en el mismo tramo, la ruta te ofrecerá una versión de mí que no tenga huecos.
Un padre limpio. Un hombre que volvió a tiempo.
Uno que recuerda todos tus años. Uno que no te pida no llamarlo por su nombre.
Y no sabrás rechazarlo porque ninguna persona rechaza bien lo que merecía de niño.
Sam se quedó quieto. No hubo sollozo ni abrazo ni perdón. Solo una verdad demasiado precisa atravesándole la cara.
—Te odio un poco por decir eso bien —murmuró.
—Mejor eso que amarme mal esta noche.
Christina dejó que el silencio durara un segundo. Después hizo lo que mejor sabía hacer: lo rompió con una orden.
—Sam se queda en Depósitos con Veyr e Idena.
Campana única cuando Brida lo indique por radio.
Si oyen dos campanas desde arriba, no responden.
Si oyen voces pidiendo apertura completa, insultan, muerden sal y apagan luces blancas.
Adrián viene. Rhea viene. Olin viene. La ausencia viene.
Tersen, si está libre, nos alcanza en la garganta.
La radio de Tersen respondió de inmediato, como si hubiera estado escuchando con un oído mientras sofocaba otro incendio.
—No estoy libre. Estoy en Plaza con treinta vecinos gritando, seis representantes leyendo archivos, Mallas a punto de ser linchado por notas al pie y una señora de ochenta años intentando pegar a Rhea en ausencia. Pero mando dos agentes a media ruta y subo en cuanto pueda.
Rhea arqueó una ceja.
—¿La señora ha especificado motivo?
—Ha dicho “por todo”. Me parece jurídicamente sólido.
Olin soltó una risa breve. Christina no.
—Mantenga plaza despierta.
—Eso intento. Marek está sirviendo café en el archivo municipal. Nadie duerme, pero varios quieren matarlo.
—Normal.
La subida hacia Aguas Frías comenzó por la ruta lateral, no por el camino de farolas blancas.
Idena marcó las primeras piedras con sal seca y Veyr tocó una vez la campana de hierro desde la puerta de Depósitos.
El sonido viajó por la garganta como una cosa pequeña que conoce bien su trabajo.
A lo lejos, la luz gris respondió abriéndose un poco más entre rocas.
La antigua carretera, o su posibilidad, no apareció completa.
Solo tramos: una barandilla oxidada, una señal sin letras, el borde de un asfalto agrietado bajo nieve sucia, campanas colgadas de postes inclinados.
La ruta no quería mostrarse como postal.
Eso la hacía más creíble y más inquietante.