30 Ladrones de sueños
La torre negra proyectada por las farolas no tenía volumen real, y aun así Ðawn’s Falł entero empezó a caminar como si hubiera aparecido un edificio nuevo en medio de sus calles.
La sombra no caía sobre el valle siguiendo las leyes normales de la luz, porque no pertenecía a una sola fuente ni obedecía a una dirección; se inclinaba sobre las fachadas desde todos los ángulos a la vez, se doblaba sobre los tejados, se estiraba por las aceras, se metía bajo los arcos de la plaza, atravesaba las ventanas cubiertas con mantas y manchaba de oscuridad el interior de las casas donde la gente todavía intentaba contar botones, morder sal o declarar sueños con testigos.
Era una torre sin ventanas, sin puerta visible, demasiado alta para cualquier proporción del pueblo, y sin embargo cada vecino la reconoció de una manera distinta: algunos como la torre dibujada por niños en los primeros informes de fiebre de amanecer; otros como la forma vertical que aparecía al fondo de los productos fallidos de Dulces sueños; otros como la mancha que sus abuelos llamaban “el palo del lago” cuando querían asustar a los pequeños para que no miraran palanganas de noche; y Christina, que no creía en reconocimientos hasta tener una razón para desconfiar de ellos, la reconoció como algo peor que una aparición.
Era una firma. La cascada lógica había encontrado el símbolo que podía unir a todos los sueños parciales, a todas las despedidas abiertas, a todas las ganas de exterior, a todas las ausencias defendidas por los drones y a todos los anuncios comerciales que prometían descanso sin dolor.
La torre no explicaba nada, no ofrecía nada, no amenazaba con palabras.
Bastaba con estar. Allí donde el valle había puesto luces para que la noche no entrara, la noche acababa de aprender a proyectar una forma común.
Olin Vark, con la escopeta ya cargada y la cara de un hombre arrepentido de haber pedido más emoción a la vida, miró la sombra de la torre arrastrándose por la calle.
—No pienso disparar a una sombra —dijo—. Lo digo por si alguien esperaba una heroicidad estúpida de las mías.
—Guarde los cartuchos para algo que sangre —respondió Christina.
—Eso reduce mucho el optimismo.
Adrián Ross avanzaba a su lado con el rostro partido por la urgencia y por la visión de su doble envuelto en paños de sal.
El Ross enterrado caminaba un paso detrás, con las manos cubiertas para no contagiar carretera por contacto, la cabeza inclinada y una respiración que parecía depender de los fallos de los drones.
Rhea Plass iba atada por la cintura, pero ya no forcejeaba.
Miraba las farolas con un horror técnico, no supersticioso.
Para ella, cada parpadeo en orden contrario era una capa de permisos cayendo, una marca convertida en otra cosa, una firma corporativa absorbida por un símbolo más antiguo que cualquier cabina.
Tersen los seguía por radio desde Plaza Central, gritando órdenes entre choques, campanillas y voces de vecinos.
La plaza no había estallado del todo, pero la sombra de la torre había dividido la multitud otra vez: unos querían refugiarse en el archivo municipal para leer la verdad bajo lámparas bajas; otros gritaban que la torre demostraba que había que subir a Aguas Frías antes de que el valle fuera cerrado de nuevo; otros, los más peligrosos, se habían quedado quietos, mirando la sombra con la calma dulce de quienes han encontrado por fin una forma donde colocar todos sus miedos.
—Brida —dijo Christina por radio—. Estado del edificio de luz.
La respuesta llegó rota, con chasquidos de relés y un zumbido que no estaba antes.
—Volkar entró por mantenimiento norte...
usó credencial de firma retirada... no sé cuál...
tenemos dos técnicos dormidos despiertos...
Kael repite frases desde la sala de repetidores...
la matriz de farolas está en modo inversión...
no puedo recuperar patrón sin cortar tres rutas a la vez... si corto mal, los drones caen.
—¿Dónde está Volkar ahora?
—Subiendo a sala de sincronía. Quiere techo completo. Si alcanza la consola alta, podrá usar la desviación de los drones para convertir la torre en patrón de sueño común. No será solo sombra. Será destino onírico.
Adrián cerró los ojos un segundo.
—Quiere reemplazar el bloqueo Harrow por patrón Volkar.
Rhea soltó una risa seca.
—No Volkar. Él no se pondría su nombre a una cosa que pretende sobrevivirle. Lo llamará continuidad, transición, exterior regulado o alguna basura elegante.
—Qué hace en términos de herramienta —dijo Christina.
Adrián respondió rápido, agradecido por la orden concreta.
—Los drones bloquean fase profunda mediante barrido nocturno coordinado.
Si él introduce un patrón común en la red de farolas y lo sincroniza con el desvío de los drones, cuando la gente entre en micro sueño no verá imágenes dispersas.
Verá la torre. Todos. La torre se convierte en sala de espera.
Dulces sueños ya hizo algo parecido con productos de duelo, pero a pequeña escala y con permisos. Esto sería para todo el valle.
—Y la cascada de cuarenta y ocho horas.
—Se acelera. La cuenta deja de importar si consigue que la población comparta un mismo símbolo estable. La fase profunda podría abrirse esta noche por concentración, no por fallo total.
Rhea miró a Christina.
—Eso era lo que él quería desde el principio. No abrir mil puertas. Crear una sola puerta que la gente reconozca como inevitable.
La palabra inevitable hizo más daño que amenaza.
Christina aceleró el paso. El edificio de luz se levantaba al final de la calle de los Transformadores, una construcción baja de hormigón viejo, ventanas estrechas, antenas, acumuladores, torretas de cable y una torre central donde se alojaban las consolas de sincronía.
No era alto, pero en el valle siempre había parecido más alto que el Ayuntamiento porque por la noche todo pasaba por allí: farolas, rutas de seguridad, puntos de sueño frío, alarmas, cierres de barrios, avisos de tormenta, patrones de los drones.
La gente lo llamaba edificio de luz por costumbre, pero Harrow lo habría llamado algo más incómodo: órgano de párpados. Abría y cerraba la visión del pueblo.
Al aproximarse, vieron a dos técnicos tumbados junto a la puerta norte.
No estaban dormidos. Tenían los ojos abiertos y sonreían con una serenidad vacía, murmurando una frase repetida: “La torre no pide, espera.” Brida Senn salió del vestíbulo con una llave inglesa en la mano y una quemadura en la mejilla.
Tenía el pelo suelto, la ropa manchada de aceite y la mirada de quien lleva demasiadas horas manteniendo de pie una máquina que no se merece el esfuerzo.
—Tarde —dijo.
Christina levantó un dedo.
—Una persona más me dice eso y empiezo a disparar por gramática.
Brida señaló hacia arriba.
—Volkar subió con un terminal portátil. No va solo. La firma estable de Rhea no era la única. Trae voces retiradas en una cápsula de operador. Mi sistema las reconoce como autorizaciones antiguas. No puedo bloquearlas sin bloquear también rutas de dron.
Rhea palideció.
—¿Qué voces?
Brida la miró.
—Operadores muertos. Coordinadores de duelo. Dos firmas de Supervisión fundacional. Una de Harrow parcial.
Adrián se volvió de golpe.
—Harrow.
—Parcial —repitió Brida—. No sé si es copia, residuo, fragmento de manual leído por cápsula o una falsificación muy buena. Pero cada vez que intento cerrar una ruta, responde con protocolo correcto y me obliga a elegir entre dos desastres.
Christina pensó en el libro escondido bajo sacos de patatas en El Deshielo, en el manual arrancado, en las notas que habían salvado y confundido a todos.
Si Volkar tenía una firma parcial de Harrow, entonces no solo usaba símbolos de Dulces sueños y deseo de exterior; usaba la autoridad de quien había diseñado la contención doméstica.
Robaba también la voz del que había enseñado a no soñar.
—Subimos —dijo.
Brida bloqueó con el cuerpo la entrada a la escalera.
—No todos. La sala de sincronía no soporta muchas cápsulas activas. Y esa cosa —miró al Ross enterrado— hará que la red intente resolverlo como error.
—Viene —dijo Christina.
—Entonces envolverle las manos no bastará. Hay que apagarle el nombre.
Adrián habló antes de que Christina preguntara.
—No tiene nombre limpio.
—Tiene mi cara —respondió Brida—. Para el sistema eso ya es un nombre a gritos.
Rhea intervino con una sequedad práctica.
—Cúbranle la cara.
El Ross enterrado aceptó sin resistencia.
Olin le pasó un paño oscuro, de los que Nola había usado para cubrir registros funerarios.
Adrián dudó, luego fue él mismo quien lo ató sobre el rostro de la copia, dejando solo espacio para respirar.
El gesto fue íntimo y espantoso: un hombre tapando su propia ausencia para que no lo reconociera una máquina.
—Si no ve, ¿puede caminar? —preguntó Christina.
El doble respondió desde debajo del paño.
—Veo lo que falta.
—Eso es un sí horrible. Vamos.
Subieron por la escalera de servicio. Brida abría camino con llaves, códigos y golpes de llave inglesa cuando los códigos respondían con amabilidad sospechosa.
Olin cerraba la marcha con la escopeta. Rhea caminaba delante de él, atada, y no hizo ningún comentario sobre la distancia del cañón.
Adrián iba junto a Brida, leyendo el sistema desde un panel portátil.
Christina mantenía la pistola preparada, pero el edificio no ofrecía blancos claros: ofrecía altavoces susurrando voces retiradas, luces que cambiaban de tono al detectar sus heridas, pantallas donde la torre negra aparecía y desaparecía en esquemas de sincronía, y puertas que intentaban abrirse hacia habitaciones que no estaban en los planos.
En el primer descansillo, un altavoz habló con la voz de Marek:
—Abajo hay café. No subas más, Christina.
Ella disparó al altavoz sin detenerse.
—Marek nunca me ofrecería café para salvarme. Me lo cobraría.