29 Violencia #3
No bastó. Sira se lanzó hacia el Ross enterrado con los brazos abiertos, no para atacarlo, sino para tocarlo. Christina bajó los escalones, pero Adrián llegó antes y se interpuso.
—No lo toque.
—Es salida —dijo Sira.
—Es daño.
—Es prueba.
—Yo también lo soy y no me abraza nadie.
Sira lo abofeteó. Adrián cayó de lado contra los escalones.
El Ross enterrado reaccionó como una sombra mal enseñada: su mano salió disparada y agarró la muñeca de Sira.
No apretó fuerte. No hizo falta. La mujer se quedó rígida.
Sus ojos se volvieron hacia arriba. Vio algo.
Lo que fuera la hizo sonreír con una dicha terrible.
—Carretera —susurró.
Christina golpeó la mano del doble con la culata. El contacto se rompió. Sira cayó al suelo, convulsionando. Tersen y Solenne la sujetaron. Jaro le metió sal bajo la lengua y le gritó su dirección, el nombre de su taller, el peso de sus botas. La sonrisa tardó en desaparecer.
La plaza ya no murmuraba. Estaba al borde del pánico.
Christina apuntó al Ross enterrado.
—Dije útil, no contagioso.
El doble miró su propia mano con horror lento.
—No sabía que podía hacerlo.
—Aprenda rápido o lo cierro aquí mismo.
Adrián se levantó, con el labio partido.
—No lo ha hecho queriendo.
—La mitad de los desastres de esta noche tampoco.
Rhea bajó la voz.
—La ausencia transmite visión por contacto. Volkar mataría por verlo.
—Volkar no va a matar a nadie mientras siga en la escuela —dijo Christina.
La radio de Tersen respondió con una ironía cruel: disparos de fondo, gritos, la voz de un agente.
—Escuela a Central. Volkar ha escapado. Repito, Volkar ha escapado. Mallas estaba en plaza, la custodia se redujo para enviar refuerzos. Ha usado a una maestra dormida como distracción. Idena herida, viva. Mina estable. Volkar se dirige al edificio de luz o a Dulces sueños, no confirmado.
El silencio que siguió fue absoluto.
Christina miró a Tersen. Tersen miró a Mallas. Mallas, por primera vez, pareció no tener defensa ni frase.
—Lo necesitábamos vivo —dijo Mallas.
—Y vigilado —respondió Christina.
Nared soltó una maldición. Rhea cerró los ojos con rabia, quizá porque entendía mejor que nadie lo que Volkar podía hacer si alcanzaba cualquier firma residual.
Adrián miró al edificio de luz, cuya torre baja se veía desde la plaza como una sombra contra la niebla.
Sobre ella, tres drones acababan de desviarse un poco más.
La violencia, ahora, tenía rostro libre.
Christina bajó la pistola lo justo para recargar. El gesto hizo que varias personas retrocedieran.
—Se acabaron los grupos grandes —dijo—. Tersen, contenga plaza y abra archivo con representantes. Nared, Solenne, controlen estériles. Evan y Nola siguen con funeraria. Rhea viene conmigo. Adrián también. Ross enterrado también, con manos cubiertas. Olin...
—Ya sé —dijo Olin—. Hacer algo estúpido pero útil.
—Exacto. Viene.
—Por fin reconocimiento profesional.
Mallas intentó hablar.
—Yo debería...
—Usted abre archivos o la plaza lo abre a usted.
No hubo réplica.
Christina se volvió hacia la torre del edificio de luz.
Si Volkar llegaba allí, podría usar la desviación de drones, la cascada lógica y quizá las firmas archivadas para convertir los fallos parciales en una narrativa única: sueño, exterior, descanso, intercambio, todo bajo su dirección.
Si llegaba a Dulces sueños, podría reactivar cabinas privadas.
Si llegaba a Cementerio, quizá usaría al Ross enterrado o a lo que quedaba de las despedidas.
Cualquier ruta era mala. Eso reducía la elección.
—Edificio de luz —dijo Adrián, leyendo el patrón de los drones—. Quiere la matriz, no las cabinas.
Rhea asintió.
—Las cabinas ya hicieron su parte. Ahora necesita techo.
—Entonces vamos al techo —dijo Christina.
La plaza se abrió a su paso no por obediencia, sino por miedo a lo que caminaba con ella: una detective armada, el técnico culpable, una operadora de sueños atada, un borracho con escopeta vacía y una ausencia de Adrián Ross con las manos envueltas en paños de sal.
Nadie habría diseñado un equipo así para salvar un valle.
Quizá por eso todavía tenían alguna posibilidad.
Al salir de Plaza Central, Christina oyó detrás el primer golpe contra la puerta del archivo municipal, luego la voz de Mallas ordenando lámparas bajas, luego a Marek gritando que quien entrara sin café saldría a patadas, luego a una niña contando en voz alta las baldosas para que su madre no siguiera una visión.
La violencia seguía allí, pero también algo más difícil: gente aprendiendo a no obedecer ni al miedo ni al deseo de inmediato.
Entonces, desde el edificio de luz, todas las farolas del valle parpadearon en orden contrario.
Una vez.
Dos.
Tres.
Y en la cuarta, en lugar de apagarse, proyectaron sobre las calles una sombra común: una torre negra sin ventanas, inclinada sobre Ðawn’s Falł como si hubiera estado esperando al otro lado de cada sueño.
Olin cargó por fin la escopeta con dos cartuchos.
—Ahora sí me he puesto nervioso —dijo.
Christina no le pidió que la descargara.