29 Violencia #2
—Esto pasa cuando sacan una ausencia antes de enfriarla —dijo la copia.
No alzó la voz. No hizo gesto teatral. Bastó. Los hombres retrocedieron como si la frase hubiera llegado desde el interior de su propio duelo. Evan miró a Christina, luego al doble, y decidió no preguntar.
—Gracias —dijo, y pareció odiar necesitar decirlo.
—Cierre las despedidas principales y mande a Marek a Plaza con café —ordenó Christina.
—Marek ya fue. Dijo que, si iba a morir, prefería hacerlo insultando multitudes.
—Reconfortante.
Avanzaron hacia Plaza Central con Adrián a un lado y el doble al otro, formando una imagen que habría sido absurda cualquier otra noche: la detective, el informático culpable y su ausencia semiviva caminando entre vecinos que empezaban a soñar despiertos.
La violencia se volvía más visible a cada calle.
En el punto de control de la cuesta, una mujer golpeaba la pantalla con una piedra mientras gritaba que no quería más diagnósticos.
Un técnico intentaba proteger el lector con el cuerpo.
Christina empujó a la mujer contra la pared sin suavidad.
—La pantalla, sí. El lector, no.
—¡Me han mentido toda la vida!
—Rompa lo que miente, no lo que mide si va a dormirse encima de nosotros.
La mujer se quedó confundida. El técnico, temblando, arrancó él mismo la pantalla de publicidad sanitaria y dejó intacta la ranura de lectura.
Otros vecinos lo imitaron en el punto siguiente: pantallas al suelo, lectores cubiertos con paños, lámparas bajas en los laterales.
La orden empezó a viajar por boca, deformada pero útil: “romped lo bonito, dejad lo que pita”; “pantallas fuera, lectores vivos”; “la nube se tapa, la aguja se queda”.
No era obediencia. Era costumbre naciendo bajo presión.
En la esquina del Lavadero, la violencia adquirió otra forma.
Varias mujeres habían bloqueado las pilas con sacos de sal, paños, piedras y tablas, pero el agua negra subía por los desagües en pulsos lentos.
Un grupo de jóvenes quería abrir las compuertas para “dejar salir lo que viene”, repitiendo una consigna que sonaba a estéril radical y a Volkar mal digerido.
Las lavanderas, muchas de ellas mayores, los repelían con escobas, cubos y una furia doméstica que no necesitaba teoría.
—El agua sucia no se libera en casas ajenas, imbéciles —gritó una de ellas—. Se conduce.
Christina casi se detuvo a felicitarla. No hubo tiempo.
Adrián leyó el panel del Lavadero desde la calle.
—Fallo en drenaje. Si abren compuertas sin campana, el agua negra sale por sótanos.
El Ross enterrado se acercó al canal. El agua negra reaccionó a su presencia, retirándose un poco, como si reconociera una ausencia más profunda.
—Puedo llevar parte hacia la grieta norte —dijo.
—No ahora —respondió Christina—. Plaza primero.
—El agua también decide.
—Hoy todo decide. Por eso nadie manda bien.
Siguieron. La Plaza Central estaba irreconocible.
No porque se hubiera destruido, sino porque todos sus usos se habían mezclado: mercado, asamblea, punto de control, altar civil de La Ruptura, cola de Dulces sueños, protesta, refugio y campo de batalla.
Un centenar largo de vecinos se agrupaba ante el Ayuntamiento, exigiendo abrir los archivos de la Ruptura.
Otros rodeaban a Mallas, que había llegado desde la escuela bajo escolta y trataba de imponer un orden que ya no le pertenecía.
Solenne y Nared intentaban contener a los estériles divididos.
Rhea, atada, estaba sobre los escalones del Ayuntamiento con la cara manchada de barro y sangre, recibiendo insultos como si fueran granizo.
Tersen organizaba una línea irregular de agentes, técnicos, maestros y vecinos armados con palos para impedir que la multitud subiera hacia Aguas Frías sin protocolo.
Olin Vark, desde el borde de la plaza, sostenía su escopeta abierta, sin cartuchos en recámara, usándola más como bastón de autoridad absurda que como amenaza real.
—¡No sube nadie sin sal, lámpara y alguien que sepa volver! —gritaba Olin—. Y no me miréis así, que yo tampoco sé volver de casi ningún sitio.
En otro contexto habría dado risa. Allí funcionó lo justo.
Christina subió a los escalones junto a Rhea y Nared.
La multitud la vio con alivio, rabia, miedo y hambre de explicación.
Esa hambre era la más peligrosa. Una parte de la plaza quería que Christina confirmara que el exterior existía y que podían salir.
Otra quería que dijera que todo era trampa y que debían cerrar.
Otra quería culpables: Mallas, Rhea, Dulces sueños, los estériles, Adrián, cualquiera que pudiera recibir el peso de décadas en un cuerpo golpeable.
Alguien gritó:
—¡Nos encerraron!
Otro:
—¡Los estériles rompieron los drones!
Otro:
—¡Dulces sueños vendía a nuestros muertos!
Otro:
—¡Queremos subir!
Y una voz más joven, desgarrada:
—¡Queremos soñar!
El grito final prendió como yesca. Queremos soñar.
Queremos soñar. Queremos soñar. Algunos lo decían llorando, otros con rabia, otros como si acabaran de descubrir una palabra prohibida y quisieran gastarla antes de que se la quitaran.
Christina dejó que la consigna sonara tres veces.
A la cuarta, levantó la campanilla y la golpeó contra la barandilla de hierro.
El sonido fue feo, pequeño, ridículo para una plaza llena.
Cortó más que un disparo.
—Van a soñar —dijo.
La plaza enmudeció peor que si hubiera negado.
—Algunos ya han soñado. Algunos soñarán esta noche. Algunos querrán no haberlo hecho. Algunos llorarán de felicidad. Algunos seguirán una voz y morirán si nadie les muerde la mano antes. Esa es la verdad. No hay vuelta limpia a ayer.
Mallas la miró como si acabara de cometer una traición administrativa. Nared como si le doliera estar de acuerdo. Rhea como si evaluara la eficacia de una marca nueva. Tersen como si por fin alguien hubiera dicho algo que podía gritarse sin mentir.
—El exterior existe —continuó Christina—.
No es el paraíso que algunos querían. No es la nada que otros vendieron.
Hay estaciones, rutas, gente despierta, campanas, hambre y miedo.
Nadie subirá esta noche como si fuera de excursión.
Nadie entrará en una cabina para despedirse de un muerto.
Nadie romperá lectores. Las pantallas bonitas pueden arder si les hace ilusión, pero los lectores se quedan, las lámparas bajas se reparten y los sueños se cuentan despiertos, con testigo, sal y cosas reales.
Quien quiera soñar sin reglas puede hacerlo, pero no dentro de una casa llena de niños.
Quien quiera subir, hará turno de vigilia.
Quien quiera justicia, empezará por no matar al técnico que necesitamos para que no se duerman todos a la vez.
Un hombre lanzó una piedra hacia Mallas. No acertó. Tersen se movió, pero Christina levantó la mano.
—Eso es violencia barata —dijo—. La cara de Mallas no abre archivos.
Mallas, pálido, tuvo la inteligencia de no agradecerlo.
—¡Entonces que los abra! —gritó alguien.
Christina se volvió hacia él.
—Sí.
La plaza contuvo el aire.
Mallas la miró.
—No puede decidir eso.
—Usted puede. Y lo hará.
—Los archivos de La Ruptura contienen información sensible, protocolos incompletos, nombres retirados, rutas que podrían...
—Torven —lo interrumpió Christina—. En este momento la gente ha visto una carretera exterior, los muertos golpean despedidas comerciales, un doble de Ross ha salido de una tumba y los drones se desvían. Su definición de sensible ha caducado.
Nared subió un escalón.
—Abrir archivos no significa abrir puertas. Significa mirar despiertos.
Solenne lo respaldó.
—Con testigos. Con lámparas. Con orden. Si no los abre usted, los romperán ellos.
Rhea añadió, seca:
—Y si los rompen, Volkar habrá ganado otra vez. Nada alimenta mejor una cascada que una multitud encontrando fragmentos sin contexto.
Mallas cerró los ojos. Durante un segundo pareció el hombre que había sido toda la novela: una pieza fría de una maquinaria de silencio. Luego, quizá porque la maquinaria ya ardía por varios puntos, sacó el manojo de llaves antiguas del bolsillo.
—Archivo municipal. Sala baja. Solo representantes.
La plaza rugió.
Christina volvió a golpear la campanilla contra la barandilla.
—Representantes despiertos. Uno por barrio. Uno por estériles. Uno por Supervisión. Uno por Dulces sueños atado, si insisten. Uno por funeraria. Uno por escuela. Nadie con cápsula en rojo. Jaro marcará. Quien intente entrar soñando, sale a rastras.
No era justicia completa. Era orden provisional. En un valle desangrándose de secretos, eso era mucho.
Pero la violencia no había terminado. Solo había cambiado de blanco.
En el borde de la plaza, junto al monumento de La Ruptura, un grupo de estériles radicales reconoció al Ross enterrado al lado de Adrián.
Uno de ellos, una mujer de talleres llamada Sira, gritó que era prueba de que la ausencia podía vivir fuera del bloqueo.
Otro gritó que había que llevarlo a Aguas Frías.
Un tercero, con el rostro brillante de sueño activo, dijo que, si una ausencia podía salir, también podían salir los muertos, los niños, los nombres y todos los sueños robados.
La consigna degeneró en empujones. Olin levantó la escopeta vacía.
—¡No me hagáis cargarla, que luego me pongo nervioso!