Ladrones de sueños 21 Los estériles oníricos #3
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21 Los estériles oníricos #3

Christina guardó la página de Aldaver-0 .

—Que no suba todo el pueblo ni ningún niño.

Nadie con lectura de microimagen, duelo reciente, sesión de Dulces sueños en las últimas cuarenta y ocho horas o un fuerte deseo de que el exterior le devuelva algo de lo perdido.

Necesitamos un grupo pequeño, despierto, con sal, lámparas, testigos de vigilia, técnicos de luz, alguien de controles y que conozca en secreto el camino.

Nared soltó una risa mínima.

—Eso suena a patrulla de carceleros.

—Suena a gente que puede volver para contar algo en vez de convertirse en señal.

—Yo voy —dijo él.

—No.

—Conozco Aguas Frías. Kael y yo encontramos tramos del drenaje.

—Precisamente por eso puede estar marcado.

Adrián intervino.

—Necesitamos a alguien que conozca el acceso físico. Yo no lo conozco. Los mapas están dañados.

Nared señaló a Adrián.

—Él entiende.

—Él entiende muchas cosas después de romperlas —dijo Christina—. No lo use como aval.

Solenne levantó la mano.

—Yo conozco a las familias con niños sensibles. Puedo impedir que suban si me creen.

—Eso ayudaría.

Jaro respiró hondo.

—Yo puedo identificar cápsulas con microincidencias. Tengo acceso a lecturas que Mallas no tiene, porque las oculté.

Mallas lo miró con furia, pero Christina alzó la mano.

—Las confesiones las haremos después. Primero usemos lo confesado.

Tersen aceptó con un gesto de asentimiento.

—Puedo llevar cuatro agentes, pero no más. Si retiro demasiados del centro, el Mercado quedará descubierto.

Sam habló desde el el otro lado de la mesa.

—Yo voy.

—No —dijeron Christina y Adrián a la vez.

Sam los miró.

—Soy testigo de vigilia aceptado por el punto central y el índice. Si lo que viene intenta convencerlos de que es una salida, alguien tendrá que recordarles que la mesa cojea, los sacos huelen a humedad y que Rhea Plass sangra igual que cualquier persona desagradable.

—No subes —dijo Christina.

—No me pidas que pase media vida mirando el cielo para quedarme abajo, justo cuando una carretera que no existía nos llama a todos con una campana.

La frase era peligrosa, porque era humana. Christina la odiaba por eso.

—Sube hasta los Depósitos. Pero no más, salvo que yo lo diga.

—Eso es una especie de sí.

—Es una forma de no morir todavía.

Livia también habló.

—Yo voy.

Rhea se rio desde el suelo.

—Por culpa.

—Por conocimiento corporativo —respondió Livia—. La culpa solo hará que camine más rápido.

Christina la estudió. Livia conocía símbolos comerciales, protocolos de inducción, rutas de experiencia, lenguaje de Rhea y de Senn Volkar. Era útil. Aunque también era un riesgo. Pero todos lo eran.

—Está bien.

Rhea levantó la vista.

—Entonces yo también voy.

—Usted va atada.

—La puerta comercial me reconocerá. Si me deja aquí, alguien vendrá a liberarme. Y si me mata, otra persona usará mis claves. Si me lleva, al menos sabrá cuándo miento.

El acuerdo no fue amistoso ni solemne. Se construyó a gritos, con reproches, miedo, documentos pasados de mano en mano, nombres anotados, familias asignadas a refugios, sacos de sal repartidos, lámparas buscadas en estantes, radios probadas, inyectores retirados a técnicos de Dulces sueños capturados y viejas fórmulas domésticas recuperadas por ancianas que, hasta esa noche, habían sido tratadas como supersticiosas.

Solenne organizó a varios estériles para recorrer las casas y detener a quienes quisieran subir por esperanza.

Jaro entregó sus lecturas ocultas y aceptó que Tersen lo vigilara.

Nared insistió en ir y Christina aceptó con una condición: ningún arma, sal visible y al alcance, y si empezaba a interpretar la luz como promesa, Sam tendría permiso para golpearlo.

Marek, que había llegado al taller tras cerrar El Deshielo, trajo café en termos, mendrugos de pan casero y tiras de tela roja.

Nadie se burló. El pan duro, en los protocolos de Harrow, era un ancla de vigilia.

Y aquella noche, una hogaza seca valía casi tanto como una antigua arma de fuego, y sin miedo a gastar munición escasa.

Mientras preparaban el grupo, Christina apartó a Adrián junto a una mesa sobre la que había piezas de dron.

—Tu muñeca.

Él se subió la manga. La línea negra seguía igual.

—Estable.

—Eso no significa que sea segura.

—Nada lo significa.

—Si subimos y algo intenta utilizarte otra vez, me lo dices antes de ver a tu doble. Y si notas el deseo de quedarte allí, de abrir, de responder, de soñar, de perdonarte o cualquier palabra bonita de esas que suelen matar gente, también me lo dices.

Adrián la miró con cansancio.

—No me vas a perdonar nada, ¿verdad?

—Esta noche no.

—Está bien.

—No lo está. No lo decía para hacerte sentir mejor.

—Lo sé. Por eso funciona.

Esa respuesta fue casi una sonrisa, pero ninguno llegó a permitírsela.

La campana exterior sonó por tercera vez cuando salieron del taller de sal.

Esta vez, varios vecinos respondieron desde las calles con un murmullo espontáneo: Aldaver.

No todos sabían qué decían. Algunos lo pronunciaron mal.

Otros lo decían entre sollozos. El antiguo nombre empezaba a propagarse como una fiebre, no por órdenes de Rhea ni de Mallas, sino porque el valle lo había tenido enterrado bajo la lengua durante generaciones y la campana lo estaba sacando a flote a base de golpes.

Mallas lo oyó y palideció.

—Hay que prohibir ese nombre.

Christina ajustó el cargador de su pistola.

—Llega tarde.

—Pronunciarlo refuerza la llamada.

—Prohibirlo la convierte en secreto deseable. Y ya hemos visto cómo les sale eso.

Tersen recibió una comunicación de Brida desde el edificio de luz. La señal entró rota, pero suficiente.

—Ruta occidental... drones no pueden cubrir... si suben por los Depósitos, mantengan lámparas bajas... no sigan las farolas blancas... repito, no sigan las farolas blancas... Cementerio estable a la fuerza... Mercado golpea menos... Nola dice que la luz no viene sola...

La comunicación se cortó tras esas palabras.

La patrulla quedó formada de una manera que ninguna administración habría aprobado: Christina al frente con Tersen, Adrián y Nared para leer el camino y las señales; Livia y Rhea, una vigilando a la otra; Sam como testigo de vigilia; Mallas con planos, llaves y culpa; dos agentes de Tersen cargando lámparas y cuerda; Jaro para lecturas de cápsula; y tres estériles elegidos por Solenne, no los más valientes, pero sí los que ella juró que eran capaces de obedecer una retirada.

Eso último convenció a Christina más que cualquier otro discurso.

Atravesaron la calle de los depósitos mientras el pueblo se agitaba a ambos lados.

Algunas personas querían unirse. Otras les suplicaban que no cerraran la salida.

Una anciana agarró a Mallas por la manga y le preguntó si al otro lado estaba su hermano.

Mallas no supo responder, pero Christina sí: “No lo sabe nadie. Por eso no irá usted.” La anciana la insultó con una fuerza admirable, pero se quedó.

Un niño preguntó si en el exterior se soñaba sin permiso.

Sam le dio un trozo de pan duro y le dijo que lo mordiera si escuchaba su nombre desde donde no había nadie.

El niño obedeció más por sorpresa que por fe ciega.

Al llegar a los Depósitos, el resplandor occidental se hizo más claro.

No iluminaba como una ciudad ni como un amanecer.

Lo hacía como agua bajo el hielo. La carretera clausurada hacia Aguas Frías no aparecía aún, pero las viejas farolas del camino, que debían estar muertas desde antes de La Ruptura, empezaban a encenderse una a una en la ladera, blancas, limpias, demasiado cordiales. Adrián levantó el lector.

—No sigan esas farolas. Lo repito porque me apetece seguir vivo.

Nared miraba la línea de luces con lágrimas en los ojos. Y Sam le estrelló la caja contra el pecho, sin golpearlo todavía.

—¡Eh!

Nared parpadeó.

—Estoy bien.

Rhea respiró profundamente, como quien llega a un lugar que huele a su infancia.

Livia tiró de la cuerda.

—Ni una palabra.

Christina miró hacia la garganta. En la nieve oscura de las laderas, más allá de las farolas blancas, algo se movía. No una multitud ni un monstruo evidente. Una única luz oscilante, como una lámpara llevada por una mano humana, que bajaba despacio por el Camino de Aguas Frías.

Tersen levantó los prismáticos, ajustó el enfoque y tardó demasiado en hablar.

—Hay una persona.

Mallas se acercó.

—¡No puede ser!

Christina le quitó los prismáticos y miró.

A través de la niebla vio una figura con abrigo de montaña, bastón, capucha y una lámpara de mano.

Caminaba con dificultad, pero caminaba como alguien normal.

Alguien vivo. Detrás no había ejército ni ciudad negra ni formas de odio visibles.

Solo nieve, piedras y una luz pálida. Esa sencillez era perfecta. Demasiado perfecta.

—Detalles —dijo Adrián, siguiendo el protocolo de Harrow sin que ella se lo pidiera—. Busque detalles mal copiados.

Christina ajustó el enfoque. Botas gastadas. Guantes distintos. Una mochila antigua y una cuerda roja atada a la cintura. Entonces la figura levantó la cabeza hacia el valle.

Sam dejó caer el pan duro que llevaba en la mano.

Christina bajó los prismáticos.

Sam tenía la cara descompuesta.

—Ese abrigo era de mi padre.

La figura de la montaña levantó la lámpara tres veces, pero no como señal de socorro, sino como un saludo. Y desde algunas calles de Ðawn’s Falł, algunos vecinos respondieron al mismo tiempo, llorando, con el antiguo nombre del pueblo entre los dientes.