21 Los estériles oníricos #2
—¿Trae a Dulces sueños y habla de cebo?
Livia tiró de la cuerda y obligó a Rhea a avanzar.
—Precisamente.
El taller se agitó y varios reconocieron a Rhea.
Hubo murmullos de rabia, insultos contenidos y una silla arrastrada.
Los estériles oníricos no eran violentos por naturaleza, pero la visión de una operadora senior atada, sangrando y todavía altiva, tocó algo muy profundo entre los presentes.
Aquella empresa había vendido sueños a gente desesperada por soñar y, al mismo tiempo, había participado en una arquitectura de control que apenas empezaban a comprender o, peor aún, ellos ya lo sospechaban y por eso estaban allí.
Christina subió a una pequeña plataforma, donde se pesaban sacos de sal.
—Escúchenme bien. La campana exterior no es una victoria.
La luz del oeste no es prueba de que fueran libres y alguien simplemente les cerró la puerta.
Puede ser una salida, puede ser llamada, puede ser una ruta usando su deseo de salida para abrir algo que no entiende la diferencia entre esperanza y hambre.
Un joven de los repetidores gritó:
—Eso es lo que dicen siempre.
—No. Siempre les dijeron que obedecieran y no preguntaran. Yo les estoy diciendo que pregunten mejor antes de caminar hacia una luz que acaba de activar cápsulas de gente despierta.
Solenne Brann alzó la voz.
—¡La gente está sintiendo sueños por primera vez!
—Algunos están sintiendo sueños. Otros están siendo encontrados por imágenes que ya existían antes que ellos.
—¿Y quién decide la diferencia? ¿Supervisión? ¿ Dulces sueños ? ¿Usted con su pistola?
—Hoy, quien no esté intentando venderles una puerta.
Jaro Emmet señaló a Mallas.
—Él lleva veinte años firmando retiros.
Mallas respondió con frialdad.
—Y usted meses falsificando lecturas de niños.
El taller estalló en murmullos. Solenne se volvió hacia Jaro y Christina vio la grieta.
Todos los estériles no sabían lo mismo. Como cualquier grupo humano, tenían capas y superficies: idealistas, técnicos, radicales, cómplices parciales, personas que solo asistían por el dolor, otras que ya habían cruzado líneas y otras que ni siquiera sabían que las líneas existían.
—¿Qué lecturas? —preguntó Christina.
Jaro apretó los labios.
—Microimágenes. Nada peligroso.
—Mina Vey casi responde a una palangana negra en la escuela.
Solenne se llevó una mano a la boca. La reacción fue auténtica
—Nadie debía utilizar niños.
Christina miró a Jaro.
—Parece que tenemos un “nadie” delante.
—Yo no usé a Mina —dijo él—. Intenté ocultar sus lecturas para que no la retiraran y acabara como otros. Para que su madre pudiera abrazarla sin que un técnico decidiera que era una anomalía.
—Y esas lecturas ocultas alimentaron patrones que Kael estaba siguiendo.
Jaro perdió color.
—Kael estaba corrigiendo una injusticia.
Adrián habló por primera vez con fuerza.
—Kael está atado a una matriz de emergencia con sal en la boca y su cápsula usada como ruta. Eso corrigió.
El silencio que siguió tuvo otra textura.
Los estériles podían odiar a Supervisión, a Dulces sueños , a las mentiras, pero Kael era uno de los suyos.
Había sido técnico, compañero, prueba de que alguien con conocimientos se atrevía a desafiar el sistema.
Oírlo convertido en instrumento les dolió más que cualquier advertencia abstracta.
—¿Dónde está? —preguntó una mujer mayor.
—Vivo —dijo Christina—. Por ahora. Y no gracias a sus pruebas.
Un hombre de cabeza rapada, uniforme de mantenimiento sin insignia y tira azul en la muñeca, avanzó desde el fondo. Christina no lo conocía. Adrián sí. Su cuerpo se tensó.
—Nared Voss —dijo en voz baja.
—¿Quién es?
—Técnico de repetidores. Cercano a Kael. Aunque más radical.
Nared subió a un saco de sal y habló hacia la nave en general.
—¡Esto es exactamente lo que hacen! ¡Traen miedo en el momento en que el valle puede despertar!
¡Dicen que la luz es una trampa, que la salida es una enfermedad, que los sueños son un contagio!
¡Siempre hay una razón para seguir sin soñar!
¡Siempre hay una amenaza más grande que nuestra pequeña vida!
Varios asentimientos recorrieron el interior. Nared tenía voz de trabajador, no de líder teatral. Eso lo hacía eficaz.
Christina lo observó con atención. No parecía poseído ni un fanático grotesco. Solo un hombre al que la mentira oficial había convertido en alguien dispuesto a confiar antes en una campana imposible que en cualquier autoridad.
—Usted desmontó parte de la ruta doce —dijo Christina.
—La encontramos caída.
—¿Y no avisaron?
—¿A quién? ¿A Mallas? ¿A los que convierten niños en ruido residual y viejos en retirados?
—La usaron.
—La estudiamos.
—Y la abrieron.
Nared la miró con rabia.
—No lo suficiente.
Adrián dio un paso.
—Nared.
—¡Tú cállate! ¡Nos diste mapas y luego corriste a pedir permiso a los carceleros!
Adrián no se defendió, pero Christina sí.
—Ross metió la pata por idealismo, culpa y estupidez técnica. Usted está proponiendo repetirlo con todo el pueblo.
Nared sonrió con desprecio.
—¿No entiende lo que significa nacer sin sueños?
Christina bajó de la plataforma, caminó hacia él despacio y se detuvo a dos metros.
—Entiendo lo que significa encontrar niños usados como una compatibilidad, hombres atados a nodos, muertos guardados bajo mercados, una empresa enseñando al valle a abrirse ante bonitos símbolos y una luz exterior activando cápsulas, como si llamara a un rebaño.
Si después de eso quiere seguir creyendo que toda puerta cerrada es una cárcel, no es un rebelde. Es útil.
La palabra golpeó. Útil. No malvado ni loco. Útil para algo que no necesariamente estaba entre ellos en ese momento. Nared lo encajó mal.
—Miente.
—Pregunte a Rhea.
La atención se volvió hacia la operadora. Rhea, atada, con Livia a su lado, levantó ligeramente la barbilla ensangrentada.
—Los estériles siempre fueron conmovedores —dijo—.
Desordenados, sinceros y previsibles. Un pueblo sin sueños necesita que alguien le enseñe a desearlos de nuevo.
Ustedes hicieron el trabajo emocional que Supervisión ya no podía hacer y que Dulces sueños solo podía vender en paquetes controlados.
Sin ustedes, nadie habría creído en la salida cuando sonara la campana.
El taller se quedó en completo silencio y Nared bajó del saco.
—¡Cállate!
Rhea sonrió.
—Ahora no quieres escuchar. Qué rápido aprende uno de sus carceleros.
Una mujer joven lanzó una taza contra Rhea. Livia la apartó lo justo para que la taza estallara contra la pared. La nave se agitó. Tersen y Mallas llevaron las manos a sus armas y Christina gritó:
—¡Quietos!
No fue autoridad formal. Fue tono. El mismo con el que se detiene a alguien antes de cruzar una carretera. Funcionó en parte.
Solenne Brann subió a la plataforma de sal, temblando.
—¡Basta! Si Dulces sueños nos utilizó, necesitamos saber cómo. Si Supervisión mintió, necesitamos saber cuánto. Y si la campana es una trampa, necesitamos pruebas antes de decirle a la gente que vuelva a meterse en casa a no soñar durante otros ochenta años.
Christina asintió.
—Eso sí es una pregunta útil.
Solenne la miró.
—¿Tiene respuesta?
Christina sacó del abrigo una de las páginas del expediente Aldaver-0 y la levantó sin entregarla a nadie.
—Primera enfermedad. Antes de los drones y de los implantes.
Familias soñando las mismas imágenes, adultos atacando a parientes después de ver ciudades negras, niños dibujando lagos y torres, personas respondiendo a nombres que nadie había dicho.
No lo inventó Supervisión ni Dulces sueños . Ya existía.
Jaro Emmet avanzó.
—Eso puede ser una simple interpretación médica muy antigua.
Adrián sacó los mapas del índice.
—Y esto es el índice de puertas. No fantasía. Compatibilidades. Nombre, luz, sueño, cuerpo, deseo, muerto, comercio. La campana de Aguas Frías está activando varias a la vez.
Sam abrió su caja y mostró las tarjetas de testigos de vigilia.
—Y esto era lo que se hacía antes de que ustedes y ellos convirtieran todo en consignas. No era guardar silencio. Era vigilar despiertos.
La palabra “vigilar” no gustó a todos. Pero “despiertos” sí.
Nared se aferró a esa parte.
—Entonces vigilemos despiertos. Vayamos al camino y veamos qué es lo que viene. No dejemos que Mallas lo cierre y queme los mapas.
Mallas respondió:
—Si la población sube a la garganta, tendremos cientos de cápsulas expuestas fuera de rutas completas de drones.
—Porque ustedes diseñaron un pueblo incapaz de dar diez pasos sin el permiso de una máquina —dijo Nared.
—Porque antes de esas máquinas la gente abría puertas en el suelo de las cocinas y mataba a sus hijos creyendo que llevaban caras falsas.
—¡Y decidieron que nadie debía saberlo!
—¡Sí! —gritó Mallas, por primera vez sin control—. ¡Sí! ¡Y fue una decisión monstruosa! ¡Y quizá por eso hay gente viva aquí para odiarla!
El grito dejó quieta a la muchedumbre. Mallas respiraba con fuerza. Tersen lo miró como si viera, por fin, no al funcionario, sino al heredero de una culpa demasiado grande para cualquier cargo.
Rhea aprovechó ese silencio.
—Qué discurso tan noble. Lástima que llegue después de tres generaciones de amputación.
Christina la golpeó de nuevo, esta vez con la mano abierta. Rhea cayó de lado contra unos sacos. La bofetada fue menos eficaz que una bala, pero más satisfactoria.
—Se acabaron los comentarios de escaparate.
Nared miró a Christina, y luego a los suyos.
La división ya no era simple. Algunos estériles lloraban; otros estaban furiosos con Rhea; otros miraban a Mallas con odio renovado; otros estudiaban los documentos como si por fin, se les permitiera ver el mecanismo de una pesadilla familiar.
La campana exterior volvió a sonar. Profunda.
Más cerca o más clara. Las lámparas del taller titilaron y varias cápsulas en la sala emitieron destellos bajo las pieles.
La mujer apretó a su bebé contra su pecho.
El niño no despertó, pero sonrió dormido.
Solenne bajó de la plataforma.
—¿Qué propone?