Ladrones de sueños 21 Los estériles oníricos
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21 Los estériles oníricos

La campana exterior no volvió a sonar de inmediato, y ese intervalo fue peor que el golpe inicial, porque dejó a todo el valle suspendido en una escucha común, con las ventanas abiertas, las puertas entornadas, los vecinos detenidos en mitad de las calles, los perros callados de pronto y los drones desplazándose sobre Ðawn’s Falł, con una cautela mecánica que parecía aprendida de los pájaros cuando presienten tormenta.

Christina permaneció en la puerta del viejo dispensario con la pistola todavía levantada, no contra el resplandor del oeste, sino contra la gente que empezaba a moverse hacia él como si alguien hubiera pronunciado una palabra que llevaba generaciones guardada dentro de sus cuerpos.

El primer golpe de campana había sido profundo, exterior y único, pero había bastado para alterar la obediencia del pueblo: algunos vecinos lloraban sin comprender por qué, otros repetían que tal vez había gente al otro lado, una mujer mayor decía haber oído un idioma que no escuchaba desde niña, dos hombres discutían si la sirena significaba evacuación, apertura o fin de cuarentena, y un muchacho de apenas veinte años, descalzo, avanzaba por la calle con los brazos caídos y una sonrisa ausente, murmurando que su madre lo esperaba en la carretera de Aguas Frías, aunque su madre había muerto siete años antes, y nadie vivo en aquel barrio debería conocer el nombre de esa carretera.

Tersen intentó detenerlo, agarrándolo por los hombros.

El muchacho no se resistió, pero giró la cabeza hacia él con una calma acuosa y dijo: “No me cierres ahora que por fin me he visto fuera.” Tersen lo soltó, como si las palabras quemaran.

—Esto se va a desbordar —dijo el jefe de vigilancia.

—Ya se ha desbordado —respondió Christina—. Ahora falta saber hacia dónde va.

Mallas miraba la garganta occidental con el rostro de un hombre que había pasado media vida temiendo una invasión, y acababa de descubrir que el primer enemigo, sería la esperanza de sus propios vecinos.

Tenía los expedientes médicos de emergencia bajo el brazo, la llave de la biblioteca aún en la mano y el aspecto de quien necesitaba dar órdenes, pero no sabía qué lenguaje usar, porque los lemas de Supervisión —descanso limpio, vigilia estable, memoria ordenada— resultaban inútiles ante una campana que parecía venir de un mundo que se había prohibido nombrar.

Rhea seguía atada, vigilada por Livia, con el labio hinchado y una sonrisa apenas contenida.

Sam no miraba al oeste; miraba al cielo, donde las rutas nocturnas habían empezado a deformarse alrededor del resplandor, y cada vez que un dron corregía altura con un zumbido irregular, apretaba más la caja de testigos contra el pecho.

Borek tenía sal sobre la lengua y los ojos clavados en una calle lateral, como si escuchara algo que no llegaba por el aire, sino a través de viejos conductos.

Adrián Ross revisaba el lector portátil, pero la pantalla se llenaba de interferencias cada vez que intentaba localizar señales de cápsulas en la zona occidental.

—No puedo distinguir sueño de respuesta emocional —dijo—. Hay demasiadas lecturas activas.

—Tradúzcalo.

—La gente está despierta, pero sus cápsulas se comportan como si estuvieran entrando en fase de imagen.

—¿Están soñando de pie?

Adrián dudó.

—Aún no, pero están dispuestos a ello.

La palabra fue horrible por lo administrativa y lo exacta.

Dispuestos. Cuerpos despiertos, mentes abiertas por esperanza, símbolos activados, luces guiando hacia un camino borrado, una campana exterior ofreciendo una forma sencilla a una carencia enorme.

Christina pensó en los estériles oníricos antes de verlos.

Era inevitable. Si había un grupo en todo el valle capaz de interpretar aquel resplandor, no como amenaza, sino como confirmación, eran ellos.

Habían pasado años diciendo que los drones robaban algo humano, que el exterior no podía ser solo muerte, que el sueño no debía ser mercancía ni delito, que la obediencia había enfermado al pueblo.

La noche les estaba entregando sufrientes pruebas como para levantar una revolución, aunque las pruebas estuvieran contaminadas.

—¿Dónde se reúnen? —preguntó Christina a Adrián.

Él levantó la vista del lector.

—¿Quiénes?

—No me hagas perder tiempo.

Adrián miró hacia la plaza alta, y después hacia una calle que descendía al barrio de los almacenes.

—Tienen varios lugares. Taller de sal, sótano de las hilanderas, cámaras viejas del matadero. Pero si han oído la campana y han visto la luz, irán al taller de sal. Es el sitio más cercano a la ruta de Aguas Frías y a los depósitos.

—¡Vamos!

Mallas reaccionó.

—¡No! ¡La prioridad es contener a la población y asegurar la garganta occidental!

—La población está caminando hacia lo que los estériles llevan años deseando. Si ellos la organizan antes que nosotros, no contendrá nada salvo cadáveres.

—Son saboteadores.

—Algunos. Pero también son vecinos con madres muertas, hijos sin sueños, técnicos útiles y una teoría que ahora parece menos equivocada que su silencio.

—No son aliados.

—Tampoco usted, y aquí estamos.

Tersen se adelantó.

—Bequer tiene razón. Si el grupo se mueve, arrastrará a media plaza. Necesitamos hablar con ellos antes de que conviertan la campana en una señal de marcha.

Mallas apretó los dientes.

—No se negocia con quienes han puesto en riesgo el sistema.

Rhea soltó una risa sutil.

—El sistema lleva años poniéndose en riesgo por sí solo. Ellos solo le han dado un pequeño empujón sentimental.

Christina no se volvió hacia ella.

—Usted también viene.

—Me halaga.

Livia tiró de la cuerda que sujetaba las muñecas de Rhea.

—¡Camine!

Rhea miró a Livia con una ternura falsa.

—Tanta rabia para alguien que vendía despedidas felices.

Livia se acercó a su oído.

—Siga recordándomelo. Me ayudará a no aflojar la cuerda.

Borek pidió quedarse atrás, no por miedo, sino porque el dispensario viejo lo había dejado más débil. Christina dudó, pero el reaparecido señaló hacia el Mercado de Grano.

—El archivo inferior va a necesitar sal y alguien que sepa no contestar cuando pregunten la hora. Yo sirvo más allí que corriendo detrás de jóvenes con consignas.

—No irá solo —dijo Christina.

—No pensaba hacerlo. El del bigote puede acompañarme.

Tersen entendió que hablaba de él, aunque no llevaba bigote tan ancho como para merecer el título.

—Yo voy con Bequer.

—Entonces mande a otro que sepa obedecer un poco.

Tersen llamó por radio al agente Luro, el mismo que había dejado custodiando la escuela, por su conocida resistencia a obedecer sin discutir. Le ordenó recoger a Borek y trasladarlo al Mercado con sal, lámparas bajas y ningún técnico de Dulces sueños .

El grupo se dividió. Borek se quedó en el dispensario bajo custodia de dos agentes hasta que Luro llegara.

Mallas envió patrullas hacia el oeste, aunque la comunicación con Depósitos seguía fallando.

Christina, Adrián, Sam, Livia, Rhea y Tersen tomaron la calle de los almacenes hacia el taller de sal.

Mallas fue con ellos contra su propio deseo, porque entendía que quedarse significaba perder el último hilo de control político sobre una conversación que podía incendiar el valle.

Caminaron deprisa, pero sin llegar a correr.

El camino hacia los almacenes atravesaba una zona baja de edificios de carga, patios de leña, talleres cerrados, lavaderos y depósitos de sal mineral acumulada desde los inviernos largos.

Antes de los drones, la sal había sido defensa doméstica, conservante, detector de humedad anómala, oficio y superstición.

Pero después se convirtió en industria menor, material de mantenimiento, mercancía racionada y gesto de abuelas supersticiosas.

El taller principal ocupaba una nave ancha con paredes de piedra, tejado de chapa, canalones blancos por depósitos cristalizados y un letrero oxidado:

SECADERO Y MOLIENDA DE SAL VARK-DOMAS

Sam se detuvo al verlo. Domas. Su apellido. Uno de ellos. Todo el valle estaba lleno de hilos familiares que la versión oficial había cortado y dejado colgando.

—Mi abuelo trabajaba aquí.

—Lo sé —respondió Adrián.

Sam lo miró.

—¿Lo sabes por los estériles?

Adrián no respondió. No hacía falta.

Dentro de la nave había luz de lámparas portátiles, velas, faroles de gas, baterías de taller y linternas colgadas de vigas.

Decenas de personas se reunían alrededor de mesas cubiertas de mapas, cartuchos de sueño, piezas de drones, herramientas de mantenimiento y sacos abiertos de sal.

Había hombres y mujeres de distintas edades: una maestra, dos enfermeros, trabajadores de luz, una panadera, un carnicero jubilado, una joven del dispensario, tres técnicos de repetidores, dos adolescentes con chaquetas demasiado grandes, un repartidor, una mujer con un bebé dormido atado al pecho, ancianos que parecían haber esperado toda la vida una noche así.

No llevaban uniformes ni insignias claras.

Algunos tenían una tira azul atada en la muñeca izquierda, otros una pequeña marca de una nube tachada, otros nada.

El grupo no parecía un ejército ni una secta.

Sino una asamblea de vecinos que ha confundido durante tanto tiempo la intimidad con delito que, al reunirse, se comporta con una mezcla de vergüenza y fervor.

Al entrar Christina con Rhea atada, la nave entera guardó silencio.

La maestra Solenne Brann, la misma que había estado inmóvil en la escuela junto a Mina, dio un paso al frente. Tenía el rostro demacrado, los ojos rojos y las manos manchadas de tiza.

—Adrián.

Él bajó la mirada.

—Solenne.

—Nos dijiste que no vendrías con Supervisión.

—No vengo con Supervisión.

Mallas, detrás, hizo un sonido de desprecio.

Christina lo cortó sin mirarlo.

—Nadie ha venido a detener una reunión. Hemos venido a impedir que conviertan a medio pueblo en cebo.

Un hombre de barba clara, al que Christina reconoció como Jaro Emmet, enfermero de controles, señaló a Rhea.