22 La teoría equivocada
El hombre que bajaba por el Camino de Aguas Frías no se apresuró al ver las luces del valle, y esa lentitud hizo que todos lo miraran con más miedo que si hubiera corrido, porque las cosas que vienen de verdad desde un lugar cerrado durante ochenta y cinco años no caminan con prisa humana, sino con una paciencia que obliga a los demás a consumir su propia imaginación antes de que llegue el cuerpo.
Christina mantuvo los prismáticos unos segundos más de lo necesario, aunque ya había visto bastante: abrigo de montaña antiguo, capucha rígida por efecto de la escarcha, bastón de hierro, mochila estrecha, cuerda roja atada a la cintura, una lámpara de mano levantada tres veces en modo de saludo, guantes distintos a los que utilizaban en el valle, botas embarradas por nieve reciente y una manera de apoyar el pie que no era la de un torpe cadáver resucitado ni la de un reaparecido violento, sino la de alguien cansado de andar sobre terreno malo.
Eso no lo volvía seguro. Al contrario. Los monstruos evidentes eran un alivio operativo.
Se les disparaba, se retrocedía, se cerraban puertas, se quemaban restos si Harrow lo aconsejaba.
Lo peligroso era aquello que llegaba con la forma exacta de una antigua esperanza, con un abrigo reconocible, con un gesto que podía pertenecer a un padre perdido, con una lámpara que no cegaba, sino que invitaba a acercarse.
A su lado, Sam Domas respiraba de una manera entrecortada, como si cada golpe de aire tuviera que pasar por una memoria que acababa de abrirse mal.
No miraba ya con curiosidad supersticiosa ni con esa vigilancia de cafetería que lo había salvado tantas veces de parecer un loco simpático.
Miraba como un hijo. Y en aquella mirada estaba el completo peligro de la teoría de los estériles oníricos: no hacía falta convencer a nadie de que los drones robaban sueños, si al final de un camino borrado aparecía un muerto familiar levantando una lámpara.
—Baja los prismáticos —dijo Christina.
—Es su abrigo.
—Eso no significa que sea él.
—El desgarro de la manga izquierda lo hizo una puerta del secadero. Yo estaba allí.
—Sam.
—También lleva la cuerda roja. Mi madre se la ató cuando empezó a salir de noche a contar los drones de prueba. Decía que, si se perdía en la niebla, ella podría traerlo de vuelta siguiendo el color.
—Mírame.
Sam no pudo.
Christina se colocó frente a él, tapándole la línea de visión hacia la ladera. No con brusquedad. Con precisión. Sam parpadeó, irritado y agradecido a la vez.
—Si lo que baja es tu padre, no queremos que algo use su rostro para arrastrarlo. Si no lo es, tampoco. En ambos casos, te quedarás detrás de mí.
—¿Y si necesita que lo reconozca?
—Entonces lo reconocerás con preguntas feas, no con nostalgia.
Sam tragó saliva.
—Preguntas feas.
—Objeto banal. Sueño declarado. Nada de nombres, si él los pide primero.
Adrián había aprendido de memoria el fragmento del manual de Harrow y ya revisaba el lector portátil con Jaro Emmet a su lado.
Los dos técnicos, uno culpable por haber dado mapas a los estériles y otro por haber ocultado lecturas infantiles, trabajaban con una sincronía incómoda, nacida no de la confianza, sino de la necesidad.
Nared Voss, más abajo, observaba la figura con los ojos húmedos y la mandíbula apretada.
Para él, el caminante no era un posible padre, sino una prueba viviente de que el exterior existía, de que la apertura podía no ser solo una amenaza, de que la mentira de Supervisión quizá había sido más grande que el peligro que decía contener.
Esa esperanza lo volvía tan vulnerable como Sam, aunque por otra herida diferente.
—No emite cápsula civil —dijo Adrián.
—¿No lleva implante? —preguntó Tersen.
—O está fuera de alcance. O lleva una cápsula anterior. O la señal está velada. Hay interferencias del camino.
—La montaña no puede velar señales —dijo Mallas.
Adrián levantó la vista.
—La montaña no, pero lo que han enterrado en ella, sí.
Mallas no respondió. El supervisor tenía los planos de acceso en una mano y un viejo juego de llaves en la otra.
Desde que el nombre Aldaver había empezado a circular por las calles, parecía más viejo.
No derrotado ni inocente ni redimido. Solo menos capaz de sostener una autoridad sin fisuras.
Rhea, atada junto a Livia, miraba al caminante con una expresión de interés casi científico.
No parecía emocionada. Y eso tranquilizó a Christina de una forma amarga: Rhea no veía a un padre ni una salida, sino un resultado.
—¿Qué es? —preguntó Christina, sin apartar la vista de la ladera.
—Aún no está lo bastante cerca —respondió Rhea.
Livia tiró de la cuerda y Rhea sonrió.
—Puede ser una forma de contacto. O una memoria vestida.
Quizá sea un reaparecido de larga ruta. Tal vez una persona real que ha sobrevivido fuera de la contención de manera milagrosa.
Aunque podría ser un señuelo apócrifo construido a partir del deseo local.
La belleza de este momento es que todas las opciones son útiles.
Christina la miró.
—¿Para quién?
—Para quien entienda que el valle ya no aceptará volver a no saber.
Nared avanzó un paso hacia ellas.
—En eso tiene razón.
Tersen lo bloqueó con el brazo.
—No se mueva.
Nared lo apartó con rabia contenida.
—No lo entienden. Si es alguien de fuera, si hay una carretera, si hay gente viva al otro lado, si nos han mantenido aquí por miedo o por poder, no pueden pedirnos que nos quedemos mirando desde los depósitos como niños castigados.
Solenne, que había subido hasta los Depósitos para organizar a los estériles que contenían a los vecinos en las calles inferiores, llegó jadeando con una lámpara en la mano.
—Hay gente siguiendo las farolas blancas. No mucha, pero suficiente. Familias enteras quieren subir. Dicen que han oído campanas de pueblos antiguos. Algunos no son estériles. Son vecinos que jamás vinieron a una reunión.
—Porque la teoría ya no les pertenece —dijo Christina—. La está usando la noche.
Nared se volvió hacia ella.
—Nuestra teoría decía que algo nos había sido robado. Que los drones no eran la salvación, sino un sistema de control. Que Dulces sueños se alimentaba de nuestra ausencia.
Livia bajó la mirada.
—Sí.
—Que Supervisión mentía sobre el exterior.
Mallas no habló, y eso fue respuesta suficiente.
—Entonces no me diga que estaba equivocada.
Christina dio un paso hacia Nared, lo bastante cerca para que no pudiera convertir la discusión en un discurso para los demás.
—Estaba equivocada en lo único que puede matarnos a todos: creía que abrir era lo contrario de obedecer.
Nared endureció el rostro.
—A veces lo es.
—No esta noche. Esta noche abrir puede ser obedecer a algo que ha aprendido a hablar como usted.
La figura de la ladera levantó la lámpara otra vez. Tres destellos. Más cercanos. Desde las calles inferiores llegó un murmullo: Aldaver. Aldaver. Aldaver. No era una consigna organizada. Era algo mucho peor: una palabra recordada por bocas que no sabían haberla heredado.
Jaro Emmet miró sus lecturas.
—Cada vez que pronuncian el nombre, suben las microimágenes en la zona oeste.
—¿Puedes bloquearlas? —preguntó Tersen.
—Con puntos móviles, quizá. Necesitaría lectores de control, lámparas y gente que acepte morder anclas de vigilia.
Sam, aún pálido, sacó del bolsillo un trozo de pan duro.
—Pan, sal, frío, deuda, olor feo. Harrow tenía una lista así.
—No vamos a repartir pan como si fuera munición —dijo Mallas.
Christina lo miró.
—Eso es exactamente lo que vamos a hacer.
Solenne asintió, entendiéndolo antes que muchos.
—Los niños.
—Primero niños, ancianos, clientes recientes de Dulces sueños y cualquiera que haya perdido a alguien en los últimos meses —dijo Christina—.
Si la luz usa el deseo, no se les acerca sin un ancla.
Pan duro, sal, nombres reales de la calle, tareas concretas.
Nada de “tranquilos” y nada de “todo irá bien”. Eso no ancla a nadie a ningún lado.
Solenne bajó corriendo con dos estériles. Nared la siguió con la mirada, dividido entre la urgencia de subir y la evidencia de que abajo también había una batalla. Y Christina aprovechó la duda.
—¿Conoce el acceso de Aguas Frías?
—Sí.
—Entonces me guiará hasta el primer umbral.
—¿Y después?
—Comprobaremos si lo que baja puede responder tres cosas sin convertir a Sam en cuerda.
—Si responde bien...
—Si responde bien, seguirá sin cruzar al valle hasta que sepamos qué es lo que trae detrás.
Nared soltó una risa amarga.
—Usted habría sido buena supervisora.
—Y usted habría sido un cadáver útil.
La tensión estuvo a punto de romperse, pero Sam intervino con una voz más débil y más real.
—Nared, si de verdad es mi padre y lo hacemos mal, no volverá él, sino lo que sea capaz de ponerse su abrigo.
Nared lo miró. Esa frase, dicha por el hombre más tentado a huir, tuvo más autoridad que cualquier orden de Christina. El técnico de repetidores bajó la mirada.
—Hasta el primer umbral —aceptó.
Rhea suspiró con un desdén demasiado tranquilo.
—Tanta precaución para una puerta que ya se abrió desde dentro hace años.
Christina sacó la pistola, pero no apuntó. La colocó sobre la palma de su mano, visible, como una herramienta recordatoria.
—Está viva porque sabe cosas. Si deja de explicarlas, pasar de ser equipaje a lastre abandonado
Rhea inclinó la cabeza hacia la ladera.