19 El antiguo nombre del pueblo #3
Antes de que Rhea pudiera responder, la maqueta cambió y la pequeña luz más allá de las montañas empezó a moverse.
Como un punto desplazándose por uno de los caminos borrados hacia el valle.
La ruta no era Lengua Mayor ni Lengua Alta ni Lengua Negra.
Era una cuarta línea casi invisible, marcada en el índice como Camino de Aguas Frías.
Las lámparas del techo respondieron encendiéndose una a una, no las veinte de los drones, sino las de los cinco accesos de montaña.
En los mapas colgados de los raíles, varias tintas se humedecieron y antiguas carreteras reaparecieron bajo raspaduras oficiales.
Borek murmuró entonces:
—No viene de dentro.
Mallas se acercó a la maqueta.
—Eso es imposible. Ese camino fue sellado antes de la Ruptura.
Christina se inclinó sobre el índice. Junto al Camino de Aguas Frías había una nota de Harrow, escrita con una presión tan fuerte que casi rompía el papel:
NO CERRAR CON AVALANCHA
SI SE CIERRA CON PIEDRA, SOÑARÁ LA SALIDA
Adrián leyó la frase y palideció.
—La Ruptura pudo cerrar el camino equivocado.
—O cerrarlos de la manera equivocada —dijo Christina.
Sam susurró:
—Si sueña una salida...
—Algo podrá usar la salida como un sueño —terminó Livia.
Rhea empezó a reír otra vez, aunque la sangre le manchaba los dientes.
—El antiguo nombre del pueblo no era una llave para entrar. Era una promesa de regreso.
Tersen sacó la radio.
—Unidades, necesito patrullas en todos los accesos de montaña. Repito, todos los accesos...
La radio emitió estática. Luego una voz infantil cantó durante unos segundos la misma nana sin letra que habían oído en el archivo inferior del Mercado. Después, añadió una frase:
—Aldaver está despierto.
Las lámparas de la biblioteca inferior parpadearon y Borek se llevó sal a la boca. Adrián cerró el índice con cuidado, pero el punto en movimiento siguió brillando a través de la cubierta. Christina agarró a Rhea por el abrigo y la levantó.
—¿Qué viene por ese camino?
Rhea, con el labio partido, sonrió despacio.
—No lo sé. Esa es la parte hermosa.
Christina le puso el cañón bajo la mandíbula.
—Para mí, la hermosura está sobrevalorada.
—Puede que sea una expedición exterior. Una señal vieja o solo alguien que escapó. Tal vez una forma del lago, aprendiendo a caminar hacia todos con botas humanas. No tenga miedo. Posiblemente sea la respuesta a todas sus mentiras. ¿No le parece emocionante?
Christina no disparó, pero no porque no quisiera, sino porque necesitaba que Rhea siguiera viva hasta que dejara de ser útil, e intuía que aún no habían llegado a ese punto. La soltó contra la mesa.
—Mallas. Ese camino. ¿Hacia dónde sale?
Mallas tardó en responder.
—Bajo la garganta occidental. Cerca de las viejas cámaras de deshielo. Zona clausurada. Nadie entra allí desde antes de mi cargo.
—Por supuesto.
Adrián pasó páginas del índice con rapidez.
—Camino de Aguas Frías conecta con depósitos, drenajes y.… con el archivo inferior del Mercado.
—Los retirados —dijo Sam.
—Si algo entra por ahí, puede usar el archivo como primera sala de vigilia.
Borek cerró los ojos.
—Por eso golpeaban.
Christina pensó en la puerta astillándose hacia fuera, en la voz preguntando si ya era mañana, en los retirados que quizá no querían salir, sino advertir.
Pensó en la biblioteca oculta abriendo mapas, en el desván de Harrow, en el libro de los sueños, en la niña junto al lago, en el duplicado de Adrián, en los drones como cerraduras viejas.
Cada pieza encajaba lo justo para demostrar que aún faltaban demasiadas.
—Volvemos al Mercado.
—Eso es lo que quiere —advirtió Mallas.
—Todo quiere algo. Lo importante es llegar antes que el resto.
Tersen abrió paso hacia la escalera.
—Me llevo a Rhea detenida.
—Se viene con nosotros —dijo Christina—. Si algo utiliza puertas comerciales, quiero esa puerta respirando delante.
Livia recogió todos los mapas que pudo cargar.
Adrián tomó notas rápidas de los cinco caminos.
Sam se quedó mirando una última vez el nombre Aldaver escrito bajo la maqueta, como si acabara de descubrir el nombre de un familiar enterrado con otro apellido.
Borek apoyó la mano sobre la mesa central y murmuró una frase que nadie entendió.
Quizá era una despedida. Tal vez una disculpa.
Antes de subir, Christina miró de nuevo la luz que avanzaba por el Camino de Aguas Frías. Se aproximaba con la paciencia de quien sabe que el lugar al que se dirige lleva ochenta y cinco años soñando, aunque lo haya negado, con que alguien llame desde fuera.
Al cerrar la falsa pared de la biblioteca superior, oyeron, muy lejos, una sirena que no era la de los puntos de control ni la del edificio de luz.
Mallas se quedó helado.
—Esa sirena nunca se activa.
—¿Qué anuncia? —preguntó Christina.
El supervisor tardó demasiado en formular una respuesta.
—Apertura de zona exterior.
Tersen activó la radio sin obtener respuesta y Rhea sonrió con la boca ensangrentada. Adrián miró hacia las ventanas altas de la biblioteca, donde la niebla empezaba a aclararse desde el oeste, con un resplandor pálido procedente de las montañas. Pero no se trataba del amanecer.
Christina guardó el índice parcial bajo el abrigo y salió a la calle con el arma preparada.
El pueblo que había cambiado de nombre para esconderse acababa de ser llamado. Algo, al otro lado de los caminos borrados y olvidados, había por fin respondido.