20 La enfermedad
La sirena de apertura exterior no sonaba como las demás sirenas de Ðawn’s Falł, y esa diferencia bastó para que Christina comprendiera que había sido diseñada para una época en la que el miedo aún no necesitaba disimularse.
No era el tono breve y doméstico de los puntos de control ni el aviso municipal que llamaba a revisión de sueño, tampoco se trataba de la campana manual de la funeraria ni el zumbido regulado de los drones sobre los tejados.
Era un lamento bajo, metálico, separado en tres pulsos largos y uno corto, repetido desde algún mecanismo oculto en las alturas del ayuntamiento y respondido, con latencia, por bocinas menores en las calles antiguas.
Formando una especie de extraño coro siniestro.
Sonaba a compuerta, a nieve desplazándose en túneles, a hierro viejo recordando una orden que nadie había usado en décadas.
A algo malo. Al salir de la biblioteca municipal, el grupo se encontró con un valle que ya no podía fingir que la noche seguía siendo una anomalía localizada: las farolas de la avenida parpadeaban hacia el oeste, no hacia el centro; las ventanas se abrían en pisos donde la gente acababa de volver del Mercado de Grano; varias puertas tenían sal recién arrojada en los umbrales; los perros, que normalmente no ladraban durante las horas de descanso porque el sistema también regulaba establos, perreras y corrales, aullaban desde patios invisibles.
En lo alto, los drones parecían haber recuperado parte de sus rutas, pero volaban con más separación, dejando huecos demasiado amplios entre sus luces.
Nadie los contó. Nadie necesitó hacerlo.
La ausencia ya no era un número: era un clima.
Mallas salió detrás de Christina con la mandíbula rígida, Tersen con la radio pegada al oído, Adrián Ross sujetando bajo el abrigo los mapas copiados a toda prisa de los cinco caminos, Livia vigilando a Rhea con una mezcla de odio y vergüenza, Sam abrazado a la caja de testigos de vigilia y Borek caminando con esa lentitud de reaparecido consciente que obligaba a los vivos a adaptar el paso.
Rhea iba atada por las muñecas, pero no parecía presa.
Llevaba el labio partido por el golpe de Christina, la sangre secándose en la comisura y una serenidad que no procedía de la valentía, sino de la confianza de quien cree que los acontecimientos ya han superado el alcance de sus captores.
Cada vez que la sirena repetía los tres pulsos largos y el corto, levantaba apenas la cabeza hacia la garganta occidental, como si escuchara una música conocida.
—¡Apáguela! —dijo Christina a Mallas.
—No puedo desde aquí.
—Qué sorpresa.
—La sirena de apertura exterior es autónoma. Se activa por la línea de montaña si una compuerta antigua registra presión, señal o movimiento en accesos clausurados.
—Hace diez minutos no sabía si el Camino de Aguas Frías era una salida, una vieja señal o una falsificación.
—Y ahora la sirena confirma que algo ha activado la zona. Confirma que la pregunta ha empeorado.
Tersen soltó la radio con un gesto de frustración.
—Las patrullas no responden desde Depósitos .
Brida informa desde el edificio de luz que la ruta occidental se está reconfigurando sola.
Cementerio vuelve a rojo. El Mercado mantiene sueño frío, pero el Archivo inferior golpea otra vez.
Evan dice que Nola oye agua en las paredes de la funeraria.
Y hay vecinos saliendo hacia las calles altas porque creen que ha amanecido por el oeste.
Christina miró hacia las montañas. El resplandor pálido seguía allí, filtrado por la niebla, demasiado bajo para tratarse de un amanecer, demasiado ancho para ser una única lámpara.
Un pueblo que llevaba generaciones esperando que el mundo exterior fuera mentira, ruina o castigo, podía perder la cabeza ante una luz que sugiriera un camino.
No hacía falta que el mundo apócrifo entrara rugiendo.
Bastaba con ofrecer una salida a quienes habían nacido sin un horizonte.
—¡Cierre calles hacia la garganta occidental!
Tersen asintió y empezó a dar instrucciones por radio, pero la señal se llenó de estática antes de terminar. Entre los chasquidos apareció una tos húmeda y luego una voz desconocida, adulta, que susurró:
—No cierren. Ya lo hicieron una vez y todo enfermó.
La radio murió tras esas palabras y Sam bajó la vista.
—Eso no venía de vigilancia.
—Gracias —dijo Tersen—. Me había ilusionado.
Rhea soltó una risa breve sin sentido.
—La enfermedad siempre vuelve cuando se trata como delito.
Christina se acercó a ella.
—Ahora va a explicarnos qué ha querido decir con eso.
Rhea miró a Mallas.
—Pregúntele a Supervisión. Ellos heredaron los expedientes médicos.
Mallas no apartó la vista del oeste.
—¡No hay tiempo!
—Va a haberlo —dijo Christina—. Porque antes de correr hacia una luz que puede ser una salida, una trampa o una cosa con botas humanas, quiero saber qué pasó la primera vez que este pueblo empezó a soñar mal.
Mallas apretó los labios.
—Los expedientes médicos completos están en el viejo dispensario.
—No, en la biblioteca.
—La biblioteca conservaba puertas, mapas y topónimos. El dispensario conservaba los síntomas. Harrow separó los archivos para que nadie pudiera abrir una explicación completa sin moverse por el valle y exponerse a los testigos vivos.
—Harrow era desconfiado.
Borek, que escuchaba con la cabeza inclinada, murmuró:
—Harrow enterró a dos hijos antes de aprender a desconfiar.
La frase cayó sovre sin adornos. Mallas no la negó. Sam se santiguó de nuevo, aunque sin saber hacerlo. Christina sintió el impulso de preguntar, pero lo contuvo. El dolor personal de Harrow podía esperar; los síntomas, no.
—Iremos al viejo dispensario.
—La garganta occidental... —empezó Tersen.
—No podemos subir a ciegas. Si la primera enfermedad explica cómo se manifiesta lo que se aproxima, vamos a necesitarlo antes de ver la primera cara.
Rhea inclinó la cabeza.
—Muy prudente. Casi parece una supervisora.
Christina la miró desafiante.
—Y usted casi parece humana cuando sangra.
Rhea no volvió a sonreír.
El viejo dispensario se encontraba dos calles por encima de la plaza del Mercado, en un edificio de piedra amarillenta con tejado hundido en una esquina y pequeñas ventanas cubiertas por contraventanas verdes.
El nuevo dispensario, más limpio y conectado al sistema de puntos, ocupaba desde hacía años una planta del complejo sanitario de Supervisión; el viejo había quedado como almacén de material histórico, sala de vacunaciones infantiles en inviernos de saturación y depósito de camas plegables auxiliares.
La gente lo evitaba por costumbre, no por evidente prohibición.
Había lugares en Ðawn’s Falł que no necesitaban un cartel de NO PASAR, porque todos habían absorbido desde niños la dirección de la incomodidad.
En la fachada aún se leía, bajo capas de pintura descascarillada: CASA DE VIGILIA MÉDICA .
La palabra “médica” había sido añadida después.
La inscripción original, visible en el borde donde la pintura se había levantado, decía solo: CASA DE VIGILIA .
Mallas abrió la puerta con otra llave. Tersen dejó dos agentes fuera, aunque ninguno parecía contento con quedarse en una calle donde la sirena de apertura exterior hacía vibrar los cristales.
Dentro olía a alcohol viejo, polvo en vendas, madera húmeda, alcanfor y algo más: un olor dulzón, medicinal, que recordaba a jarabe pasado y frutas almacenadas durante demasiado tiempo.
Manzana, pensó Christina. Manzana podrida y domesticada por armarios clínicos.
—No me gusta este sitio —dijo Sam.
—Estás afinando mucho tus diagnósticos —respondió Adrián.
—El día que me guste un sitio como este, quiero que me atéis a la pata de mi cama.
El vestíbulo conservaba bancos de espera, un mostrador de recepción, una báscula infantil cubierta con una sábana enmohecida, vitrinas de instrumental quirúrgico manual y una fila de fichas de cartón colgadas en una pared, todas vacías.
En un rincón había una pila de palanganas esmaltadas.
Christina no las miró más de lo necesario.
Las paredes mostraban láminas anatómicas amarillentas: sistema nervioso, fases del sueño, musculatura ocular, vías respiratorias.
Sobre una puerta interior, un letrero decía:
SALA DE OBSERVACIÓN NOCTURNA
Alguien había clavado encima una herradura oxidada, unas tijeras abiertas y una tira de tela roja. Técnica, superstición y desesperación, todo en el mismo marco.
—¿Dónde están los expedientes? —preguntó Christina.
Mallas señaló el pasillo.
—Archivo clínico.
Borek no se movió.
—No entren todos. Aquí diagnosticaban a los que todavía podían volver a casa. Si algo recuerda el olor de muchos cuerpos despiertos, podría pedir camas.
Christina miró a Adrián.
—¿Eso tiene traducción técnica?
—Quizá sensores de cápsula antiguos. Si detectan varias señales, pueden activar el protocolo de observación.
—¿Cuánta gente?
Adrián pasó el lector portátil por el aire.
—Nos detecta a todos. Pero el sistema está dormido.
La luz del pasillo se encendió sola.
—Otra frase que envejece mal —dijo Sam.
Una campanilla sonó en recepción, aunque nadie la había tocado. Sobre el mostrador, una pantalla antigua de fósforo verde despertó con un parpadeo. No tenía una conexión moderna visible. Las letras aparecieron despacio:
TURNO DE OBSERVACIÓN
PACIENTES EN ESPERA: 7
Christina contó mentalmente sin decirlo: ella, Mallas, Tersen, Adrián, Livia, Rhea, Sam, Borek. Ocho. El sistema reconocía a siete. O no contaba a Rhea. O no contaba a Borek. O ya estaba uno de ellos dentro.
Rhea miró la pantalla con interés genuino.
—Qué bonito. Todavía funciona.
—Su concepto de bonito está deformado y enfermo.
—El de todo el valle, detective.