19 El antiguo nombre del pueblo #2
El índice quedó libre y Adrián pasó las páginas con cuidado, usando unos guantes polvorientos que encontró junto a la mesa.
Cada hoja contenía mapas, nombres, fechas y categorías de puertas.
No puertas de madera, sino modos de entrada: una familia dormida en la misma habitación; un pozo que reflejaba casas donde debía reflejar el cielo; una ruta de montaña recorrida por alguien que soñaba después de despertar; un nombre pronunciado por un niño antes de aprenderlo; un cadáver cuya cápsula conservaba un patrón suficiente para servir de hueco; una experiencia inducida que eliminaba anclas de vigilia; un sistema de luz capaz de enseñar a las máquinas dónde mirar; un punto de control que repetía ausencia hasta darle forma; una biblioteca que conservaba mapas de lugares que podían responder si se les llamaba por su antiguo nombre.
—Esto no es solo una defensa —dijo Adrián—. Es epidemiología de rutas.
—En idioma humano —dijo Tersen.
—Harrow catalogó cómo se abre paso el fenómeno.
No como un demonio ni como una simple plaga, tampoco como una invasión militar.
Como una serie de compatibilidades. Si una imagen, un cuerpo, un nombre, una luz y un deseo coinciden, se forma una puerta.
Los drones bloquean una parte. Los puntos otra.
Dulces sueños ... —miró a Rhea— Dulces sueños podía fabricar compatibilidades a escala.
Livia bajó la cabeza.
—Clientes repetidos. Mismos paquetes, símbolos y nombres de producto. La población aprendiendo a relajarse ante una nube rosa, a abrirse cuando veía las palabras Dulces sueños , a aceptar inducción como seguridad.
—La puerta comercial —dijo Christina.
Mallas señaló una página anterior.
—Busque cierre de biblioteca.
—No —dijo Christina—. Primero el nombre.
—¿Qué nombre?
—El antiguo. Aldaver. ¿Qué pasó con él?
Adrián siguió el índice hasta una sección marcada como: TOPONIMIA Y CONTENCIÓN . Las páginas estaban llenas de versiones del nombre del pueblo, tachaduras, sellos municipales y anotaciones de Harrow. Leyó en voz baja y luego más alto:
—“El nombre Aldaver no debe utilizarse en vigilia común si hay niños con imágenes de agua. La entidad responde al antiguo nombre porque fue pronunciado durante los primeros sueños compartidos. Dawnfall se adoptó para el comercio exterior; Dawn’s Fall para el registro administrativo; Ðawn’s Falł para cierre interno tras La Ruptura.
El cambio de grafía no es simple superstición.
Reduce la resonancia. Un lugar llamado de otra manera tarda más en ser encontrado por aquello que aprendió su primer nombre. ”
Sam se sentó lentamente en el borde de una silla.
—Le cambiaron el nombre al pueblo para esconderlo.
—Sí —dijo Adrián.
Tersen miró a Mallas.
—¿Y el exterior?
Mallas parecía agotado.
—No lo sé.
—No le creo.
—No lo sé. La versión de Supervisión es que hubo contacto exterior durante los primeros años tras la Ruptura, irregular, peligroso y finalmente cortado.
Señales confusas. Expediciones que no regresaban.
Algunas respuestas no podían verificarse como humanas.
El aislamiento se volvió política. Después herencia. Y finalmente dogma.
—Pero hay una luz —dijo Tersen, señalando la maqueta.
Mallas miró hacia el pequeño punto blanco al otro lado de las montañas.
—Puede ser una simple señal antigua reactivada. Tal vez una estación exterior. O una falsificación del índice. Podría ser incluso una llamada.
—O una salida —dijo Sam.
Nadie lo corrigió.
Esa posibilidad era tan peligrosa como cualquier monstruo desconocido.
Christina lo entendió al instante. Todo un valle privado de sueños podía tolerar, con dolor, que los drones fueran una muralla contra una amenaza.
Lo que quizá no toleraría era descubrir que también había habido caminos, señales, quizá personas al otro lado.
Si los estériles oníricos supieran aquello, no necesitarían propaganda.
Si Dulces sueños lo usara, podría vender no ya sueños, sino exterior.
Si la entidad, el mundo apócrifo o lo que imitaba desde el otro lado aprendía a mezclar salida con deseo, no harían falta cadáveres violentos. La gente abriría por pura esperanza.
Rhea habló como si le hubiera leído la expresión de su rostro.
—Ahora comprende por qué los sueños agradables eran más útiles que las pesadillas.
Christina se volvió hacia ella.
—Porque nadie abre la puerta al horror si lo reconoce.
—Exacto. Pero sí a una madre muerta. A un hijo perdido. A un amante que nunca tuvo. A una montaña que vuelve a tener un camino. A una ciudad donde nadie les robó la noche. A un mundo exterior que quizá espera.
—Ustedes vendieron cebos.
—Vendimos entrenamiento emocional. El valle llevaba generaciones sin saber desear mientras dormía. Había que enseñarle de nuevo.
Livia se lanzó hacia ella, pero Tersen la sujetó antes de que llegara. Rhea ni se movió.
—¿Para quién trabajas? —preguntó Christina.
—Para una versión menos cobarde del futuro.
—Nombre.
—Los nombres son jaulas muy pobres.
Christina le golpeó la boca con la culata. No con toda sus fuerzas, pero sí con las suficientes como para partirle el labio. Rhea cayó contra una estantería y escupió sangre, sorprendida por algo tan vulgar.
—Pruebe otro.
Rhea levantó la vista, sin sonrisa por primera vez.
—Hay gente en Supervisión, en Dulces sueños y en familias retiradas que entiende que la contención se está pudriendo.
El valle sueña, aunque ustedes lo nieguen.
Los drones fallan. Los puntos mienten y la biblioteca se despierta.
La pregunta no es si se abrirá algo, sino quién dará forma a lo que entre después.
—Los estériles oníricos —dijo Adrián.
Rhea lo miró con desprecio.
—Los estériles son niños golpeando una presa con cucharas. Útiles para hacer ruido y para utilizarlos como cabeza de turco, pero no para diseñar una apertura.
—¿Entonces quién?