18 La biblioteca oculta
Rhea mantuvo la sonrisa incluso con la pistola de Christina apuntándole al pecho, y eso decía mucho más de ella que cualquier informe laboral de Dulces sueños , porque una persona normal no sonríe ante una amenaza real.
Rhea sonreía como sonreían los carteles de la empresa: con suavidad ensayada, con una cortesía que no pedía permiso para entrar en la intimidad ajena, con esa calma profesional de quienes han aprendido a transformar el miedo de los demás en procedimiento.
Tras ella, la sombra alta proyectada sobre la pared de la funeraria seguía sin coincidir con su cuerpo.
Se estiraba e inclinaba demasiado, parecía escuchar con un cuello que Rhea no tenía.
Los tres operadores de Dulces sueños permanecían alrededor de Evan y Nola con inyectores de bloqueo preparados y maletines de cabina a los pies.
No llevaban armas convencionales, pero Christina ya había entendido que aquella empresa no las necesitaba para dejar a alguien indefenso.
Un inyector en la cápsula, una inducción rápida, una manta pesada, una frase amable, una credencial aceptada por puertas antiguas, y el cuerpo obedecía antes de saber que había sido capturado.
—Baje el arma —dijo Rhea—. Está asustando a la paciente.
Nola soltó una risa breve, más adulta de lo que correspondía a su cuerpo agotado.
—No soy una paciente.
—Esta noche todos lo somos un poco —respondió Rhea, sin mirarla.
Christina avanzó un paso.
—¡Aléjese de ella!
—La señorita Venn presenta saturación de cápsula, exposición a patrón no autorizado, contacto con material retirado, posible anclaje inverso y riesgo de contagio onírico por lectura no supervisada. Si no se interviene ahora, puede sufrir un colapso de identidad, una deriva de sueño o algo peor.
—Qué suerte que haya venido con bolsas rosas.
Uno de los operadores tensó la mano sobre el inyector.
Olin Vark levantó la escopeta descargada desde la esquina del callejón, apoyándola contra el hombro con una falta de elegancia bastante convincente.
Borek, a su lado, no llevaba arma, solo el tarro de sal, pero su presencia producía en los técnicos un efecto más profundo que la misma escopeta: un muerto administrativo de pie en la calle, mirando los uniformes de Dulces sueños con los ojos secos de quien había visto nacer algunas mentiras antes de que aprendieran a perfumarse.
Rhea lo reconoció. Y la sonrisa se le movió apenas.
—Borek Vark. Fue retirado por seguridad del valle.
—Fui guardado, porque aún recordaba.
—A veces recordar es una forma de contaminación.
Christina subió la pistola unos centímetros.
—Siga hablando así y descubrirá otra forma.
Evan, de rodillas en el umbral, mantenía las manos levantadas, pero sus ojos no estaban rendidos.
Tenía un corte en el pómulo y la camisa manchada de tierra.
Nola se encontraba tras él, apoyada contra la pared interior de la funeraria, pálida, con el viejo lector de cápsulas aún sujeto a la muñeca por un cable que Evan debía de haber arrancado a medias durante el forcejeo.
La aguja del aparato vibraba contra la carcasa, pero no se había salido de escala.
Marek apareció en la esquina opuesta con la barra de hierro, cerrando la retirada de los operadores.
Sam se quedó más atrás, abrazado a la caja de los testigos de vigilia.
Livia, al ver a Rhea, cambió el ritmo de su respiración.
No solo por miedo. Era el modo en que alguien reacciona ante una superior que conserva poder incluso cuando el edificio se está quemando y desplomando bajo sus pies
—Livia Noss —dijo Rhea, como si la acabara de ver—. Ha cometido errores muy graves.
—Errores útiles.
—Eso es lo que dicen los que aún no entienden el daño que han causado.
Livia apretó la carpeta de la matriz Harrow contra el pecho.
—Lo entiendo mejor desde que he leído lo que ustedes arrancaron.
La palabra “ustedes” fue precisa. Rhea la recibió sin parpadear, pero la sombra detrás de ella pareció moverse.
Christina observó la pared, pero no quería mirar demasiado. El libro de Harrow había sido claro en una cosa: algunas formas se reforzaban con la atención. Pero tampoco podía ignorar una sombra que no pertenecía a ningún cuerpo.
—¿Qué trae detrás?
Rhea mantuvo la sonrisa.
—Una mala iluminación.
—La mala iluminación suele quedarse pegada a los pies.
—Empieza a hablar como las viejas del valle.
—Las viejas del valle están ganando autoridad esta noche.
La sombra alta se estiró un poco más y Nola cerró los ojos y susurró:
—No la deja dormir. Por eso no se le nota.
Rhea giró la cabeza hacia ella.
—Nola, cariño, estás agotada.
Christina vio que uno de los operadores cambiaba el ángulo del inyector hacia Nola.
No esperó. Disparó al suelo, entre el operador y el umbral.
La bala levantó piedras, polvo y un grito.
El hombre retrocedió y Olin amartilló la escopeta con un sonido exagerado y posiblemente innecesario, pero eficaz.
—El siguiente no irá al suelo —dijo Christina.
Rhea suspiró, decepcionada.
—La violencia no va a ayudarla a cerrar nada.
Usted cree que está protegiendo a una joven, pero en realidad, protege un patrón saturado, una cápsula que ya ha sido tocada desde ambos lados y un conjunto de documentos que no comprende.
Harrow Venn escribió mucho, detective. Pero también se equivocó mucho.
—Entonces no le importará que los lea para comprobarlo.
—Quiero que los entregue a quienes pueden interpretarlos de la forma correcta.
—¿ Dulces sueños ?
— Dulces sueños ha mantenido a este valle emocionalmente funcional durante décadas.
Marek soltó una carcajada breve.
—Mi cafetería tiene el suelo arrancado por sus técnicos, hay un dron muerto en una tintorería, un hombre con sal en los dientes ha salido de un archivo inferior y usted llama a eso funcional. En serio, me encantaría ver una mala temporada suya.
La mirada de Rhea pasó por Marek sin detenerse. Aquello lo definía todo: algunas personas del valle ni siquiera existían para ella salvo como clientes, pacientes o simple ruido blanco.
Desde el interior de la funeraria llegó un golpe y Nola abrió los ojos.
—¡Han encontrado las mesas!
Evan palideció.
—No hay cuerpos dentro.
Borek inclinó la cabeza, escuchando.
—No buscan cuerpos. Buscan nombres.
Christina no apartó el arma de Rhea.
—¿Qué hay en la sala?
Evan respondió sin mirar atrás.
—Registros funerarios. Duplicados de retirados. Lecturas antiguas. El cuaderno de Nola. Y el viejo lector.
Rhea, por primera vez, dejó de sonreír del todo.
—Ese lector debe ser destruido.
—Pues acaba de demostrar que sirve —dijo Christina.
La sombra detrás de Rhea se movió hacia la puerta, aunque Rhea permaneció inmóvil. Una forma alargada se deslizó por la pared de la funeraria como un humo sin volumen, acercándose al hueco interior. Nola gimió y se llevó las manos a los párpados.
Christina disparó a la lámpara exterior de la funeraria y la bombilla estalló.
La pared quedó a oscuras durante un instante y la sombra perdió continuidad.
El estruendo hizo temblar toda la calle; una lluvia de vidrio cayó sobre el barro.
Marek apagó de un golpe la luz del portal y la sombra se cortó en varios fragmentos torpes, obligada a depender de reflejos lejanos.
Los operadores retrocedieron, ahora sí asustados a algo que desconocían.
—¡Idiotas! —gritó Rhea, perdiendo por fin la voz de mostrador—. ¡La luz también contiene!
—Y también guía —dijo Adrián—. Esta no era una luz de contención. Era una lectura lateral.
Rhea lo miró con un odio profesional muy trabajado.
—Usted es el error más caro de esta noche.
—Estoy trabajando duro, lo sé.
Christina aprovechó el cambio y avanzó rápido.
Golpeó la muñeca del operador más cercano con el cañón de la pistola y le hizo soltar el inyector.
Evan se movió desde el suelo con una rapidez inesperada para un funerario cansado, agarró la pierna del segundo técnico y lo derribó contra el umbral.
Olin apuntó al tercero con la escopeta a menos de dos metros.
Livia corrió hacia Nola. Rhea retrocedió un paso, no por miedo a Christina, sino para no quedar entre la oscuridad rota y el interior de la funeraria.
—¡Dentro! —ordenó Christina—. ¡Todos los nuestros! ¡Ya!
—¿Y ellos? —preguntó Olin, señalando a los técnicos.
—¡Al suelo! ¡Manos visibles! ¡Marek, quítales los maletines! ¡Evan, cierra la sala de preparación!
—La sala de preparación se cierra desde dentro —respondió Evan.
—¡Pues entra y sal rápido!
Evan no discutió. Corrió hacia el interior y, Nola, sostenida por Livia, se mantuvo en pie a duras penas.
Borek cruzó el umbral y, al hacerlo, la aguja del viejo lector dejó de vibrar durante un segundo, como si reconociera una antigua categoría.
Sam entró con la caja y Adrián se quedó junto a Christina, vigilando a Rhea.
—¡Usted también entra! —dijo Christina a Rhea.
Rhea miró hacia la calle, quizá calculando refuerzos.
En la esquina opuesta, dos figuras más de Dulces sueños aparecieron y se detuvieron al ver a Olin con la escopeta, a Christina con la pistola, a los operadores en el suelo y la fachada sin iluminación.
La calle estaba quedando oscura, y eso, paradójicamente, les daba unos segundos de maniobra.
Sin una luz limpia, la sombra alta perdía definición.
Rhea levantó las manos con una elegancia humillante y entró en la funeraria.
Dentro, el olor a cera, romero, metal frío y madera vieja era más fuerte que antes.
La sala principal había sido revuelta: cajones abiertos, fichas caídas, flores pisoteadas, una manta gris sobre el suelo y sal esparcida junto al mostrador.
Evan regresó de la sala de preparación con el rostro ceniciento.
—¡La mesa tres está abierta!
—¿Había alguien?
—No.
—¿Entonces por qué esa cara?
—Porque han escrito dentro.
Los condujo a la sala. Sobre la mesa metálica, donde no había cuerpos, alguien había trazado con humedad negra una frase:
LA BIBLIOTECA SIGUE CERRADA