17 El libro de los sueños #3
—Y hay más —dijo Olin—. El dron que cayó en la tintorería está llamando a algo. No con voz. Con luz. Los muertos del cementerio no se han levantado, si eso tranquiliza a alguien, pero las lápidas sin nombre están sudan barro. Y mi abuelo...
Se detuvo al ver a Borek en el sótano.
El mundo, por un segundo, se volvió íntimo de una manera insoportable.
Olin bajó los últimos peldaños muy despacio. La escopeta le resbaló del hombro y cayó sobre unas cajas. Borek lo miró con una atención que parecía atravesar décadas, registros falsos y tierra acumulada durante mucho tiempo, sepultando verdades incómodas.
—Olin.
El borracho de la gorra, que siempre había hecho chistes sobre drones, sal, muertos y escopetas, se quedó sin ninguna defensa plausible.
—No eres él.
Borek no se acercó.
—No del todo.
—Mi abuelo murió en la Ruptura.
—Eso dijeron, para que tu padre dejara de preguntar por los túneles.
Olin se llevó una mano a la frente.
—No.
—Tu abuela tenía una cuchara de mango torcido. La escondía porque yo la tiraba siempre que podía. Tú robabas azúcar del cuenco azul y culpabas a las hormigas.
Olin empezó a llorar de una forma contenida, sin ruido, como si su cuerpo hubiera olvidado cómo hacerlo con dignidad.
—No.
Borek abrió el tarro de sal y tomó una pizca.
—No me reconozcas todavía. Harrow dice que no conviene.
Christina no interrumpió la escena. Aquello también era una prueba. Un objeto banal. Un recuerdo concreto. No exigía respuesta. Borek seguía dentro, aunque no se supiera cuánto.
Olin se limpió la cara con la manga.
—Hay técnicos en la funeraria.
Christina miró el libro, las fichas, la caja de NOCHE CERO y el mapa del Mercado.
Tenían demasiados frentes abiertos: el archivo inferior golpeando, los técnicos de Dulces sueños moviéndose hacia Nola y Evan, el dron veintiuno emitiendo sobre la tintorería, la red de puntos en sueño frío, Mallas y el edificio de luz con una verdad a medias, y ahora el libro de Harrow, diciendo que casi todo lo que el valle hacía era una versión deformada de instrucciones antiguas.
No podían resolverlo todo. Pero sí elegir el siguiente incendio.
—Primero la funeraria.
Adrián abrió la boca.
—El archivo...
—Si Rhea se lleva a Nola, perderemos a la única persona viva que ha leído la marca desde dentro sin prender. Si se llevan a Evan, perderemos el único lugar donde los muertos aún tienen testigos. El archivo puede esperar unos minutos en sueño frío. Pero Nola no.
Livia asintió.
—Rhea querrá una cápsula saturada. Nola es más útil que todos estos papeles si sabe conectarla.
—Entonces no la conectará.
Sam tocó el libro de los sueños con un miedo reverente.
—¿Nos lo llevamos?
Christina pensó en la frase escrita en la ventana: EL LIbrO NO CIERRA NADA . Quizá era verdad. Un libro no cerraba puertas, pero enseñaba a no abrirlas mal.
—Sí. Pero no todo.
Arrancó, con cuidado y rabia medida, las páginas del protocolo práctico sobre reaparecidos, archivo inferior, testigos de vigilia y la matriz Harrow. No destruyó el libro; solo separó lo necesario de lo vulnerable. Y entregó el conjunto principal a Marek.
—Escóndelo donde esconderías algo que no quisieras encontrar.
Marek miró el libro.
Guardó el libro dentro de un saco de patatas abierto, retiró una tabla del suelo y lo metió en un hueco que Christina no había visto. Volvió a colocar la tabla y el saco encima.
—Las patatas no sueñan.
—No les des ideas —respondió Sam.
Prepararon lo que podían llevar: páginas de protocolo, fichas recientes, carpeta de matriz, caja de NOCHE CERO , sal, dos pequeñas lámparas y el lector portátil de Adrián.
Olin recogió la escopeta y se colocó junto a Borek, con una expresión deshecha que intentaba parecer vigilancia.
Livia comprobó la unidad de memoria de Dulces sueños .
Sam guardó su cuaderno y la caja de testigos.
Christina recargó la pistola con el último cargador completo que le quedaba y subieron del sótano.
El Deshielo estaba a oscuras salvo por la luz de la cocina. A través de las ventanas cubiertas se filtraban destellos del dron caído y de farolas todavía inestables. Marek abrió la puerta trasera, apenas lo suficiente para mirar la calle.
—Hay movimiento hacia la funeraria.
Christina se colocó junto a él. Vio tres figuras con uniformes claros cruzando la esquina.
No eran agentes. Llevaban maletines de cabina, mantas térmicas y una camilla plegable con el logotipo rosa de Dulces sueños, cubierto parcialmente por cinta negra.
Detrás iba una mujer de abrigo de color crema, pelo recogido y postura impecable.
Rhea Plass, casi seguro. Su manera de caminar no era urgente. Era propietaria.
Livia respiró con rabia contenida.
—Es ella.
—¿Cuántos? —preguntó Christina.
—Tres operadores y Rhea. Quizá más detrás.
—¿Armas?
— Dulces sueños no utiliza armas visibles.
—¿Qué usa entonces?
—Sedantes, bloqueadores de cápsula, inducción rápida, credenciales que abren puertas y la convicción de que nadie se atreverá a golpear a una persona con ese uniforme.
Olin levantó la escopeta.
—Me encanta descubrir vocaciones.
Christina lo detuvo con una mirada.
—Nada de disparos si no hace falta. Necesitamos a Nola viva y a Rhea hablando.
—¿En qué orden? —preguntó Marek.
—En ese.
Borek, desde la penumbra, murmuró:
—La operadora no viene sola.
—Veo cuatro —dijo Christina.
—No hablo de cuerpos.
La luz del dron veintiuno barrió la calle y, durante un instante, las sombras de los operadores de Dulces sueños se alargaron sobre la pared opuesta. Una de esas sombras no correspondía a nadie visible. Era más alta y delgada, con la cabeza inclinada hacia atrás, como si oliera el aire.
Sam cerró los ojos.
—No quiero contar eso.
—Bien —dijo Christina—. No lo cuentes.
Salieron por la puerta trasera hacia la calle mojada, siguiendo a distancia a los técnicos.
La funeraria quedaba a tres manzanas y, en el cielo, los drones habían recuperado parte de su cadencia, pero ya nadie podía confundir cadencia con seguridad.
En los bolsillos de Christina crujían las páginas del libro de los sueños, instrucciones antiguas arrancadas de un desván donde alguien había intentado salvar al valle antes de que el valle convirtiera la salvación en negocio, rutina y mentira.
No sabía si bastarían. Tampoco si Harrow había sido un héroe, un carcelero, un científico, un fanático o solo el primer hombre que entendió demasiado tarde qué clase de puerta habían descubierto.
Pero sí sabía una cosa, y por ahora era suficiente: el libro no cerraba nada por sí solo, pero enseñaba a distinguir entre quién regresaba con un sueño propio y quien venía usando la voz de otro.
Al doblar la esquina de la calle de la funeraria, vieron la puerta abierta.
Evan estaba de rodillas en el umbral, con las manos levantadas y dos técnicos apuntándole al cuello con inyectores de bloqueo.
Nola, tras él, miraba a Rhea sin parpadear y, esta, con una dulzura perfecta, le decía:
—No tengas miedo. Solo vamos a ayudarte a terminar de dormir.
Christina levantó la pistola desde las sombras.
—¡Aléjese de ella!
Rhea Plass no se sobresaltó. Ni siquiera pareció sorprendida. Se volvió con una calma de mostrador, como si Christina acabara de llegar tarde a una cita.
—Detective Bequer —dijo—. Trae usted el libro equivocado.
Christina apuntó al centro de su pecho.
—Y usted la frase equivocada.
La sombra alta que no correspondía a ningún cuerpo visible se estiró detrás de Rhea sobre la pared de la funeraria, abriendo los brazos como si se despertara.
Nola susurró:
—Esa no sueña. Deja que otros sueñen por ella.
Y la calle entera, por un instante, olió a manzana podrida y a páginas quemadas.