17 El libro de los sueños #2
Extendieron los documentos sobre la mesa.
La caja de NOCHE CERO quedó en el centro, pero Christina no permitió abrirla todavía.
Primero revisaron las carpetas de la matriz Harrow, las tarjetas de testigos de vigilia, las fichas de retirados y los mapas.
Había que ordenar sin caer en la tentación de comprenderlo todo a la vez.
El libro de los sueños apareció dentro de un compartimento inferior del cajón de “testigos de vigilia”, envuelto en tela encerada y protegido por dos tablillas de madera.
No era un libro grande ni antiguo en el sentido ornamental de las bibliotecas prohibidas, sino un cuaderno de tapas negras reforzadas con metal, hojas gruesas y cierres de cuero endurecido.
En la portada, escrito a mano con tinta casi marrón, se leía:
MANUAL DE VIGILIA, SUEÑO Y CONTENCIÓN DOMÉSTICA .
Debajo, en letra más pequeña: Harrow Venn, revisión tercera, no copiar sin un testigo despierto.
Adrián lo miró como si estuviera frente a una reliquia y una acusación a la vez.
—Este es el que encontré en el desván de Kael —dijo—. O una versión de este. El suyo estaba incompleto. Faltaban algunos capítulos.
Christina apoyó una mano sobre la cubierta.
—¿Qué capítulos?
—No lo sabía hasta ahora.
Abrió con cuidado. Las primeras páginas no hablaban del mundo apócrifo ni de drones ni de invasiones ni de grandes teorías.
Hablaban de cómo despertar a una persona que sufre un sueño contaminado sin romperle la mandíbula, sin hacerle tragar agua, sin golpearle los pies y sin poner espejos frente a su rostro.
Hablaban de mantener encendida una lámpara, de ofrecer olores fuertes y reales, de preguntar por objetos concretos, de evitar nombres propios si el durmiente los pronuncia con voz ajena, de no permitir que varias personas sueñen en la misma habitación si una de ellas ha visto “agua inmóvil, casas invertidas, torres sin ventanas o caminos que continúan bajo tierra”.
Había notas sobre cuchillos debajo de cunas, no como amuletos mágicos, sino como recordatorios táctiles para padres exhaustos; sobre sal en alféizares, útil para detectar humedad anómala en noches sin niebla; sobre tijeras abiertas, no por superstición, sino para observar si las manos de los despiertos conservaban coordinación fina; sobre espejos cubiertos, porque las personas contaminadas tendían a responder antes a un reflejo que a una voz humana.
Christina leyó en silencio durante varios minutos.
Cada ridícula costumbre del valle tenía allí una raíz práctica.
Cada leyenda o superstición parecía el resto erosionado de un protocolo de emergencia.
—No era ignorancia —dijo Sam, con una mezcla de alivio y tristeza—. Lo habíamos olvidado.
Borek, sentado sobre una caja de patatas, respondió:
—Olvidar es la única forma en que algo sobrevive durante tanto tiempo en el valle.
Livia encontró un apartado marcado con tiras rojas.
—Aquí habla de sueños inducidos.
—Léalo —dijo Christina.
Livia tragó saliva.
—“No debe confundirse sueño contenido con sueño falso. El sueño falso puede servir como jaula si conserva anclas de vigilia suficientes. Si se retiran el frío, el dolor menor, la vergüenza, el olor real, la deuda, el nombre de los presentes y la posibilidad de despertar, la jaula se vuelve decorado y el decorado puede ser habitado por lo que imita.” —Se quedó callada durante un segundo—.
Nosotros retiramos todo eso. Dulces sueños hizo exactamente eso.
Quitamos lo desagradable para que el cliente quisiera volver.
Marek, apoyado junto a la escalera, soltó un bufido.
—¡Enhorabuena! ¡Vendieron cerraduras sin dientes!
Adrián pasaba páginas con una concentración casi febril.
—Aquí está la diferencia entre bloqueo y robo. Harrow no habla de suprimir los sueños como una solución permanente. Habla de turnos de vigilia, de contención parcial, de aislamiento de casos, de drones como último recurso temporal.
Christina se inclinó sobre el texto. La palabra estaba allí, subrayada dos veces: temporal.
No se diseñaron para para aguantar durante ochenta y cinco años.
El sistema que el valle trataba como orden natural, había nacido como una medida de emergencia prolongada hasta convertirse en forma de gobierno, negocio, costumbre y miedo heredado.
—Mallas lo sabe.
—Quizá sabe lo que le dejaron saber —respondió Adrián.
—No lo defienda.
—No lo hago. Intento entender la escala de todo esto. Si los drones debían ser temporales y nunca se retiraron, alguien decidió que la amenaza seguía o que el valle era más fácil de gobernar así. O ambas cosas.
Borek señaló el libro con uno de sus dedos negros.
—Sigan.
Adrián buscó los capítulos arrancados en su versión incompleta.
Uno se titulaba “Puerta de dos lados”. Otro, “Reaparecidos”.
Otro, “Los que sueñan desde fuera”. Christina notó cómo el sótano parecía encogerse alrededor de esos encabezados.
No eran explicaciones abstractas, sino manuales escritos por alguien que había visto suficientes horrores como para preferir instrucciones.
Leyó en voz alta un fragmento de “Reaparecidos”:
—“No todo reaparecido pertenece al otro lado. Algunos son personas que quedaron fuera de la contención y han sobrevivido en estados intermedios. Otros son cuerpos ocupados por rutas. Otros son mensajes fabricados con carne. Distinguirlos exige tres pruebas: sal aceptada, recuerdo de un objeto banal anterior al retiro y capacidad de describir un sueño sin exigir una respuesta del oyente.”
Christina miró a Borek.
—¿Objeto banal?
Borek bajó la vista.
—Una cuchara de mango torcido. Mi mujer la usaba para servir nabos hervidos. La odiaba porque nunca apoyaba bien en la mesa.
—¿Sueño?
—Una estación con vías bajo el agua. Había gente esperando trenes que no venían y todos llevaban la ropa seca. Yo sabía que si preguntaba el destino me darían uno. Por eso no pregunté.
—¿Exige respuesta?
—No.
Christina asintió. No lo convertía en algo seguro, pero sí en alguien que aún podía ser interrogado sin dispararle primero.
Livia encontró una página con anotaciones posteriores, no de Harrow, sino de otra mano, quizá de Erian Venn, o tal vez de alguien de la línea familiar que continuó el archivo.
—Aquí menciona Dulces sueños , pero el libro es anterior.
—Será un añadido —dijo Adrián.
Livia leyó:
—“La empresa no debe usar la matriz Harrow sin supervisión de vigilia. Riesgo: sustitución de anclas por estímulos placenteros. Riesgo mayor: habituar a la población a abrirse ante símbolo comercial. Si el símbolo prende, puede ser usado como dirección por entidades, reaparecidos o sistemas corruptos.” —Se llevó una mano a la frente—.
Lo sabían. Alguien lo escribió antes de que yo naciera.
—Y aun así lo hicieron.
Marek no añadió nada más aparte de eso. A veces una condena no necesita adornos.
Christina abrió la libreta de NOCHE CERO .
No lo leyó todo. Solo lo suficiente para encontrar instrucciones sobre el archivo inferior.
Harrow había descrito una sala inferior el Alfolí de los Despiertos, destinada a contener a quienes no podían volver del todo, pero tampoco debían ser ejecutados.
Los “retirados” no eran originalmente castigados ni borrados; eran una cuarentena extrema, una vigilia prolongada, un intento de mantener cuerpos y recuerdos lejos de hogares donde pudieran abrir rutas.
Más tarde, con los años, alguien había convertido esa sala en archivo, el archivo en tumba administrativa y la tumba en una mentira cómoda.
La puerta del Mercado no encerraba simples monstruos, sino errores acumulados.
—Aquí hay un protocolo de apertura.
Todos se acercaron.
—No se abre desde fuera si el archivo canta —leyó Christina—.
No se abre si los retirados preguntan la hora o si piden nombres.
Solo se abre con un testigo de vigilia, sal, lámpara baja y tres preguntas de sueño.
Si más de un retirado responde con la misma imagen, cerrar y quemar registros de acceso.
Si alguno responde con imagen propia y acepta un objeto banal, traslado individual a sala fría.
Nunca permitir lectura de punto de control durante la apertura.
Sam se hundió un poco.
—El Mercado tiene lecturas activas.
—Brida puso sueño frío, pero no lo apagó todo —dijo Adrián—. Necesitamos cerrar los lectores antes de abrir.
—¿Desde dónde?
—Edificio de luz o consola del Mercado. Pero si el archivo está golpeando, quizá ya no tengamos tiempo.
Borek habló sin levantar la voz.
—No todos los de abajo quieren salir.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque algunos siguen cantando. Los que quieren salir golpean. Los que quieren recordar cantan. Los que ya no son ellos imitan.
Christina procesó la diferencia. Golpes, canto, imitación. Esa noche estaba llena de categorías que podían salvar o matar, según se aplicaran a tiempo.
Un golpe sonó sobre sus cabezas y todos miraron la escalera.
Marek apagó una de las lámparas por reflejo. Otro golpe. Esta vez en la puerta trasera de El Deshielo. No el toc toc suave de las voces imposibles. Fue un golpe humano, urgente.
—¡Marek! —llamó una voz ronca—. ¡Abre o me caigo aquí mismo!
Marek subió con la barra de hierro y Christina lo siguió hasta la mitad de la escalera, con el arma preparada. Cuando abrió, Olin entró casi derrumbándose, empapado en sudor, con la escopeta descargada al hombro y una herida superficial en una ceja.
—Me he cansado de custodiar funerarias sin saber dónde se reúne la gente importante —dijo, entre jadeos.
—¿Dónde está Evan? —preguntó Christina.
—Con Nola. Viva. La casa sigue cerrada. Pero han llegado técnicos a la calle de la funeraria. No de Supervisión. De Dulces sueños . Traen camillas y bolsas rosas. Eso me ha ofendido, ¿sabes?
—El color rosa es inofensivo.
—Aquí, no.
Livia palideció.
—Rhea está moviendo equipos.