Ladrones de sueños 17 El libro de los sueños
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17 El libro de los sueños

La salida por el tejado de la casa de Harrow Venn no tuvo nada de heroica, porque en Ðawn’s Falł, casi todas las huidas de verdad se parecían más a una mudanza vergonzosa que a una escena de valentía: cajas mal sujetas contra el pecho, papeles metidos bajo el abrigo, una lámpara de aceite apagada a toda prisa, sal derramada sobre las tablas, gente adulta arrastrándose por una trampilla estrecha mientras abajo, voces demasiado educadas prometían seguridad con la misma entonación con que se vendía un recuerdo feliz en el mostrador de Dulces sueños.

Christina salió primero al tejado inferior, con la pistola en la mano y la libreta de NOCHE CERO apretada entre el cinturón y el cuerpo, seguida por Sam, que cargaba la caja de testigos de vigilia como si llevara dentro no documentos, sino un animal dormido; después subió Livia con la carpeta de matriz Harrow pegada al pecho, Adrián con el cajón de fichas recientes envuelto en una manta y, por último, Borek, que avanzó con una torpeza dolorosa, los pies descalzos resbalando sobre la pizarra húmeda y el tarro de sal en una mano, más parecido a un anciano enfermo escapando de un incendio que al reaparecido imposible que minutos antes, había salido del corazón administrativo del Mercado de Grano.

Abajo, en la planta baja de la casa, Rhea Plass seguía hablando con una calma profesional que atravesaba suelos, vigas y años de mentiras.

Les pedía que no empeoraran una crisis técnica.

Asegurando que la documentación de Harrow era material sensible, no apto para interpretación civil.

Les prometía que nadie sería retirado si colaboraban.

Cada frase era tan correcta que Christina habría querido dispararle solo por simple higiene moral, pero el problema de las personas como Rhea Plass era que, rara vez se ponían donde una bala resolviera algo de verdad.

Mandaban voces, credenciales, sellos, técnicos, protocolos y, cuando era necesario, sueños ajenos.

El dron veintiuno seguía agonizando sobre el tejado de la tintorería contigua, medio incrustado entre tejas y listones de madera, con un brazo estabilizador colgando hacia el callejón y la luz de lectura barriendo las paredes en sacudidas irregulares.

No estaba muerto del todo. Emitía chispazos, fragmentos de órdenes y ráfagas de un zumbido que hacía vibrar la cápsula de Adrián bajo la piel.

Cada vez que el haz de luz pasaba cerca de ellos, Borek se detenía, no por miedo, sino por un reflejo aprendido en un tiempo en que aquellos aparatos quizá no eran aún máquinas de rutina, sino nuevos animales del cielo.

Christina esperó a que el barrido se desplazara hacia la calle y cruzó agachada hasta la escalera exterior de la casa vecina.

Desde abajo llegó un golpe contra la puerta principal.

Luego otro. Esta vez no era de cortesía.

Rhea había dejado de pedir. Ahora alguien estaba forzando el acceso.

—¡Más rápido! —dijo Christina.

—Tengo ochenta y cinco años de retraso —susurró Borek—. No me pida elegancia.

Sam bajó el primero por la escalera de hierro, abrazado a la caja.

Livia lo siguió, y luego Adrián. Cuando le tocó a Borek, la estructura chirrió con un sonido tan largo que pareció levantar la cabeza de todas las personas de las casas del callejón.

Christina cubrió la bajada. En la ventana de la planta baja apareció una silueta, apenas visible detrás de un cristal sucio.

No era Rhea, sino un hombre ancho, con bata técnica de Dulces sueños y guantes claros.

Senn Volkar, supuso Christina, antes de verlo bien, porque esa noche ya había aprendido a poner un rostro a las ausencias.

La silueta levantó una mano y apoyó los dedos contra el cristal.

En la palma, llevaba dibujado el círculo atravesado por los tres cortes.

Borek gruñó, desde la mitad de la escalera.

—No le devuelva el gesto.

—Ni pensaba saludar.

El hombre del cristal sonrió. La ventana se empañó desde dentro y, sobre el vaho, apareció escrita una frase con un dedo invisible: EL LIbrO NO CIERRA NADA .

Christina no respondió. Esperó a que Borek llegara al suelo, bajó de un salto los últimos peldaños y condujo al grupo por el patio posterior de las Hilanderas, entre paredes cubiertas de moho y cuerdas vacías que se balanceaban, aunque no corría viento.

Al fondo había una puerta que comunicaba con la parte trasera de la tintorería abandonada.

Sam la abrió con una llave que, según explicó en un murmullo, todos los vecinos de cierta edad tenían, aunque fingieran no saberlo, porque en Ðawn’s Falł, las casas se comunicaban más de lo que los planos admitían y, muchas familias, habían preferido sobrevivir a respetar las cerraduras ajenas.

Entraron en un espacio estrecho lleno de pilas de cubos, perchas oxidadas, telas endurecidas por años de humedad y una mesa larga, donde aún quedaban manchas de tinte azul.

El dron veintiuno golpeaba el tejado justo encima de ellos, como una tormenta metálica retenida por tablas viejas.

Cada impacto soltaba una lluvia de polvo del techo.

—No podremos llevar todo esto por la calle —dijo Livia, respirando con dificultad—. Rhea bloqueará las salidas hacia la plaza. Si no ella, Supervisión. Si no Supervisión, cualquier punto de control que siga despierto y operativo.

—Necesitamos un lugar donde leer —dijo Adrián—. Uno con luz, mesas y sin conexión directa a la red.

Christina lo miró con determinación.

—Eso descarta casi todo el valle.

Sam levantó la mano, no como quien tiene una gran idea, sino como quien ofrece algo que preferiría guardarse.

—El sótano de El Deshielo no tiene lector. Marek lo desconectó hace años, porque decía que las patatas no necesitaban un diagnóstico de sueño. Hay una mesa de reparto, lámpara de gas y salida al callejón de los toneles.

—¿Marek sabe que vamos a convertir su cafetería en un archivo clandestino?

—Marek ya la tiene medio destruida, marcada por el suelo y vigilada por técnicos. Le hará ilusión variar un poco más.

Christina asintió. El Deshielo no era seguro, pero ningún lugar lo era ya.

La cafetería tenía una ventaja: era normal.

En un pueblo donde todo lo oculto se buscaba bajo laboratorios, cementerios, puntos de control y casas de gente muerta, quizá una cocina con olor a café rancio, seguía siendo el último enclave donde una verdad, podía parecer un rumor más.

Salieron por la puerta trasera de la tintorería hacia el callejón de los toneles.

El dron veintiuno emitió un chirrido largo, como si detectara la pérdida de su objetivo, y luego empezó a arrastrarse sobre el tejado con pequeños golpes, intentando despegar u orientarse.

En la calle principal, a dos manzanas, se oían voces de agentes y vecinos.

El valle ya no dormía. Pero tampoco estaba despierto del todo.

Estaba en ese estado intermedio y peligroso, en el que una comunidad obedece restos de órdenes, mientras empieza a sospechar que las órdenes han perdido su dueño.

Caminaron pegados a las paredes, evitando las farolas cuando podían y bajando la vista cuando no.

Borek dejó de temblar después de tomar otra pizca de sal.

Livia cargaba su carpeta con una determinación renovada, quizá porque había entendido que Dulces sueños no solo había suavizado la defensa original, sino que la había convertido en un idioma vulnerable a cualquiera que supiera hablarle a los deseos.

Adrián iba callado, pero Christina notaba su respiración a la izquierda, irregular cada vez que pasaban junto a una luz de punto de control o un escaparate con el logotipo de la nube rosa.

La línea negra de su muñeca no había avanzado, pero tampoco desaparecía.

Sam, en cambio, se orientaba por pequeños conocimientos de hombre de cafetería: qué puerta chirriaba, qué ventana pertenecía a una anciana sorda, qué tramo de calle tenía piedras sueltas, qué vecino se asomaría si olía humo y cuál no abriría nunca, aunque oyera a su madre pedir auxilio.

Esa clase de documentación viva valía más que muchos de los mapas.

Llegaron a El Deshielo por la puerta trasera, la misma por la que Marek recibía harina, café, patatas y, en días mejores, chismes menos mortales.

Marek abrió antes de que Sam terminara de llamar.

Tenía la barra de hierro en una mano y una venda nueva en la otra.

Al ver a Christina, los documentos, a Livia, a Adrián y, por último, a Borek Vark, cerró los ojos durante un segundo.

—No quiero saberlo.

—Perfecto —respondió Christina—. Necesitamos el sótano.

—Eso entra dentro de no querer saberlo.

—Y café.

—Eso ya es abuso.

Los dejó pasar. El Deshielo olía a madera raspada, lejía, café recalentado y miedo acumulado entre las mesas.

Marek había recolocado algunos muebles después del ataque inicial, pero aún faltaban las tablas del suelo que Dulces sueños había arrancado, y el hueco rectangular bajo una de las mesas, estaba cubierto con una chapa provisional.

En la pared detrás de la barra, donde antes había un calendario de reparto, Marek había colgado un paño sobre el pequeño espejo m.

Christina no preguntó. Todos estaban aprendiendo.

Bajaron por una trampilla detrás de la cocina hacia un sótano bajo, con paredes de piedra, estantes llenos de conservas, sacos de patatas, cajas de botellas vacías, carbón, herramientas, una mesa de madera maciza y dos lámparas de gas.

Marek encendió una y luego la otra. La luz no dependía de la red.

Y eso la hizo parecer casi revolucionaria.

—Si esto explota, prefiero que no sea por mi instalación —dijo Marek.

—Si explota, prometo mencionarlo en el informe —respondió Christina.

—No sé por qué eso me consuela tan poco.