Ladrones de sueños 16 El desván olvidado #4
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16 El desván olvidado #4

—No se apaga. Según esto, se le muestra un testigo original o se destruye físicamente.

—Qué es un testigo original.

Livia leyó con dificultad.

—“Registro de la primera noche. No reproducir en presencia de soñadores jóvenes.”

Sam señaló una caja al fondo.

—La primera noche.

La caja estaba atada con hilo negro y rojo.

Christina la abrió con la navaja. Dentro había un cilindro de grabación, un espejo envuelto en un paño, tres fotografías pegadas a un cartón y una libreta más pequeña que las demás.

En la portada anunciaba: NOCHE CERO . Christina no la abrió aún. Y la máquina exterior volvió a hablar.

—Entreguen la matriz Harrow.

—No quiere el cuaderno —dijo Adrián—. Quiere lo que permite recordar por qué se cerró.

—Pues igual le damos una versión parcial.

Christina sacó una de las fotografías. Mostraba el Mercado de Grano, décadas atrás, lleno de gente de pie, pero no en fila, sino en círculo.

Algunos parecían tener sal en la boca. Otros llevaban los ojos vendados y, en el centro, un hombre joven que debía de ser Harrow Venn, sostenía una lámpara y hablaba a una niña.

La niña miraba una palangana cubierta con tela negra.

En el reverso, había una frase escrita: “No dejar que respondan a los nombres que traen del lago.”

La luz del dron se fijó en la fotografía en cuanto Christina la levantó para mostrarla.

—Registro reconocido —dijo la voz mecánica—. Noche cero.

—Christina —advirtió Adrián.

—No voy a entregársela.

—Si la reconoce, podrá copiarla.

—Entonces que copie esto.

Christina acercó la fotografía a la lámpara de aceite que aún conservaba mecha seca sobre la mesa y Livia la encendió con un fósforo.

Durante un instante, la imagen de Harrow, la niña y el Mercado se iluminó con un tono cálido, casi humano.

Y la luz del dron se intensificó, hambrienta.

Christina sostuvo la fotografía sobre la llama.

—Noche vista —dijo, repitiendo sin saber por qué la fórmula de Sam—. Noche cerrada.

La fotografía empezó a arder por una de sus esquinas.

La máquina exterior chilló, pero no con un sonido de alarma.

Fue un zumbido agudo, eléctrico, casi animal.

Su luz se fragmentó. El dron veintiuno golpeó otra chimenea, perdió altura y se estrelló contra el tejado contiguo con un estruendo metálico, rompiendo tejas y cables.

El desván tembló tras el impacto y las cajas se sacudieron.

Un tarro de sal cayó y se rompió en mil pedazos.

Entonces, desde la calle llegó un grito.

Christina soltó la fotografía sobre un plato de metal, antes de que ardiera por completo en su mano. Quedó media imagen: Harrow sin rostro, la niña intacta y la palangana cubierta.

—No ha sido una idea sutil —dijo Sam, con la voz rota.

—Me estoy quedando sin sutilezas.

Adrián miró por la rendija.

—Ha caído en el tejado de la tintorería. Sigue emitiendo.

—¿Puede repararse?

—La verdad es que no quiero que nadie lo intente.

Borek se levantó con dificultad.

—Ya saben que estamos aquí.

—¿Quiénes?

El reaparecido no respondió con palabras y miró hacia el suelo del desván. Desde abajo, no desde la calle, llegó un golpe suave en la puerta principal de la casa.

Toc. Toc. Toc.

Christina cerró la caja de NOCHE CERO y se la entregó a Sam.

—Eso se va contigo.

Sam abrió los ojos.

—No soy un archivo.

—Hoy me temo que sí.

A Livia le entregó la carpeta de la matriz Harrow. A Adrián, el cajón pequeño de fichas recientes con Kael, Nola, Mina y Ross. Y ella se quedó con la libreta de NOCHE CERO y la fotografía quemada. Borek tomó el tarro de sal que no se había roto.

Los golpes se repitieron abajo, y una voz femenina, desde la planta inferior, habló con una dulzura profesional que Christina reconoció, aunque no hubiera oído nunca a esa persona.

—¡Christina Bequer! ¡Soy Rhea Plass, operadora senior de Dulces sueños ! ¡Sabemos que está ahí! ¡Solo queremos evitar que usen mal documentos peligrosos!

Livia se puso rígida.

—Rhea.

—¿Aliada de Senn Volkar? —susurró Christina.

—Su supervisora.

Abajo, la voz continuó hablando:

—¡Entreguen la matriz Harrow y nadie tendrá que ser retirado esta noche!

Borek sonrió de manera sarcástica.

—Siempre dicen retirado cuando quieren decir borrado del mapa.

Christina miró la trampilla del tejado, la casa bajo sus pies y el dron veintiuno agonizando sobre la tintorería. El desván olvidado ya no era un escondite, sino el centro de la noche.

—Salimos por donde entramos.

—Nos verán —susurró Sam.

—Seguro.

—Entonces...

Christina amartilló su arma.

—Entonces, que aprendan que algunas cosas antiguas también disparan.

Y, mientras abajo las voces de Dulces sueños llamaban con una abstracta educación de mostrador, mientras el archivo inferior del Mercado golpeaba contra su puerta y el dron veintiuno seguía emitiendo entre tejas rotas, Christina comprendió que Harrow no había escondido nada en el desván para conservar respuestas, sino para obligar a quien las encontrara, a elegir qué parte de la verdad estaba dispuesto a quemar, antes de que otros la convirtieran otra vez en producto, protocolo o arma.