Ladrones de sueños 16 El desván olvidado #3
51%

16 El desván olvidado #3

Ella fue hacia él. Dentro había fichas de personas declaradas muertas, desaparecidas, retiradas del registro de sueño o nunca registradas.

Cada ficha incluía un nombre civil, fecha, síntoma, sueño declarado, destino y estado.

Algunas estaban marcadas como “contención estable”.

Otras como “reaparecido parcial”. Otras como “no abrir”.

Entre ellas estaba Borek Vark. Estado: retirado en túnel de refuerzo.

Sueño declarado: “una estación con vías bajo el agua”.

Destino: alfolí inferior. Observación de Harrow: “sabe volver si se le ofrece sal y un nombre que no sea el suyo.” Otra ficha: Liria Renn.

Estado: niña con imagen persistente. Sueño declarado: “casas invertidas junto a un lago negro”.

Destino: no consignado. Otra: padre de Nola, Erian Venn.

Estado: cápsula activa tras su retiro. Sueño declarado: “mi hija abre una pared”.

Destino: circuito privado. Christina sintió un escalofrío al leerlo.

No todos los documentos eran historia. Algunos parecían advertencias escritas hacia el futuro del valle y sus habitantes.

—Aquí está Kael —dijo Adrián, apartando una ficha reciente que no pertenecía al conjunto antiguo.

No estaba escrita con la letra de Harrow, sino impresa por un sistema moderno.

Kael Ormun. Estado: prueba de sueño pequeño.

Sueño declarado: “un cuarto con luz sin drones”.

Destino: ruta Cementerio, pendiente. Observación añadida a mano: “si prende, usar a Ross como molde secundario.”

—¿Y esa letra? —preguntó Christina.

Adrián negó.

—No es de Kael.

Livia se acercó y palideció.

—Es de Senn Volkar. Operador senior de Dulces sueños . Reconozco la manera de hacer la S. Trabaja con matrices de retorno.

—¿Dónde está?

—No lo sé. No lo he visto esta noche.

Un ruido atravesó el desván, pero no venía de abajo, sino del tejado, justo sobre la ventana inclinada.

Un roce metálico y lento. Todos se quedaron quietos.

Christina apagó la linterna por instinto y los demás la imitaron.

En la oscuridad, las miniaturas de los drones colgadas de la viga oscilaron con sutileza, tintineando unas contra otras como diminutos huesos.

A través del tragaluz se vio pasar una luz blanca, demasiado baja y cercana como para pertenecer a un dron en ruta habitual.

El sonido no fue un zumbido aéreo en sí, sino el aleteo irregular de una máquina dañada.

Sam se llevó una mano a la boca.

—Cementerio.

Adrián susurró:

—No. Cementerio estaba en ámbar. Esto es otra cosa.

La luz volvió a pasar sobre el tejado, esta vez más despacio.

Christina se arrimó a la pared y miró por una rendija del tragaluz sin exponerse demasiado.

Vio una sombra mecánica cruzando entre chimeneas, muy baja, casi rozando las casas.

No era un dron completo. Le faltaba una parte del aro estabilizador y arrastraba cables que golpeaban las tejas.

Pero volaba. O al menos lo intentaba. En el lateral, iluminada por un destello, distinguió una marca: El símbolo circular de tres cortes. El de la ruta veintiuno.

La máquina se detuvo en el aire sobre el callejón.

No debería haber podido quedarse quieta con tantos daños físicos, pero lo hizo. Su luz barrió las fachadas, bajó por las ventanas tapadas, recorrió los umbrales con sal y se detuvo sobre la trampilla por la que habían entrado. Todos en el desván parecieron contener la respiración.

Borek susurró entonces:

—No miren la luz.

Todos bajaron la vista y la luz atravesó las rendijas del tejado como los finos dedos de una criatura luminosa.

Pasó por las cajas, por los mapas y por los cuadernos.

Al tocar las miniaturas de los drones, estas empezaron a girar una a una, aunque no había corriente de aire alguna.

La miniatura veintiuno, la envuelta en hilo rojo, se soltó de su clavo y cayó al suelo.

La máquina exterior emitió una voz distorsionada a través de un altavoz antiguo.

—Entreguen la matriz Harrow.

Christina cerró los dedos alrededor de la pistola y Livia se tapó la boca. Adrián miró los cajones y Sam cerró el cuaderno de testigos de vigilia con las manos temblorosas.

La voz repitió:

—Entreguen la matriz Harrow. Contención no autorizada. Sueño detectado.

Christina se inclinó hacia Adrián.

—¿Puede vernos?

—No lo sé. Pero si emite luz de lectura, puede detectar cápsulas. No cuerpos exactos. Pero sí las cápsulas.

Borek se quitó la placa R-SUEÑO/00 del cuello y la dejó sobre el suelo, lejos de todos ellos. La luz del exterior se desplazó hacia la placa y el dron dañado corrigió su posición con un chirrido desagradable.

—Está buscando registros —susurró Borek—. No personas.

Christina lo entendió. Tal vez no todo, pero sí lo suficiente.

Sacó del bolsillo la placa OR-12 que había arrancado bajo Dulces sueños .

La colocó junto a la placa de Borek y empujó ambas con el pie hacia el otro extremo del desván.

La luz se desplazó y la máquina golpeó una chimenea al corregir demasiado deprisa, soltó chispas y bajó medio metro de golpe.

—Buena noticia —susurró Sam—. También es tonta.

—Está rota —dijo Adrián—. Y alguien la guía con viejos protocolos.

Livia abrió una carpeta de Harrow con movimientos rápidos.

—Aquí. “Ruta veintiuno: no defensa. Memoria de cierre. Solo activar si la población olvida motivo de contención.”

—¿Cómo se apaga?