Ladrones de sueños 18 La biblioteca oculta #2
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18 La biblioteca oculta #2

—¿Qué biblioteca? —preguntó Christina.

Evan miró a Nola y esta a Borek. Y él respondió.

—La que no existe.

Marek soltó una risa furiosa.

—Me fascina lo precisa que es la gente de este valle cuando no quiere explicar nada.

Borek se apoyó contra la pared.

—La biblioteca municipal tiene una sala cerrada.

Todos la conocen, pero nadie la nombra. Pero la biblioteca que no existe está debajo de la biblioteca.

Allí guardaron lo que Harrow no pudo conservar en su casa.

Mapas que cambiaban cuando la gente soñaba.

Nombres de los primeros que respondieron.

Registros de los caminos que no sepultó La Ruptura. Y el índice de puertas.

La expresión “índice de puertas” no necesitó explicación para empeorar la situación.

Rhea habló desde la entrada, vigilada por Olin.

—Eso es folklore de retirados. No hay ninguna biblioteca inferior.

Livia la miró con una frialdad renovada.

—Entonces no le importará que vayamos.

—Sería una pérdida de tiempo y una exposición innecesaria.

—Gracias por confirmarlo —dijo Christina.

Adrián se acercó a la mesa con la frase escrita.

—Esto no es solo un mensaje. Es una orden de ruta. Mire las letras. La humedad sigue patrones de lectura. Está usando el mobiliario de Evan como superficie de salida.

Christina comprendió la secuencia. Harrow había escondido en su desván instrucciones prácticas, pero no todo.

Los documentos mayores, los que explicaban La Ruptura, los accesos, quizá el mundo exterior y las puertas de sueño, estaban en la biblioteca oculta.

Dulces sueños quería la matriz Harrow, pero la cosa que se movía a través de sombras, rutas y retirados quería otra cosa: los mapas.

No necesariamente para revelar la verdad.

Pero sí tal vez para completar una dirección.

Mallas llegó cinco minutos después, con Tersen y dos agentes, cuando Christina ya había atado a los técnicos de Dulces sueños con correas funerarias y sentado a Rhea en una silla frente al viejo lector de Evan.

El supervisor entró en la funeraria, vio la escena y por primera vez en toda la noche, pareció no saber qué autoridad aplicar.

—¿Qué ha hecho?

—Reducir una intervención comercial —dijo Christina—. Va a agradecérmelo de forma silenciosa.

Tersen miró a Rhea y luego a los técnicos.

—¿ Dulces sueños intentó llevarse a Nola?

—Intentó ayudar a una paciente en riesgo —corrigió Rhea.

Olin apoyó la escopeta en su hombro.

—Yo también intento ayudar a que mi escopeta no se dispare, pero todos sabemos que tiene límites y que hay quien no colabora.

Mallas se acercó a la mesa con la frase húmeda y al leerla, su rostro se ensombreció.

—No iremos a la biblioteca.

—Eso significa que existe.

—Significa que es irrelevante para cerrar esta crisis inmediata.

Borek soltó una risa breve.

—Torven, sigues hablando como si el valle no estuviera ardiendo bajo tus pies.

Mallas lo miró con una mezcla de reconocimiento y rechazo.

—Borek Vark. Debería estar en contención.

—Usted también, si medimos por daño causado.

Tersen se interpuso antes de que Mallas respondiera.

—Necesito saber qué es esa biblioteca.

Pero Mallas lo ignoró.

—La prioridad es estabilizar puntos, recuperar el dron veintiuno, aislar el archivo inferior y detener la propagación de falsas lecturas. No perseguir leyendas subterráneas.

Christina sacó de su abrigo la media fotografía quemada de NOCHE CERO y la puso sobre la mesa, lejos de la humedad negra. Mallas la vio y palideció un poco. Rhea también, pero su reacción fue distinta: estaba hambrienta.

—¡La biblioteca! —dijo Christina—. ¡Ahora!

Mallas sostuvo su mirada. Toda la funeraria se volvió un tribunal improvisado: Evan junto a las mesas, Nola con los ojos inflamados, Livia con la carpeta de la matriz, Adrián con las fichas de Ross y Kael, Sam con la caja de testigos de vigilia, Olin con la escopeta, Borek con sal en la lengua, Tersen con el cansancio de un jefe que acababa de descubrir demasiados superiores ocultos y Mallas quizá podía ordenar, pero ya no podía convencer a todos a la vez.

—La biblioteca municipal tiene una sala restringida —dijo al fin—. Archivos de primera generación, documentos dañados, material no seguro para consulta pública. Nada más.

—Debajo —dijo Borek.

Mallas no lo miró.

—Debajo hay un viejo depósito inundado.

—Mentira —dijo Nola.

La palabra salió suave, pero cortó más que un grito.

Mallas se volvió hacia ella.

—Señorita Venn, usted no está en condiciones...

—Mi padre está allí.

La sala quedó inmóvil y Evan abrió los ojos.

—Nola.

—No físicamente. No del todo. Su cápsula sigue activa en una zona que no es pública. Siempre pensé que era un cuarto de Supervisión. Pero cuando me escondí en la pared, oí cómo leían números bajo la biblioteca. No eran los drones. Eran estantes con nombres.

Rhea Plass habló desde su silla:

—Las personas saturadas oyen patrones donde solo hay ruido.

Christina se acercó y le puso el cañón bajo la barbilla, sin apretar, lo justo para que Rhea tuviera que levantar la cabeza.

—Usted hablará cuando le convenga a mi paciencia.

Rhea cerró la boca y Tersen tomó la decisión antes que Mallas.

—Vamos a la biblioteca.

Mallas lo miró.

—No tiene autorización.

—Soy el jefe de vigilancia. Y hay una amenaza en una instalación civil. Me autorizo a no seguir siendo un adorno.

—Rul.

—No.

Aquella segunda negativa de Tersen tuvo más peso que la primera.

Algo se había roto entre ellos en el edificio de la luz y no iba a repararse esa noche.

Mallas lo entendió. Tal vez por eso no discutió más.

O quizá porque también había visto la sombra detrás de Rhea y sabía que cada minuto perdido entregaba la iniciativa a cosas que no firmaban protocolos.

Organizaron la salida con rapidez. Evan se quedó en la funeraria con Marek, Olin y dos agentes de Tersen para custodiar a los técnicos atados, proteger a Nola hasta que el grupo pudiera volver o trasladarla con seguridad, y vigilar la frase de la mesa, que seguía húmeda y no se evaporaba.

Nola protestó al principio, pero Christina le entregó una de las páginas arrancadas del libro de Harrow.

—Si la aguja vuelve a salirse de escala, lea esto en voz alta. Objetos feos, cosas reales, nada de nombres si no está segura.

Nola miró la página y asintió.

—No deje que Rhea mire los mapas.

—No pienso dejar que pestañee.

Rhea sería llevada con ellos, no por confianza, sino porque sabía demasiado y porque Christina prefería tener la mentira a la vista. Livia la vigilaba con una dureza casi personal. Borek insistió en ir y Mallas intentó negarse, pero Christina no.

—Si la biblioteca reconoce a los retirados, él entrará.

—Podría activar algo —respondió Mallas.

—Ya hemos superado esa fase.

Sam también fue, con su caja. Adrián, por necesidad técnica.

Brida regresó al edificio de luz para mantener los puntos en sueño frío y sostener la ruta Cementerio en ámbar.

Tersen coordinó dos patrullas para mantener despejadas las calles entre la funeraria, el Mercado de Grano y la biblioteca.

El dron veintiuno seguía en el tejado de la tintorería, apagado a medias, pero nadie se engañaba: apagado no significaba muerto del todo.

La biblioteca municipal se encontraba en la parte antigua del ayuntamiento, un edificio de piedra gris con una escalinata corta, columnas sencillas y ventanas altas protegidas por barrotes decorativos.

De día, era uno de los lugares más tranquilos del valle: niños buscando manuales escolares, ancianos leyendo periódicos más viejos que ellos, madres consultando registros de nacimiento, estudiantes copiando mapas permitidos de Ðawn’s Falł sin contornos peligrosos.

De noche, con las farolas parpadeando y las montañas invisibles detrás de la niebla, parecía un edificio construido para guardar algo que no debía aprender a leer y, sobre la puerta, una inscripción anunciaba:

MEMORIA ORDENADA, PUEBLO SEGURO

—Este valle debería revisar sus lemas —murmuró Sam.

Mallas abrió con una llave maestra. El vestíbulo olía a papel seco, cera de suelo y calefacción apagada.

Estaba oscuro, pero no por una avería, sino porque la biblioteca no formaba parte de la red nocturna ordinaria.

Christina agradeció esa oscuridad no conectada.

Tersen encendió una linterna y los haces recorrieron mostradores, fichas, mesas de lectura, estanterías, retratos de alcaldes, vitrinas con mapas escolares y un reloj parado a las tres y doce.

Mallas condujo al grupo hacia el fondo, pasando junto a la sala del archivo público, donde las genealogías oficiales dormían en cajones metálicos.

Borek se detuvo ante una pared cubierta por una estantería de viejas enciclopedias.

—Aquí no era.

Mallas siguió andando.

—La sala restringida está al fondo.

—La oculta no.

Christina se detuvo.

—Borek.

El reaparecido apoyó la mano sobre la estantería.

—Aquí había una puerta de madera. Olía a tinta húmeda. Nos bajaban con los ojos vendados. Harrow decía que los mapas no se debían mirar si uno venía de soñar.

Mallas volvió sobre sus pasos, irritado.

—Esa pared no tiene acceso.