Ladrones de sueños 15 Los que reaparecen #2
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15 Los que reaparecen #2

—Los puntos de control pueden leer sesiones de Dulces sueños para distinguir experiencia inducida de sueño natural. La empresa tiene acceso parcial para etiquetar sus paquetes como seguros. Si la convocatoria está buscando posibles sueños, acepta credenciales corporativas para clasificarlos.

Livia parecía enferma.

—Nosotros ayudamos a construir la jaula y la puerta de servicio.

—Ahora la usa para cerrarla.

Brida entró en el sistema por el acceso parcial. Y las pantallas mostraron un antiguo esquema del Mercado de Grano: cabinas activas, lectores en espera, sala secundaria, archivo inferior, sala de reposo técnico y núcleo de diagnóstico. En el centro había una orden matriz parpadeando:

CONVOCATORIA POR SUEÑO DETECTADO

ORIGEN MÚLTIPLE

PRIORIZAR LECTURA PRESENCIAL

—Ahí está —dijo Brida—. Puedo cancelarla, pero me pide un motivo.

—Ponga avería —dijo Sam.

Brida lo miró.

—El sistema no acepta avería sin un código técnico.

—Ponga mentira —dijo Christina.

Adrián se inclinó hacia la pantalla.

—Ponga contención previa activa.

Brida tecleó y la orden titiló, pero no se canceló. Apareció una solicitud:

CONFIRME IDENTIDAD DE CONTENCIÓN PREVIA

—Quiere un nombre —dijo Livia.

Sam retrocedió.

—No se los den.

Christina miró a Adrián.

—Harrow.

Adrián negó.

—Si usamos Harrow, podría abrir un nivel fundacional.

—¿Alternativas?

Brida señaló la lista.

—Un supervisor vivo con autoridad sobre los puntos.

—Mallas.

—No tengo su clave.

Christina miró hacia la puerta. Fuera, Tersen seguía conteniendo a la multitud. Y Mallas estaba en el edificio de luz o acercándose, según lo que hubiera decidido después de perder parte del control. No podían depender de él.

Sam levantó una mano con extraña timidez.

—El Mercado tenía otro nombre antes del control.

Todos lo miraron.

—Mi padre decía que antes de ser punto central lo llamaron Sala de Harrow durante unos años. Pero antes de eso era el Alfolí de los Despiertos. Porque aquí se guardaba el grano que se repartía durante las largas noches. Los viejos nombres a veces sirven donde los nuevos no.

Brida miró a Christina y esta hizo un gesto.

—Pruébelo.

Brida escribió:

ALFOLÍ DE LOS DESPIERTOS

La pantalla se quedó quieta y luego mostró una línea que ninguno de ellos esperaba:

IDENTIDAD LOCAL RECONOCIDA

SOLICITE TESTIGO DE VIGILIA

—Testigo de vigilia —leyó Livia, en voz alta, y Sam se puso más pálido.

—Eso es antiguo.

—¿Qué es? —preguntó Christina.

—No lo sé, pero mi abuela decía que, antes de los controles, si alguien soñaba mal, no se le despertaba a golpes.

Se traía a un testigo de vigilia, alguien que no hubiera dormido esa noche y pudiera hablarle de cosas reales hasta que volviera.

Pan duro, frío, nombres de vecinos, deudas, malos olores.

Cosas de aquí. Reconocibles para cualquiera.

Decían que un mal sueño se rompía mejor con el aburrimiento que con el miedo.

La superstición y la técnica volvían a tocarse.

—¿Quién puede ser testigo de vigilia? —preguntó Brida.

Sam tragó saliva.

—Alguien que haya contado la noche.

La pantalla, como si lo hubiera oído, desplegó otra solicitud:

INTRODUZCA TESTIGO DE VIGILIA

Sam sacó el cuaderno del abrigo con una lentitud culpable.

—Yo no he dormido.

—Sam.

—Llevo años sin dormir una sola noche entera cuando siento que los drones suenan raro. Si esto pide a alguien que haya visto pasar la noche, ese soy yo.

—Contar fija los huecos.

—También puede cerrarlos, si cuentas para volver, no para llamar.

Aquello sonó a frase de su padre, de su madre o de cien noches de miedo acumuladas en una mesa de cafetería.

Christina no quería usarlo ni convertir a otro vecino común en pieza de una máquina que llevaba generaciones alimentándose de obediencia.

Pero la plaza seguía llena. Y las cabinas seguían mostrando SÍ.

Y las puertas del Mercado continuaban abiertas.

—¿Qué riesgo hay? —preguntó a Adrián.

—Si introduce su nombre como testigo, la red podría usar su patrón de conteo para cancelar la convocatoria. O puede detectar todas sus observaciones no autorizadas de rutas y marcarlo como conducta de riesgo extrema.

—¿Traducido?

—Podría salvar la plaza o acabar retirado.

Sam sonrió con una sutil tristeza.

—Siempre pensé que me retirarían por borracho, no por contable.

—No eres un borracho —dijo Livia.

—No, ese es Olin. Yo soy el pesado del cielo.

Christina le sostuvo la mirada.

—No te voy a pedir esto.

—Lo sé.

—Y si sale mal, quizá no pueda sacarte.

—Eso también lo sé.

—¿Entonces por qué?

Sam miró hacia las puertas, donde se oía a Tersen gritar nombres, a niños llorar, a vecinos preguntar si podían pasar solo un momento para quedarse tranquilos. Después miró las cabinas vacías.

—Porque mi padre contó una noche y al día siguiente desapareció de las listas buenas. Porque yo seguí contando para entender por qué. Porque si contar ha ayudado a algo a encontrar un hueco, prefiero usarlo una vez para cerrar una puerta y que me cobren toda la deuda.

Christina no dijo nada más. Sam escribió su nombre completo en la consola: Samuel Veyr Domas. La pantalla pidió entonces la lectura de cápsula y él se subió la manga. La cicatriz del implante se veía vieja, rodeada por piel flácida y vello gris. Brida ajustó el lector y Sam cerró los ojos.

—Abiertos —dijo Christina.

Los abrió.

—Perdón. La mala costumbre de rezar.

—Rece mirando. Esto no se trata de tener fe ciega.

El lector emitió un tono bajo. En la pantalla apareció una sucesión de registros no autorizados: observación ruta Escuela, observación ruta Lavadero, observación ruta Carretera Sepultada, observación ruta Cementerio, observación unidad Sordo, observación anomalía, observación retraso, observación ausencia.

Años de noches anotadas, de cuadernos escondidos, de comentarios en la cafetería y de burlas soportadas.

El sistema había sabido más de Sam de lo que Sam creía.

—Lo tenía fichado —murmuró Livia.

—El valle ficha todo lo que finge tolerar —dijo Adrián.

La pantalla pidió confirmación verbal:

TESTIGO DE VIGILIA, DECLARE NOCHE

Sam miró a Christina.

—¿Qué digo?

Christina recordó las palabras de Mina, de Nola, de Kael. Recordó la advertencia: no contéis. Si los contáis, saben cuántos faltan. Pero también recordó a Sam detectando antes que nadie la ausencia, abriendo grietas en la normalidad, impidiendo que el hueco se escondiera del todo.

—Nada de números. Diga rutas presentes y deje fuera la que falta.

Sam respiró hondo, se inclinó hacia el micrófono de la consola y habló con una voz débil al principio, después más firme.

—Pasó el dron Escuela con un zumbido limpio.

Después pasó Lavadero sobre niebla baja.

Después lo hizo Cantera, con luz fría. Mas tarde Depósitos, antes de tiempo.

También Campanario, sin ningún tipo de eco.

Pasó P uente Seco alto. Pasó Calle Oblicua temblando.

Pasó Funeraria , con retraso. Pasó Viejo Matadero .

Pasó Plaza . Pasó Cerca Norte . Pasó Invernadero .

Pasó Asilo . Pasó Molino . Pasó Barranco .

Pasó Taller de Luz . Pasó Casa Roja . Pasó el Sordo , sin sonido.

La noche fue vista. La noche queda cerrada.

La pantalla parpadeó tras ese conteo extraño de los drones.

Faltaban nombres de ruta. Él había omitido Carretera Sepultada y Cementerio . No las había contado como huecos. Las había dejado sin alimento.

Durante unos segundos no ocurrió nada. Luego las cabinas dejaron de mostrar SÍ. Y las pantallas cambiaron a ámbar. La orden exterior desapareció en los monitores interiores y fue sustituida por una frase antigua:

VIGILIA ACEPTADA

CONVOCATORIA SUSPENDIDA HASTA AMANECER REAL

Brida dejó escapar un sollozo y Sam retiró la muñeca, como si esperase encontrarla marcada. Pero no lo estaba. Solo temblaba.

En el exterior, la plaza empezó a cambiar de sonido y la llamada luminosa se apagó.

La gente se detuvo. Algunas personas parecieron despertar de una caminata demasiado obediente.

Un niño empezó a llorar y una mujer preguntó qué estaban haciendo allí.

Tersen aprovechó el momento y ordenó a todos regresar a casa, esta vez con más éxito, porque la luz ya no lo contradecía. Christina se permitió respirar una vez.

Solo una.

Desde el fondo del Mercado de Grano, detrás de las cortinas grises de revisión secundaria, llegó un ruido de camilla.

Pero allí no había nadie.

Christina levantó la pistola.

—Brida, cierre las cabinas.

—Ya están cerradas.

El ruido volvió. Ruedas metálicas sobre suelo de piedra. Lento. Una camilla desplazándose sola o empujada por alguien invisible detrás de las cortinas. Adrián recogió el lector y Livia retrocedió hasta una columna. Sam apretó el cuaderno contra el pecho.

Avanzó hacia la zona secundaria. En los controles matinales, aquel espacio se usaba para lecturas ámbar: personas que hablaban dormidas, niños con movimientos oculares, ancianos que despertaban con palabras no registradas, trabajadores con temblores.

Había cuatro camillas, armarios con mantas, un lavabo, un lector mural y una puerta cerrada que conducía al archivo inferior.

Las cortinas grises estaban corridas y, detrás, se veía una sombra humana.

—¡Vigilancia del Valle! —dijo Christina, aunque no lo era—. ¡Salga despacio!