Ladrones de sueños 15 Los que reaparecen
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15 Los que reaparecen

El Mercado de Grano no era un mercado desde antes de que Christina naciera, pero el valle seguía llamándolo así porque en Ðawn’s Falł, los antiguos nombres tardaban más en morir que las funciones, y porque cambiar la palabra habría obligado a admitir que el edificio ya no servía para alimentar a nadie, sino para comprobar cada mañana si la gente seguía estando segura mientras dormía.

Estaba en el centro inferior del pueblo, una nave de piedra con arcos anchos, tejado de pizarra, muros gruesos y puertas dobles de madera reforzada que antiguamente habían permitido entrar carros de harina, sacos de patatas, cajas de manzanas, sal en bloque y herramientas de montaña, y que ahora dejaban pasar filas de vecinos con las mangas subidas, las caras lavadas demasiado pronto y la obediencia aún tibia del sueño.

Sobre la entrada principal, el cartel blanco con letras azules repetía el lema que ya parecía escrito por alguien con el filo de un cuchillo: DESCANSO LIMPIO, MAÑANA SEGURA .

Aquella noche, sin embargo, no había mañana.

La plaza estaba iluminada como si el amanecer hubiera sido fabricado por un sistema nervioso enfermo.

Las farolas brillaban con una luz blanca, estéril, sin sombras naturales, y las pantallas del punto central proyectaban sobre los adoquines la orden repetida: ACUDAN A REVISIÓN.

SUEÑO DETECTADO . La gente acudía con una extraña mansedumbre, saliendo de las calles laterales en bata, abrigo, botas mal abrochadas, pañuelos sobre la cabeza, niños dormidos en brazos, ancianos apoyados en bastones, trabajadores con la ropa del día anterior y mujeres que miraban a sus propios hijos como si temieran que una palabra equivocada los pusiera en la lista de los que debían ser retirados.

Algunos tenían los ojos abiertos y la mirada perdida; otros parecían plenamente despiertos y avergonzados de obedecer.

Casi todos llevaban la manga izquierda subida antes de llegar a la puerta, como si el cuerpo recordara el procedimiento, aunque la razón intentara negarse.

Christina llegó a la plaza con Adrián, Tersen, Brida y dos agentes, y lo primero que hizo fue levantar la pistola y disparar contra la pantalla exterior más grande que había.

El fogonazo rompió la orden luminosa en una lluvia de chispas verdes.

Varias personas gritaron y otras se detuvieron de golpe.

Un anciano cayó de rodillas, como si el disparo hubiera cortado una cuerda que lo mantenía de pie.

Moviéndolo como si de un títere se tratase.

Tersen reaccionó un segundo después, no para detenerla, sino para colocarse frente a la multitud y alzar las manos con autoridad.

—¡No entra nadie! —gritó—. ¡Revisión suspendida! ¡Vuelvan a sus hogares!

La palabra “suspendida” produjo más confusión que alivio.

En el valle, las revisiones no se suspendían.

Podían retrasarse por alguna tormenta, duplicarse por incidencias, reforzarse por protocolo, pero nunca suspenderse.

Una mujer de mediana edad, con un niño de cuatro años en brazos y una manta alrededor de los hombros, miró a Tersen con auténtico terror.

—La luz nos ha llamado.

—La luz está averiada —dijo Tersen.

—¿Y si no pasamos el control?

Tersen no encontró respuesta con la rapidez necesaria, pero Christina sí.

—Seguirán vivos cinco minutos más, que ahora mismo es un plan excelente.

La mujer la reconoció, quizá por los disparos en El Deshielo, tal vez por el rumor que ya debía correr por todo Ðawn’s Falł: la detective que mataba a los que bajaban. No pareció tranquilizarse, pero retrocedió un paso. A veces el miedo obedece a quien parece conocer otro tipo de miedo más grande.

Adrián avanzó hacia la puerta del Mercado de Grano con la cara todavía sudorosa por la inversión de los puntos de control.

Caminaba como un hombre que había dejado parte de sí en el nivel de baterías y aún no sabía si esa parte volvería con forma propia.

La línea negra de su muñeca seguía allí, corta, incompleta, bajo el borde de la manga.

Christina lo vigilaba sin ocultarlo, y él lo aceptaba sin protestar.

Brida iba a su lado, llevando una consola portátil conectada a un cable enrollado, y cada pocos segundos miraba la lista de nombres convocados que seguía creciendo en la pantalla.

—No se cancela desde fuera —dijo ella—. El punto central está en modo convocatoria de contingencia. Necesitamos entrar en la sala de lectura y cortar la orden matriz.

—¿Cuánta gente ha recibido llamada? —preguntó Christina.

Brida no respondió enseguida.

—Doscientos dieciocho.

—Hace tres minutos eran setenta.

—La red está reinterpretando ecos. Todo lo que se parezca a una imagen dormida, lo marca como un sueño posible.

—¿Y si alguien de la lista entra y pasa lectura?

Adrián miró las puertas abiertas del mercado.

—El sistema intentará clasificarlo. Y si encuentra un sueño real, lo aislará. Si encuentra un eco falso, podrá reforzarlo por error. Si encuentra una señal externa... podría darle una boca.

Christina apretó la mandíbula. La multitud seguía acumulándose en la plaza, aunque Tersen y los agentes intentaban contenerla.

No era una masa violenta; era algo más difícil: una comunidad entrenada durante décadas para obedecer al edificio que ahora se les prohibía obedecer.

Algunos vecinos empezaban a discutir y otros lloraban.

Un hombre mayor repetía que si no pasaba el control, no podría abrir su panadería al amanecer.

Una adolescente se rascaba la muñeca hasta hacerse sangre.

Dos niños medio dormidos miraban las puertas del Mercado de Grano, como si oyeran música dentro.

Detrás de Christina, una voz conocida murmuró:

—Así debió de ser la primera vez.

Era Sam. Había llegado sin que ella lo viera, jadeando, con Livia a su lado y la expresión de quien había incumplido una orden y estaba dispuesto a aceptar la reprimenda solo si quedaba tiempo.

—Le dije que se quedara en la funeraria —dijo Christina.

—Sí.

—No ha entendido esa parte.

—La he entendido. Evan dijo que, si el Mercado llamaba a la gente, yo podía ayudar a no contar mal. Y Livia dijo que su empresa había enseñado a medio valle a seguir luces bonitas, así que también venía.

Livia no intentó defenderse. Traía bajo el abrigo la unidad de memoria y los documentos envueltos. Miró la plaza con una mezcla de culpa profesional y horror.

—Muchos de estos son clientes —dijo—. Reconozco caras. Gente con paquetes de duelo, pesadillas controladas, contacto adulto, infancia segura. Si el sistema busca ecos de sueño, ellos tendrán más.

—Porque ustedes les vendieron barandillas —dijo Christina.

—Sí.

No discutió. Y esa falta de defensa la hizo más útil.

Dentro del Mercado de Grano sonó un tono de aceptación.

Las puertas, ya abiertas, se abrieron más, golpeando los topes de piedra.

Las cabinas de lectura se encendieron al fondo, una tras otra, con luz verde.

El edificio no esperaba autorización. Llamaba a los cuerpos como cada mañana, solo que aquella mañana falsa llegaba desde una noche llena de grietas.

—Entramos —dijo Christina—. Tersen, nadie cruza detrás de nosotros.

—¿Y si empujan?

—Dispare al techo.

—Eso podría provocar una estampida.

—Entonces grite mejor.

Tersen no sonrió. Se colocó frente a la multitud con dos agentes y empezó a separar a la gente de la entrada usando nombres propios.

Esa fue su mejor decisión. No dijo “ciudadanos” ni “vecinos”.

Dijo Mara, atrás. Donnel, lleve a su padre al banco.

Señora Urtz, ese niño está helado. Bajan, cierre la fila.

Con nombres, la multitud se volvía personas otra vez.

Christina memorizó también eso. En una noche donde contar podía fijar huecos, nombrar aún podía salvar.

Entraron al Mercado de Grano Christina, Adrián, Brida, Livia y Sam.

La nave interior estaba preparada para las colas matinales: líneas pintadas en el suelo, barandillas de separación, cabinas con lectores de muñeca, paneles de diagnóstico, bancos para revisión secundaria, cortinas grises y mesas donde los técnicos solían colocar sus guantes, sellos de aptitud, formularios y vasos de agua con suplemento de descanso.

Sin gente, el lugar parecía un pulcro matadero para algo invisible.

Las cabinas funcionaban solas. Y las correas se abrían y cerraban despacio.

Las pantallas repetían la misma pregunta:

¿HA SOÑADO?

Y debajo, las opciones habituales:

NO / NO RECUERDA / INCIDENCIA

Nadie había visto jamás la opción SÍ en una pantalla de control. Aquella noche, algunas cabinas la mostraban en verde.

Sam se santiguó de cualquier manera y se tocó el bolsillo donde guardaba el cuaderno.

Brida conectó la consola portátil a un puerto de servicio bajo la primera mesa de técnicos y la pantalla le pidió credenciales. Ella introdujo las suyas. Pero hubo un rechazo. Probó una segunda clave. Rechazo también. Entonces miró a Adrián.

—Está bloqueado con nivel fundacional.

—Use mi identificador local, sin retorno.

Christina se acercó.

—No.

—Sin retorno, no puede reforzar la copia.

—Me acaban de enseñar que “sin retorno” en este pueblo significa “rece por si acaso”.

—Necesitamos entrar.

Livia habló desde una cabina cercana.

—Tengo credencial corporativa para módulos de sueño inducido. No debería servir en un punto municipal.

Christina la miró.

—Pruebe.

—No ha escuchado el “no debería”.

—He decidido vivir contra esa expresión.

Livia conectó su tarjeta en el lector auxiliar y, durante un segundo, no ocurrió nada. Luego la pantalla cambió de azul a ámbar y mostró un acceso parcial:

MÓDULO DE EXPERIENCIA COMPATIBLE

PROTOCOLO DULCES SUEÑOS

LECTURA ASISTIDA.

Adrián cerró los ojos.

—Claro.

—Explíquese —dijo Christina