Ladrones de sueños 14 Los puntos de control #3
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14 Los puntos de control #3

—¡No puede ser! —dijo Mallas.

—¿Qué pasa si el sistema pide revisión y la gente no va? —preguntó Christina.

Mallas miró la lista con una expresión que ya no podía disfrazarse.

—Que los considera fuera de contención.

—¿Y entonces?

Brida respondió, muy bajo:

—Aislamiento automático del sector. Cierre de puertas, bloqueo de farolas, sirena de sueño, equipos sanitarios.

Tersen golpeó la pared con el puño.

—¡Hay niños en esa lista!

—Sí —confirmó Brida.

Adrián, aún en el suelo, miró la pantalla.

—No son todos sueños reales. Muchos son ecos de la inversión. Falsos positivos.

—¿Puedes cancelarlos?

—Si lo cancelo todo, también liberaré cualquier positivo real.

Christina se levantó despacio. La red los había salvado de la copia y, al hacerlo, había despertado su hambre administrativa.

Los puntos de control pedían cuerpos. Querían colas al amanecer en mitad de la noche.

Pretendían clasificar el miedo antes de que alguien lo entendiera.

Quizá esa había sido siempre la tragedia del valle: cada defensa acababa pareciéndose demasiado a una amenaza, porque nadie confiaba ya en los vivos para sostener una verdad completa.

El comunicador de Tersen crepitó.

—¡Jefe... hay movimiento en el Mercado de Grano! ¡Pantallas encendidas solas! ¡La gente está saliendo de sus casas! ¡Dicen que las luces los llaman!

Otra voz interfirió.

—¡En el Lavadero también! ¡Tenemos vecinos en fila! ¡No sabemos quién los convocó!

Brida miró a Christina.

—¡Los puntos!

Christina pensó en las colas matinales, en las muñecas bajo los lectores, en los diagnósticos verdes como absoluciones, en la niña que preguntó qué era soñar y fue mandada callar.

Ahora la maquinaria llamaba a la población en plena noche, cuando las defensas estaban alteradas y algo había aprendido a usar las señales del valle como un idioma.

—Si van a los puntos —dijo Adrián, con voz débil—, cualquier ancla podrá encontrarlos.

Mallas cerró los ojos un instante.

—¡Hay que cerrar la convocatoria!

—¿Cómo? —preguntó Tersen.

Brida miró a Adrián y él a Christina.

—Desde el punto central —dijo él—. Mercado de Grano. El primer punto. Si cancelamos allí, los demás obedecerán.

Mallas negó.

—Demasiado expuesto.

Christina comprobó su cargador. Le quedaban menos balas de las que quería y más de las que el valle merecía necesitar.

—Entonces será rápido.

—Bequer —dijo Mallas—, si cierra mal el punto central, puede dejar sectores completos sin compuerta hasta el amanecer.

—Y si no lo cerramos, media ciudad irá sonámbula a entregarle la muñeca a una máquina que acaba de aprender a ver sueños donde quizá no los hay.

Nadie discutió ese argumento.

Subieron del nivel de baterías mientras el edificio de luz volvía a encender paneles uno por uno.

Afuera, las farolas del valle seguían parpadeando con cadencia de control matinal y, a lo lejos, desde varios barrios, empezó a oírse el mismo sonido: puertas abriéndose una tras otra, obedientes, como cada amanecer.

La población de Ðawn’s Falł salía hacia los puntos de control porque las luces se lo pedían.

Adrián caminaba con dificultad, apoyado un instante en la barandilla, pero no pidió quedarse. Aunque Christina tampoco se lo ofreció. Ya no era solo sospechoso ni víctima; era el molde que el enemigo había intentado utilizar y la única persona capaz de reconocer cuándo mentía una farola.

En la puerta del edificio, Tersen organizó a sus agentes por radio con órdenes claras: impedir aglomeraciones, no retirar niños, no usar sedantes sin confirmación médica y no permitir técnicos de Dulces sueños en puntos abiertos.

Cada instrucción sonaba como una pequeña rebelión contra años de procedimiento.

Mallas lo escuchó sin corregirlo. Eso decía mucho sobre el estado de la noche.

Christina miró hacia la avenida del Mercado de Grano.

Desde allí llegaba una luz blanca, limpia, demasiado semejante a la mañana.

Personas en bata, con abrigos sobre camisones, ancianos con bastones, madres con niños en brazos y trabajadores aún con guantes salían de las calles laterales y avanzaban en silencio hacia el punto central.

Nadie hablaba. Nadie parecía del todo dormido ni despierto.

—¡Vamos?

Adrián se puso a su lado.

—Christina.

—¿Qué?

—Lo que vi cuando la copia entró...

—Dije que no lo contaras todavía.

—No era una imagen del otro lado. Era un recuerdo de aquí.

Ella lo miró.

—¿Qué recuerdo?

Adrián tragó saliva.

—El Mercado de Grano lleno de gente. Hace muchos años. Todos soñando de pie mientras Harrow cerraba las puertas.

La avenida se abrió ante ellos. Y al fondo, las puertas del punto central estaban abiertas de par en par, y las pantallas repetían en verde una orden imposible:

ACUDAN A REVISIÓN

SUEÑO DETECTADO

Christina alzó la pistola, no contra la gente, sino contra la luz que los llamaba.

Y comprendió que los puntos de control no eran el lugar donde el valle comprobaba si seguía a salvo, sino el lugar donde, ochenta y cinco años atrás, el valle había aprendido a mentirse para sobrevivir.