Ladrones de sueños 14 Los puntos de control #2
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14 Los puntos de control #2

Christina le puso la pistola en el pecho.

—Hoy autoriza Tersen.

Tersen parpadeó.

—¿Yo?

—Usted es jefe de vigilancia y acaba de descubrir que lo han mantenido fuera de amenazas no vigilables. Estrene cargo.

Tersen miró a Mallas. Luego a Brida y después a Kael, que seguía vivo solo porque una mujer con manos manchadas de grasa peleaba contra cables viejos. Después miró al duplicado de Adrián, que perdía forma y la recuperaba cada vez que una luz de consola parpadeaba.

—¡Hágalo!

Mallas dio un paso hacia él.

—Rul.

—No. Ahora no.

Brida corrió hacia una consola lateral del nivel de baterías.

Adrián se colocó a dos metros, sin tocar, dictando como antes.

Christina mantuvo el arma sobre la copia, aunque no sabía si una bala podía hacer algo más que recordarle que la materia seguía teniendo privilegios. La copia empezó a caminar hacia Adrián.

—No va a cerrarme.

Adrián mantuvo la voz firme con esfuerzo.

—No sé si puedo.

—No quiere.

—Querer ha sido el problema.

—Quiso soñar.

—Sí.

—Y saber si había algo suyo donde solo le dejaron oscuridad. Quiso creer que el sistema mentía por poder, no por miedo.

Adrián tragó saliva.

—Sí.

—Y ahora va a volver a obedecer.

El verdadero Adrián miró a la copia. Christina vio el golpe entrar. Esa era la trampa perfecta: convertir la corrección en rendición, la prudencia en cobardía y la contención en sumisión. No hacía falta poseer a un hombre si se conseguía que confundiera responsabilidad con traición a sí mismo.

Christina habló antes de que Adrián respondiera.

—Obedecer una mentira y cerrar una herida no son lo mismo.

La copia giró hacia ella y su cara volvió a parecer más humana.

—Usted no sabe qué le quitaron.

—Pero sé qué está intentando usar.

—Una detective armada defendiendo puntos de control. Harrow se reiría.

—Quizá. Pero Harrow dejó notas, no niños mirando palanganas.

La copia perdió la sonrisa y Brida activó una secuencia.

En las pantallas del nivel de baterías aparecieron uno a uno los puntos de control del valle: Mercado de Grano, Escuela inferior, Dispensario Norte, Lavadero, Depósitos, Cementerio, Asilo, Puente Seco, Invernadero y Viejo matadero.

Cada nombre iba acompañado de cientos de pequeñas lecturas de cápsulas dormidas, en reposo, en espera.

La red que cada mañana reducía la intimidad del sueño a un diagnóstico verde se desplegó ante ellos como un mapa de cuerpos y Christina sintió una repugnancia inmediata.

Allí estaba todo el valle, no como una comunidad, sino como un inventario fisiológico y, sin embargo, esa misma maquinaria podía impedir que algo usara a un hombre como molde.

—Secuencia lista —dijo Brida—. Necesito un patrón de búsqueda.

Adrián levantó su muñeca.

—¡El mío!

Christina lo miró.

—¿Qué implica?

—Tienen que leerme como anomalía central. Si la copia deriva de mi firma, la red puede atraerla.

—¿Atraerla a usted?

—A mi cápsula, sí.

—No.

—No hay otro patrón tan estable.

—Acabamos de sacar a una niña de una palangana porque alguien pensó que no había otro modo.

—Esto no es usar a otro.

—Es dejar que lo usen a usted con un vocabulario heroico.

Adrián sostuvo su mirada.

—Christina, ya me están usando. La diferencia es si lo hacen ellos o si lo hacemos nosotros mirando.

Ella odió que tuviera razón. No toda, pero la suficiente.

—Si veo que lo pierdes, te derribaré.

—Lo sé.

Brida le colocó un lector de alta ganancia alrededor de la muñeca, sin penetrar la piel.

Mallas observaba como un hombre al que le estaban desmontando un secreto con herramientas prestadas.

Tersen se mantenía junto a él, no apuntándole, pero lo bastante cerca para impedir otro movimiento rápido.

Kael respiraba mal. La copia estaba a menos de tres metros del Adrián real.

—Inicio de la inversión de diagnóstico —dijo Brida.

Los puntos de control se encendieron en el mapa y, en algún lugar del valle, quizá en el mercado de grano, tal vez en el lavadero, posiblemente en la cabina donde una madre había mentido sobre las imágenes de su hijo, decenas de antiguos lectores despertaron de su espera nocturna.

Christina imaginó las pantallas apagadas encendiéndose en salas vacías, las correas enrolladas sobre mesas, las marcas de pies en suelos de piedra, los carteles de DESCANSO LIMPIO, MAÑANA SEGURA iluminados sin nadie que los observara.

Todo el sistema preguntó a la vez: ¿quién sueña?

La copia de Adrián se detuvo.

El Adrián real apretó los dientes. La piel alrededor de su implante se encendió bajo la carne con un resplandor ámbar.

—Lectura fría —dijo Brida—. Anomalía localizada.

La copia giró la cabeza, como si oyera voces desde muchas direcciones.

—No.

—Fijando ausencia —añadió Brida.

—No uséis esa orden —murmuró Mallas.

Christina lo miró.

—¿Por qué?

Mallas no respondió.

En la pantalla apareció una frase:

AUSENCIA COMPATIBLE

RECONOCER / BLOQUEAR .

Adrián gritó en ese momento.

No fue un grito largo, sino una exhalación arrancada desde un lugar al que ninguna tecnología debería llegar.

Cayó de rodillas y Christina se movió hacia él, pero la copia también.

Durante un segundo, las dos figuras de Adrián se superpusieron: el hombre real arrodillado, sudando, con la muñeca encendida; la forma copiada inclinándose sobre él, intentando encajar en el mismo cuerpo.

La luz de las consolas tembló. Arriba, en todo Ðawn’s Falł, las farolas que se habían encendido a la vez empezaron a parpadear con una cadencia de diagnóstico matinal.

Todo el valle parecía estar pasando un control en mitad de la noche.

—¡Bloqueo! —dijo Brida.

La copia se volvió hacia Christina, y por primera vez su voz dejó de ser la de Adrián.

—Si bloquean todos los huecos, solo quedará romper.

La frase no sonó como una amenaza inmediata.

Christina disparó al suelo entre la copia y Adrián y la bala levantó una chispa del hormigón. La forma se deformó lo suficiente y Brida ejecutó la orden final.

Las pantallas se volvieron blancas.

El nivel de baterías quedó sin sonido.

Adrián cayó de lado. La copia se contrajo hacia su muñeca como vapor aspirado por una rendija, luego se desgarró en sucias líneas de luz que atravesaron el aire y desaparecieron en las pantallas de los puntos de control. En cada monitor apareció, durante un segundo, el mismo diagnóstico imposible:

SUEÑO DETECTADO / ORIGEN NEGADO

Después todo volvió al mapa de rutas, con Cementerio en ámbar y la línea veintiuno apagada.

Christina llegó hasta Adrián y le tomó el pulso. La piel de la muñeca estaba inflamada y los tres puntos negros se habían unido formando una línea corta, como el inicio de una letra que no había terminado de escribirse.

—Adrián.

Él abrió los ojos.

—He visto... —tragó saliva—. No. No era un sueño.

Brida se dejó caer contra la consola, agotada. Tersen soltó el aire y Kael respiró con más estabilidad por primera vez. Mallas se agachó, recogió el inhibidor roto del suelo y lo guardó sin decir nada. Christina lo vio.

—Déjelo.

—Es material restringido.

—Todo lo restringido está intentando matarnos esta noche.

Mallas sostuvo el dispositivo en la mano, y durante un segundo Christina pensó que volvería a desafiarla, pero no lo hizo. Lo dejó sobre la consola.

—Ha usado los puntos de control sin comprenderlos.

Christina ayudó a Adrián a sentarse.

—Los he visto comprender demasiado a gente que acaba atada con cables.

—Los puntos no son solo lectores. Son compuertas. Cada diagnóstico correcto sostiene una presión. Cada falso negativo acumula una deuda. Acaban de forzar al sistema a reconocer un sueño y negarlo al mismo tiempo.

Brida levantó la cabeza.

—Era eso o dejar entrar la copia en la matriz.

—No he dicho que se equivocaran —respondió Mallas.

Aquello sonó casi peor que una acusación.

En la consola principal parpadeó una nueva alerta, pero no en el nivel de baterías, sino arriba, en la red civil. Brida se incorporó con dificultad.

—Puntos de control activados en modo de emergencia.

—Creía que los habíamos cerrado —dijo Tersen.

—La inversión los ha despertado. Están solicitando revisión presencial.

Christina sintió que la noche no terminaba.

—¿A quién?

Brida abrió la lista.

Los nombres aparecieron por sectores. No de todos los habitantes.

Solo algunos. Adultos, ancianos y niños.

Personas con microincidencias recientes, clientes de Dulces sueños , familiares de retirados, trabajadores de mantenimiento y vecinos del barrio Cementerio.

Al lado de cada nombre había una etiqueta: SUEÑO POSIBLE .

La lista crecía mientras la pantalla cargaba. Diez. Treinta. Setenta. Más…