12 El edificio de la luz #2
—¿Quién más? —preguntó Christina, antes de que el funcionario pudiera recuperar el control—. ¡Kael, míreme! ¿Quién más participó?
—No era un grupo.
—Eso nunca es cierto.
—Era una prueba.
—Con equipo de Dulces sueños , patrón Harrow, ruta doce desmontada y nodo Cementerio activo.
—La doce ya estaba caída.
Adrián se inclinó más.
—¿Dónde?
Kael tragó saliva con dolor.
—En la vieja carretera. No la tiramos. La encontramos. Había vuelto sola.
—¡Los drones no vuelven solos! —dijo Adrián.
—Ese sí. Ciego. Siguiendo una cápsula que no estaba en ningún registro civil.
Christina recordó las nueve cápsulas activas, las rutas de abajo y las personas retiradas.
—¿La cápsula de quién?
Kael miró a la ranura veintiuno.
—Harrow.
Mallas intervino en ese momento:
—Harrow Venn es un patrón histórico, no una persona activa.
Kael soltó una risa áspera.
—Esa es la clase de frase que les hace dormir, ¿verdad?
Christina se acercó a la ranura veintiuno.
No tenía cable aparente conectado, pero alrededor del símbolo circular la pintura estaba más limpia, como si alguien lo hubiera tocado muchas veces.
En el borde inferior había una palabra casi borrada: APÓCRIFO .
La leyó sin decirla en voz alta. No convenía entregar esa palabra a la estancia todavía.
No a Mallas ni a Tersen, quizá ni siquiera a Adrián. El lector debía seguir detrás.
—Kael —dijo—, ¿dónde está la unidad doce completa?
El técnico cerró los ojos, y Christina le dio una palmada seca en la mejilla.
—¡No se duerma!
—No puedo. Ya lo intenté.
—¿Dónde?
—Bajo Dulces sueños. Pero no toda. Falta el núcleo.
Adrián levantó la cabeza.
—El módulo de barrido profundo.
—Sí.
—¿Quién lo tiene?
Kael movió la mirada hacia Mallas y la tensión cambió de dueño.
Mallas permaneció quieto.
—Tenga cuidado.
Kael sonrió con los dientes llenos de sal.
—Eso me dijeron cuando pedí ver los registros de niños con imágenes.
Cuidado. Cuando pregunté por qué las rutas antiguas tenían veintiún salidas.
Cuidado. Cuando encontré que Dulces sueños vendía el patrón Harrow como sueño de despedida.
Cuidado. Cuidado es la palabra que usan los hombres que ya empujaron a otros por la puerta.
Christina miró a Mallas.
—¿Tiene el núcleo?
—No.
—¿Sabe dónde está?
Mallas sostuvo su mirada.
—Hay componentes de la red que no están bajo custodia.
—¿Bajo custodia de quién?
—De Coordinación fundacional.
Tersen frunció el ceño.
—Eso no existe.
—Para usted no —dijo Mallas.
La frase se desplomó entre ambos como una humillación institucional. Tersen, que hasta ese momento había soportado estar fuera de casi todas las respuestas, se quedó rígido.
—Soy jefe de vigilancia.
—Y se le informa de amenazas vigilables.
—¿Qué amenaza no es vigilable?
Mallas no respondió, pero Christina aprovechó la fractura.
—Kael, ¿qué pasó con Mina?
El técnico volvió a temblar, aunque no de frío, sino de culpa.
—Nada físico. No la toqué. No la llevé a ningún sitio. Su cápsula apareció en las lecturas, porque el patrón la encontraba cada vez que buscaba una imagen estable.
—¿Por qué ella?
—Porque ya tenía fugas. Algunos niños las tienen. Microimágenes. Lagos, torres, casas al revés. Supervisión las llama ruido residual. Dulces sueños las llama; Contenido no autorizado . Los estériles las llamamos: Prueba de que no nos han vaciado del todo .
Adrián apretó los puños.
—¡No me incluyas!
Kael giró los ojos hacia él.
—Tú nos diste palabras.
—¡Os di preguntas!
—Las preguntas sirven para fabricar herramientas cuando las respuestas están prohibidas.
Christina vio cómo Adrián encajaba la frase y, por un instante, casi sintió lástima por él. Pero la lástima era peligrosa cuando había niños en la libreta de un técnico atado a un nodo.
—¿Dónde está ahora Mina?
Kael intentó hablar, pero su boca se llenó de saliva espesa y sal. Adrián lo incorporó un poco y Kael tosió, escupió al suelo una mezcla blanca y oscura, respirando con un silbido.
—No lo sé.
—¡Piense!
—Su madre... la llevaría al control si vio algo. O la escondería, si es lista.
Sam, que llevaba demasiado tiempo callado, habló desde la puerta.
—Lo es, pero tiene miedo de los técnicos. Puede que haya ido a la escuela. Allí esconden a los niños cuando hay revisión nocturna.
Mallas se volvió.
—¿Quién es usted para saber eso?
Sam bajó la vista.
—El que sirve café a las maestras cuando creen que nadie las escucha.
Tersen respiró profundo.
—Necesitamos enviar agentes a la escuela.
—No —dijo Christina.
—¿No?
—Si entran agentes, la madre huirá o entregará a la niña a quien parezca un oficial. Y ahora mismo no sabemos qué oficial no está contaminado por esta cadena.
Mallas la miró con frialdad.
—Cuide sus palabras.
—Me quedan pocas ganas de cuidar nada.
Kael empezó a convulsionar entonces.
No fue un ataque severo. Su espalda se arqueó contra los sacos de cal, sus manos atadas tiraron del cable y las luces del panel parpadearon con violencia.
La ranura Cementerio se encendió en rojo y la ranura veintiuno emitió un destello blanco, breve y sucio, como una lámpara encendida detrás de agua negra fluctuante.
Adrián intentó sujetarlo, pero una descarga lo lanzó hacia atrás.
Christina tiró de él antes de que cayera sobre el panel.
—¡Aléjese! —gritó Mallas.
—¡No corten el cable! —gritó Adrián, al mismo tiempo—. Si lo cortan así, la ruta rebotará.
Kael abrió los ojos de golpe, pero ya no miraba a ninguno de los presentes, sino hacia dentro de algo que no estaba en la sala.
—Está soñando —susurró Livia.
—Está despierto —dijo Tersen.
—No significa lo mismo —respondió ella.
Kael habló con una voz distinta, más baja, como si leyera una frase escrita en otro lugar.
—La niña está junto al lago.
Sam gimió y Christina se arrodilló frente al técnico.
—¿Qué lago?
—El que no cabe en el valle.
—¡Kael!
—Hay casas al otro lado. No miran bien. La torre no tiene ventanas, pero escucha.
La temperatura de la torre pareció descender de golpe.
La cal de los sacos se humedeció y, en el panel, la ranura veintiuno siguió encendida.
Christina no necesitaba que nadie pronunciara la palabra que había leído.
Apócrifo. Allí estaba, pero todavía como un filo, como un efecto, como una amenaza sin una explicación completa.
—¿Cómo sacamos a la niña?
Kael volvió a enfocar apenas.
—No la saquen soñando. Despiértenla antes de que responda.
—¿Responder a qué?
—A su nombre.
Las luces se apagaron.
Durante un segundo todo fue oscuridad, salvo por la ranura veintiuno.
Luego se encendieron las linternas, una tras otra, temblando en manos que no querían temblar.
Kael estaba desplomado, inconsciente o próximo a estarlo.
El cable seguía unido a sus muñecas y la ruta Cementerio ya no parpadeaba. Estaba apagada.
Adrián revisó el pulso.
—Vivo. Apenas.
—¿Puede moverlo?
—Si desconecto el puente con calma, sí. Necesito equipo del edificio de luz.
Mallas recuperó la carpeta roja del suelo.
—Entonces iremos allí.
Christina se levantó.
—No. Iremos a la escuela.
—El nodo debe estabilizarse.
—La niña debe despertarse.
—Si Cementerio cae del todo, podría afectar a cientos de personas.
—Si Mina responde, quizá ya no hablemos de cientos dormidos, sino de una puerta con un nombre.
Mallas se quedó mirándola, pero no preguntó cómo lo sabía. Quizá porque también lo sabía. O tal vez porque llevaba años evitando que otros llegaran a la misma frase.
Tersen intervino, más firme que antes.
—¡Nos dividimos! ¡Mallas y Ross al edificio de luz con Kael! ¡Yo iré con Bequer a la escuela!
—¡No! —dijo Mallas—. ¡Ross se queda bajo mi supervisión!
Christina miró a Adrián. Él estaba pálido, pero no huyó de la mirada.
—Ross viene conmigo.
—¡No es negociable!
—Necesito a alguien que entienda de cápsulas y rutas, si encontramos a la niña conectada a algo.
—¡En el edificio de luz hay técnicos!
—Y no sé cuáles están usando credenciales de un hombre atado a una torre.
Tersen cedió entonces, sorprendentemente:
—Tiene razón.
Mallas lo miró como si acabara de descubrir una grieta en una pared que creía irrompible.
—Jefe Tersen.
—¡No me llame “jefe” ahora! ¡Llevo dos días llegando después de los cadáveres! ¡Pero pienso llegar antes a esto!
El choque entre ambos duró poco, pero bastó para cambiar algo. Mallas no tenía tiempo de imponer toda su jerarquía sin romper el encargo que acababa de ofrecer. Christina lo vio calcular, odiar el cálculo y aceptarlo finalmente.
—Ross va con Bequer —dijo al fin—. Pero después irá al edificio de luz. Necesitamos aislar esa ruta.
—Después —dijo Christina.
Adrián cortó el cable de Kael solo cuando logró desviar el puente a una resistencia portátil del panel.
El técnico quedó inconsciente, con los labios cubiertos de sal y los dedos rígidos y encorvados.
Los agentes lo levantaron con cuidado, pero no por compasión, sino porque todos habían visto lo que pasaba cuando un cuerpo se movía mal dentro de una ruta.
Mallas ordenó su traslado al edificio de luz, no al dispensario.
Tersen no protestó, pero su cara dejó claro que la palabra “vigilable” le seguiría pesando demasiado.
Salieron de la torre inferior con más preguntas que al entrar y una urgencia distinta.
El viejo cementerio parecía haber envejecido mientras estaban dentro.
Las luces ya no recorrían las tumbas en orden inverso, pero varias lápidas sin nombre brillaban con una humedad negra y Sam se quedó mirándolas durante demasiado tiempo.
—Vete con Livia a la funeraria —ordenó Christina.
—Puedo ayudar.
—Puedes hacerlo sin contar nada durante diez minutos.
—Eso no se me da muy bien que digamos.
—Pues ya es hora de que aprendas.
Livia parecía a punto de protestar, pero Christina le entregó el folleto de Orven dentro de una funda y la placa OR-12 envuelta en tela.
—Déselo a Evan. Si no volvemos, que no permita que Mallas retire esto sin testigos.
—¿Y si vuelve con una orden?
—Evan sabrá entonces improvisar las blasfemias apropiadas.