12 El edificio de la luz #3
Livia asintió, no tranquila del todo, pero útil. Sam la acompañó hacia la funeraria, mirando al suelo con una dolorosa disciplina. Mallas partió hacia el edificio de luz con Kael, los dos agentes y el panel portátil de resistencia. Tersen, Adrián y Christina tomaron la calle hacia la escuela.
El edificio escolar se encontraba al otro lado de la plaza alta, una construcción de piedra clara con tejado de pizarra, patio interior y ventanas estrechas protegidas por contraventanas de hierro forjado.
Allí se enseñaba a los niños a leer mapas sin salirse de los bordes permitidos, a recitar la Ruptura sin fechas contradictorias, a no preguntar por el exterior y a dormir sin sueños como si eso fuera una higiene más, igual que lavarse las manos o no beber agua de deshielo sin hervir y filtrar.
Cuando llegaron a la esquina, la escuela estaba iluminada por dentro, aunque ya era hora de cierre.
No había gritos de niños ni movimiento visible.
Solo una luz azulada detrás de las ventanas del aula baja y, sobre la puerta principal, el símbolo de descanso limpio pintado en blanco.
Tersen llamó con el puño.
—¡Vigilancia del Valle! ¡Abran!
Nadie respondió.
Adrián se acercó al lector de entrada.
—La cerradura está activa.
—¿Puedes abrir?
—Sí.
—¿Sin activar alarmas?
—Eso no.
Christina miró las ventanas.
—Hazlo con alarmas entonces. Le dará ambiente.
Adrián conectó una herramienta al lector. La cerradura emitió un pitido, luego otro, y la puerta se abrió, pero no sonó ninguna alarma.
Dentro olía a tiza, papel húmedo y miedo infantil.
El pasillo estaba vacío, y en las paredes colgaban dibujos de montañas, farolas, casas con tejados rojos y drones representados como pequeñas estrellas protectoras.
Uno de los dibujos, al fondo, mostraba un lago negro con casas al revés y una torre sin ventanas.
Tenía escrito abajo: MINA, 7 AÑOS . Alguien había intentado arrancarlo, pero solo había rasgado una esquina.
Como si el mismo dibujo se hubiera resistido.
Christina se acercó al aula inferior.
La puerta estaba entreabierta y dentro había seis niños dormidos sobre colchonetas, cada uno con una manta y una tira de sal alrededor de la cabeza, como un círculo incompleto.
Dos maestras permanecían sentadas contra la pared, despiertas pero inmóviles, con los ojos abiertos y la expresión vacía de quien ha recibido una orden demasiado fuerte como para desobedecerla.
En el centro del aula, junto al radiador, Mina estaba sentada en una pequeña silla, despierta, mirando una palangana llena de agua oscura colocada sobre una mesa.
Su madre, de rodillas a su lado, lloraba en silencio.
Mina sonrió al ver a Christina.
—Llegas tarde —dijo la niña, pero no sonó como a una niña.
Christina sintió que Adrián dejaba de respirar tras ella.
—Mina —dijo con cuidado—. Soy Christina. ¿Te acuerdas de mí?
—Sí.
—Mírame.
—No puedo. Si lo hago, el lago se moverá.
Tersen levantó el arma hacia la palangana y Christina le apartó el cañón con la mano.
—¡No!
—Es agua.
—Nada aquí es solo agua.
Adrián examinó desde la puerta las cápsulas de los niños con su lector portátil.
—Están en sueño ligero inducido. Alguien intentó protegerlos.
Una de las maestras habló sin mover apenas la boca.
—No pudimos despertarla.
La madre de Mina miró a Christina con desesperación.
—Dijo que, si contestaba, nos dejaban dormir a todos. Le dije que no. Que no dijera su nombre. Pero lo sabe. Lo sabe, aunque no lo diga.
Christina se acercó despacio a la mesa. En la palangana, el agua negra estaba perfectamente en calma.
No reflejaba el techo ni las luces del aula.
Reflejaba, muy lejos, una línea de casas oscuras al otro lado de algo inmenso.
Christina apartó la mirada antes de ver más.
No por cobardía, sino por obediencia táctica a demasiadas advertencias acumuladas.
—Mina —dijo—, no tienes que contestar.
La niña frunció el ceño con tristeza.
—Pero son muy educados.
—Las personas educadas también pueden mentir.
—No son personas.
La madre soltó un sollozo y Adrián dio un paso hacia la silla.
—Puedo interferir la cápsula y despertarla del todo.
—¿Riesgo? —preguntó Christina.
—Si está anclada al patrón, podría convulsionar o arrastrar señal a los otros niños. Necesito aislarla.
—¡Hazlo!
Tersen cerró la puerta del aula a medias y se colocó junto a las maestras, más protector que oficial. Christina permaneció frente a Mina, entre la niña y la palangana. La niña empezó a respirar más deprisa.
—¡No te pongas ahí!
—¿Por qué?
—¡Porque te van a ver!
—Que me vean.
—No te gustarán.
—No me conoces tanto.
Mina la miró por primera vez. Sus ojos estaban llenos de lágrimas, pero seguían siendo suyos.
—Te vi en el lago. Llevabas una pistola y no sabías a quién disparar.
Christina sintió un golpe helado bajo las costillas, pero no lo mostró.
—Eso suele pasarme menos de lo que parece.
Adrián colocó electrodos alrededor de la muñeca de la niña. La madre intentó tocarla, pero Christina negó con la cabeza.
—¡Es mi hija!
—¡Por eso no!
La mujer retiró la mano, rota de obediencia.
El lector de Adrián emitió un tono bajo y Mina gimió. El agua de la palangana vibró, no por movimiento de la mesa, sino desde dentro. En la superficie apareció una serie de círculos concéntricos, como si alguien arrojara piedrecitas desde abajo.
Toc. Toc. Toc.
—No mires —dijo Christina a la madre.
—No estoy mirando.
Todos estaban mirando menos Christina, pero ella mantuvo los ojos en Mina.
—Dime algo de aquí —ordenó a la niña.
—¿Qué?
—Algo del aula. Algo feo. Aburrido.
Mina tembló.
—La pata de la mesa está coja.
—Bien. Otra cosa.
—La señorita Brenn huele a sopa.
Una de las maestras empezó a llorar en silencio.
—Otra.
—El radiador hace ruido de ratón. Tengo ganas de hacer pis.
—Perfecto. Quédate con eso.
Adrián ajustó el lector.
—Voy a cortar el anclaje en tres pulsos.
La superficie del agua se oscureció aún más y una voz surgió de la palangana, no alta ni grave, sino compuesta por varias distancias.
—¡Mina!
La niña abrió la boca y Christina le agarró la cara con ambas manos.
—¡No!
La voz repitió:
—Mina Vey.
La madre gritó, pero Tersen la sostuvo. Adrián activó el primer pulso. Mina se arqueó en la silla. Los otros niños gimieron dormidos. Las luces del aula parpadearon. La palangana se llenó de pequeñas ondas.
—Dime otra cosa fea —dijo Christina, casi pegada a la frente de la niña.
Mina lloraba.
—No quiero morir.
—Eso no es feo. Es útil. Otra.
—Tienes sangre seca en la manga.
—Bien. Otra.
Segundo pulso.
La voz en el agua cambió, imitando a la madre.
—¡Cariño, contesta y volvemos a casa!
Mina cerró los ojos y Christina la sacudió.
—¡Mírame!
—¡Es mi madre!
—¡Tu madre está aquí, detrás de mí!
La niña abrió los ojos. Tercer pulso.
La palangana se agrietó hacia dentro, como si el recipiente se hundiera en un espacio más profundo que la mesa.
El agua negra descendió sin derramarse, formando un pequeño embudo.
Durante una fracción de segundo, Christina vio al fondo una torre sin ventanas y muchas casas al revés, quietas, esperando.
Luego Adrián arrancó el electrodo principal y Mina cayó contra ella con un sollozo humano, caliente e inmediato.
La palangana estalló entonces.
Agua normal, sucia y fría, salpicó la mesa, el suelo y las piernas de Christina.
Las luces se estabilizaron y los niños empezaron a despertar, llorando.
Las maestras recuperaron movimiento. La madre se lanzó hacia Mina y Christina se la entregó solo cuando estuvo segura de que la niña seguía mirando el aula y no otro lugar.
Adrián se apoyó contra la pared, sudando.
—Está fuera.
—¿Del todo?
—Eso no lo sé.
Mina, abrazada a su madre, susurró:
—Se ha quedado con la torre.
Christina se agachó.
—¿Quién?
La niña señaló el dibujo rasgado de la pared.
—El hombre con sal en la boca.
Tersen se acercó a la ventana. Afuera, hacia el cementerio, una luz roja parpadeaba en la torre inferior.
—Tenemos que volver.
El comunicador de Tersen crepitó. Una voz de agente habló con interferencias.
—¡Jefe... edificio de luz solicita apoyo... el técnico Ormun ha despertado... repite una frase... no podemos contener...!
Tersen pulsó el botón.
—¿Qué frase?
La respuesta llegó rota, pero clara.
—Dice que ya han encontrado a alguien que sueña mejor.
Christina miró a Mina, pero la niña negó con la cabeza, entendiendo demasiado.
—No soy yo —susurró.
Adrián bajó la vista hacia su propio lector portátil.
La pantalla mostraba una señal de cápsula activa en las inmediaciones.
No la de Mina ni la de ninguno de los niños.
Una señal más fuerte, adulta, estable y conectada a la ruta de Cementerio desde algún punto entre la escuela y el edificio de luz.
Christina vio su expresión.
—¿Quién?
Adrián giró lentamente el lector hacia ella.
El identificador aparecía parcialmente bloqueado, pero el nombre asociado era visible. ADRIÁN ROSS.
Durante unos segundos, nadie habló. Ni siquiera los niños.
Adrián miró su muñeca, como si acabara de descubrir que llevaba toda la noche caminando con una puerta dentro.
Christina levantó la pistola, no del todo hacia él, pero tampoco lejos.
—¡No te muevas!
Adrián obedeció.
Afuera, pasó un dron sobre la escuela. Luego otro. Después el hueco y, esta vez, aunque nadie lo contó, todos supieron exactamente dónde faltaba.