12 El edificio de la luz
El viejo cementerio de Ðawn’s Falł no estaba silencioso aquella noche, aunque todos los vivos que lo cruzaban intentaran comportarse como si lo estuviera, porque el silencio de un cementerio real no consiste en la ausencia de ruido, sino en la aceptación de que nada debe responder cuando uno pisa grava entre lápidas, y allí respondían demasiadas cosas.
Respondía la luz, encendiéndose en franjas inversas desde los nichos recientes hacia las cruces más gastadas; respondía el barro, hundiéndose bajo las botas con una humedad impropia de una noche sin lluvia; respondían las placas de bronce con pequeños crujidos de dilatación, como si los nombres escritos en ellas se acomodaran bajo una presión renovada; respondía incluso el aire, que llevaba desde la zona de la torre baja un olor a sal mojada, metal caliente y manzana dulce echada a perder, el mismo olor que Christina había aprendido a reconocer en los cuerpos marcados, en los tablones de El Deshielo y en la cámara subterránea de Dulces sueños .
Caminaba delante, sin mirar al cielo, obligándose a mantener la atención en el suelo, en los muros, en la distancia entre lápidas, en el ángulo de las sombras y en el modo en que Tersen sujetaba su arma reglamentaria con demasiada fuerza, como si pretendiera exprimir en ella toda su incertidumbre.
A su izquierda, Adrián avanzaba con el maletín contra el pecho y la cara contraída por una culpa que se volvía más visible cuanto más cerca estaban del nodo antiguo de Cementerio; a la derecha, Mallas caminaba con una linterna oficial, la carpeta bajo el brazo y una serenidad tan trabajada que parecía forjada con la misma materia que los comunicados municipales.
Detrás iban dos agentes de vigilancia, Livia y Sam, este último con el cuaderno escondido dentro del abrigo, como si ocultara un arma prohibida.
Nadie hablaba. No por respeto a los muertos, sino por miedo a que cualquier palabra sirviera de respuesta a algo que estaba esperando alguna.
La torre inferior apareció al final de la calle interior del cementerio, pegada al muro norte, junto a la zona de tumbas sin nombre que Evan había mencionado muchas veces sin explicar demasiado.
No era alta en sentido estricto, apenas una construcción cuadrada de piedra oscura con tejado inclinado, una puerta de hierro, una ventana estrecha en la parte superior y restos de una antigua estructura metálica en el techo, pero allí, entre cruces y cipreses inclinados por el viento, tenía la autoridad de las cosas que han sido rebautizadas para que nadie recuerde su función.
En la placa moderna se leía DEPÓSITO DE HERRAMIENTAS .
Y bajo esa placa, raspadas por el tiempo o por una mano paciente, asomaban letras más viejas: TORRE DE SEÑAL .
Christina iluminó el muro. Entre ambas denominaciones había marcas de pintura, remaches nuevos y un cable grueso que descendía desde el tejado hasta una caja de distribución conectada a la red de farolas del cementerio.
Adrián se acercó a la caja, pero no la tocó.
—Este nodo no debería estar activo.
—La noche está llena de cosas que no deberían —respondió Christina—. Dime algo que sirva.
—Si está enviando pulso de ruta, lo hace a través de la línea antigua. No por el moderno edificio de luz.
Mallas se colocó al otro lado de la puerta.
—El edificio de luz supervisa todas las líneas.
Adrián lo miró con una mezcla de miedo y hartazgo.
—Supervisa lo que se dejó supervisar cuando actualizaron los paneles. Esto es anterior. Hay repetidores que aparecen como pasivos, pero si alguien sabe despertarlos pueden emitir.
—¿Quién lo sabe? —preguntó Christina.
Adrián no apartó la vista de la puerta.
—Kael lo sabía.
—¿Y tú?
—Yo sé que existen, pero no he trabajado con este nodo.
Mallas emitió una risa un poco estridente.
—Curiosa especialidad la suya, señor Ross. Siempre sabe lo bastante como para advertir y nunca lo suficiente para asumir.
Adrián dio un paso hacia él, pero Christina levantó una mano.
—Luego se insultan. Ahora abrimos.
Tersen ordenó a uno de los agentes que forzara la cerradura.
El hombre se inclinó con una ganzúa de servicio, pero antes de tocar el mecanismo, la puerta de hierro hizo un chasquido y se abrió un dedo hacia dentro.
Nadie se movió durante tres segundos y Sam cerró los ojos.
Livia murmuró que aquello no era normal.
Mallas se limitó a observar la rendija como si quisiera convencerla de volver a su sitio por obediencia administrativa.
Christina empujó la puerta con la punta de la pistola.
El interior olía a sal vieja, polvo eléctrico y ropa húmeda.
La torre tenía una sola estancia inferior, con estanterías de herramientas funerarias, sacos de cal, palas, rastrillos, cuerdas, una carretilla plegada y cajas de velas.
Pero la función de depósito era una piel reciente.
Detrás de las estanterías, donde alguien había retirado herramientas a toda prisa, se veía una pared técnica: interruptores antiguos, aisladores cerámicos, bobinas, medidores y un panel metálico con veintiuna ranuras numeradas.
Christina notó el error antes de entenderlo.
Las primeras veinte ranuras estaban marcadas con nombres técnicos desvaídos; la duodécima tenía hollín alrededor; la correspondiente a Cementerio parpadeaba con una luz ámbar enfermiza.
La ranura veintiuno no llevaba número, solo una marca circular atravesada por tres cortes.
—Eso no aparece en ningún plano moderno —dijo Adrián.
—Qué sorpresa —murmuró Tersen.
En el centro de la estancia, sentado en el suelo con la espalda apoyada contra un saco de cal, estaba Kael.
No parecía un fugitivo, sino un hombre que hubiera llegado allí después de cavar durante días bajo una casa equivocada.
Tendría unos cuarenta años, cuerpo ancho de técnico exterior, barba oscura salpicada de blanco, chaqueta de mantenimiento rasgada, botas llenas de barro y manos atadas con cable de luz alrededor de un conector de cobre que salía del suelo.
La boca estaba manchada de sal. No “en los labios” como metáfora: entre los dientes, pegada a las encías y acumulada en las comisuras, como si alguien hubiera intentado obligarlo a morder un buen puñado.
La cápsula de su muñeca parpadeaba bajo la piel con un destello irregular que no coincidía con ninguna lectura conocida por Christina.
A su lado había un casco de inducción desmontado, dos sellos dérmicos de Dulces sueños y una libreta abierta con diagramas dibujados a mano.
Kael estaba vivo. Respiraba. Pero sus ojos, abiertos hacia el techo, no seguían la luz ni a las personas.
Adrián soltó su nombre y se arrodilló junto a él antes de que Christina pudiera detenerlo.
—Kael.
El hombre no respondió.
—No lo toque —dijo Mallas.
Adrián lo ignoró y le buscó el pulso en el cuello.
—Está vivo.
—Eso no significa que esté presente —dijo Christina.
Mallas hizo una seña a los agentes.
—Retírenlo.
Christina apuntó al suelo entre los agentes y Kael, no a ellos, pero el mensaje bastó.
—¡Nadie lo mueve hasta que sepamos qué lo mantiene conectado!
—Detective.
—Usted me ha encargado investigar. Y los estoy haciendo.
Tersen miró el cable que ataba las manos de Kael al conector del suelo.
—Si tiramos, ¿qué pasará?
Adrián examinó la conexión con una pequeña linterna. Sus manos temblaban menos cuando trabajaba.
—El cable no lo ata solo físicamente. Está haciendo puente con su cápsula. Alguien lo usa como repetidor humano.
Livia se cubrió la boca.
—Para el patrón.
—Para la ruta Cementerio —dijo Adrián—. Kael no robó un dron. Está sustituyendo parte del barrido con su propia cápsula. O alguien lo obligó a hacerlo.
Christina se agachó junto a la libreta. Había dibujos de rutas aéreas, esquemas de farolas, capas de iluminación y una frase repetida varias veces con letra de Kael: “ Un pequeño sueño no abre una puerta. Un pequeño sueño demuestra humanidad .” En otra página aparecía un nombre: Mina .
Christina sintió un frío inmediato, más preciso que el del cementerio.
—Sam.
El hombre se acercó con miedo.
—¿Qué?
Christina señaló el nombre.
—La niña del control. La que vio el lago negro. ¿Dónde vive?
Sam palideció.
—Cerca de la escuela. Con su madre.
—¿Por qué tendría su nombre Kael?
Sam abrió la boca, pero no respondió. Livia miró la libreta y luego a Adrián
—No pudo usar una niña.
—No lo sabemos —dijo Christina.
Adrián había dejado de examinar el cable y ahora miraba también el nombre.
—Kael no haría eso. No la usaría para una prueba.
—¿A quién sí?
Adrián no contestó, y Christina lo entendió antes de que él hablara.
La única persona a la que un idealista convencido suele arriesgar primero es a sí mismo, a otro convencido o a alguien que cree que la prueba va a devolverle algo robado.
Pero el nombre de Mina en la libreta no estaba allí por azar.
Kael movió la boca y todos se quedaron inmóviles.
Adrián se inclinó.
—Kael. Soy Adrián. ¿Me oyes?
Los labios del técnico se abrieron con dificultad. La voz salió rasgada, llena de sal.
—No era para ella.
Christina sintió que toda la sala se inclinaba hacia la frase.
—¿Mina?
Kael tardó demasiado en enfocar. Cuando lo hizo, no miró a Christina, sino a un punto detrás de ella, cerca de la ranura veintiuno.
—Ella ya veía.
—¿Qué significa eso?
—No la elegí. La encontró el patrón. Yo solo quería una noche. Una persona adulta. Voluntaria. Una imagen pequeña. Sin puerta. Sin profundidad.
Adrián cerró los ojos.
—¿Qué hiciste, Kael?
El hombre intentó reír, pero le salió una tos que dejó más sal en sus labios.
—Soñar.
Mallas dio un paso brusco.
—¡Nombre de los cómplices!
Kael lo oyó y sonrió con un cansancio feroz.
—¿Ahora sí quiere nombres?
—Está implicado en sabotaje de infraestructura crítica.
—Usted está implicado en ochenta y cinco años de miedo con membrete epistolar.
Tersen miró a Mallas, quizá esperando una reacción violenta, pero Mallas no se movió, aunque su cara se oscureció.