Ladrones de sueños 11 El encargo #3
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11 El encargo #3

Hubo un silencio y Tersen respondió:

—Acepto.

Mallas no dijo nada, pero eso también era una aceptación.

Evan abrió con una lentitud hostil. En la calle había cuatro agentes, dos técnicos de aislamiento, un vehículo sanitario sin matrícula y, tras ellos, varias ventanas con rendijas iluminadas.

Tersen entró primero, con las manos visibles.

Mallas lo siguió, impecable dentro de su abrigo oscuro, la barba recortada, los ojos fríos y una carpeta roja bajo el brazo.

No miró a los demás al principio. Solo el suelo, la sal húmeda, las huellas, los tablones marcados, el viejo lector y la aguja fuera de escala.

Su expresión no mostró sorpresa. Solo cálculo.

—Ha reunido una peligrosa colección.

—Usted ha escondido otra más grande.

—Por eso seguimos vivos.

—Y por eso no sabemos qué nos está matando.

Mallas abrió la carpeta y dejó sobre la mesa un documento firmado por Supervisión de Descanso, Vigilancia del Valle y Coordinación de Infraestructura Nocturna.

Christina leyó deprisa. El lenguaje era perfecto en su opacidad: incidencia aérea, ruta Cementerio, posible sustracción o corrupción de unidad funcional, comportamiento civil de riesgo, necesidad de investigación externa limitada, confidencialidad, obligación de entrega de hallazgos, restricción de divulgación pública, autorización parcial para acceso a nodos de luz y registros de ruta bajo supervisión.

No mencionaba Dulces sueños por ninguna parte.

Tampoco unidad doce ni reaparecidos . Como tampoco mencionaba sueños .

—Quiere contratarme para investigar una mentira oficial —dijo Christina.

—Para impedir que una verdad mal manejada mate a más personas.

Christina sostuvo su mirada y, por vez primera, Mallas parecía cansado de verdad. Aunque no arrepentido ni inocente.

—¿Condiciones?

—Están en el documento.

—Las mías no. Nola se quedará aquí bajo cuidado de Evan.

Adrián trabajará conmigo, no bajo su custodia.

Livia quedará como testigo protegido mientras conserve información útil.

Sam no será detenido por contar rutas, aunque le recomiendo no volver a hacerlo.

Marek volverá a abrir o cerrar su cafetería cuando le dé la gana.

Olin... —miró al borracho— Olin intentará no disparar a nadie salvo extrema necesidad.

—Prometo intentarlo —dijo Olin, pero Mallas no se molestó en mirarlo.

—No puedo aceptar todo eso.

—Entonces no tiene investigadora.

—Puedo obligarla si lo prefiere.

—Puede. Y luego tendrá una detective arrestada, una paciente retirada, un técnico asustado, una empleada de Dulces sueños desaparecida, un funerario cabreado, un camarero con pruebas bajo el suelo y un borracho que quizá sepa más historia que todos sus archivos juntos. Todo eso mientras falta Cementerio .

Tersen soltó un resoplido muy leve, casi admirativo y Mallas lo oyó.

—Acepto protección temporal de Venn en este lugar durante seis horas —dijo Mallas—. Ross queda bajo su responsabilidad. Noss entrega la unidad de memoria.

Livia dio un paso atrás.

—¡No!

Christina no apartó la vista de Mallas.

—Se les entregará una copia. No la original.

—Eso es inaceptable.

—Entonces vuelva a la parte de romper la puerta.

Mallas apretó la carpeta hasta que el cartón crujió.

—Cuatro horas.

—Seis.

—Cinco.

—Y acceso al nodo del viejo cementerio.

Mallas miró a Tersen, que no parecía entender del todo, pero asintió con la cautela de quien prefiere una dirección concreta a un pánico circular.

—Cinco horas —dijo Mallas—. Acceso supervisado al nodo Cementerio . Acceso limitado a registros de ruta. Sin comunicación pública. Sin entrada a zonas de montaña y sin manipulación de drones activos sin autorización.

—¿Y Kael Ormun?

Por primera vez, Mallas se quedó quieto de una manera que no era intento de control.

—¿Qué sabe de Kael?

—Que desapareció, que sus credenciales activaron rutas y que lo van a culpar de todo si no aparece algo más conveniente.

—Kael Ormun es un técnico en fuga con acceso a infraestructura crítica.

—O un muerto anticipado.

—No use palabras sin tener pruebas.

—Usted usa eufemismos sin vergüenza.

La aguja del lector de Nola golpeó con fuerza la carcasa y todos miraron. Nola se incorporó apenas, con los ojos fijos en la ventana que daba al cementerio.

—No está en fuga.

Adrián se acercó a ella.

—¿Quién?

—Kael.

—Nola, ¿lo ves?

La joven negó con la cabeza.

—Lo sueño despierta.

Mallas dio un paso hacia ella. Evan se interpuso antes de que Christina pudiera hacerlo.

—Ni uno más.

Nola habló con una voz fina, muy cansada.

—Está bajo la torre inferior. No quiere abrir, pero alguien está usando su mano. Hay sal en sus dientes. Dice que lo siente. Dice que el sueño era pequeño.

Adrián pareció recibir la frase como un golpe en el estómago.

—La prueba.

Christina dobló el documento del encargo y se lo guardó en el abrigo sin firmar todavía.

—¡Vamos al cementerio!

Mallas extendió la mano.

—¡Debe firmar!

—¡Cuando volvamos con Kael o con lo que quede de él!

—¡Esto no funciona así!

Christina comprobó el cargador de la pistola, lo encajó de nuevo y miró hacia la ventana, donde la ruta Cementerio seguía ausente del cielo y demasiado presente bajo la piel de la casa.

—¡Esta noche nada funciona como debería!

Salieron poco después por la puerta principal, no como aliados, sino como piezas obligadas a moverse en la misma dirección, antes de que el tablero se hundiera bajo sus pies.

Christina encabezaba el grupo con Tersen a su derecha y Adrián a medio paso detrás.

Mallas los seguía con dos agentes, Livia caminaba junto a Sam, y Evan se quedó en el umbral de la funeraria con Nola, Marek y Olin tras él, sosteniendo la casa como se sostiene una vela en una corriente de aire.

La calle hacia el viejo cementerio estaba iluminada por farolas que se encendían en orden contrario, desde las lápidas hacia los vivos y, al fondo, la torre inferior aparecía como una sombra cuadrada pegada al muro norte, pequeña, olvidada y demasiado antigua como para figurar en las explicaciones modernas.

Sobre ellos pasó un dron justo en ese momento.

Nadie lo contó. Pero todos sintieron el hueco que dejaba el que no pasaba.

Christina comprendió entonces que el encargo no consistía en encontrar una máquina perdida, ni siquiera en descubrir quién la había robado.

Consistía en averiguar cuánta parte del valle seguía siendo valle cuando se apagaba una ruta, cuántas mentiras eran muralla y cuántas puerta, y qué clase de pequeño sueño podía bastar para enseñar a algo antiguo el camino de regreso.