11 El encargo #2
Todos la miraron. Ella seguía sin cruzar del todo, quizá porque la línea de sal la incomodaba o porque la funeraria representaba lo contrario de su mundo limpio de cabinas: aquí no se vendía regreso, se cerraban los ojos de verdad. Para siempre. Un sueño eterno. Y gratis.
—La unidad doce fue usada para simular presencia y buscar un hueco —continuó—. Si ahora falta Cementerio , alguien puede estar haciendo lo mismo con esa ruta.
—¿Con qué dron? —preguntó Marek—. ¿También lo han bajado a un sótano?
Adrián miró hacia el techo.
—No necesariamente. Podrían usar la ausencia de la doce para forzar compensaciones en otras rutas. Si la matriz intenta cubrir un hueco, sobrecargará las rutas vecinas. Cementerio está cerca de la línea antigua que pasa por la funeraria, el viejo cementerio y la salida hacia los almacenes de sal.
—Simplifica —ordenó Christina.
—La red está confusa. Alguien la está confundiendo a propósito.
—Eso no es simple. Es deprimente.
El teléfono de la funeraria sonó, pero nadie se movió. El sonido pareció indecente en mitad de la sala, una intrusión doméstica en un lugar donde todos sostenían armas, herramientas o terror. Evan fue a contestar, pero Christina levantó una mano y descolgó.
—Darr. Servicios de descanso final —dijo una voz femenina al otro lado, demasiado serena, demasiado cercana al tono de las locutoras municipales—. Confirme disponibilidad para tres preparaciones R-MONT anticipadas. Confirme recepción de ruta Cementerio. Confirme sueño estable de paciente Nola Venn.
Christina guardó silencio.
—Confirme —repitió la voz.
No era una grabación. Había respiración.
—¿Quién habla? —preguntó Christina.
Hubo una pausa.
—Confirme identidad.
—Christina Bequer.
Otra pausa, más larga. Luego el tono cambió. Menos locutora, más persona.
—No debería estar ahí.
—Es un consejo muy popular.
—Salga de la funeraria antes del barrido completo.
—¿Quién es?
—Alguien que no quiere mesas llenas esta noche.
—Nombre.
Christina cubrió el auricular con la mano.
—Brida Senn —repitió en voz baja.
—Sincronía de farolas y cabinas —respondió Adrián—. Mantenimiento. La mencioné.
Christina volvió al teléfono.
—¿Dónde está?
—En el edificio de la luz. No puedo hablar mucho.
—Ya lo está haciendo.
—Porque Kael ha desaparecido y alguien está usando sus credenciales para mover rutas.
Adrián cerró los ojos.
—¿Kael Ormun? —preguntó Christina.
—Sí. Si está con usted, no le crea.
—No lo está.
—Entonces quizá todavía esté vivo.
—Qué tranquilizador.
La voz de Brida tembló por primera vez.
—No lo entiende. Kael no quería dañar a nadie.
Creía que podía demostrar que los drones no nos protegían, que solo mantenían una mentira.
Dijo que había encontrado un modo de hacer soñar a una persona sin abrir sueño profundo.
Una pequeña prueba. Una sola. Luego dejó de contestar y sus credenciales activaron la línea doce y ahora la de Cementerio.
—¿Dónde hizo la prueba?
—No lo sé.
—Piense.
—Almacenes de sal. Taller exterior. Sector oriental inferior.
Christina miró a Adrián.
—¿Quién era la persona?
La línea crujió y, durante un segundo, se oyó otro sonido detrás de Brida, como una puerta abriéndose.
—Brida —dijo Christina.
La mujer bajó la voz.
—No busque a la persona. Busque el sueño.
—Eso no significa nada.
—No necesitan llevar un cuerpo a todas partes. Si el patrón prendió en alguien vivo, pueden usarlo desde donde esté durmiendo o intentando no dormir. El cuerpo es un ancla. El sueño ruta.
Christina sintió que la sala se estrechaba alrededor de Nola.
—¿Quién sueña?
—No lo sé.
—Brida.
—No lo sé. Pero la red está marcando un hueco compatible en el barrio del cementerio. Muy cerca de ustedes.
Detrás de la voz de Brida alguien habló, demasiado lejos para entender lo que decía y ella susurró:
—Van a decirle que es un encargo oficial. No acepte sus condiciones. No trabaje sola para Supervisión. Y no permita que se lleven a Nola.
La línea se cortó tras esa información.
Christina dejó el auricular en su sitio sin colgarlo del todo. Todos la miraban.
—Habla —dijo Evan.
—Kael Ormun desapareció. Sus credenciales activaron la línea doce y quizá la de Cementerio. Hizo una prueba para soñar sin sueño profundo. Puede que haya un ancla viva en este barrio.
Nola empezó a negar con la cabeza.
—No soy yo.
—Nadie ha dicho que lo seas.
—Pero todos lo habéis pensado.
Nadie lo negó.
Adrián se acercó al mapa funerario de la pared, donde aún estaban trazadas las tres lenguas antiguas y las rutas del sector inferior.
Añadió con lápiz la línea de Cementerio , según su memoria técnica.
Pasaba por la funeraria, rozaba el muro norte del viejo cementerio, cruzaba la calle de los nichos provisionales y descendía hacia los depósitos de sal.
Christina marcó Dulces sueños , la casa de Nola, la cafetería, la plaza, la conducción norte y la posición estimada de la unidad doce en el sótano.
Las líneas no formaban un círculo, sino una especie de espiral deformada alrededor de una zona concreta: la franja entre la funeraria y el viejo cementerio.
—¿Qué hay ahí?
Evan respondió.
—Muertos.
—Sé que puedes ser más específico.
—El viejo cementerio, la cripta de los fundadores, los nichos provisionales, la sala de espera de cuerpos no reclamados y el osario de la Ruptura.
Sam, que había permanecido en silencio junto a la puerta, se movió por fin.
—Y la torre inferior.
Christina lo miró.
—¿Qué torre?
—Ahora la llaman depósito de herramientas del cementerio. Antes era una torre de señales. Mi padre decía que desde allí se encendían luces para los caminos de arriba, antes de que dejaran de existir.
Adrián se volvió hacia él.
—¿Dónde exactamente?
Sam señaló el mapa con el dedo, evitando tocar la línea de Cementerio.
—Aquí. Junto al muro norte. Cerca de las tumbas sin nombre.
—Eso coincide con un antiguo repetidor —dijo Adrián—. En los planos modernos aparece como nodo pasivo.
—¿Puede usarse para imitar un barrido?
—Con equipo, sí.
—¿Con credenciales de Kael?
Adrián no contestó. Ya no hacía falta.
La puerta principal de la funeraria recibió un golpe fuerte y todos se giraron. Después sonó una voz masculina desde la calle.
—¡Christina Bequer! ¡Abra! ¡Supervisión de Descanso y Vigilancia!
Era Mallas.
Evan murmuró una obscenidad y Olin levantó la escopeta. Marek apretó la barra de hierro. Livia retrocedió hacia la sala de flores. Nola cerró los ojos por puro instinto y Christina la llamó por su nombre con demasiada dureza.
—Nola.
La joven los abrió, llorando.
—Lo siento.
—No lo sientas. Pero no te vayas.
Christina hizo una señal a Evan para que no abriera aún. Se acercó a la puerta, quedándose a un lado.
—¿Qué quiere?
La voz de Mallas llegó filtrada por la madera.
—¡Traigo una orden de colaboración inmediata!
—¡Deslícela bajo la puerta!
—¡No es ese tipo de orden! ¡De las que se arrastran por el suelo!
—Entonces es una visita.
Hubo una pausa. Luego habló Rul Tersen, pero con menos frialdad.
—¡Bequer, abra! ¡Hay un problema de seguridad! ¡Necesitamos hablar!
—¡Estoy emocionada por la novedad!
—¡No lo haga más difícil!
—¡Tersen, esta casa ya está dentro del problema! ¡Si entran con armas y técnicos, la gente que intento mantener viva puede dejar de estarlo!
Mallas volvió a hablar.
—¡La paciente Nola Venn debe ser trasladada a aislamiento del sueño!
Nola soltó un sonido ahogado, y Evan dio un paso hacia la puerta con una rabia tan silenciosa que Christina tuvo que levantar una mano para contenerlo.
—¡No!
—¡Detective, se le ofrece un encargo formal!
¡Localizar la anomalía de la ruta Cementerio, identificar si se trata de sabotaje técnico, accidente de compensación o interferencia externa, y mantener la investigación bajo confidencialidad operativa!
¡A cambio, la paciente Venn será estabilizada bajo custodia médica!
Christina miró a Adrián. Él había palidecido.
La formulación coincidía demasiado con lo que debía ser el encargo previsto: localizar el dron, identificar accidente o sabotaje y mantenerlo fuera del debate público.
Solo que ahora el caso había cambiado de nombre, la unidad doce estaba en un sótano, faltaba el dron denominado Cementerio, Kael había desaparecido y Nola era el posible ancla.
—¿Y si no acepto?
Mallas no respondió de inmediato, pero cuando lo hizo, su tono ya no tenía la cortesía administrativa de siempre.
—¡Entonces entraré con una orden sanitaria, retiraré a la señorita Venn, detendré al señor Ross por manipulación no autorizada de rutas críticas, cerraré este establecimiento por contaminación y usted pasará la noche explicando por qué ha obstruido dos procedimientos de emergencia mientras el valle perdía protección aérea!
Evan susurró:
—Déjame abrirle con el bisturí.
—Tentador —dijo Christina.
Tersen habló desde fuera, más bajo esta vez:
—Bequer, hay gente asustada en sus casas. Si el barrido de Cementerio falla del todo, no sé qué pasará. Pero he visto las caras de quienes sí lo saben. Acepte el encargo y manténgase al margen.
Christina no confiaba en Tersen lo suficiente como para obedecerlo, pero sí lo bastante como para notar cuando un hombre armado admitía un miedo real.
Miró la sala. Nola temblaba bajo el lector.
Evan estaba listo para matar o morir por alguien a quien consideraba su gente.
Marek intentaba no mirar los tablones. Olin sostenía una escopeta que no sería suficiente para protegerlos.
Sam llevaba un cuaderno capaz de convertir ausencias en anclas.
Livia tenía una unidad de memoria robada de Dulces sueños y Adrián era una llave manchada por sus propias preguntas.
Afuera, Mallas ofrecía un encargo envenenado, porque necesitaba algo que no podía conseguir con simples órdenes.
—Abriré —dijo Christina—, pero nadie cruza el umbral salvo Tersen y Mallas. Sin técnicos. Sin armas. Sin tocar a Nola.
—No dicta condiciones —objetó Mallas.
—Entonces rompa la puerta y descubra cuánto tarda en llenarse la funeraria. Ya se ha llevado demasiadas cosas sin testigos.