11 El encargo
La campana funeraria de Evan no sonaba como las campanas del municipio ni como los avisos de descanso ni como los tonos graves del aniversario de la Ruptura, porque aquella no estaba conectada a ningún sistema central, no dependía de la red de luz, no podía adelantarse ni retrasarse por orden de Supervisión y no obedecía más que a una vieja cuerda atada a una mano humana.
Por eso Christina supo, mientras corría hacia la funeraria con Adrián, Livia y Sam arrastrando el miedo detrás de ella, que el sonido era mucho peor que una alarma oficial.
Las alarmas oficiales informaban a la población de aquello que la administración ya había decidido cómo nombrar; pero la campana de Evan avisaba de algo que aún no había entrado en el vocabulario de nadie.
Sonaba rápido, irregular, casi furiosa, golpeando la noche adelantada del valle con un metal estridente que hacía abrirse rendijas en las ventanas y obligaba a los vecinos a mirar, aunque las normas, las madres y el instinto les dijeran que no lo hicieran después del primer toque.
A ambos lados de la calle, las casas aseguraban sus cerrojos, cadenas y muebles arrastrados contra las puertas.
Una mujer rezaba una fórmula de abuela en una lengua deformada por generaciones de miedo.
Un niño preguntaba por qué los drones iban deprisa.
Alguien apagó una lámpara desde dentro, justo cuando una ruta aérea pasó sobre los tejados y dejó en los cristales un temblor blanquecino.
Sam corría con dificultad, con el cuaderno apretado al pecho, respirando en sacudidas, pero no se quedaba atrás.
Cada pocos pasos levantaba la vista y se mordía los labios para obligarse a no contar.
A Christina le habría resultado casi cómico en otro momento: un hombre intentando no hacer aquello que lo definía.
Pero ahora, le pareció una pequeña forma de heroísmo deforme y miserable, la clase de heroísmo que quizá mantenía vivo a un pueblo sin que lo supiera.
—No mire arriba —le dijo, sin girarse.
—No lo hago —respondió Sam.
—Está mirando con la frente.
Sam tropezó, recuperó el paso y soltó una risa de asfixia.
—Hace dos días me habría gustado que alguien dijera eso en voz alta, para oír lo ridículo que suena.
—Hace dos días no teníamos un dron destripado en el sótano de una tienda de sueños.
Livia, que corría con menos resistencia de la esperable para una coordinadora acostumbrada a moverse entre cabinas acolchadas, se volvió hacia Christina con la expresión pálida.
—No era una tienda.
—Ahora no defienda el escaparate.
—Digo que no era solo una tienda. Nunca lo fue.
—Eso tampoco mejora las cosas.
Adrián no hablaba. Desde que salieron de las instalaciones de Dulces sueños con la placa OR-12 en el bolsillo de Christina, la unidad de memoria de Livia bajo el uniforme y el folleto escrito por Orven Satt guardado contra el pecho de la detective, su silencio se había vuelto denso, pero no vacío.
Christina notaba que iba a su lado cargando una culpa que aún intentaba clasificar: si era culpa por haber dado datos a quienes no debía, por haber querido creer en el derecho a soñar sin comprender qué protegía la ausencia, o por seguir sin confesar algo más.
No tenía tiempo para arrancárselo. La campana de Evan seguía golpeando.
La ruta Cementerio faltaba y la funeraria quedaba dentro de ese hueco.
Doblaron hacia la calle de los muertos y encontraron la primera señal de que algo había cambiado.
Las farolas de la funeraria no estaban apagadas ni encendidas: respiraban.
La luz subía y bajaba en pulsos lentos, como si todo el barrio durmiera bajo un párpado mecánico.
El viejo cementerio, visible al fondo tras la verja, aparecía iluminado por franjas intermitentes que recorrían las lápidas en orden inverso al habitual, empezando por la zona de los recién enterrados y terminando en las tumbas más antiguas, donde las inscripciones estaban gastadas por lluvia, sal y dedos familiares.
Sobre la puerta trasera de la funeraria, Evan había colgado una lámpara roja de las que se usaban durante preparaciones nocturnas.
Estaba encendida y, en el umbral, Olin sostenía la escopeta con ambas manos, no apuntando al cielo ni hacia la calle, sino al suelo del patio.
Tenía la botella en el bolsillo, pero intacta.
Eso fue lo primero que Christina registró.
Lo segundo fue el barro negro bajo la puerta.
No era una mancha traída por botas, sino una fina línea que surgía del interior hacia el patio y se detenía antes de tocar la calle, como si algo hubiera intentado cruzar y hubiera sido contenido por el círculo de sal que Evan había trazado torpemente alrededor del acceso.
La sal no estaba limpia. Se había humedecido y oscurecido en varios puntos, formando pequeños grumos brillantes.
Olin miró a Christina con una expresión sin ningún tipo de máscara.
—¡No han entrado por la puerta!
—¿Dónde está Evan?
—Dentro. Con la chica y el camarero.
—¿Heridos?
—No.
Christina pasó por encima de la línea de sal sin tocarla y entró en el patio. Olin se apartó y Adrián se agachó junto al barro, pero Christina lo agarró del abrigo antes de que lo examinara.
—Después.
—Puede ser importante.
—También puede comerte la mano.
Livia se quedó en el umbral, incapaz de cruzar del todo.
Sam entró detrás de ella mirando al suelo, como si hubiera decidido que cualquier dirección era más segura que el cielo.
En el interior de la funeraria el aire estaba frío, cargado de romero, cera y electricidad quemada.
La campana dejó de sonar justo cuando Christina cruzó el pasillo.
El silencio que quedó después pareció demasiado grande para una casa de aquel tamaño.
Evan estaba en la sala de preparación, de pie junto a Nola, con una mano sobre el antiguo lector de cápsulas y la otra cerrada alrededor de un bisturí.
Marek sujetaba una barra de hierro, pálido y sudoroso, con el vendaje de la mano completamente rojo.
Nola permanecía sentada en la misma silla, pero ya no parecía solo asustada.
Tenía los ojos fijos en un punto alto de la pared, como si escuchara instrucciones que llegaban por encima del techo.
El viejo lector seguía conectado a su muñeca y a su cuello, aunque una de las agujas se había torcido y la escala amarillenta marcaba una zona que no tenía color.
La aguja vibraba fuera de la numeración, golpeando el borde de la carcasa con el ruido de un insecto golpeando una ventana.
—Llegas tarde —dijo Evan.
—No es mi especialidad.
—Esta noche sí.
Christina observó la sala. La mesa donde estaban los tablones marcados se hallaba desplazada medio metro, no por un golpe fuerte, sino por una presión lenta.
La S hundida en la madera se había oscurecido hasta formar casi una palabra completa, aunque aún faltaban trazos.
La bolsa de sal de Evan se había abierto sola o alguien la había tirado, y el grano formaba sobre el suelo un dibujo irregular que seguía el contorno de varias huellas descalzas.
No había cuerpos ni visitantes visibles.
Sin embargo, en el espejo cubierto de la sala de flores, detrás de la cortina, algo golpeaba suavemente desde dentro del vidrio.
Toc. Toc. Toc. Como piedrecitas sobre el agua.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Christina.
Marek contestó antes que Evan.
—Primero se apagó la calle, y luego sonó la campana sola.
—No sonó sola —corrigió Evan.
—No estabas tirando de la cuerda.
—No, pero alguien sí.
Christina miró hacia el pasillo. La cuerda de la campana bajaba junto a la entrada principal. Se movía apenas, oscilando aún.
—¿Quién?
Evan señaló el suelo. Junto a la cuerda había barro y una impresión de dedos en la pared, a la altura de un niño. Christina sintió un rechazo inmediato hacia la asociación, porque el miedo se alimentaba bien de formas infantiles.
—No vimos a nadie —dijo Evan—. Solo la cuerda moviéndose. La campana empezó a tocar justo cuando el lector de Nola se salió de escala.
Nola habló sin apartar la vista de la pared.
—No quería que durmiéramos.
—¿Quién? —preguntó Christina.
—La campana.
Marek tragó saliva ruidosamente.
—Ya he aceptado muchas cosas hoy, pero me gustaría que las campanas siguieran sin voluntad propia.
Nola giró la cabeza hacia él con una lentitud extraña.
—No era voluntad, sino memoria. Las cosas antiguas recuerdan para qué servían antes de que alguien les cambiara el nombre.
La frase no sonó como a Nola del todo. Christina se acercó, no mucho, lo justo para que la joven la enfocara.
—Nola. Quédate conmigo.
—Estoy aquí.
—No lo parece.
—Porque también estoy oyendo abajo.
Evan maldijo en voz baja.
—¡Aquí no hay abajo!
—Todas las casas del valle tienen un abajo —insistió Nola.
Christina recordó la cámara bajo Dulces sueños , los conductos norte, el barro moviéndose bajo la puerta, las huellas que bajaban y la voz infantil preguntando si podía abrir.
La superficie del valle empezaba a parecerle una capa demasiado fina sobre un antiguo sistema de rutas, sótanos, drenajes, refugios, cámaras de sal y huecos construidos para otra función.
En los mapas no aparecían, porque los mapas estaban ideados para tranquilizar a los vivos.
Los muertos, los drones y los sueños, parecían usar otros métodos.
—Adrián. Revisa el lector.
Él se acercó a Nola con cuidado, quizá por respeto hacia ella, o tal vez por miedo a lo que emitía su cápsula. Conectó una sonda al lector antiguo y su dispositivo portátil mostró una serie de pulsos desordenados.
—Está recibiendo barrido externo.
—¿Desde el dron Cementerio ?
—Si falta su ruta, no debería recibir nada.
—Pero lo recibe.
—Sí.
—Entonces la ruta no falta. Está siendo imitada.
Adrián no respondió. Christina vio que había acertado o acercado demasiado.
—Como la doce —dijo Livia, desde la puerta.