Ladrones de sueños 10 El dron desaparecido
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10 El dron desaparecido

La cámara antigua bajo Dulces sueños no había sido construida para sueños, sino para mercancía, y precisamente por eso resultaba más honesta que la planta superior.

Allí abajo no había lámparas cálidas ni carteles con nubes, tampoco frases tranquilizadoras ni frascos que olían a madres muertas, veranos inventados o la piel de un ser amado.

Había piedra húmeda, vigas bajas, tuberías cubiertas de escarcha, cables recientes sujetos con bridas a viejos conductos, manchas de sal en las juntas y un suelo de barro endurecido, donde las huellas de pies descalzos descendían hacia el fondo con una obediencia que no parecía humana ni animal, sino técnica, como si algo hubiera aprendido la manera correcta de moverse por un edificio sin despertar alarmas.

Christina bajó despacio, con la pistola en la mano derecha y la linterna en la izquierda, sintiendo que cada peldaño metálico transmitía una vibración distinta: arriba, el zumbido adelantado de los drones amortiguado; abajo, una respiración baja, no continua, quizá de maquinaria, tal vez de aire empujado por los respiraderos, pero posiblemente de algo que había logrado confundirse con ambos.

Livia la seguía a un metro de distancia, agarrada al pasamanos con la misma mano que poco antes sostenía folletos de experiencias seguras y, tras ella, descendía Adrián con el maletín de herramientas apretado contra el cuerpo, más silencioso que nunca, desde que Orven Satt había pronunciado su nombre como quien señala una cerradura rota.

Christina no miró atrás. No quería concederle a Adrián la comodidad de una acusación clara ni la absolución prematura de una duda.

De momento era útil, culpable de algo que aún no tenía forma y demasiado necesario para dejarlo atrás.

El sótano se abrió al final de la escalera en una nave rectangular de techo bajo, sostenida por columnas de hierro ennegrecido y muros de piedra viva.

Debió de ser un almacén de tejidos antes de la conversión del edificio, quizá también una cámara de curado, refugio durante los primeros inviernos posteriores a la Ruptura o punto de tránsito para mercancías que ya nadie recordaba haber recibido desde fuera.

Las paredes conservaban marcas antiguas: números de lote, flechas, signos de humedad, fechas raspadas y una línea negra horizontal a la altura de la cintura que indicaba hasta dónde había subido el nivel de alguna inundación remota.

En Ðawn’s Falł todo edificio viejo tenía una línea de agua, una marca de humo, una grieta explicada por la avalancha y otra no explicada por nadie.

Pero aquello había sido ocupado de nuevo.

Sobre las mesas de carga, viejos tablones apoyados en caballetes sostenían equipos de inducción desmontados, módulos de cabina, baterías, cajas de cartuchos abiertos, paneles de luz y una red de cables que bajaba desde el techo hacia el centro de la cámara.

Allí, sobre una estructura circular hecha con piezas de varias procedencias, había un aro metálico de casi dos metros de diámetro, suspendido sobre una mesa inclinada.

Christina tardó unos segundos en entender lo que estaba viendo, no porque fuera complejo, sino porque su mente se resistió a darle nombre.

—Eso es parte de un dron.

Adrián se detuvo en el último escalón.

—No.

La palabra salió demasiado rápido y Christina giró apenas la cabeza.

—Elige bien la siguiente palabra.

Él bajó dos peldaños más, iluminó la estructura con su propia linterna y se quedó pálido.

El aro metálico estaba compuesto por fragmentos de carcasa aerodinámica, brazos de estabilización, placas de emisión y acopladores de ruta.

Algunos bordes estaban quemados. Otros llevaban barro negro incrustado.

En una de las piezas, medio oculta bajo una cinta de conexión, se distinguía una etiqueta rota: OR-12.

Unidad oriental doce.

El dron desaparecido no estaba en las montañas ni en una nave abandonada, tampoco en custodia sanitaria ni perdido sobre la niebla como Sam temía. Estaba allí, destripado bajo la empresa que vendía sueños.

Livia se apoyó contra una columna.

—¡No puede estar aquí!

Christina no dejó de mirar el aro.

—Repítalo otra vez y la hago subir.

—No lo sabía.

—Eso aún no significa nada.

—Si Dulces sueños hubiera recuperado una unidad, habría registro interno, traslado, firma de Supervisión, sellado de contaminación...

—O una cámara bajo el edificio y una trampilla oculta por una alfombra vieja.

Livia cerró la boca. Adrián avanzó hacia la estructura, pero Christina levantó el arma un palmo.

—Despacio.

—Necesito verla.

—Y yo saber si vas a tocar una prueba o a saludar a un error propio.

Adrián encajó la frase sin defenderse. Se agachó junto al aro sin tocarlo.

La luz de su linterna recorrió los cables, las placas emisoras, los módulos neuroeléctricos y las soldaduras recientes que unían piezas antiguas con adaptadores de Dulces sueños .

Después señaló una pequeña caja conectada al centro.

—¡Esto no es una reparación! ¡Es inversión de emisión! ¡Han desmontado la unidad doce para usar su patrón de barrido como antena fija!

—¿Para llamar algo?

—Para encontrar huecos y amplificarlos. No lo sé. No debería estar funcionando.

—¿Funciona?

Adrián no respondió. La estructura emitió entonces un pulso débil, apenas visible, y varias luces ámbar parpadearon en secuencia.

Una, dos, tres. Christina sintió un dolor breve detrás de los ojos, como si alguien hubiera presionado desde dentro.

Livia soltó un gemido y se tapó la boca.

En la pared opuesta, un panel de cabina sin carcasa proyectó una línea de texto fragmentada:

BARRIDO ORIENTAL DOCE

RETORNO GUIADO

BUSCANDO HUECO COMPATIBLE

—Sí —dijo Adrián—. Funciona.

Desde arriba llegó un golpe amortiguado, quizá una puerta cerrándose, tal vez el cuerpo de Orven Satt moviéndose en la cabina o simplemente el edificio reaccionando al paso demasiado temprano de los drones.

Christina se obligó a no mirar hacia la escalera.

Si algo bajaba, lo oiría. Si algo no necesitaba hacer ruido, mirar tampoco serviría.

—Livia —dijo—, ¿quién tiene acceso a esta cámara?

La mujer respiraba deprisa.

—Mantenimiento del edificio. Dirección local. Técnicos autorizados para instalaciones profundas. Nadie más.

—Nombres.

—Yo. La directora de sede, Maira Koss. Dos operadores senior: Senn Volkar y Rhea Plass. Un técnico del sueño externo si lo autoriza Supervisión.

—¿Adrián?

Livia negó con demasiada rapidez y luego corrigió.

—No a esta cámara. Él revisó arriba, el sector norte, línea de interferencia. No bajó aquí. Al menos no conmigo.

Christina miró a Adrián.

—¿Con alguien más?

Él tragó saliva.

—No.

—No lo pienses tanto.

—No he estado aquí antes.

La respuesta sonó verdadera, pero no limpia.

Christina siguió avanzando. En el centro de la cámara, bajo el aro construido con restos del dron, había una mesa de sujeción inclinada, como una camilla antigua adaptada con correas modernas, sensores de cápsula y una ranura para cartuchos de Dulces sueños .

La manta pesada de las cabinas aparecía doblada en un extremo, manchada de tierra y sobre una bandeja metálica había agujas dérmicas, electrodos, tubos de gel conductor y varios sellos de tinta corporal con el logotipo de la empresa.

Uno estaba abierto y, en la superficie del sello, donde debería haber tinta rosada temporal, quedaba una sustancia oscura y granulosa, mezclada con sal.

Christina sostuvo el sello con un guante.

—Esto marca la piel.

Livia se acercó, horrorizada.

—Es un sello de sesión. Se usa para vincular cliente y paquete. No penetra.

—Pero puede enseñar a una cápsula qué símbolo aceptar.

Adrián levantó la mirada hacia ella. La frase había sido intuitiva, pero su expresión confirmó que iba bien.

—Sí —dijo—. Si repites el sello con suficiente frecuencia en experiencias controladas, la cápsula lo reconoce como ancla de seguridad. El cerebro también. Es una señal de entrada autorizada.

—Y si alguien mezcla esa señal con el patrón invertido de Harrow y la ruta del dron desaparecido...

—Puede convertir el nombre de la empresa en una dirección —completó él—. Como dijo Nola.

Livia se apartó de la bandeja, con asco y culpa.

—No sabíamos que podía hacerse.

—Alguien sí.

Un sonido salió del fondo de la cámara.

No fue un golpe, sino un susurro de agua removida.

Christina apuntó hacia allí y la linterna mostró una zona más baja detrás de las columnas, donde el suelo descendía hacia un antiguo canal de drenaje cubierto por rejillas.

La línea negra de inundación en la pared parecía más reciente en ese punto.

Había barro acumulado, sacos de sal abiertos y una pequeña puerta metálica con una señal antigua:

CONDUCCIÓN NORTE

PROHIBIDO EL PASO

La puerta estaba entornada y desde el otro lado llegaba aire frío.

—¿Qué hay ahí? —preguntó Christina.

Livia tardó en contestar.

—Conductos viejos. Antes comunicaban con el sistema de drenaje de la plaza y los almacenes de sal. Se sellaron hace años.

—¡Qué sorpresa!

Adrián se acercó a la puerta, iluminó el borde y se agachó.

Había marcas de arrastre en el barro. No solo hacia dentro, también hacia fuera.

Varias. Y en la parte baja de la puerta, a la altura de una rodilla, alguien había escrito con la misma sustancia oscura que en el espejo de Nola: NO MIRÉIS EL HUECO .

—Aquí entraron los reaparecidos —dijo Christina.

—O salieron —murmuró Livia.

—Las dos cosas pueden coincidir —dijo Adrián, repitiendo sin darse cuenta una frase que ya había usado antes.