Ladrones de sueños 9 Dulces sueños #3
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9 Dulces sueños #3

—¿Desde la cámara antigua? —preguntó Christina, y Orven la miró con una chispa de interés.

—Usted debe de ser la mujer que mata lo que baja.

—Depende de lo que baje.

—Bajan los que aún creen que subir sirve de algo.

Livia empezó a llorar en silencio, quizá porque reconocía el modo en que hablaba.

—Orven, necesitamos detener esto.

El hombre cerró los ojos un segundo y Christina se tensó.

—No se duerma.

Él los abrió.

—Ojalá fuera tan sencillo.

—¿Qué es el patrón Harrow?

Orven dejó escapar una risa sutil que se convirtió en tos. De su boca salió una espuma oscura. Livia intentó limpiarla, pero él apartó el rostro.

—Harrow fue el primer hombre que entendió que el sueño natural no era una habitación cerrada, sino una ventana abierta en una casa sin paredes. También fue el primero que intentó poner barrotes. Después todos vendimos los barrotes como cortinas bonitas.

— Dulces sueños .

—Un nombre horrible, pero funcionó desde el primer día.

—¿Por qué usar su patrón en experiencias comerciales?

—Porque mantenía a la gente dentro del sueño fabricado y fuera de lo demás. Era estable, resistente y barato de reproducir. ¿Sabe cuántas cosas terribles empiezan porque son estables, resistentes y baratas?

Christina se acercó un poco más.

—¿Quién lo está usando al revés?

Orven miró hacia la pared acolchada.

—Los que quieren comprobar si la ventana sigue al otro lado de los barrotes.

—Sus nombres.

—Los nombres cambian más que las rutas.

—Deme uno.

El hombre sonrió con tristeza.

—Adrián Ross.

La cabina quedó en silencio.

Adrián retrocedió como si lo hubieran golpeado.

—¡No!

Christina no apartó la pistola de Orven, pero toda su atención se desplazó hacia Adrián.

—Explica eso.

—¡No he hecho nada! —dijo Adrián.

Orven lo miró sin ninguna expresión aparente.

—Hizo una pregunta correcta en el lugar incorrecto.

Revisó la interferencia del sector norte.

Encontró que Dulces sueños no solo recibía pulsos de la red, sino que también podía devolverlos.

Preguntó por qué. Mostró mapas. Habló con gente que llevaba años esperando un técnico con remordimientos.

Así empiezan las aperturas, señor Ross. No siempre con una llave en la mano.

A veces basta con enseñar a otros dónde está la cerradura.

Christina sintió que encajaba demasiado bien con las evasivas de Adrián, con sus vínculos insinuados, con su rabia moral contra la ausencia de sueños. No era prueba de sabotaje. Era algo mucho peor: responsabilidad difusa.

—¿Los estériles oníricos?

Orven cerró la boca y Livia se volvió hacia Adrián.

—¿Les diste acceso?

—¡No! —dijo él—. ¡Les enseñé datos! ¡Les dije que la red podía emitir en ambos sentidos, que no todo era vigilancia pasiva, que había una mentira técnica detrás del sueño inducido! ¡Nunca les di claves ni les dije que invirtieran patrones! ¡Ni siquiera sabía que pudiera hacerse!

—La ignorancia no deshace una puerta abierta —susurró Orven.

Christina se acercó al panel de la cabina. BUSCANDO HUECO COMPATIBLE seguía apareciendo y desapareciendo.

—¿Qué hueco busca?

Orven la miró con una seriedad repentina.

—El que dejó la unidad doce.

—¿Para qué?

—Para que lo que todavía no puede entrar tenga una dirección clara.

—¿Por eso marcan los cuerpos con Dulces sueños?

—El nombre no importa por su significado.

Más bien por su estructura. Miles de experiencias vendidas, miles de cápsulas entrenadas para reconocer esas palabras como una entrada segura.

Dulces sueños significa que puede abrir sin miedo para demasiados cerebros del valle.

Si alguien usa esa estructura sobre un cuerpo roto, sobre un patrón invertido o una ruta sin dron...

entonces la puerta no necesita convencerlos a todos.

Solo encontrar a quienes ya están acostumbrados a obedecerla.

Christina sintió el asco de comprender una parte sin comprenderlo todo. La empresa había enseñado al valle a aceptar una señal. Y alguien estaba usando esa señal como reclamo.

—¿Quién está en la cámara inferior?

Orven empezó a respirar peor.

—No baje.

—Nombres.

—No baje si oye niños. No baje si huele a manzana. No baje si las luces empiezan a encenderse en orden contrario.

—¡Orven!

—Y no cuente los drones.

Christina se inclinó sobre él.

—Eso ya me lo han dicho.

—No lo digo por superstición. Contar fija el hueco.

La atención es un ancla. Harrow lo sabía.

Por eso los primeros manuales prohibían la observación civil de las rutas.

Después el pueblo convirtió la prohibición en costumbre, la costumbre en rumor y el rumor en chiste de viejos.

Todo se degrada cuando sobrevive demasiado tiempo.

La puerta de la cabina se cerró sola y Adrián se lanzó hacia el panel, pero la pantalla se apagó y Livia gritó.

Christina apuntó hacia la cerradura. La luz interior bajó a un rojo suave.

Los difusores emitieron un olor cálido, dulce e íntimo.

Pan de madre, madera templada y piel conocida.

Christina apretó los dientes. No era solo un aroma. Era una mano entrando por la memoria.

—Adrián —dijo—, abra la puerta.

—No responde.

Orven empezó a reír y a llorar al mismo tiempo.

—Demasiado tarde.

La pesada manta que lo cubría se hundió sobre su pecho, como si algo tirara desde debajo de la camilla. En la pantalla apagada apareció una línea luminosa, sin conexión visible:

RETORNO GUIADO EN CURSO

Livia golpeó la puerta.

—¡Corte externo! ¡Hay un corte externo bajo el mostrador!

Adrián intentó abrir un panel lateral con una herramienta.

Christina se acercó a Orven, le arrancó el casco de inducción de un tirón y el hombre convulsionó.

No fue una sacudida normal. Su cuerpo se arqueó hacia arriba mientras la camilla crujía, y por debajo de la piel del pecho empezaron a marcarse líneas oscuras.

No letras aún. Trazos buscando una forma.

—¡No! —gritó Livia.

Christina no esperó. Colocó la pistola contra el panel de cierre, giró la cara y apretó el gatillo.

El ruido dentro de la cabina acolchada fue brutal.

El mecanismo reventó en chispas. Adrián metió los dedos por la rendija, tiró con fuerza y la puerta se abrió lo suficiente para que Livia saliera primero, tosiendo.

Christina agarró a Orven por los hombros, pero él la sujetó del brazo con una fuerza inesperada.

—No deje que Ross vuelva con ellos —susurró.

—¿Con quién?

—Los que creen que soñar es libertad.

Su mano cayó. Esta vez no pareció morir, pero dejó de estar presente. Los ojos quedaron abiertos, fijos en un punto detrás de Christina. En su pecho, las líneas oscuras se detuvieron antes de formar la primera letra.

La marca no había prendido.

Adrián lo vio y se apoyó en la pared, totalmente blanco.

—Yo no quería esto.

Christina salió de la cabina con el olor dulce pegado al paladar.

—Eso no basta.

—Lo sé.

—No. Todavía no lo sabes.

Livia corrió hacia recepción y accionó un interruptor bajo el mostrador.

Las luces parpadearon y el sistema de cabinas emitió una secuencia de apagado.

Durante unos segundos, todo Dulces sueños quedó sin música, sin campanillas y sin respiración artificial.

El silencio real del edificio fue mucho peor que su dulzura programada.

Entonces, desde abajo, llegó un golpe, pero no de puerta, sino de algo grande moviéndose bajo el suelo. Reptando.

Livia miró hacia la entrada del sótano, tras el mostrador.

—¡La antigua cámara!

Christina revisó el arma.

—Ahora sí vamos a bajar.

—Orven dijo que no.

—Orven también dijo que Adrián abrió la cerradura.

Adrián levantó la cabeza.

—También voy.

—Eso aún está por decidir.

—Si ahí abajo hay una inversión conectada a mi trabajo, también voy.

—Si intenta advertir a alguien, lo derribaré antes de que termine la frase.

—Lo sé.

Livia abrió una trampilla oculta bajo la alfombra de recepción.

De abajo subió aire frío, húmedo, con olor a tierra, sal y manzana dulce podrida.

Christina encendió la linterna. Una escalera metálica descendía hacia la oscuridad, bordeada por una extraña mezcla de cables nuevos y tuberías antiguas.

En el primer peldaño había barro negro y, marcadas sobre el barro, varias huellas de pies descalzos.

No subían.

Bajaban.

Christina pensó en Evan protegiendo la funeraria, en Nola luchando por no cerrar los ojos, en Sam escuchando el cielo, en Marek rodeado de café y tablas marcadas, en Olin aferrado a una escopeta que tal vez no serviría de nada.

Pensó también en todos los vecinos que aquella noche estarían encerrados en sus casas, oyendo los drones pasar antes de tiempo, sin saber si la maquinaria los estaba protegiendo o conduciendo hacia un hueco que alguien había aprendido a nombrar.

—¡Livia, detrás de mí! ¡Adrián, tú el último! ¡Si las luces se apagan, nadie habla salvo yo!

—¿Y si oímos niños? —preguntó Livia.

Christina bajó el primer peldaño.

—Entonces recordad que este edificio vende voces.

Tras esas palabras, descendieron.

La trampilla se cerró sobre ellos con un golpe suave y, por primera vez desde que entró en Dulces sueños , Christina dejó de oír la falsa música de la empresa.

Solo quedaba el zumbido de los drones atravesando la noche demasiado pronto y, bajo sus pies, algo que respiraba con la paciencia de quien llevaba muchos años esperando una dirección correcta.