9 Dulces sueños #2
—Viene porque vive en un pueblo que le ha quitado una parte del cuerpo y luego le vende una prótesis con perfume a pan.
—No trabajo en filosofía, detective, sino con viudas que quieren despedirse de alguien sin abrirse las venas, con matrimonios que necesitan tocarse sin temblar, con ancianos que no recuerdan el rostro de sus hijos muertos y con personas que pagarían cualquier cosa por ver un cielo distinto sin quebrarse por dentro.
Si quiere despreciarlo, hágalo después de verlos salir de una cabina, llorando de alivio.
Christina no respondió al instante. Livia tenía razón en una cosa: despreciar el negocio era fácil desde fuera; más difícil era despreciar a quienes necesitaban comprar un fragmento de vida sintética porque el valle no les permitía otra cosa.
Esa ambigüedad no limpiaba la empresa, pero la hacía más real.
—Enséñeme las cabinas.
Livia abrió una puerta acolchada.
La zona de experiencias estaba compuesta por doce salas pequeñas, numeradas con símbolos de nube en lugar de números visibles, quizá para no recordar a los clientes que entraban en compartimentos repetibles.
Cada cabina tenía una camilla reclinable, una manta pesada, un casco de inducción, un difusor de aromas, un panel de luz, un micrófono de emergencia y una ranura para cartuchos.
Las paredes estaban revestidas con material blando de color marfil.
No había espejos ni ventanas. Sobre cada puerta colgaba una cinta con frases tranquilizadoras: respire; recuerde que está a salvo; toda imagen autorizada puede detenerse; ningún sueño continúa sin su permiso .
Christina se detuvo ante esa última frase.
—¿Y los no autorizados?
Livia tardó demasiado en contestar.
—Se interrumpen.
—¿Siempre?
—Antes sí.
Entraron en la cabina cuatro. La camilla estaba limpia, pero la manta tenía una arruga reciente. En el panel de control parpadeaba una luz ámbar y Livia frunció el ceño.
—Esta cabina debía estar apagada.
Adrián se acercó al panel.
—No la toques —dijo Christina.
—No iba a tocarla.
Pero estaba mirando los indicadores con demasiada atención. Livia pasó su tarjeta por el lateral y la pantalla se iluminó. Apareció una lista de sesión incompleta. Cliente: bloqueado. Paquete: retorno guiado. Operador: L.N. Hora: 17:40. Estado: interrumpido.
Christina miró a Livia.
—¿L.N.?
—Mis iniciales.
—¿Ha usado esta cabina hoy?
—No.
—¿Retorno guiado existe como paquete comercial?
—No.
Adrián se acercó más.
—El término retorno aparece en el módulo de la unidad doce.
—Y en El Deshielo —dijo Christina—. “No era marca sino retorno.”
Livia tocó la pantalla con un dedo tembloroso.
—Esto no debería estar aquí.
—Deje de decirlo. Ya hemos superado esa fase.
Christina examinó la camilla. No había sangre ni tierra visible. Pero en la ranura del cartucho quedaba una tarjeta delgada con el logotipo de Dulces sueños raspado por encima. La extrajo con un guante. En la etiqueta manuscrita se leía: H-VENN / INVERSIÓN / NO USAR EN VIGILIA.
Livia retrocedió hasta golpearse con la pared acolchada.
—No.
—¿Qué es inversión? —preguntó Christina.
Adrián contestó antes que ella.
—Usar un patrón de contención al revés. Si un patrón mantiene fuera contenido ajeno, invertido podría buscarlo. O llamarlo. Depende de cómo esté construido.
—¿Puede hacerse desde una cabina?
Livia negó con la cabeza, pero no como quien sabe que es imposible, sino como quien se niega a aceptar que alguien lo haya intentado.
—No con una cabina normal. Necesitaría acceso a la red de cápsulas, a rutas de luz y a un patrón de base antiguo.
Christina sostuvo el cartucho entre dos dedos.
—Las tres cosas que parecen estar apareciendo por todas partes.
Una alarma suave sonó en el pasillo. No era de emergencia; era una campanilla amable, casi de recepción. Livia se enderezó de golpe.
—¡Alguien ha abierto la entrada principal!
Christina apagó la pantalla de la cabina.
—¿Supervisión?
—No lo sé.
—¿Cuántas personas trabajan aquí de noche?
—Ninguna, oficialmente.
—Oficialmente es una palabra que aquí ya no sirve ni para envolver pescado.
Salieron al pasillo de cabinas con la luz baja.
Desde la zona comercial llegaba una música tenue, activada quizá por la apertura de la puerta: campanillas, respiración artificial y un murmullo de lluvia falsa.
Christina avanzó delante. Adrián llevaba el maletín pegado al pecho.
Livia caminaba detrás, cada vez más pálida, sosteniendo la tarjeta de acceso como si pudiera protegerla de su propio edificio.
La recepción de Dulces sueños parecía diseñada para reducir defensas.
Había sillones redondos, alfombras gruesas, lámparas cálidas, estanterías con cajas de paquetes oníricos y un mostrador curvo donde se exhibían folletos de colores pastel.
En las paredes, fotografías de personas dormidas sonreían con los ojos cerrados.
Una pantalla mostraba frases promocionales:
VUELVA A SENTIR SIN RIESGO
AbrACE UN RECUERDO
DESCIENDA A UNA PESADILLA Y REGRESE SEGURO
Christina sintió un rechazo físico hacia esa última promesa. Regrese seguro. Como si entrar en una pesadilla fuese una excursión de riesgo. Aunque solo sabía lo que era una pesadilla de modo teórico.
La puerta principal estaba cerrada, pero sobre la alfombra, frente al mostrador, había nieve.
No mucha. Un rastro de copos sucios, derritiéndose en silencio sobre las fibras color crema.
Christina se agachó. La nieve tenía tierra mezclada y pequeños cristales de sal.
Las huellas avanzaban desde la puerta hacia el pasillo de cabinas.
No eran huellas completas de botas ni de pies descalzos.
Eran marcas irregulares, como si alguien hubiera arrastrado algo mojado.
—¿Tenéis entrada por sótano? —preguntó.
—Sí —dijo Livia—. Pero está bloqueada.
—Todo está bloqueado hasta que deja de estarlo.
Adrián señaló la recepción.
—La puerta principal no se ha abierto desde fuera.
—¿Cómo lo sabes?
—El indicador seguiría en verde. Está rojo. Lo que la abrió fue una ruta interna.
—Sótano.
Livia cerró los ojos un segundo.
—Bajo el edificio hay una cámara antigua. De cuando era un almacén. No se usa. Solo pasan conducciones de aire y líneas de datos.
—Enséñela.
—No tenemos que bajar.
Christina la miró.
—Sí.
—No. Usted quiere investigar. Yo quiero salir viva. Hay diferencias.
—Si algo ha entrado por debajo de su empresa y está usando sus cabinas para marcar cuerpos, salir viva no será una opción muy duradera.
Livia se quedó sin respuesta. Desde el pasillo de cabinas llegó un sonido leve. Un golpe acolchado. Luego otro. Como alguien moviéndose dentro de una sala cerrada.
Christina levantó la pistola.
—¿Qué cabinas estaban en uso cuando cerraron?
—Ninguna.
El golpe volvió. Llegaba desde la cabina cuatro.
Adrián susurró:
—La de retorno guiado.
Christina avanzó despacio, con el arma en alto. Livia se quedó en recepción, pero Adrián la siguió pese a que ella no se lo pidió. Al llegar a la puerta de la cabina cuatro, Christina escuchó con atención. Dentro había una respiración. No era fuerte ni irregular. Parecía la de alguien dormido.
—Livia —llamó sin girarse.
La mujer se acercó, temblando.
—Abra.
—No hay sesión activa.
—Abra.
Livia pasó la tarjeta y la puerta se desbloqueó con un suspiro neumático.
La camilla ya no estaba vacía.
Un hombre yacía sobre ella, sujeto con la manta pesada hasta el pecho, casco de inducción colocado, ojos cerrados, piel gris por el frío y labios manchados de tierra.
No era uno de los reaparecidos abatidos, sino un hombre de unos sesenta años, delgado, barba blanca, pómulos hundidos y manos llenas de viejas cicatrices.
Vestía ropa interior térmica bajo una bata de Dulces sueños .
En su muñeca izquierda, el implante Atrapasueños emitía un destello ámbar visible bajo la piel.
Livia se llevó una mano a la boca.
—¡No!
Christina no apartó el arma.
—¿Lo conoce?
La respuesta salió como un hilo.
—¡Es Orven Satt!
Adrián se volvió hacia ella.
—¿El operador retirado?
—¡Creí que estaba muerto!
Christina se acercó a la camilla. El hombre respiraba, pero cada respiración parecía venir desde muy lejos, como si el cuerpo no fuera el primer lugar por donde pasaba el aire.
—¿Quién es?
Livia habló sin dejar de mirar al dormido.
—Uno de los primeros técnicos de Dulces sueños . Trabajó con patrones base. Se retiró hace doce años, tras una incidencia de cabina.
—¿Retiró o retiraron?
—No lo sé.
—En este pueblo esa diferencia siempre importa.
Adrián miró la pantalla de la cabina. La sesión se había reactivado sola. Cliente: bloqueado. Paquete: retorno guiado. Operador: L.N. Estado: anclaje inverso. Bajo los datos, una línea de texto aparecía y desaparecía: BUSCANDO HUECO COMPATIBLE.
—¡Hay que desconectarlo!
Livia agarró su brazo.
—¡No! ¡Si lo desconectas mal puede quedarse dentro!
—¿Dentro de qué? —preguntó Christina.
Ninguno contestó.
Entonces el hombre abrió los ojos.
No fue un despertar brusco. Los párpados subieron con una lentitud líquida, revelando ojos secos, enrojecidos, demasiado enfocados para alguien que acababa de salir de una sesión.
Miró primero al techo, luego a Livia, después a Adrián y por último a Christina.
Al verla armada, pareció hacer un esfuerzo por sonreír.
—Demasiada luz —susurró.
Christina no bajó el arma.
—Orven Satt.
El hombre movió apenas la cabeza.
—Ese nombre aún abre puertas.
—¿Quién lo ha traído hasta aquí?
—La ruta.
—Eso no me dice nada.
—A mí tampoco, y aun así aquí estamos.
Su voz era débil, pero no sonaba contaminada como la de los reaparecidos. Había ironía en ella. Cansancio. Conciencia. Eso no la tranquilizó. A veces lo peor no era hablar con un cuerpo vacío, sino con alguien que seguía ocupando el suyo mientras algo llamaba desde las paredes.
Livia se inclinó sobre él.
—Orven, ¿quién activó la sesión?
—Tú.
—No.
—Tus iniciales. Tu tarjeta. Tu culpa. Esas cosas bastan para los viejos sistemas.
—No he sido yo.
—Lo sé.
Adrián examinaba los cables del casco.
—La sesión está alimentada desde abajo.