9 Dulces sueños
La primera vez que Christina entró en Dulces sueños no lo hizo por la puerta principal ni bajo el rótulo rosado del escaparate, tampoco entre las campanillas suaves que sonaban durante el horario comercial para convencer a los clientes de que estaban cruzando hacia un lugar seguro, sino por un pasillo de servicio que olía a plástico caliente, detergente floral y miedo humano acumulado detrás de una pared demasiado pulcra.
Habían llegado allí casi una hora después de los golpes en la puerta trasera de la funeraria y de descubrir que las voces que repetían la fórmula sanitaria desde el patio, no pertenecían a reaparecidos de la montaña, sino a dos empleados de Supervisión que habían sido enviados a verificar la disponibilidad de las mesas funerarias y que se marcharon, pálidos y confusos, cuando Evan les abrió con un bisturí en una mano, Olin detrás con una vieja escopeta y Christina a medio metro, sin sonreír.
Había sido una escena breve, absurda y peligrosa, porque ninguno de aquellos empleados parecía saber de verdad qué venía a buscar, solo que debía llamar, repetir la contraseña sanitaria y registrar si la funeraria podía recibir tres preparaciones antes del inicio oficial de la noche.
Esa ignorancia los salvó. Un mensajero que no entiende su propia orden ofrece menos resistencia que un cómplice.
Christina les permitió marcharse con una respuesta escrita por Evan en el reverso de una factura funeraria: no disponible por saturación técnica.
Era una pequeña mentira, presentable, de las que el valle aceptaba mejor que una negativa frontal.
Mientras tanto, los drones siguieron pasando demasiado pronto sobre la calle de los muertos, cinco, seis, quizá siete, porque nadie se atrevió a contarlos en voz alta y porque Sam no estaba allí para convertir el miedo en aritmética.
Nola permaneció sentada con los ojos abiertos, sostenida por el lector antiguo de cápsulas como si aquel aparato de cobre y madera fuese una vieja mano sujetándola desde este lado.
Livia Noss, en cambio, fue quien dio el siguiente paso, aunque no por valentía, sino por una desesperación práctica: si Supervisión ya la estaba buscando, esconderse dentro de la funeraria solo retrasaría lo inevitable; si Dulces sueños había sido utilizado “al revés”, como ella misma había dicho, la única posibilidad de entender algo antes de la retirada de pruebas era, entrar en la sede local mientras la empresa creía que todos estaban obedeciendo el toque de descanso.
Christina aceptó la propuesta porque no había otra mejor y porque desconfiaba de Livia lo bastante como para no dejarla sola ni un solo minuto.
Evan se negó a abandonar la funeraria con Nola dentro, Marek no quiso dejarla con Olin y, Olin, alegó que su presencia resultaba imprescindible, porque nadie disparaba mejor que un borracho arrepentido, afirmación que no convenció a nadie.
Al final, Christina decidió que irían ella, Adrián y Livia.
Evan cerraría por dentro, mantendría el viejo lector estable y, si alguien intentaba entrar con una orden no firmada por un cadáver, usaría su criterio.
Marek se quedó junto a Nola, porque la joven confiaba en él lo suficiente para beber agua cuando se la ofrecía y porque los camareros, igual que los funerarios, conocían el modo exacto de no hacer demasiadas preguntas delante de alguien que está intentando no romperse en mil pedazos.
Olin permaneció en el pasillo principal, sentado en una silla baja, con la escopeta cruzada sobre las rodillas y una bolsa de sal abierta junto al pie izquierdo.
Cuando Christina lo miró antes de salir, él dijo sin levantar la vista que las balas eran para lo que tuviera carne y, la sal, para lo que tuviera suficiente educación como para dejar huella.
Nadie se rio. A esas alturas, las bromas de Olin ya no eran del todo bromas.
Dulces sueños ocupaba un edificio de esquina en la plaza baja, antiguo almacén de tejidos convertido en comercio de experiencias, con una fachada de madera pintada en tonos crema, ventanas redondeadas, cortinas gruesas y un rótulo luminoso que contrastaba de forma insultante con las piedras húmedas, las farolas viejas y las caras cansadas del valle.
Durante el día parecía una confitería para adultos tristes y por la noche, cerrado y sin clientes, resultaba más inquietante aún, porque sus colores cálidos no desaparecían, solo quedaban atrapados detrás del cristal como una sonrisa sostenida demasiado tiempo.
Livia los llevó por la calle lateral, pasando junto a los contenedores de residuos sensoriales, que eran recipientes sellados donde la empresa desechaba almohadillas olfativas, parches dérmicos, filtros de cabina, cartuchos de sonido y gel conductor utilizado en las sesiones.
Christina se detuvo un segundo al ver las etiquetas.
La comercialización del sueño, allí donde nadie podía soñar, no dejaba de parecerle obscena; pero lo verdaderamente inquietante era lo ordenado del desperdicio, la manera en que hasta lo íntimo se tiraba, clasificado en cubos de colores.
—No toquen nada —dijo Livia.
—Eso me lo dicen en muchos sitios últimamente —respondió Christina.
—Aquí no es por usted. Es por los clientes.
—No veo clientes.
Livia metió una llave plana en una ranura escondida detrás de una caja eléctrica. Una luz azul recorrió el marco de la puerta de servicio y luego se volvió verde.
—Los clientes dejan más cosas de las que se llevan.
Adrián, que hasta entonces había permanecido callado, miró los contenedores.
—¿Seguís usando cartuchos de anclaje de primera generación?
Livia lo miró con una mezcla de reproche y miedo.
—No empieces a reconocer piezas en voz alta.
—Si están en uso, explican las interferencias con la línea antigua.
—Están autorizados.
—Y obsoletos.
—Todo en este valle está obsoleto y sigue manteniéndonos vivos.
La frase pudo haberla dicho Mallas, pero en boca de Livia sonó menos ideológica y más cansada. Christina guardó el detalle. La empleada no defendía la empresa con fe ciega. La defendía como se defiende una puerta cuando no se sabe si fuera hay salida o caída.
Entraron en un pasillo estrecho iluminado por tiras amarillas en el suelo.
A la izquierda había armarios de batas, mascarillas, guantes y fundas desechables.
A la derecha, un panel con protocolos de higiene emocional, una expresión que Christina leyó dos veces, porque le pareció demasiado idiota para no esconder algo.
El cartel recomendaba a los operadores lavarse las manos antes y después de cada sesión, no compartir impresiones personales de los clientes, evitar lenguaje sugestivo no autorizado, registrar llantos prolongados, náuseas, erecciones involuntarias, ataques de pánico, recuerdos cruzados, rechazo de rostro y cualquier aparición de “contenido ajeno al paquete contratado”.
Aquella última frase estaba subrayada con una banda azul.
Contenido ajeno. No pesadilla ni anomalía ni intrusión.
Dulces sueños también sabía nombrar lo feo con palabras administrativas.
—¿Contenido ajeno? —preguntó Christina.
Livia no se detuvo.
—Fragmentos que no pertenecen a la experiencia.
—¿Ejemplos?
—Un cliente compra una playa y aparece una habitación de su infancia. Compra un recuerdo romántico y aparece la cara de otra persona. Compra una pesadilla controlada y aparece algo que no está en el guion.
—¿Algo?
—Una puerta. Un lago. Una calle. Una voz.
Adrián y Christina se miraron.
—¿Con qué frecuencia?
—Antes, casi nunca. En los últimos meses, más de lo esperado.
—¿Lo registrasteis?
—Sí.
—¿A Supervisión?
Livia pasó una tarjeta por otra puerta.
—A veces.
—¿Qué significa eso?
—Significa que cuando informas de algo y la respuesta consiste en retirar expedientes, cerrar bocas y culpar a operadores, aprendes a distinguir entre anomalías que puedes sobrevivir reportando y anomalías que conviene archivar en una carpeta sin nombre.
Christina la siguió hacia el interior. La sede era más grande de lo que parecía desde fuera.
El pasillo de servicio desembocaba en una sala de preparación con estantes de cartuchos aromáticos, cascos de inducción, mantas térmicas, módulos de sonido, bandejas con parches de piel sintética y una pared entera de frascos opacos etiquetados con palabras imposibles de no asociar a deseos humanos: lluvia de verano, pan de madre, piel conocida, bosque limpio, habitación segura, nieve infantil, fuego sin peligro, mar remoto.
Christina abrió un frasco al azar antes de que Livia pudiera detenerla.
Olía a madera templada, leche caliente y una cama recién hecha.
El golpe sensorial fue tan preciso que durante un instante no estuvo en la sala, sino en la casa de su abuela, antes de los controles dobles, antes de aprender a dormir con un arma cerca. Cerró el frasco de inmediato.
—Eso no es un simple aroma.
Livia se lo quitó de la mano y lo dejó en su sitio.
—Aquí nada es simple.
Adrián examinaba los cascos. Eran dispositivos semicirculares, acolchados por dentro, con electrodos flexibles y conectores adaptados a lectores de cápsula.
No parecían futuristas, sino remendados muchas veces, como el resto de la tecnología del valle: carcasas limpias sobre componentes antiguos, etiquetas nuevas pegadas sobre placas desgastadas, cables reemplazados con colores distintos y tornillos de tres generaciones diferentes en una misma pieza.
—Usáis la cápsula como ancla.
—La usamos como límite —corrigió Livia—. El cliente entra en una experiencia inducida, pero la cápsula impide que derive hacia un sueño profundo natural. La sesión se mantiene en una zona segura. No sueña de verdad. Se le permite recordar que sueña dentro de algo fabricado.
—Un sueño con barandilla —dijo Christina.
—Una barandilla evita caídas.
—También evita salir.
Livia la miró con dureza.
—La gente viene voluntariamente.