Ladrones de sueños 8 La funeraria #4
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8 La funeraria #4

Adrián no contestó, pero Livia sí.

—Él nos ayudó a revisar una incompatibilidad de luz hace seis meses en el Sector norte. Dijo que algunos pulsos de Dulces sueños interferían con antiguos repetidores.

Christina sintió que la desconfianza hacia Adrián encontraba un nuevo lugar donde apoyar el pie.

—¿Seis meses?

Adrián cerró la mandíbula.

—Fue trabajo externo. Reparación. No sabía...

—Nadie sabe nunca hasta que ya ha cobrado —dijo Livia, y en la frase había más rabia contra sí misma que contra él.

Christina cortó antes de que se hundieran en culpas útiles para otros.

—¿Nombre del cuerpo?

Livia señaló el informe.

—No tenemos un nombre civil, pero la impresión de la cápsula no coincide con Harrow Venn, sino con una cápsula matriz anterior, una de las que se usan para calibrar sueños blindados.

—¿De quién?

—De nadie. De un patrón base.

Nola palideció aún más.

—No.

Livia la miró con pena.

—Lo siento.

—Mi padre decía...

—Tu padre pudo estar diciendo la verdad y aun así no ser ese cuerpo.

Christina abrió el informe. Había una línea subrayada a mano:

PATRÓN H-VENN / MATRIZ HARROW / USO RESTRINGIDO

Debajo, una anotación:

“ La marca no prende sobre cadáver reciente. Requiere huésped con retorno incompleto .”

—Huésped —repitió Christina, en voz alta.

Livia cerró los ojos.

—No debía estar en ese informe.

—Pero está.

—Por eso he venido.

—¿Qué es el patrón Harrow?

La mujer miró hacia la niebla de la calle y hacia las luces que ya empezaban a encenderse fuera de horario.

—El primer sueño seguro que vendió Dulces sueños se construyó con registros antiguos de Harrow Venn.

No era un sueño de placer. Era un patrón de contención.

Un lugar cerrado, estable, repetible y aislado.

Lo usaron para crear experiencias comerciales porque funcionaba.

Porque no dejaba entrar imágenes externas. Porque era limpio.

—¿Y ahora?

—Ahora alguien lo está usando al revés.

La frase dejó a todos en un silencio ensordecedor, y desde alguna parte alta del valle, llegó el primer zumbido nocturno. Demasiado pronto.

Sam no estaba allí para contarlo, pero todos levantaron la cabeza al mismo tiempo. Incluso Livia. Sobre la calle de la funeraria, una luz anaranjada cruzó la niebla con un temblor bajo. El primer dron. O algo que seguía su ruta.

Luego, apenas un minuto después, pasó otro.

Adrián miró su reloj.

—¡No puede ser!

—¿Por qué? —preguntó Evan.

—Porque los barridos no empiezan hasta dentro de cuarenta minutos.

El lector de Nola empezó a pitar en ese momento y la aguja subió hasta el borde rojo. Nola se llevó las manos a los oídos.

—Están contando antes —susurró.

Un tercer zumbido cruzó el cielo. Después un cuarto.

Las luces de la calle se encendieron todas a la vez, con un blanco duro que borró la niebla cercana y dejó el resto del mundo convertido en una pared negra. En alguna casa, una mujer gritó y, en otra, un perro empezó a arañar una puerta desde dentro y a aullar. Livia retrocedió un paso.

—Tengo que irme.

Christina la agarró del brazo.

—¡Ni se le ocurra!

—Si no vuelvo, sabrán que fui yo.

—Ya lo saben.

Livia negó con desesperación.

—No lo entiende. No hablo de Supervisión.

El quinto zumbido pasó sobre la funeraria y la caja de muestras vibró en manos de Christina. En los tablones, dentro de la sala, la marca hundida de la S empezó a oscurecerse.

Nola gritó entonces con una exhalación rota a causa del terror y Evan corrió hacia ella.

Adrián intentó apagar el lector, pero la aguja seguía golpeando el límite rojo, aunque el dispositivo ya no recibía corriente.

En la mesa, los granos de sal de la bolsita de Evan se humedecieron de golpe, formando pequeños puntos brillantes sobre la madera.

Olin, desde el pasillo, levantó la escopeta hacia la puerta trasera.

—¡Hay alguien en el patio!

Christina soltó a Livia y entró con la pistola en ristre.

—¿Cuántos?

Olin no apartó la vista de la oscuridad, más allá del cristal.

—No lo sé. No quiero contarlos.

La frase habría parecido cobarde cuarenta y ocho horas antes, pero ahora fue la respuesta más sensata de la habitación.

Un golpe sonó en la puerta trasera de la funeraria. Después otro. Y otro más.

No eran golpes de mano. Eran suaves, espaciados, casi educados.

Como piedrecitas cayendo sobre agua. Christina apuntó.

Evan sujetó a Nola contra su pecho. Adrián tomó el módulo y el informe de Dulces sueños .

Marek agarró una barra de hierro de la mesa auxiliar.

Livia, pálida, miraba el suelo como si supiera que aquel sonido había seguido sus pasos hasta allí.

Desde el otro lado de la puerta, una voz masculina, húmeda y tranquila, pronunció:

—Descanso limpio.

Y otra más baja, respondió:

—Mañana segura.

La fórmula sanitaria del valle sonó entonces como una contraseña dicha por bocas equivocadas.

Christina amartilló la pistola; y en el cielo, sobre la funeraria, los drones siguieron pasando demasiado pronto y demasiado juntos, como si alguien hubiera adelantado la noche para abrir una ruta antes de que el pueblo pudiera cerrar los ojos.