8 La funeraria #3
Christina se acercó al mapa oficial que Evan tenía colgado en la pared de la sala, una versión de servicios funerarios donde se marcaban cementerio viejo, cementerio nuevo, caminos de traslado y zonas de riesgo invernal.
Con un lápiz, trazó las tres lenguas del recorte de Harrow sobre el papel actual: la Mayor, sepultada oficialmente; la Alta, borrada de los mapas públicos; y la Negra, junto al barranco del molino.
Después marcó el sector oriental doce, según lo que Adrián le indicó, y la casa de Nola.
La línea resultante no era recta, pero formaba una lógica: montaña, ruta perdida, almacenes de sal, cafetería, plaza, calle de los Hilanderos.
Lugares donde había aparecido la marca, la tierra, la voz o el hueco.
—No vienen al azar.
—¿Los reaparecidos? —preguntó Evan.
—Los cuerpos. Las señales. Lo que sea. Siguen rutas. O las rutas los siguen a ellos.
Adrián se puso en pie, fue hasta el mapa y añadió con el lápiz varios puntos de la red de iluminación.
—La luz de esos sectores pertenece a una línea antigua. No pasa por el núcleo moderno del edificio de luz, sino por repetidores heredados. Nadie los toca salvo para mantenimiento básico. Si alguien quisiera mandar pulsos sin aparecer en el sistema principal, usaría esa línea.
—¿Alguien de Dulces sueños ?
—Alguien con acceso a sus módulos y conocimiento de la red antigua.
—Adrián —dijo Christina—, cada vez que dices alguien, pareces esconder un nombre.
Él se quedó con el lápiz en la mano y, durante unos segundos, la sala solo oyó el viejo lector de Nola, el goteo de una tubería y el viento golpeando alguna contraventana.
—Hay personas que creen que los drones nos roban algo —dijo al fin.
Marek levantó la cabeza.
—Los estériles.
Adrián lo miró sorprendido.
—¿Lo sabías?
—En una cafetería se sabe todo antes de que se imprima. Lo que no siempre se sabe es si importa.
Christina cruzó los brazos.
—¿Estás con ellos?
Adrián no respondió con rapidez. Y esa fue suficiente respuesta para todos, pero no para la investigación.
—He hablado con algunos —dijo—. He compartido dudas y revisado datos. No he saboteado drones ni he marcado cuerpos ni he abierto ninguna puerta.
—Eso último suena demasiado específico.
—Porque es lo que me da miedo.
Nola, desde la silla, habló con voz débil:
—Mi padre decía que los que querían soñar eran los más fáciles de llamar.
Adrián cerró los ojos.
—No somos criminales.
—No he dicho eso —respondió Nola—. He dicho fáciles.
Christina observó a Adrián. La culpa en él no era impostada, pero tampoco completa.
Había algo más: una obstinación herida, la convicción de que una injusticia real seguía existiendo, aunque sus consecuencias fueran peores de lo previsto.
Eso lo hacía más humano y peligroso. Los fanáticos simples se detectan rápido; los hombres decentes con una teoría equivocada llegan mucho más lejos antes de romper cosas.
—Necesito saber quién más conoce la red antigua —dijo Christina.
—En mantenimiento, tres personas. Yo, Kael Ormun y Brida Senn. Kael trabaja en repetidores exteriores. Brida en sincronía de farolas y cabinas del sueño. Pero los dos reciben órdenes. No diseñan nada.
—¿Quién diseña?
Adrián miró el papel vegetal de Harrow.
—Nadie vivo, oficialmente. Trabajamos sobre cosas que no entendemos del todo.
Evan soltó una risa nasal.
—Maravilloso. El pueblo duerme gracias a máquinas que nadie entiende, muertos que no están muertos y empresas de sueños que no hacen preguntas porque las venden.
—Resume bien —dijo Olin.
En ese momento sonó el teléfono de la funeraria y todos se quedaron inmóviles.
El aparato estaba en el mostrador delantero, al otro lado del pasillo.
Un timbre antiguo, metálico e insistente.
Evan no se movió hasta el tercer toque. Christina lo acompañó y Adrián se quedó con Nola y Marek.
Olin tomó la escopeta y apuntó al suelo, lo cual era mejor que apuntar a cualquier otra cosa.
Evan descolgó.
—Darr.
Christina oyó solo su lado de la conversación. La cara del funerario no cambió, pero su mano se tensó alrededor del auricular.
—Sí... No... Esta noche no acepto traslados no programados... Porque tengo la sala ocupada... No, no por un cadáver... Repita el código.
Miró a Christina.
—No conozco ese código.
Escuchó unos segundos más.
—No. Si Supervisión quiere usar mis instalaciones, que venga con una orden escrita y testigos.
Tras esa sentencia, colgó.
—¿Qué pasa? —preguntó Christina.
Evan apoyó la mano sobre el teléfono, como si pudiera impedir que volviera a sonar.
—Han solicitado disponibilidad de tres mesas.
—¿Tres muertos?
—Tres preparaciones.
—¿Código?
—R-MONT anticipado.
Adrián se quedó en el umbral.
—Anticipado significa antes de llegada.
—¿Antes de llegada de quién? —preguntó Marek, desde la sala.
Nadie respondió, porque la respuesta probable acababa de entrar en la habitación sin necesidad de palabras.
Si pedían tres mesas antes de recibir cuerpos, esperaban más reaparecidos.
O sabían que ya venían. O alguien estaba decidiendo cuántos huecos habría esa noche antes de que los drones cruzaran el cielo.
Nola empezó a respirar deprisa y el viejo lector pitó y la aguja subió.
—Me oyen —dijo ella—. Están cerca.
Adrián ajustó el dispositivo.
—Es ansiedad.
—No me traduzcas.
Christina se acercó a la ventana lateral y apartó apenas la cortina.
La calle de la funeraria estaba casi vacía.
Las luces automáticas empezaban a encenderse, una tras otra, antes del horario habitual.
Al fondo, junto a la esquina del viejo cementerio, había una figura parada bajo un farol apagado.
No avanzaba. No retrocedía. No parecía un vecino.
Demasiado inmóvil. Demasiado temprano para ser una sombra y demasiado tarde para una casualidad.
—Evan —dijo en voz baja—. ¿Esperas visita?
El funerario se colocó a su lado y miró por la rendija y su expresión se oscureció.
—No.
La figura levantó la cabeza y la luz del farol se encendió sobre ella.
No era un hombre de las montañas, sino Livia Noss, la coordinadora de Dulces sueños .
Llevaba el uniforme crema bajo un abrigo claro y sostenía algo contra el pecho, quizá una carpeta, tal vez una caja plana.
No parecía haber venido con vigilancia. No parecía perseguida.
Parecía una persona que había tomado una decisión tarde y ya no podía devolverla a su sitio.
Christina abrió la puerta antes de que Evan pudiera protestar, pero no salió del todo.
—¡Está muy lejos de su escaparate, Livia!
La mujer miró a ambos lados de la calle y avanzó con pasos rápidos.
De cerca tenía el maquillaje corrido bajo uno de los ojos, no por llanto, sino por haberse frotado la cara sin cuidado.
Su compostura comercial había desaparecido.
Lo que quedaba debajo era una empleada asustada que conocía demasiado la maquinaria por dentro y demasiado poco para sentirse a salvo.
—No puedo quedarme.
—Entonces hable rápido.
Livia miró hacia el interior de la funeraria y reconoció a Nola. Su rostro se descompuso durante un segundo.
—¡La han encontrado!
—No gracias a ustedes.
—¡No saben lo que están haciendo!
Christina casi sonrió.
—Otra frase popular del día.
Livia apretó la caja contra el pecho.
—El primer cuerpo no era Harrow Venn.
Nola intentó levantarse, pero Evan la sujetó.
—Lo vi en el registro —dijo ella.
—Viste una asociación de cápsula —respondió Livia—. No una identidad corporal. Supervisión mezcla esas cosas cuando le conviene. Dulces sueños también. Todos lo hacen.
—¿Quién era? —preguntó Christina.
Livia le entregó la caja. Era una funda de muestras, sellada con cinta rosa corporativa rota por un lado.
Dentro había una lámina transparente con una impresión dérmica, varias fotografías borrosas del pecho del primer cadáver y un informe parcial sin membrete completo.
Christina lo abrió allí mismo, bajo el farol.
La imagen del tatuaje de Dulces sueños apareció con una nitidez brutal: letras hundidas, bordes inflamados, puntos negros y líneas dobles.
En el centro de la S, tal como Nola había escrito, se veía el círculo atravesado por tres cortes.
—Eso lo sacasteis antes de que retiraran el cuerpo —dijo Christina.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque una marca así puede contaminar una sesión si entra en el archivo corporativo. Teníamos que saber si era nuestra.
—¿Y lo era?
Livia negó con la cabeza.
—No. Pero usaba nuestra estructura de anclaje. Como si alguien hubiera tomado el molde de un sueño comercial y lo hubiera llenado con otra cosa.
Adrián apareció detrás de Christina.
—¿Otra cosa de qué?
Livia lo reconoció y su miedo cambió de forma.
—¡Tú no deberías estar aquí!
—Eso ya me lo han dicho.
—¡No, Adrián! ¡Tú menos que nadie!
Christina miró a uno y otro.
—¿Os conocéis?