Ladrones de sueños 8 La funeraria #2
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8 La funeraria #2

—No lo recuerdo bien. Solo que escribí en el cuaderno.

Recuerdo que el espejo se rompió sin caerse.

Recuerdo la frase en el cristal, pero no fui yo quien la escribió.

Luego la habitación cambió de tamaño. La puerta se alejó y la ventana también.

El conducto estaba abierto, aunque yo nunca había quitado la rejilla.

Oí a alguien en la pared diciéndome que dentro no podían encontrarme.

No era mi padre. Era una mujer. Quizá mi abuela.

Quizá yo misma de vieja. Me metí y después la casa se llenó de pasos.

No eran normales. Pasos que probaban el suelo antes de decidir dejar su peso.

Olin hizo un gesto con la botella inexistente y pareció recordar que no la tenía en la mano.

—Mi madre decía que las cosas sin peso son las peores, porque no se sabe dónde apuntar la escopeta.

—Olin —dijo Evan.

—No estoy bromeando.

—Lo sé. Por eso molesta.

Nola se frotó los brazos.

—Me encontraron de todos modos. O casi. No lo sé. Había alguien al otro lado de la pared. Respiraba en mi oído, pero el hueco era demasiado estrecho para dos. Me dijo que abriera la boca, pero no la abrí. Entonces empezó a contar.

Christina sintió que la frase encajaba con la advertencia del módulo.

—¿Qué contó?

—Los drones. Uno, dos, tres... Pero no con números. Con sonidos. Cada sonido era un hueco en el cielo. Yo sabía cuál faltaba, aunque no quería saberlo. Cuando llegó al duodécimo, se detuvo y dijo: ya saben por dónde.

Adrián se sentó despacio.

—La unidad oriental doce.

—No sabía el nombre —dijo Nola—. Pero sí el hueco.

Christina caminó hasta la mesa y colocó junto al módulo los tablones marcados, el cuaderno de Nola, el recorte de mapa y la fotografía de Harrow.

La investigación empezaba a parecer una autopsia de varias décadas: piel, madera, mapas, voces, cápsulas activas, muertos retirados y una empresa luminosa cuyo nombre funcionaba como reclamo, sello o dirección.

Lo más difícil era no adelantarse y, lo más peligroso, aceptar la primera teoría que ofreciera una forma clara.

En ese momento, podía pensar que Dulces sueños marcaba cuerpos para traerlos de vuelta, que los drones intentaban impedirlo, que Harrow seguía vivo en alguna categoría técnica, que las montañas albergaban retirados con cápsulas activas o que todo el sistema de descanso era una muralla alrededor de una infección onírica.

Todas podían ser verdades parciales. Todas podían matarlos si las trataban como una verdad completa.

Evan terminó de vendar la muñeca de Nola.

—Necesita dormir.

Todos lo miraron y el funerario levantó las manos.

—Sé cómo ha sonado. También sé que un cuerpo humano no aguanta indefinidamente a base de terror y agua con sal.

—No puedo dormir —dijo Nola.

—No te he pedido que sueñes. Solo que no te mueras de agotamiento en mi silla.

—No pienso cerrar los ojos.

Christina miró a Adrián.

—¿Puede bloquearse su cápsula manualmente?

—No sin equipo del dispensario.

—¿Y reforzarla?

—Tal vez con un lector viejo, si Evan tiene alguno operativo.

Evan señaló con la barbilla un armario bajo.

—Mi abuelo guardaba aparatos que nadie quería admitir que seguían funcionando.

Adrián abrió el armario y encontró una caja de madera forrada con fieltro.

Dentro había un lector antiguo de cápsulas, de los primeros modelos portátiles, con cables de tela trenzada, electrodos de cobre y una manivela lateral para carga manual.

Parecía un instrumento médico salido de un tiempo donde la electricidad aún necesitaba parecer carpintería para inspirar confianza.

Adrián lo sacó con cuidado casi reverente.

—Esto debería estar en un museo.

—Casi todo lo que salva vidas debería estarlo —dijo Evan—. Luego llega la vida y lo necesita antes de que dé tiempo a vitrinas.

Adrián conectó los electrodos alrededor de la muñeca de Nola y en la base del cuello.

La joven se dejó hacer porque Evan permanecía a su lado, y porque Christina no guardó la pistola.

El lector emitió un zumbido bajo, distinto al de los drones, más irregular, más humano en su imperfección.

Una aguja se movió sobre una escala amarillenta y Adrián frunció el ceño.

—Su cápsula está activa.

—Eso ya lo sabíamos —dijo Christina.

—Activa, pero saturada. Ha recibido demasiados pulsos externos. Como si alguien hubiera intentado usarla de receptor.

—¿ Dulces sueños ?

—Un sistema compatible, sí.

—Deja de protegerlos con vocabulario.

Adrián levantó la vista.

—No los protejo. Estoy intentando no acusar al martillo de lo que hizo la mano.

—A veces el martillo se fabrica para eso.

—Y a veces una herramienta médica acaba sirviendo para abrir cerraduras.

La discusión quedó ahí. No por falta de tensión, sino porque los dos sabían que necesitaban al otro demasiado pronto para romperse.

El lector lanzó un chasquido y la aguja bajó.

—Puedo estabilizarla unas horas —dijo Adrián—. No sé si impedirá imágenes, pero debería reducir interferencia.

—Hazlo —dijo Christina.

Nola agarró la muñeca de Evan.

—No me duermas.

—No te dormirá —dijo Evan—. Y si lo hace, te despierto con el peor café de Marek.

—Mi café ha mantenido vivo este valle más que tus ataúdes —replicó él.

—Mis ataúdes no pretenden saberlo.

La pequeña discusión doméstica ayudó más de lo que cualquier consuelo habría ayudado.

Nola respiró con algo menos de pánico. Adrián ajustó la manivela, activó una descarga mínima y el lector empezó a producir un patrón de pulsos suaves, casi como un corazón mecánico.

La aguja se mantuvo en una zona central.

Nola no cerró los ojos, pero dejó de temblar con la misma violencia.

Christina se acercó entonces a los tablones.

Con una lupa de Evan, examinó la marca transferida a la madera.

La S parcial no era una letra limpia; estaba compuesta por líneas diminutas, como grietas que solo formaban una curva cuando se miraban desde cierta distancia.

Entre esas líneas había pequeños puntos negros.

Evan raspó uno con la punta de un bisturí y lo depositó sobre una bandeja.

—No es sangre seca.

—¿Qué es?

—Tierra. O algo parecido.

—¿En madera lavada y arrancada de una cafetería?

—Hay muchas cosas que no deberían estar donde están.

Christina tocó con el guante el contorno hundido de la S. No estaba quemado. La madera no se había carbonizado. Estaba comprimida, como si una presión lenta hubiera formado la letra desde arriba o desde dentro.

—Nola, cuando limpiaste el pecho del primer cuerpo, ¿las letras tenían puntos negros?

La joven tardó en responder.

—Sí. Pensé que eran poros abiertos. Pero no lo eran. Eran como agujeros muy pequeños. Hacia abajo.

Marek se apartó de los tablones.

—Agradecería que mi suelo no tuviera abajo.

Nadie se rio.

Evan llevó la bandeja con el raspado a una lámpara y lo observó.

—Hay sal.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque llevo veinte años preparando cuerpos. La sal deja brillo si la mezclas con humedad y piel. Y esto brilla.

Olin se acercó demasiado y Evan le apartó la mano antes de que tocara.

—Mi abuelo decía que la sal no protege de los muertos —dijo Olin—. Sino de lo que no sabe estar muerto.

Christina lo miró.

—Tu abuelo decía muchas cosas.

—Sí. La diferencia es que ahora las estáis repitiendo sin aguardiente.

—¿Qué más decía?

Olin perdió algo de color. Se sentó en una silla cercana, apoyó la escopeta contra la pared y se frotó las manos.

En la sala, todos quedaron pendientes de él.

Los borrachos de pueblo tienen una ventaja narrativa y una desgracia personal: oyen, ven y recuerdan cosas que los demás descartan hasta que dejan de poder descartarlas.

—Decía que antes de los drones, la gente soñaba barro.

No con barro, barro. Despertaban con las sábanas limpias, pero escupían tierra.

Decía que algunos niños empezaron a dibujar casas que no estaban en el valle.

Casas altas, inclinadas, con ventanas donde no cabía una cara.

Decía que la montaña no cerró el camino para impedir que saliéramos, sino para impedir que algo siguiera entrando por las noches.

Adrián se quedó muy quieto.

—¿Quién era tu abuelo?

—Un minero de mantenimiento. Trabajó en los primeros túneles de refuerzo después de la Ruptura. O antes. Las fechas se vuelven confusas cuando las cuenta mi familia.

—¿Nombre?

—Borek Vark.

Evan frunció el ceño.

—Ese nombre está en la pared del monumento.

Olin asintió.

—Sí.

—Pero tú dices que trabajó después de la Ruptura.

—Eso decía él.

—Entonces no pudo morir en la avalancha.

—También decía eso.

El silencio volvió a llenarse de piezas que no debían ocupar el mismo lugar.

Nombres en placas que seguían trabajando, cuerpos retirados que emitían cápsulas, Harrow convertido en abuelo, cadáver reciente y autor de mapas viejos a la vez.

Christina sintió la tentación de buscar una explicación cómoda: nombres heredados, registros duplicados y manipulación administrativa.

Sería razonable, pero también demasiado poco para todo lo que ya habían visto.

—¿Por qué no lo contaste antes? —preguntó Marek.

Olin lo miró con una tristeza lúcida.

—Porque llevo años contándolo. La diferencia es que tú servías café mientras yo hablaba y pensabas: ahí está Olin, estropeando otra mañana.

Marek bajó la vista.

—Puede que te deba algunas disculpas.

—Guárdalas. Si esto acaba mal, prefiero que alguien me deba algo.