Ladrones de sueños 8 La funeraria
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8 La funeraria

La noche llegó antes de que Christina, Adrián, Evan, Marek, Olin y Nola Venn alcanzaran de nuevo la funeraria, no porque el sol se hubiera puesto del todo, sino porque en Ðawn’s Falł, la luz de la tarde tenía la costumbre de rendirse mucho antes de desaparecer, como si las montañas se adelantaran a cerrar los párpados del valle.

Las calles de los Hilanderos quedaron atrás con las ventanas apagándose una tras otra, las cuerdas de tender vacías, los amuletos inmóviles bajo los aleros y las puertas cerradas con una discreción demasiado rápida para no ser miedo.

Christina caminaba delante, con el arma oculta bajo el abrigo y la rodilla dolorida por el golpe contra el tejado de la tintorería; detrás, Adrián sostenía a Nola por un brazo, procurando no parecer que la sostenía, mientras Evan cerraba la marcha con la calma tensa de los hombres que se han acostumbrado a llegar tarde a casi todo, menos a los entierros.

Marek iba a su lado, cargando la caja de los tablones manchados, como si fuera una bandeja de vasos que no podía permitirse dejar caer y, Olin, con la escopeta vieja bajo el abrigo y la botella ya guardada, caminaba sin bromas por primera vez desde que Christina lo conocía.

Y eso la inquietaba más que verlo borracho.

Olin sobrio, o casi sobrio, parecía un testigo que llevaba demasiados años escondido bajo el disfraz del ridículo.

No tomaron la calle principal. Adrián los guio por un paso trasero entre talleres de hilado, cruzaron un patio donde olía a tintes ácidos y lana mojada, bajaron por una escalera de piedra cubierta de musgo y atravesaron el callejón de los cestos, un tramo estrecho que antiguamente conectaba los lavaderos con los almacenes de sal.

Allí la luz automática fallaba siempre dos segundos antes de estabilizarse, y esa pequeña demora producía un efecto desagradable: uno entraba en una franja de sombra creyendo que la lámpara lo esperaba encendida y, durante un instante, descubría que la oscuridad conocía el camino antes que la tecnología.

Nola se detuvo precisamente en ese tramo.

Se quedó rígida, con los dedos clavados en el brazo de Adrián y la vista fija en un punto vacío, junto a la pared húmeda.

—No mires —susurró.

Christina se volvió.

—¿Qué ves?

—No miro.

—¡Nola!

—Si miro, sabrá que estoy despierta.

Olin soltó un sonido bajo, casi una tos.

—Eso decía mi madre de los espejos del pasillo.

Evan le lanzó una mirada de advertencia, pero Nola ya lo había oído. La joven giró lentamente la cabeza hacia Olin, con los ojos demasiado abiertos.

—No son espejos.

La lámpara del callejón parpadeó y se encendió por fin.

No había nada junto a la pared. Solo humedad, ladrillo oscuro, una cesta rota y una mancha de moho con forma de mano abierta.

Christina no se permitió tranquilizarse.

En dos días había aprendido que no ver nada en Ðawn’s Falł, podía significar demasiadas cosas, y ninguna buena.

—¡Seguimos!

Nola obedeció, aunque cada paso parecía arrancado a una parte de su cuerpo que aún seguía atrapada en el hueco de ventilación donde la habían encontrado.

Cuando llegaron al patio trasero de la funeraria, Evan abrió con una llave distinta a la de antes, entró primero, revisó el pasillo, la sala de preparación y el cuarto de flores, y solo entonces les permitió cruzar.

El gesto era doméstico y militar a la vez.

Christina reconoció la diferencia entre un hombre prudente y un hombre que ya ha descubierto que su casa no es tan segura como creía.

La funeraria estaba más fría que antes. No por la temperatura, sino por la hora.

Durante el día, aquel lugar era un negocio sobrio, una casa de oficios, una extensión necesaria de la comunidad.

Al caer la noche se convertía en otra cosa: una frontera administrativa entre lo que el valle aceptaba nombrar y lo que prefería retirar con sábanas grises.

Evan encendió solo las luces bajas, no la lámpara principal de la sala de preparación, y colocó los cerrojos interiores.

Luego sacó de un armario una caja de metal con vendas, alcohol, agujas, analgésicos y un lector manual de pulso que parecía más antiguo que algunos muebles.

Sentó a Nola en una silla, le limpió los arañazos de los brazos y examinó la inflamación del implante con una delicadeza que contrastaba con su voz.

—No está abierto —dijo—. Pero alguien lo ha forzado.

—No lo tocaron —murmuró Nola.

—¿Estás segura?

—No me tocaron aquí. Me tocaron dormida.

Marek dejó la caja de los tablones sobre una mesa auxiliar y se apartó, como si aquello pudiera contagiarle recuerdos.

—Eso no es una frase tranquilizadora.

—No estaba dormida —dijo Nola—. Pero tampoco estaba del todo aquí.

Adrián se arrodilló frente a ella sin invadir demasiado su espacio y Christina observó ese cuidado.

Adrián no era médico ni interrogador, pero tenía una manera de hablar con personas asustadas que no era blanda compasión, sino precisión.

Quizá los técnicos de luz aprendían a tratar con ancianos atrapados en apagones, niños que temían los pasillos o vecinos que confundían las averías con presagios.

O quizá conocía demasiado bien el miedo de no poder explicar lo que se ha visto.

—Nola —dijo—, cuando dices que te tocaron dormida, ¿hablas de una sensación física, de una imagen o de una lectura de cápsula?

Ella lo miró con agotamiento.

—Hablas como ellos.

—Intento no hacerlo.

—Entonces no me des opciones para que elija la menos peligrosa.

Adrián bajó la cabeza, aceptando el golpe.

—Tienes razón.

Christina se acercó.

—Cuéntalo a tu manera.

Nola tragó saliva y Evan le acercó una taza de agua con azúcar y sal. Ella bebió un sorbo y cerró los ojos un segundo. Christina le tocó la muñeca de inmediato.

—No.

Nola los abrió, aterrada.

—Perdón.

—No te disculpes. Quédate aquí.

La joven asintió varias veces. En la sala contigua, una tubería hizo un ruido hueco. Olin se santiguó a medias y luego fingió rascarse el pecho. Marek lo vio, pero no se burló.

—Después de preparar al primer cuerpo —empezó Nola— volví a casa.

Evan me mandó descansar, pero no pude. Tenía el olor metido en la garganta.

Dulce, como una manzana pasada, pero también como a tela quemada.

Me lavé las manos muchas veces, pero la marca seguía en mi cabeza.

Dulces sueños . He visto sellos de clientes de la empresa que pasan por la funeraria a veces y llevan restos de tinta dérmica en la muñeca o detrás de la oreja, códigos de sesión, pequeñas cosas.

Algunos pagan por sueños románticos antes de morir, otros por despedirse de alguien, algunos por pesadillas, porque dicen que así sienten algo.

Es repugnante, pero legal. El sello siempre se borra, pero aquello no se borraba.

Cuanto más lo limpiaba, más parecía subir.

—¿Subir desde dónde? —preguntó Christina.

Nola se tocó el pecho, no sobre la piel, sino como si señalara una profundidad.

—Desde debajo. Como cuando una humedad atraviesa una pared. Primero mancha, y luego forma letras.

Adrián miró los tablones de madera. Christina también. La impresión parcial de la S seguía ahí, hundida en la superficie.

—Esa noche —continuó Nola—, al cerrar los ojos, vi la S. No un sueño completo. Solo la S. Grande, roja, doblándose como si quisiera convertirse en otra cosa. Me levanté, cubrí el espejo, puse sal bajo la cama y abrí la ventana. Después oí a mi padre en el pasillo.

Evan se quedó muy quieto.

—Tu padre está retirado.

—Lo sé.

La palabra retirado cayó con su suciedad habitual. En Ðawn’s Falł no se decía internado, aislado ni desaparecido cuando un paciente del sueño dejaba de pertenecer a su casa. Se decía retirado, como si fuera una herramienta rota que se guardaba en un cobertizo hasta decidir si aún servía para algo.

—¿Qué dijo? —preguntó Christina.

Nola respiró hondo.

—No hablaba desde fuera ni detrás de la puerta.

Sonaba en la madera de la puerta. Me llamó por mi nombre de niña.

Nadie me llama así desde que se lo llevaron.

Luego dijo que Harrow no había vuelto completo y que la marca lo estaba buscando.

Que, si yo había leído el nombre, también podía leerme a mí.

Marek murmuró algo sobre madres santas, aunque en el valle las invocaciones religiosas siempre sonaban prestadas, como herramientas importadas de un mundo al que nadie tenía acceso.

—¿Abriste? —preguntó Christina.

—No. Puse la cómoda contra la puerta. Después el espejo empezó a golpear por dentro.

—¿Por dentro?

—La tela se movía hacia el vidrio, no hacia la habitación. Como si algo tirara de ella desde el otro lado. Fui a sujetarla y vi mi mano reflejada antes de tocarlo. Pero no era mi mano. Tenía los dedos negros, como los del segundo hombre.

Adrián se levantó y caminó hasta la mesa donde estaba el módulo. Necesitaba moverse para pensar con claridad.

—Eso pudo ser una imagen intrusiva. Un microepisodio.

Nola le clavó una mirada cansada.

—¿Vas a ayudarme o a traducirme?

—A ayudarte.

—Entonces no le quites importancia.

Christina dejó que la frase respirara. Nola no era una mujer histérica ni un testigo confuso buscando atención.

Era una preparadora funeraria que había aprendido a lavar muertos, coser bocas y ocultar daños para que las familias pudieran mirar por última vez.

Si ella decía que algo no debía hacerse pequeño, había que escucharla.

—¿Cómo acabaste en el conducto? —preguntó Christina.