7 El tatuaje #4
Christina sintió que la trampa de Mallas se abría bajo sus pies. El primer cuerpo no le convenía porque la llevaría de inmediato a Nola, al padre retirado, al registro del sueño, al sobre escondido en el monumento y a una línea familiar conectada con Harrow. No era una respuesta. Era una cadena.
—¿Tu padre?
Nola negó con la cabeza, débil.
—Mi abuelo.
—Tu abuelo no puede tener la edad de ese cuerpo.
—No era mi abuelo como volvió.
—¿Qué significa eso?
Nola empezó a temblar.
—Mi padre decía que Harrow no murió. Que lo retiraron porque quiso apagar las primeras máquinas. Dijo que volvió muchas veces en registros distintos. Que, si alguna vez llevaba el nombre de Dulces sueños en la piel, no sería él, sino algo imitándolo.
La habitación pareció inclinarse. Afuera, en la calle de los Hilanderos, sonó una puerta cerrándose y después pasos en la escalera.
Adrián miró a Christina.
—¡Vienen!
Christina tomó el cuaderno de Nola y se lo metió dentro del abrigo. Después ayudó a la joven a incorporarse. Nola apenas podía sostenerse.
—¿Puedes caminar?
—No dormí.
—No he preguntado eso.
—Sí.
Los pasos subían. Lentos. De más de una persona.
Adrián apagó la linterna y Christina recogió la pistola del suelo. La sala quedó bajo la luz gris de la ventana abierta, con los muñecos de vigilia aún mirando hacia la pared y el espejo roto mostrando la frase: NO PRENDIÓ como una sentencia escrita por una mano que no necesitaba estar viva.
—Por el hueco no puede salir —susurró Adrián.
—No vamos por el hueco.
Christina señaló la ventana que daba al tejado bajo de una tintorería, a menos de metro y medio. Peligroso, mojado, pero posible. Alguien llamó tres veces a la puerta del apartamento.
La cadencia correcta. La de las casas con duelo preventivo.
—¡Nola Venn! —dijo una voz suave desde el pasillo—. ¡Abra! ¡Venimos a comprobar que está despierta!
Nola se tapó la boca para no gritar.
Christina abrió la ventana del todo y empujó primero a Adrián.
—¡Cruza!
—¿Y ella?
—¡Cruza!
Él salió al alféizar y saltó al tejado contiguo con un resbalón torpe. Christina ayudó a Nola a subir. La joven gimió cuando el frío le golpeó la cara. En la puerta volvieron a llamar.
—¡Nola! ¡Sabemos que ha hablado!
Christina sostuvo a la joven por la cintura y la empujó hacia Adrián, que la recibió desde el otro lado.
Después subió ella al alféizar. Antes de saltar, miró una última vez el apartamento: la taza de té, el espejo roto, las figuras sin ojos vueltas hacia la pared.
En Ðawn’s Falł, hasta los muñecos sabían cuándo no mirar.
La cerradura empezó a moverse y Christina saltó, cayendo sobre el tejado de la tintorería, resbaló sobre musgo, golpeó una rodilla contra una canaleta y estuvo a punto de perder el arma.
Adrián tiró de ella. Nola temblaba entre ambos y, detrás, la puerta del apartamento se abrió.
No esperaron a ver quién entraba. Avanzaron agachados sobre las tejas húmedas hacia una escalera de servicio que bajaba al patio interior.
Abajo, las cuerdas de tender estaban vacías, recogidas antes del anochecer, como mandaba la costumbre.
Christina pensó, con una claridad absurda en ese momento que, por una vez, agradecía una superstición bien cumplida.
Si hubiera habido sábanas colgadas, habrían caído enredados antes de llegar al suelo.
Al bajar al patio, oyeron un grito desde el apartamento.
—¡Por aquí! —dijo Adrián.
Las condujo por un pasillo estrecho entre casas, luego por una carbonera abierta y finalmente a una calle secundaria que olía a tinte, humo y pan fermentado y húmedo. Nola apenas caminaba. Christina la sostuvo por un brazo. La joven murmuraba la misma frase una y otra vez sin darse cuenta.
—No era él. Era su ruta. No era él. Era su ruta.
Al doblar hacia la funeraria, vieron a Evan al fondo de la calle. No estaba solo. Olin Vark caminaba a su lado con una botella en una mano y una escopeta recortada en la otra, tan vieja que parecía más una superstición que un arma. Evan miró a Nola, después a Christina, luego a Adrián.
—No preguntaré si ha ido bien.
—Ha ido —dijo Christina.
Olin levantó la botella hacia Nola.
—Las personas que salen por ventanas merecen un trago.
Nola empezó a llorar de verdad al ver a Evan. El funerario se acercó y la abrazó con una torpeza tierna que en otro lugar habría resultado sorprendente. En Ðawn’s Falł, los hombres que trataban con muertos, aprendían a tocar a los vivos con demasiado cuidado.
—Te dije que no volvieras al trabajo hasta que te llamara.
—No volví.
—Ya lo veo.
Christina sacó el cuaderno de Nola, el recorte de mapa y el módulo, y los sostuvo contra el abrigo como si fueran piezas de un cuerpo todavía sin montar.
La tarde se apagaba. Pronto sonaría la melodía de descanso y la gente cerraría puertas, cubriría espejos, pondría sal bajo almohadas y fingiría que no había oído nada en la calle de los Hilanderos.
Pero ahora, Christina tenía algo que la administración no había logrado retirar: un nombre, una testigo y una frase que cambiaba la naturaleza del tatuaje.
Dulces sueños no era solo una marca. Era una dirección. Y si Nola tenía razón, alguien o algo estaba usando cuerpos marcados para encontrar el camino de vuelta al valle.