Ladrones de sueños 7 El tatuaje #3
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7 El tatuaje #3

No agrietado desde un golpe exterior, sino atravesado por una red de fisuras que partían del centro hacia los bordes como hielo quebrado. En el centro, sobre el vidrio, alguien había escrito con un dedo manchado de una sustancia oscura: NO PRENDIÓ.

Adrián retrocedió al verlo.

—¡Eso no lo ha escrito ella!

—¿Cómo lo sabes?

—¡Porque si Nola hubiera visto esa frase, habría huido de su propia casa!

—Quizá lo hizo.

Christina se acercó al espejo. Olía a tierra húmeda y a ese dulzor de fondo que empezaba a convertirse en una firma.

Bajo el espejo había un pequeño mueble con cajones.

El primero contenía agujas, hilo, vendas y guantes.

El segundo, recortes de papel. El tercero estaba cerrado y la llave de Evan no servía para abrirlo.

Christina lo forzó con una herramienta de Adrián.

Dentro había un cuaderno de tapas negras.

Nola escribía con letra clara, ordenada y sin florituras.

Las primeras páginas eran notas funerarias: medidas de cuerpos, mezclas de lavado, maneras de disimular rigidez en manos, advertencias sobre familiares conflictivos y cuentas pendientes con proveedores.

Después, tres días más tarde, la letra cambiaba de presión.

“ Cuerpo masculino. Sin nombre en etiqueta. Retirado de El Deshielo. Seis disparos. No sangra como debería. Temperatura baja, pero el tejido no responde al momento de muerte. Ojos secos. Lengua mordida. Uñas con restos de tierra negra y fragmentos de cristal. Marca en pecho: Dulces sueños. No parece un tatuaje. Bordes inflamados. Al lavar, las letras se oscurecen. Al secar, vuelven. He visto sellos dérmicos de clientes de D.S. Pero no son así .”

Christina siguió leyendo en voz baja, pero cada palabra parecía ensuciar más el entorno.

“ Intenté limpiar la zona alrededor de la D. La piel estaba caliente solo bajo la letra. El resto del cuerpo frío. Al presionar, salió líquido oscuro de la boca. Olía a manzana dulce podrida. Dijo una palabra, pero es posible. No pudo decirla. No estaba vivo. No respiraba. Pero dijo algo. Llamé a Evan. Antes de que llegara, Supervisión ordenó su retirada. Me dijeron que no anotara nada, pero lo hice .”

Adrián se acercó un poco más.

—Sigue.

Christina pasó la página.

“ Segunda observación antes de retirada. La marca no estaba completa en profundidad. Había líneas superficiales e internas. Como si dos cosas hubieran escrito el mismo nombre desde lugares distintos. En el centro de la S encontré una señal menor: círculo con tres cortes. No es de Dulces sueños. La he visto en el registro antiguo de mi padre .”

Christina levantó la vista.

—Su padre retirado por enfermedad del sueño.

—O por algo que llamaron así —corrigió Adrián.

La página siguiente tenía manchas de agua o lágrimas.

“ Papá decía que los que vuelven no traen sueños, sino huecos con forma de sueño. Decía que, si una marca prende, el cuerpo ya no busca volver arriba. Busca puertas abajo. No sé qué significa. Supervisión se lo llevó hace nueve años. Evan cree que murió. No he sabido decírselo: a veces recibo fichas de calibración con su número de cápsula. Activa. Zona no pública .”

El silencio se llenó con el movimiento de la cortina. Christina sintió que el entorno escuchaba.

—Las nueve cápsulas —dijo Adrián.

—Una podría ser del padre de Nola.

—O una cápsula registrada a su nombre.

—¿Puede una cápsula seguir activa si el cuerpo está muerto?

Adrián no respondió lo bastante rápido.

—Puede seguir emitiendo durante un tiempo, si no se desactiva.

—Nueve años no es un tiempo.

—No lo es.

Christina siguió leyendo.

“ Hoy he visto a la niña en el control, Mina. Tenía sal húmeda en el pelo. Su madre no lo sabe. La sal se humedece cuando hay sueño cerca. Mi abuela lo decía. Yo me reía, pero ya no .”

Pasó otra página.

“ Si me pasa algo, buscad el nombre del primer cuerpo en el registro del sueño, no en el civil. La piel miente menos que los archivos. El tatuaje no dice quién lo marcó, pero sí quién intentó reclamarlo .”

Después, la última frase estaba escrita deprisa:

“ Si vienen, cubrir espejos no bastará .”

En ese momento, desde el dormitorio llegó un ruido.

Christina cerró el cuaderno con una mano y apuntó hacia la puerta.

Adrián se quedó inmóvil. El ruido se repitió: un golpe blando dentro de la pared, como un puño débil o una tubería latiendo.

Christina avanzó despacio. El dormitorio seguía vacío.

El armario estaba abierto. Debajo de la cama no había nadie.

El golpe volvió, esta vez desde el otro lado del tabique, junto a un respiradero antiguo cubierto por una rejilla.

Christina se agachó. Olía a polvo, yeso húmedo y aire frío de patio interior.

—¡Nola! —dijo en voz baja—. ¡Si estás ahí, responde!

No hubo respuesta, pero sí una respiración.

Adrián susurró entonces:

—No cabe detrás de la pared.

Christina le hizo un gesto para que callara.

Retiró la rejilla con cuidado. Detrás había un hueco estrecho de ventilación que comunicaba con la antigua cámara de secado de las casas hilanderas.

No era un conducto moderno, sino un espacio vertical entre muros, usado antaño para pasar el aire caliente y secar lana.

Christina iluminó con la linterna. Vio ladrillo, telarañas, trozos de yeso y, más abajo, una mano.

—¡Nola!

La mano se movió apenas.

Christina dejó la pistola en el suelo, metió el brazo por el hueco y tocó unos dedos helados.

—¡Está viva!

Adrián se arrodilló a su lado.

—¡Hay que romper la pared!

—¡Herramientas!

Él corrió hacia la sala, tomó una pata metálica de la estufa apagada y una llave grande de su maletín.

Christina empezó a golpear el yeso alrededor de la rejilla.

El ruido pareció enorme dentro del apartamento.

En cualquier momento algún vecino llamaría a vigilancia o, peor aún, fingiría no oír nada.

El muro cedió en placas. Adrián trabajó con rapidez, arrancando ladrillos viejos, mientras Christina ensanchaba el hueco.

Al cabo de unos minutos, lograron abrir un espacio suficiente para sacar a Nola.

La joven cayó hacia ellos como una vieja muñeca de trapo.

Estaba empapada de sudor frío, con el pelo pegado al rostro, los labios agrietados y los ojos abiertos en una vigilia extrema.

Llevaba la bata gris de trabajo de la funeraria y tenía los antebrazos cubiertos de arañazos.

En la muñeca izquierda, alrededor del punto del implante, la piel estaba roja, irritada, pero no abierta. Christina la sostuvo contra el suelo.

—¡Nola! ¡Soy Christina Bequer! ¡Evan me envía!

La joven intentó hablar, pero solo salió aire de su boca.

—¡Agua!

Adrián fue a la cocina, abrió el grifo, dejó correr unos segundos y llenó una taza. Nola bebió apenas y tosió. Después agarró la manga de Christina con una fuerza inesperada.

—No me dejaban despertar.

—¿Quiénes?

Nola negó con la cabeza, desesperada, como si la pregunta estuviera mal hecha.

—No quién. Qué.

Christina sintió que Adrián se quedaba quieto tras ella.

—¿Dónde estabas?

—En casa. Después no. Luego aquí. Después dentro. No lo sé. Cerré los ojos un segundo. Solo un segundo. No dormí. No podía dormir. Había alguien en el espejo.

—¿Lo viste?

Nola apretó la manga un poco más.

—Vi el pecho del muerto. La marca. Me la sabía, aunque no quería. Cuando cerré los ojos, las letras estaban dentro de mis párpados. Dulces sueños . Pero no eran letras. Eran una dirección.

Adrián susurró algo ininteligible.

—Nola —dijo Christina—, necesito el nombre del primer cuerpo.

La joven empezó a llorar sin hacer ruido.

—No conviene.

—Eso ya me lo han dicho.

—Porque es verdad.

—¡Dímelo!

Nola miró hacia el espejo roto de la sala. Sus pupilas parecían demasiado grandes.

—No lo encontré en registro civil. Busqué como decía mi padre. Registro del sueño. El cuerpo de El Deshielo estaba asociado a una cápsula retirada hace ocho años.

—¡El nombre!

Nola tragó saliva y, durante un segundo, Christina creyó que perdería el conocimiento. La sostuvo con más fuerza.

—Se llamaba Harrow.

El apartamento se quedó sin aire tras esas palabras.

Adrián retrocedió hasta golpear el marco de la puerta.

—¡No puede ser!

Christina mantuvo la mirada fija en Nola, obligándose a no demostrar el impacto.

Harrow no era solo una inicial en un sobre, no solo una figura ausente de mapas y notas antiguas.

Si Nola decía la verdad, el primer reaparecido abatido en El Deshielo llevaba el nombre de alguien que debía pertenecer al pasado profundo del valle, al origen de los registros, a las primeras advertencias sobre los Atrapasueños.

No tenía sentido cronológico. O el nombre era heredado, o el archivo había sido manipulado, o en Ðawn’s Falł las categorías de muerte, retirada y tiempo, estaban mucho más podridas de lo que nadie imaginaba.

—¿Nombre completo? —preguntó Christina.

Nola cerró los ojos y Christina le dio una palmada leve en la mejilla.

—¡No! ¡Mírame! ¡No cierres los ojos!

La joven obedeció con esfuerzo.

—Harrow Venn.

Evan le había dado el apellido de Nola: Venn.