7 El tatuaje #2
—He servido café treinta años a personas que susurran secretos delante de mí porque creen que los camareros nacemos idiotas y sin memoria. Sí, estoy seguro.
Adrián se sentó, de pronto, en una de las sillas de la pared.
—En la red antigua, retorno no significa volver físicamente. Significa que una señal recupera origen después de haber sido desviada.
—¿Una señal? —preguntó Evan—. ¿Estamos hablando de hombres o de cables?
—En este sistema, quizá de ambas cosas.
Christina miró los tablones. La letra hundida en la madera parecía una quemadura lenta.
Dulces sueños no era solo una inscripción en la piel.
Algo del primer cuerpo había transferido parte de esa marca al suelo de alguna manera, o el suelo había reaccionado a algo que llevaba dentro.
Si aquello era una marca comercial, era la peor del mundo.
—Necesito ver el tatuaje del primero.
Marek soltó una risa estéril.
—El cuerpo lo tienen ellos.
—El cuerpo, sí, pero no necesariamente todo.
Evan entendió antes que los otros y negó con la cabeza.
—No he dicho nada.
—Lo has pensado con esa cara de abrir cajones prohibidos.
—Dijiste que lo llevaron a custodia sanitaria antes de pasar por tu sala.
—Sí.
—Pero primero estuvo en el depósito temporal.
—Durante menos de una hora.
—Alguien tuvo que recibirlo, etiquetarlo y prepararlo para traslado.
—No.
Christina lo miró fijamente.
—Evan.
El funerario se quitó los guantes con un gesto brusco.
—No lo preparé yo.
—No he preguntado eso.
—No.
—¿Quién?
Evan caminó hasta el lavabo, abrió el grifo, lo cerró sin lavarse y apoyó ambas manos en el borde metálico. Durante unos segundos pareció más enfadado consigo mismo que con ella.
—Mi ayudante.
Christina no sabía que Evan tuviera ayudante fijo. En la funeraria de Darr trabajaban ocasionalmente dos mozos para traslados, una florista viuda que preparaba coronas en fechas señaladas y una mujer mayor que cosía mortajas. Pero ayudante, en singular, sonaba a algo más estable.
—¿Nombre?
—Nola Venn.
—No la conozco.
—Porque hace su trabajo y no se emborracha en la plaza.
—¿Dónde está?
—En su casa, espero.
—¿Qué vio?
—No lo sé.
—Eso no es respuesta.
Evan se volvió.
—La mandé a su casa antes de que vinieran a retirar el cuerpo. Llegó temblando. Dijo que no quería volver a tocarlo. Le dije que no volviera hasta que la llamara. Desde entonces no contesta.
La sala cambió de temperatura sin que la estufa se moviera.
—¿Desde cuándo no contesta?
—Desde esta mañana.
—¿Y no lo dices hasta ahora?
—Han ocurrido algunas cosas.
—Evan.
—No es policía. Es una chica de veintiséis años que arregla muertos porque los vivos le dan más miedo. No quería arrastrarla a esto sin necesidad.
—La necesidad acaba de entrar por la puerta con tres tablas marcadas.
Evan aceptó el reproche sin defenderse.
—Vive en la calle de los Hilanderos. Casa verde, segundo piso.
Christina guardó la nota de la amenaza y envolvió uno de los pequeños tablones en una sábana limpia.
—Marek, te quedas aquí.
—Mi local...
—Tu local seguirá cerrado.
—No puedo dejarlo solo.
—Tu local ha sobrevivido a dos ataques, una retirada clandestina y una amenaza envuelta en cartón. Cinco horas más no lo matarán.
Marek miró a Evan.
—¿Vas a dejar que me dé ordenes en tu funeraria?
—En mi funeraria todo el mundo acaba obedeciendo tumbado. Agradece que sigas de pie.
Adrián ya guardaba el módulo.
—Voy contigo.
—No —dijeron Christina y Evan a la vez.
Adrián se levantó igualmente.
—Si Nola vio el tatuaje, tal vez describa algo técnico que tú no identifiques.
—Un tatuaje es un tatuaje.
—Este no. Y lo sabes.
Christina también sabía que Adrián empezaba a convertirse en una llave, pero una que quizá abría puertas para ambos lados.
No le gustaba depender de alguien que ocultaba vínculos con los estériles oníricos, que hablaba de la ausencia de sueños con demasiada emoción y que sabía moverse por sistemas que la mayoría ni siquiera conocía.
Pero esa misma desconfianza lo hacía útil: cada frase suya ofrecía información y riesgo.
—Vienes detrás de mí. No hablas si no te pregunto. Y no tocas nada sin mi permiso.
—Soy técnico, no un perro.
—Entonces entiende las órdenes sencillas.
Evan sacó de un cajón una linterna, una llave pequeña y una bolsita de sal.
Christina miró la sal.
—¿En serio?
—Mi abuela decía que la sal no detiene nada que sepa lo que busca, pero avisa de lo que pisa.
—¿Y tú lo crees?
—Limpio muertos. Creo en todo durante los diez segundos necesarios.
Christina tomó la linterna y la llave, pero no la sal. Evan se la metió en el bolsillo del abrigo sin pedir permiso.
—Para que luego puedas burlarte con información completa.
La calle de los Hilanderos quedaba a quince minutos de la funeraria, en una antigua zona donde las casas eran estrechas, altas y oscuras, construidas demasiado cerca unas de otras para aprovechar el calor común durante los inviernos posteriores a la Ruptura.
Allí vivían costureras, reparadores de ropa, dos familias de tintoreros, un maestro jubilado que fabricaba macabros ataúdes de juguete para niños enfermos y varios trabajadores de Dulces sueños que nunca decían en qué consistía exactamente su empleo.
Las fachadas tenían ganchos de hierro donde antes se colgaban madejas de lana; ahora la mayoría sostenía cables de luz, tiras de protección contra humedad y pequeños amuletos de ventana hechos con hilo rojo, agujas sin punta y cáscaras secas de manzana.
En esa calle persistía una superstición específica: no se debía dejar una prenda lavada fuera durante la noche, porque los sueños ajenos podían pegarse al tejido y entrar en la casa al ponérsela.
Los técnicos sanitarios habían intentado borrar esa creencia con campañas de higiene, pero la gente seguía recogiendo camisas y sábanas antes del toque nocturno con una obediencia que no figuraba en ninguna norma escrita.
Christina nunca había prestado demasiada atención al detalle, pero esa tarde, al ver las cuerdas vacías y las ventanas cerradas antes de hora, le pareció otra vieja pieza de un mismo miedo.
La casa verde de Nola Venn estaba al final de la calle, junto a una pared medianera cubierta de musgo.
La pintura se había desconchado hasta mostrar capas anteriores: azul, gris y madera oscura.
En el portal había tres buzones, una lámpara automática y una tira de tela blanca anudada al picaporte. Adrián la señaló.
—Duelo preventivo.
—¿Qué?
—Algunas familias la ponen cuando alguien está enfermo de sueño. No es luto. Es aviso de no entrar sin llamar tres veces.
—Nunca había oído eso.
—No frecuentas a gente que aún cree en cosas útiles.
Christina llamó tres veces, pero nadie respondió. Volvió a llamar, esta vez con los nudillos más duros. En el interior se oyó un golpe leve, o quizá una tubería. Sacó la llave que Evan le había dado y la encajó en la cerradura del portal.
—¿Por qué tiene Evan llave?
—Los funerarios recogen a quienes ya no abren —dijo Adrián.
Subieron por una escalera estrecha que olía a col hervida, humedad y jabón casero. En el primer piso, una puerta se entreabrió un dedo y volvió a cerrarse. En el segundo, la puerta de Nola estaba cerrada, pero no con vuelta de llave. Christina apoyó la oreja. Nada. Golpeó entonces.
—¡Nola Venn! ¡Soy Christina Bequer! ¡Evan me envía!
Silencio.
—¡Voy a entrar!
Abrió despacio. El apartamento estaba frío.
No frío de casa mal calentada, sino de ventanas abiertas durante horas.
La sala era pequeña, ordenada con una pulcritud casi dolorosa: mesa cuadrada, dos sillas, estufa apagada, estantería con libros de costura y manuales funerarios, una taza con té seco, una cesta de ropa negra doblada y una fila de pequeñas figuras de madera colocadas sobre el alféizar.
Cada figura tenía una cara simple, sin ojos, y un cordel rojo alrededor del cuello.
—Muñecos de vigilia —murmuró Adrián.
Christina lo miró.
—Los hacen algunas familias para no dormir solas. Uno por cada persona de la casa. Si un muñeco aparece girado al amanecer, dicen que alguien ha hablado dormido.
—¿Y si todos están girados?
Adrián no contestó.
Todos los muñecos miraban hacia la pared.
Christina desenfundó. Adrián dejó de respirar con normalidad.
La ventana estaba abierta, la cortina se movía hacia dentro y fuera, y en el suelo, junto a la mesa, había manchas de barro seco.
No eran huellas completas, más bien restos arrastrados.
Barro mezclado con sal. Christina avanzó primero hacia la cocina.
Estaba vacía. El fregadero contenía un cuchillo pequeño, una manzana partida y agua negra en un vaso.
Como si alguien hubiera disuelto tierra fina.
En el dormitorio encontraron la cama sin deshacer, una bata en el suelo y una caja abierta bajo el armario.
Dentro había fotografías, cartas, un certificado de formación funeraria y una bolsa de tela con objetos personales.
Christina revisó rápido, sin desordenar más de lo necesario.
Nola Venn, veintiséis años, huérfana de madre, padre retirado por enfermedad del sueño hacía nueve años, aprendiz de preparación mortuoria desde hacía cuatro.
Ningún vínculo visible con Dulces sueños .
Ninguna afiliación política y ningún informe disciplinario.
—Christina —llamó Adrián, desde la sala.
Ella volvió. Adrián estaba junto a la pared del fondo, donde colgaba un espejo ovalado cubierto por una tela negra.
En Ðawn’s Falł se cubrían los espejos cuando alguien moría en la casa, costumbre heredada de muchas tradiciones funerarias y adaptada al valle con una explicación propia: un muerto reciente podía equivocarse de reflejo y quedarse mirando desde el vidrio.
Christina siempre había considerado aquello una superstición decorativa, hasta que Sam le entregó un fragmento de espejo hallado bajo las uñas de un reaparecido.
—¡No lo toques!
—No pensaba hacerlo.
Ella retiró la tela con la punta de la pistola.
El espejo estaba roto por dentro.