7 El tatuaje
La funeraria de Evan no estaba hecha para esconder conspiraciones, sino para ordenar la muerte de manera que los vivos pudieran soportarla sin romper demasiados muebles ni hacerse preguntas imposibles frente a un ataúd, pero aquella tarde, con el cielo aplastado sobre Ðawn’s Falł, la calle vacía antes de tiempo y el zumbido irregular perdido en la niebla, como un insecto encerrado entre montañas, Christina tuvo la certeza de que ningún lugar del valle era más adecuado para empezar a mirar debajo de la piel de las cosas.
Evan había cerrado las persianas, colgado en la puerta el aviso de preparación privada y apagado la campanilla del mostrador, una pieza de latón que llevaba décadas sonando para anunciar a viudas, hermanos, hijos, acreedores, vecinos culpables y funcionarios con prisa para ellos, pero no para los demás.
La casa seguía oliendo a cera, romero, formol ligero, serrín limpio y tela húmeda, un olor que a Christina le resultaba menos desagradable que el cálido perfume de Dulces sueños porque la funeraria, al menos, no fingía vender un espejismo de felicidad.
Adrián aún trabajaba en la sala de preparación con el módulo extraído de la plaza conectado a su unidad portátil, rodeado de finos cables y herramientas pequeñas, mientras Evan revisaba cada pocos minutos la cortina que daba al pasillo principal y escuchaba la calle con el oído de quien ha aprendido a distinguir una familia en duelo de una visita administrativa.
Christina, apoyada contra la mesa fría donde en otro momento se habría lavado un cadáver, observaba las líneas corruptas de la pantalla sin entenderlas del todo y, aun así, sintiendo que cada dato dañado era más honesto que los comunicados oficiales.
El archivo de audio había sido copiado dos veces antes de que el módulo volviera a fallar.
La voz repetía lo mismo con variaciones mínimas, como si el dron hubiera capturado fragmentos de una advertencia arrastrada por el viento o por una señal humana en movimiento: no los contéis; si los contáis, saben cuántos faltan; no miréis el hueco; la puerta no se abre hacia fuera.
Esa última frase no aparecía completa siempre.
A veces quedaba reducida a “la puerta”, otras a “no se abre”, algunas a una húmeda respiración que hacía que Evan apretara la mandíbula y Adrián bajara el volumen sin que nadie se lo pidiera.
—No es una emisión del dron —dijo Adrián, después de la quinta reproducción.
—Explícate.
—La unidad no estaba transmitiendo esa voz. La estaba recogiendo. Como interferencia ambiental o como señal secundaria. No sé si de radio, de cápsula o de algún repetidor viejo. La grabó porque en esos once minutos perdió sincronía y abrió canales que normalmente permanecen cerrados.
Christina miró el módulo. Era una pieza pequeña, ennegrecida por un lado, con una lámina interna partida y manchas de sangre seca en una esquina. Costaba creer que algo tan discreto pudiera haber estado unido a una máquina capaz de condicionar el sueño de todo un valle.
—¿Puede decirnos dónde estaba cuando grabó eso?
—No con precisión. Pero puedo triangular la señal de luz y los pulsos de cápsula. Estaba entre la Carretera Sepultada y la franja baja de los depósitos. Fuera de ruta, pero no arriba del todo. Cerca del primer cierre.
—El sitio del que bajó el segundo hombre.
—Probablemente.
—¿Y las nueve cápsulas activas?
Adrián se quitó las gafas, las limpió con la manga y volvió a ponérselas, aunque seguían limpias. Era un gesto para ganar tiempo mientras pensaba la respuesta.
—Eso es lo peor.
Evan, desde la puerta, se volvió hacia él.
—Me encanta cuando alguien anuncia que todavía queda lo peor.
—Las cápsulas estaban activas, pero no en patrón de sueño normal. Tampoco en el de vigilia. Emitían como cuando un paciente está bajo experiencia guiada.
Christina pensó en el escaparate de Dulces sueños, en los carteles de Paseo con un ser querido, Bosque tranquilizador y Pesadilla controlada nivel uno. Pensó en Livia Noss diciendo que no todos los que volvían de arriba llegaban vivos por dentro.
—¿Clientes?
—No debería haber clientes en zona prohibida.
—Aquí todo lo que no debería existir acaba dejando barro en la plaza.
Adrián no discutió.
—Las experiencias guiadas requieren cabinas, supervisión, anclajes sensoriales y un entorno cerrado.
No pueden hacerse andando por una ladera helada.
Al menos no de forma legal. Pero la firma de pulso se parece.
Eso significa que esas cápsulas estaban recibiendo estímulo o interferencia de un sistema compatible.
—¿ De Dulces sueños ?
—Compatible no significa propietario.
—Pero propietario sí significa compatible.
Adrián bajó la mirada hacia la pantalla.
—Eso sí.
Evan cerró la cortina y se acercó a la mesa. Había dejado de fingir que aquello no lo implicaba. En realidad, lo implicaba desde antes, desde que los muertos empezaron a llegar mal, pero ahora la implicación tenía palabras técnicas, rutas y una empresa con escaparates dulces.
—Mallas dijo que el primer cuerpo tenía nombre. Y que no te convenía.
—Eso significa que quiere que espere —respondió Christina.
—O que quiere verte correr hacia la trampa.
—También.
—¿Y vas a correr?
Christina sacó del bolsillo el sobre de Harrow y colocó sobre la mesa la fotografía de 1941, el recorte de mapa y el papel vegetal con los veinte círculos. Evan miró los documentos y Adrián los tocó, pero solo con la yema de los dedos, como si temiera manchar el pasado.
—La trampa ya está montada —dijo Christina—. Lo único que puedo elegir es por dónde entrar a ella.
A las cinco menos veinte, cuando las luces exteriores empezaron a prepararse para el descenso de la tarde y las calles adoptaron ese color gris verdoso que precedía al toque de descanso, otro golpe abrupto sonó en la puerta trasera.
Evan levantó una mano para que nadie se moviera.
El golpe se repitió, dos veces, luego una pausa y después otra vez.
No era la cadencia de Mallas ni la de vigilancia.
Evan tomó de un estante un pequeño cuchillo de embalsamar, lo sostuvo pegado al muslo y caminó hacia el patio.
Christina desenfundó sin hacer ruido y Adrián apagó la pantalla portátil y cerró el maletín a medias.
Durante unos segundos, la casa fúnebre quedó suspendida entre los sonidos propios de la muerte: madera que cruje, agua fluyendo en una tubería y un moscardón atrapado contra el cristal de la sala de flores.
Evan abrió una rendija.
—No atiendo por detrás.
—Yo tampoco —respondió Marek.
Christina bajó el arma, pero no la guardó. Evan dejó entrar al camarero. Marek venía con el abrigo mal abrochado, el vendaje de la mano manchado otra vez y una caja de cartón bajo el brazo. Tenía la cara de quien ha cruzado media ciudad convencido de que todos los cristales lo observaban.
—Han vuelto a mi local —dijo sin saludar.
—¿Quiénes? —preguntó Christina.
—No lo sé. Esta vez no entraron. Dejaron esto en la puerta.
Colocó la caja sobre la mesa de preparación con una prudencia casi supersticiosa y Evan lo insultó por usar la mesa para paquetes desconocidos, pero no la tocó hasta ponerse guantes.
Christina abrió la tapa con la punta de la pistola, más por hábito que por necesidad.
Dentro había tres tablones cortos, arrancados del suelo de El Deshielo.
La madera estaba limpia en los laterales, numerada con lápiz y envuelta en papel aceitado.
En la superficie quedaban manchas oscuras que no eran solo sangre.
En uno de los tablones, allí donde el primer atacante había caído, aparecía una impresión irregular: parte de una letra, quizá una S, hundida en la madera como si el calor del cuerpo la hubiera marcado desde abajo.
—Me los han devuelto —dijo Marek—. O eso quieren que crea.
Christina se inclinó.
—¿Había algo más?
Marek sacó un papel doblado del bolsillo.
—Solo esto.
La nota estaba escrita con letra impresa y sin firma:
NO CONSERVES LO QUE NO PUEDES ENTERRAR
Evan leyó la frase y soltó una exhalación lenta.
—Qué considerado. Una amenaza con sensibilidad funeraria.
Christina observó los tablones. El olor dulzón estaba ahí, muy leve, mezclado con café viejo, desinfectante y madera húmeda. Le recordó al primer cadáver, pero no al segundo, que olía más a barro y metal. El primer hombre había dejado algo distinto.
—¿Alguien te vio venir?
—Media calle, supongo. Intenté parecer un camarero llevando basura.
—Lo haces bien incluso sin intentarlo —dijo Evan.
Marek lo miró con cansancio.
—Hoy no tengo ánimo para que el enterrador me haga gracia.
—Entonces estás peor de lo que parece.
Christina levantó una mano para cortar la discusión.
—Marek, necesito que me digas otra vez exactamente qué oíste cuando entraron en tu cafetería.
El camarero se apoyó en el borde de la mesa, vio dónde estaba apoyando la mano, se apartó con incomodidad y empezó a hablar despacio, como si recitara una orden de cocina demasiado larga.
—Oí la puerta trasera a las tres y algo.
No tengo el sueño fácil después de que me maten a alguien entre las mesas.
Me quedé en el piso de arriba, con la vieja escopeta de mi padre, la que no declaro porque si la declaro me la quitan, y si me la quitan me siento idiota.
Eran tres. Dos entraron por la cocina u el otro se quedó fuera.
Hablaban bajo. Uno dijo que la sangre no importaba.
Otro que la marca no había prendido del todo.
El tercero, el que se quedó en la puerta, respondió que no era marca, sino retorno.
Luego arrancaron las tablas. Tardaron poco.
Traían buenas herramientas. No como las de mantenimiento municipal.
—¿Reconociste voces?
—No.
—¿Hombres? ¿Mujeres?
—Dos hombres. La tercera voz no sé. Podía ser mujer o alguien con mascarilla y voz más aguda.
Adrián levantó la vista.
—¿Dijeron retorno?
—Sí.
—¿Seguro?
Marek lo miró con irritación.