6 El ataque #4
La pantalla emitió un pitido bajo y apareció un último archivo, muy breve, repetido en bucle como un eco residual. Adrián frunció el ceño.
—Hay audio.
Christina sintió que la sala se estrechaba.
—Reprodúcelo.
—Está dañado.
—¡Reprodúcelo!
Adrián pulsó una tecla. Primero salió estática, luego un zumbido parecido al que Sam decía oír sobre la niebla, después golpes de viento y, finalmente, una voz humana, lejana, rota por interferencias.
—...no los contéis... si los contáis... saben cuántos faltan...
La estática volvió y Adrián detuvo el audio.
Nadie habló durante varios segundos.
Evan fue el primero.
—¿Quién es?
Adrián negó con la cabeza.
—No lo sé.
Christina miró la pantalla. El archivo tenía una marca horaria: la noche anterior, once minutos después del hueco del duodécimo barrido.
—Ponlo otra vez.
Adrián obedeció.
—...no los contéis... si los contáis... saben cuántos faltan...
La voz era débil, pero no desconocida del todo.
Christina la había oído al otro lado del muro.
La misma advertencia. No los contéis. Ahora añadía una razón: saben cuántos faltan.
No “sabrán”. Saben. ¿Quiénes? ¿Los técnicos?
¿Los drones? ¿Los que bajaban de las montañas?
La pregunta se quedó sin forma, porque alguien golpeó la puerta principal de la funeraria.
Evan apagó la pantalla de un manotazo antes de que Adrián reaccionara.
—¡No os mováis!
Otro golpe.
—¡Evan Darr! —dijo una voz desde fuera—. ¡Abra! ¡Supervisión de Descanso!
Christina guardó el módulo dentro del bolsillo antes de que Adrián pudiera protestar y Evan señaló una puerta lateral.
—¡Al cuarto de flores!
—¡No voy a esconderme entre coronas fúnebres!
—¡Hoy sí!
El golpe volvió, más fuerte esta vez.
—¡Señor Darr!
Evan miró a Christina con una calma feroz.
—¡En mi casa, los vivos obedecen hasta que son cadáveres! ¡Después los entierro!
Christina aceptó, porque no había tiempo para discutir y porque, en ese momento, Evan tenía razón.
Entró con Adrián en el cuarto de flores, un espacio pequeño lleno de cubos, cintas negras, ramas de romero, coronas a medio montar y tarjetas con frases de duelo cuidadosamente impersonales.
Evan cerró la puerta justo cuando la principal se abría a la fuerza.
A través de la pared se oyeron pasos.
—Ha tardado —dijo Mallas.
—Estaba lavándome sangre ajena —respondió Evan—. Es una costumbre de mi oficio.
—Busco a la detective Bequer.
—No está muerta. Pruebe en otro establecimiento.
Adrián, en la oscuridad del cuarto, se tapó la boca para no soltar una risa nerviosa. Christina le clavó una mirada que no pudo ver bien, pero entendió.
—No es momento para ironías —dijo Mallas.
—En mi experiencia, los momentos graves son los únicos que la merecen.
—Ha sido vista en esta calle.
—Mucha gente entra en calles.
—Con Adrián Ross.
—También entra gente acompañada.
Hubo un silencio aún más incómodo.
—Evan, no lo complique.
—Entonces formule una orden.
—Puedo hacerlo.
—Hágalo.
El silencio siguiente fue más largo. Mallas no tenía orden o no quería usarla delante de testigos invisibles. Christina sintió, por primera vez en horas, una pequeña satisfacción sin sentido.
—Cuando la vea —dijo Mallas—, dígale que la reunión de las seis ha sido cancelada.
Christina apretó el módulo dentro del bolsillo.
—¿Cancelada? —preguntó Evan.
—Sustituida por comunicación oficial.
—Qué eficiente.
—Y dígale otra cosa.
—No soy mensajero.
—Lo será si aprecia la estabilidad de su negocio.
Evan no respondió.
Mallas bajó la voz, pero las viejas paredes de la funeraria trabajaban a favor de Christina.
—Dígale que el primer cuerpo ya tiene nombre. Y que ese nombre no le conviene.
Los pasos se alejaron y la puerta principal se cerró.
Christina salió del cuarto de flores antes de que Evan pudiera llamarla. El funerario permanecía junto a la mesa de preparación, pálido bajo su compostura habitual. Adrián dejó el maletín sobre la mesa y respiró como si la oscuridad le hubiera estado oprimiendo el pecho.
—¿Qué significa eso? —preguntó él.
Christina no contestó. Miraba la puerta por la que Mallas acababa de marcharse.
En un valle de mapas recortados, muertos sin placa y expedientes que cambiaban de categoría según el miedo del día, un nombre podía ser una prueba o una trampa.
A veces ambas cosas. Christina sacó del bolsillo el sobre de Harrow, la fotografía de 1941 y el recorte con las tres lenguas del valle. Luego sacó el módulo.
—Necesito entrar en el edificio de descanso.
Adrián la miró como si acabara de proponer subir a las montañas con una vela.
—¡Eso es imposible!
Evan cerró con llave la puerta principal, aunque no sin esfuerzo.
—En este pueblo se está abusando mucho de esa palabra.
Christina miró a ambos.
—Mallas quiere que espere a que él pronuncie el nombre, pero yo quiero leerlo antes.
Afuera, muy arriba, el zumbido volvió a cruzar la niebla. Esta vez no sonó como una máquina patrullando, sino como algo perdido intentando encontrar el camino de regreso y, por primera vez desde que comenzó todo, Christina no estuvo segura de que quisiera que lo encontrara.