Ladrones de sueños 6 El ataque #3
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6 El ataque #3

—Ayer un hombre atacó El Deshielo con el nombre de su empresa marcado en el pecho. Hoy otro hombre ha atacado esta plaza con la misma marca. Mañana me parece tarde.

La sonrisa de la mujer no desapareció, pero se tensó apenas un poco.

—No sé a qué se refiere.

—Eso es una mala respuesta incluso para empezar.

—Dulces sueños no comenta incidentes sanitarios ni rumores dañinos para la comunidad.

—Yo no he dicho sanitario.

—Todo ataque de origen desconocido se trata como sanitario hasta que Supervisión indique lo contrario.

Christina miró la tarjeta. Ahora pudo leer el nombre: Livia Noss, coordinadora de experiencias.

—Abra la puerta, Livia.

—No estoy autorizada.

—¿Quién sí?

—Puede presentar una solicitud.

—Puedo presentar dos cadáveres.

La mujer parpadeó una sola vez.

—Está alterada.

—No. Estoy siendo educada porque hay niños mirando desde algunas ventanas.

Livia bajó la voz, aunque el cristal distorsionaba el sonido.

—Detective Bequer, si de verdad le preocupa la seguridad, no convierta una coincidencia visual en una acusación pública. Nuestro sello comercial es conocido en todo el valle. Cualquiera puede imitar unas letras.

—¿Desde dentro de la piel?

La sonrisa se apagó del todo.

Ahí estaba. Por fin. No miedo general ni incomodidad reputacional, sino reconocimiento técnico. Livia Noss sabía algo sobre marcas que prendían o no prendían.

—No puedo ayudarla.

—Acaba de hacerlo.

La mujer dio un paso atrás y Christina apoyó la mano izquierda contra el cristal.

—Entraron en El Deshielo de madrugada.

—No sé nada de eso.

—Arrancaron tablas.

—No sé nada.

—Uno llevaba el broche de una nube rosa dentro de un círculo dorado.

—Muchos empleados llevan un broche.

—Gracias.

Livia comprendió demasiado tarde que había confirmado lo que pretendía negar, y su expresión se endureció.

—¡Váyase!

—Deme el nombre del hombre de ayer.

—No lo tenemos.

—El de hoy.

—No lo tenemos.

—Entonces dígame por qué llevan su nombre en el pecho.

La coordinadora miró hacia la plaza, luego hacia Adrián y después hacia algún punto detrás de Christina y, durante un segundo, Christina pensó que Mallas había regresado.

Pero no. Era otra figura, al fondo de la calle lateral: un hombre delgado con abrigo marrón, empleado quizá, que se retiró en cuanto Livia lo advirtió.

La mujer volvió a hablar con una voz más baja.

—Hay marcas que no son nuestras, aunque usen nuestro nombre.

—Explíquese.

—No puedo.

—No quiere.

—No. No puedo.

La diferencia sonó real y Christina se inclinó un poco hacia el cristal.

—¿Qué significa que una marca prenda?

Livia palideció.

—¿Quién le ha dicho eso?

—Alguien que escucha detrás de las paredes.

—¡Olvídelo!

—No suelo hacerlo.

—Entonces entiérrelo debajo de otra cosa. Le irá mejor.

—¿Eso es una amenaza?

—Es lo único parecido a un consejo que puedo darle sin perder el trabajo.

—Dos hombres han muerto.

Livia apoyó ahora su propia mano al otro lado del cristal, no tocando la de Christina, sino alineada con ella por accidente o por necesidad.

—No todos los que vuelven de arriba llegan vivos por dentro.

La frase quedó suspendida entre ambas. Christina notó que Adrián se acercaba un paso, quizá porque la había oído, tal vez porque la postura de Livia le resultó tan extraña como a ella.

—¿Quiénes son? —preguntó Christina—. ¿Los reconocen? ¿Eran clientes?

Livia retiró la mano.

—Váyase antes de que le hagan creer que la única forma de proteger el valle es cortarle la lengua.

Y se adentró, cerrando una cortina interior.

Christina permaneció unos segundos frente a su propio reflejo del cristal, superpuesto a las letras blandas de Dulces sueños. Luego bajó los escalones. Adrián la esperaba con la expresión tensa.

—¿Qué ha dicho?

—Lo suficiente para saber que está aterrada.

—Eso no reduce la lista.

—Pero ordena prioridades.

Tersen se acercó desde el cordón en ese momento.

—Ya ha tenido su teatro.

—Necesito ver el cuerpo del primero.

—Eso no depende de mí.

—Todo el mundo dice lo mismo cuando depende de Mallas.

—No me provoque.

—No tendría que esforzarme si me diera una vía legal.

Tersen miró hacia Dulces sueños , después hacia el rastro de sangre que un operario municipal comenzaba a cubrir con serrín oscuro y, durante un instante, pareció más viejo de lo que era.

—A las seis habrá reunión en el edificio de administración. Incidente de seguridad, alarma nocturna y revisión de protocolos. Si aparece convocada, podrá hablar. Si no, ni se acerque.

—¿Estoy convocada?

—Aún no.

—Haga que lo esté.

—No mando tanto como cree.

—Entonces empiece a fingir mejor.

Tersen soltó aire por la nariz y se marchó. Christina volvió junto a Adrián. El fragmento del módulo pesaba ahora dentro del maletín, como si ambos pudieran sentirlo.

—Tenemos hasta las seis —dijo ella.

—¿Para qué?

—Para saber algo que les obligue a convocarme o les haga lamentar no haberlo hecho.

Adrián miró el cielo. La niebla seguía cerrada, pero en alguna parte alta persistía aquel zumbido intermitente que Sam había mencionado. Christina lo oyó otra vez, débil, irregular, como una mosca atrapada dentro de una pared.

—Necesito un sitio seguro para leer el módulo —dijo Adrián.

—Mi oficina.

—Demasiado obvio.

—La funeraria.

—Eso es peor.

—Precisamente por eso.

Adrián la miró sin entenderla del todo.

—¿Por qué?

—Porque la gente evita entrar donde los muertos están bien cuidados.

Evan apareció entonces desde la calle del dispensario, con los guantes ya retirados y una mancha de sangre en el puño de la camisa. No preguntó. Miró a Christina, a Adrián, el maletín y asintió apenas.

—La puerta trasera estará abierta durante diez minutos.

—¿Y el agente? —preguntó Christina.

—Vivo, pero perderá un ojo.

—Lo siento.

—Díselo cuando pueda odiarte por ello.

Evan se alejó sin esperar una respuesta y Christina empezó a caminar hacia la calle de la funeraria.

Adrián la siguió con el maletín apretado contra el cuerpo.

A sus espaldas, la plaza volvía a obedecer: serrín sobre la sangre, cordones retirados, ventanas cerrándose, carteles oficiales preparados antes de que la versión estuviera completa.

Dulces sueños apagó el escaparate justo cuando doblaban la esquina y, durante un instante, las letras rosadas quedaron reflejadas en un charco oscuro, como si el nombre se hubiera hundido en el agua.

La funeraria de Evan ocupaba una casa baja al final de una calle donde siempre hacía más frío por algún motivo que todos desconocían. Tenía fachada de madera negra, dos ventanas estrechas y un letrero sin adornos:

DARR

SERVICIOS DE DESCANSO FINAL

En otros lugares habría resultado macabro usar la palabra descanso para una funeraria; pero en Ðawn’s Falł era casi inevitable.

Evan los esperaba en la puerta trasera, que daba a un patio empedrado con cubos de agua, tablas de ataúd secándose bajo techo y macetas de romero para disimular olores.

Los hizo entrar sin hablar. El interior olía a cera, desinfectante, formol, serrín limpio y flores marchitas.

—Cinco minutos.

—Dijiste diez.

—He visto a dos agentes girar hacia aquí. Ahora son cinco.

Adrián colocó el maletín sobre una mesa de preparación vacía.

Christina observó la sala. Baldosas blancas, desagüe central, armario de instrumental, una lámpara articulada y estantes con sábanas dobladas, un viejo crucigrama a medio hacer junto a una taza de té frío.

La muerte, cuando se trabajaba todos los días, terminaba acumulando detalles domésticos.

Evan cerró la puerta y corrió una cortina gruesa.

—¿Qué vais a romper? —preguntó.

—Ojalá solo sea una ley —dijo Christina.

Adrián abrió el maletín, sacó el fragmento del módulo y lo conectó a una pequeña unidad de diagnóstico con cables finos.

Sus manos temblaban al principio, luego se estabilizaron en cuanto el trabajo técnico le dio un orden.

La pantalla portátil tardó en encenderse.

Mostró líneas corruptas, caracteres incompletos, una señal horaria y varios bloques de datos dañados.

—Está muy deteriorado —murmuró.

—Dime lo que hay.

—Último enlace con red de luz... sector oriental bajo... señal de cápsulas cercana... no, varias señales... demasiadas para zona prohibida.

Christina se acercó.

—¿Cápsulas humanas?

—Eso parece.

Evan dejó de apoyarse en la pared.

—¿Cuántas?

Adrián amplió un bloque de datos y la pantalla parpadeó.

—No lo sé. El módulo no guarda identidades completas. Solo pulsos. Pero aquí hay al menos nueve señales activas cerca de la unidad cuando salió de ruta.

—¿En la montaña? —preguntó Christina.

—En una zona que el mapa oficial marca como inaccesible.

Evan murmuró algo por lo bajo.

—Personas vivas.

—O cápsulas —corrigió Adrián—. No siempre es lo mismo.

Christina recordó la frase de Mallas: condición jurídica de hombre. Recordó a Livia: no todos los que vuelven de arriba llegan vivos por dentro. Se obligó a no saltar a conclusiones. Aún no. El lector debía ir por detrás.

—¿Puedes ver nombres?

—No desde el módulo. Necesitaría cruzarlo con el registro sanitario.

—¿Dulces sueños podría?

Adrián no respondió enseguida.

—Sí.

Evan miró hacia la puerta.

—Quedan dos minutos.