6 El ataque #2
La sanitaria se sobresaltó y dos agentes se acercaron.
Tersen giró la cabeza y Mallas también. Evan soltó una serie de órdenes técnicas sobre correas, cuello, traslado y riesgo de asfixia, algunas necesarias, otras adornadas con un enfado creíble.
Durante esos segundos, Marek abrió del todo la puerta de El Deshielo y dejó caer al suelo una bandeja metálica llena de vasos.
El estrépito se expandió por la plaza como una lluvia de cristales.
Sam, no menos oportuno, gritó que alguien se había movido detrás del furgón y los agentes miraron hacia tres sitios a la vez.
Christina cruzó entre la camilla y la zona de aislamiento, se inclinó como si recogiera un casquillo propio y, con el pañuelo aún en la mano, tomó del suelo un fragmento oscuro que había saltado bajo el bordillo cuando los técnicos movieron la carcasa.
Era pequeño, plano, caliente y pegajoso de sangre o aceite.
No supo si era el módulo que Adrián necesitaba, pero lo guardó en el interior de la manga antes de incorporarse.
—¡Bequer! —llamó Mallas.
Ella se volvió con calma.
—¿Sí?
Mallas la miró como si intuyera la maniobra sin poder probarla.
Sus ojos bajaron al suelo, a las manos de ella y a la zona de la carcasa, pero no vio nada.
No podía. La ventaja de trabajar en pueblos aislados era que todo el mundo observaba; la desventaja, que todo el mundo también podía colaborar en un parpadeo si el miedo común encontraba una dirección.
—¡Aléjese del material contaminado!
—Estoy al lado de un hombre herido, no de una reliquia.
—Todo en esta escena está bajo custodia sanitaria.
—Incluidas las personas, por lo que parece.
Mallas se acercó un paso.
—¡Su actitud empieza a ser un problema!
El funcionario sostuvo la mirada de Christina y después hizo algo más inquietante que amenazarla: sonrió con un cansancio sincero.
—Cree que esto va de ocultar errores.
—De momento va de ocultar cadáveres.
—No. Va de impedir que el valle se mire dentro y confunda el reflejo con una salida.
La frase rozaba demasiado el terreno de las advertencias reales. Christina no quería recibir realidades parciales de Mallas en mitad de una plaza, porque eran anzuelos.
—Entonces explíquelo en un informe público.
—Algunas cosas, al decirse, empiezan a trabajar.
—Las mentiras también.
—Las mentiras, detective, a veces sirven para que la gente llegue viva al desayuno.
Christina sintió el impulso de responder, pero lo contuvo. No porque Mallas tuviera razón, sino porque el mejor modo de perder una discusión con alguien así era aceptar su marco moral demasiado pronto. Mallas no defendía la inocencia del sistema, sino su necesidad. Y eso era mucho más peligroso.
Los técnicos terminaron de sellar el cuerpo.
La bolsa gris recibió una etiqueta sin nombre, solo un código de incidencia.
Christina lo leyó antes de que la pegaran: R-MONT/02.
Reaparecido de montaña, segundo caso. No rezaba: brote psicótico ni agresor desconocido o reaparecido.
Otra confirmación involuntaria. Miró a Adrián.
Él también lo había visto. Su expresión se oscureció.
—¿Dónde está el primero? —preguntó Christina.
Mallas no respondió.
—El de la cafetería —insistió ella—. Si este es R-MONT/02, el otro tiene que haber sido registrado como R-MONT/01.
—Los códigos internos no son asunto suyo.
—Lo serán cuando me pidan que declare por dos muertes.
—Usted no ha matado a dos hombres.
Christina se quedó quieta.
—¿Cómo dice?
Mallas miró la bolsa sellada.
—Usted abatió a dos organismos en estado de agresión extrema. La condición jurídica de hombre, en estos casos, requiere confirmación posterior.
La frase produjo en Christina una repulsión fría. Era una manera perfecta de deshumanizar sin parecer cruel, de abrir una categoría administrativa donde cabía cualquier cosa que el valle quisiera hacer con los cuerpos.
—Tenían nombres.
—¿Los conoce?
No. Esa era la trampa. No los conocía. Nadie los había pronunciado. El primer hombre era el hombre de El Deshielo. El segundo, el de la plaza. Dos cuerpos marcados con las palabras: Dulces sueños , dos amenazas abatidas, dos expedientes sin identidad. La falta de nombre no era un accidente.
—Los averiguaré —dijo.
—Tenga cuidado con lo que desea saber.
—Y usted con lo que intenta impedir.
Mallas se alejó hacia el furgón, ignorando su advertencia.
Los técnicos cargaron la bolsa con el segundo cuerpo.
El primer vehículo partió hacia el dispensario con el agente herido.
El segundo, sin distintivos, tomó la calle alta, no la ruta hacia la funeraria ni hacia el depósito temporal.
Christina lo vio girar hacia el sector de los laboratorios de descanso, un complejo bajo y rectangular junto a la antigua fábrica de curtidos, donde oficialmente se calibraban cápsulas, se esterilizaban lectores y se preparaban suplementos del sueño.
Nadie llamaba a aquel lugar morgue. Nadie llamaba a muchas cosas por su nombre.
Cuando el furgón desapareció, la plaza empezó a vaciarse de forma más brusca.
Los vecinos recibieron órdenes directas.
Las puertas y ventanas se cerraron. Marek volvió a entrar en El Deshielo con tres personas heridas leves y Sam cruzó hacia Christina, no corriendo, sino con una rigidez apresurada que le daba aspecto de espantapájaros asustado.
—Lo he oído.
—Todos lo han oído.
—No. No me refiero a la voz. Me refiero al cielo.
Christina le hizo un gesto para que bajara la voz.
—Ahora no.
—Hay otro zumbido.
—Sam.
—No como los de la noche. Más alto. Por encima de la niebla. Lleva toda la mañana ahí. A ratos se calla. A ratos vuelve. Si no miras de frente, lo notas.
Adrián se acercó, aún pálido.
—No hay rutas diurnas programadas.
Sam soltó una risa desagradable.
—Qué alivio. Entonces el ruido no existe.
—No he dicho eso.
—Todos decís eso de otra manera.
Christina se interpuso antes de que la tensión creciera.
—Sam, ve con Marek y quédate dentro. Y no cuentes nada a nadie.
Sam apretó los labios y obedeció, aunque su mirada siguió clavada en el cielo, hasta que la puerta de la cafetería se cerró tras él. Adrián esperó a que quedaran solos a medias, si en una plaza vigilada podía existir tal cosa.
—¿Lo conseguiste?
Christina bajó la mano dentro de la manga y le pasó el fragmento sin mostrarlo. Adrián lo envolvió en un trapo de herramientas con la rapidez de quien lleva años escondiendo pequeñas piezas de grandes jefes.
—Puede servir.
—Pero no bastar.
—Eso también.
—Necesito nombres —dijo Christina.
—¿De los reaparecidos?
—De todos. Del primero y del segundo, de quién los retiró, quién registró la unidad doce y quién autorizó a Dulces sueños a entrar en la cafetería.
Adrián guardó el fragmento dentro del maletín.
—Pedir eso por vía normal activará las alarmas.
—No he dicho por vía normal.
—Los registros de identidad de incidentes sanitarios están en el edificio de descanso.
—¿Puedes entrar?
Adrián miró hacia la calle por donde se había ido el furgón.
—Puedo entrar en los sistemas de luz, pero no en los sanitarios.
—Pero están conectados.
—Todo está conectado. Esa es la enfermedad del valle.
Christina no le discutió la metáfora porque, por primera vez, le pareció menos metáfora que descripción técnica.
—¿Quién puede entrar?
—Mallas. Supervisión. Médicos del sueño. Algunos operadores de Dulces sueños, si el incidente afecta a estimulación guiada.
—Entonces empezaremos por quien no tenga guardaespaldas.
Adrián entendió antes de que lo dijera.
—Dulces sueños.
El escaparate del local seguía encendido al otro lado de la plaza, casi obsceno con sus tonos cálidos en el reflejo de la sangre. El rótulo mostraba una nube rosada, una luna infantil y letras redondeadas:
Dulces sueños
EXPERIENCIAS SEGURAS PARA UN DESCANSO FELIZ
Bajo el cristal, varios carteles ofrecían paquetes de temporada: Recuerdo de verano, Paseo con un ser querido, Bosque relajante, Primera nevada, Habitación roja para adultos y Pesadilla controlada nivel uno.
La palabra relajante parecía más siniestra que cualquier amenaza directa.
Christina observó el interior a través de la puerta cerrada.
No había clientes ni empleados visibles.
Sin embargo, una luz se movió al fondo, como si alguien acabara de pasar detrás de un panel iluminado.
—Está cerrado —dijo Adrián.
—Eso dice el cartel.
—No puedes entrar ahora.
—No voy a entrar.
—Bien.
—Voy a llamar.
Adrián la miró con desconfianza.
—¿A la puerta?
—A la puerta.
Christina cruzó la plaza sin esperar. Dos agentes intentaron detenerla, pero Tersen les hizo un gesto desde lejos para que no provocaran otra escena.
El jefe debía de haber calculado que impedirle llamar a un comercio cerrado delante de testigos, crearía más preguntas que permitirlo.
Christina subió los dos escalones de Dulces sueños y golpeó el cristal con los nudillos.
Una vez. Dos. Tres. La música interior, una melodía suave de campanillas y respiraciones artificiales, seguía sonando, pero nadie abrió.
Ella golpeó de nuevo, más fuerte esta vez.
—¡Sé que hay alguien dentro!
Silencio.
—¡Puedo volver con una orden, con vigilancia o con Marek y una palanca! ¡Prefiero la diplomacia!
Adrián se quedó a unos metros, fingiendo revisar su maletín. Tersen observaba desde el cordón. Mallas ya no estaba en la plaza o fingía no estar. Christina golpeó una tercera vez.
Al fondo del local apareció una mujer.
Tendría unos cuarenta años, pelo rubio ceniza recogido en un moño bajo, uniforme del color crema, sonrisa entrenada y una tarjeta identificativa que Christina no alcanzaba a leer.
Caminó hacia la puerta sin prisa, pero con las manos entrelazadas delante del cuerpo, como si el comercio siguiera abierto y la sangre de la plaza fuera un problema ajeno. No abrió. Habló a través del cristal.
—Estamos cerrados por mantenimiento.
—Ya lo he leído.
—Vuelva mañana con cita.