Ladrones de sueños 6 El ataque
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6 El ataque

La plaza tardó mucho en dejar de parecer una plaza, aunque los técnicos se movieran con rapidez, los agentes levantaran cordones, los curiosos fueran empujados hacia las calles laterales y los altavoces municipales repitieran cada pocos minutos, una orden de retorno a domicilio redactada con esa cortesía ambigua que en Ðawn’s Falł siempre anunciaba algo peor que una simple incidencia.

Christina permaneció junto al bordillo, con la pistola en la mano derecha y el cargador vacío en la izquierda, mientras un agente de vigilancia que no conocía, intentaba decidir si tenía autoridad suficiente para pedírsela otra vez, pero no la tenía o, no estaba seguro.

Esa duda bastó para que ella siguiera mirando cómo envolvían el segundo cuerpo en una lámina gris de aislamiento, no de las que usaban para los muertos ordinarios, sino de un material más grueso, opaco, con cierres adhesivos y marcas rojas en las orillas.

Al primer hombre, el de El Deshielo, lo habían retirado con demasiada rapidez y limpieza para que nadie discutiera.

Al segundo ya no podían llevárselo sin miradas indeseadas.

Había sangre en las piedras, un agente con el rostro destrozado, otro sentado contra una farola con el cuello amoratado, vecinos encerrados en portales, niños llorando detrás de cristales y un fragmento visible de la unidad oriental doce contaminando la escena con una clase de prueba que no cabía en ninguna explicación forense sencilla.

Las mentiras necesitaban espacio para respirar y, aquella mañana, la plaza se había quedado pequeña.

Rul Tersen, jefe de vigilancia, gritaba órdenes con un volumen que intentaba disimular la falta de costumbre.

Era un hombre válido para perseguir contrabando de aguardiente, mediar en disputas por leña, sancionar a un matrimonio que escondía cabras en un cobertizo no registrado o retirar de la vía pública a borrachos como Olin, antes de que se partieran la cabeza contra un escalón.

Frente a un reaparecido de las montañas que aguantaba disparos, hablaba con la garganta demasiado alta y los ojos demasiado abiertos.

Christina no lo despreciaba por eso. La valentía administrativa no sirve de mucho cuando algo te lanza una pieza de dron a la cara.

Lo que sí le irritaba era ver cómo, en cuanto Torven Mallas aparecía, Tersen retrocedía medio paso sin darse cuenta, como si toda la autoridad armada del valle reconociera que el verdadero mando pertenecía a los hombres capaces de cambiar el nombre de los hechos.

—Necesito su arma, Bequer —dijo Tersen, por tercera vez.

Christina comprobó la recámara, la dejó abierta y le mostró el arma sin entregarla.

—Está vacía.

—No he pedido verla.

—Y yo he oído perfectamente.

Tersen apretó la mandíbula. Tenía sangre en la manga, probablemente del agente joven.

Tras él, los sanitarios colocaban al herido en una camilla rígida mientras Evan sostenía una compresa contra la cara del muchacho, con una firmeza casi demasiado tranquila.

La sangre le cubría los guantes negros. En otras circunstancias, la imagen habría provocado murmullos sobre mal agüero; un funerario deteniendo una hemorragia en plena plaza, impidiendo que un vivo se convirtiera en cliente.

Pero esa mañana, nadie estaba para supersticiones menores.

—Ha disparado doce veces en dos días —dijo Tersen.

—Y hay dos atacantes menos.

—Eso lo decidirá el informe.

—Los informes no detienen cuerpos.

—Pero las normas sí impiden que cualquiera con una licencia privada convierta la plaza en un matadero.

Christina se acercó un paso, lo justo para que el jefe bajara la voz por instinto.

—Ese hombre le ha roto la cara a uno de los tuyos con una pieza de un dron que oficialmente no falta, después de bajar de una zona donde oficialmente nadie puede sobrevivir y de hablar con barro en la boca. El matadero ya estaba aquí. Yo solo he llegado armada para que la sangre no se reprodujera.

Tersen no respondió enseguida, pero su rabia no desapareció.

—Tiene que declarar.

—Lo haré.

—Ahora.

—Cuando vea cómo etiquetan ese cuerpo, recogen la pieza y quién firma la retirada.

—No está en posición de imponer condiciones.

—Entonces arreste a la única persona que ha abatido a dos atacantes mientras media plaza miraba. A ver cómo redacta eso Mallas.

Tersen miró hacia el funcionario. Mallas estaba hablando con los técnicos de aislamiento junto a la bolsa gris. No parecía escuchar, pero Christina sabía que los hombres como él no necesitaban girarse para estar presentes en una conversación.

—No sabe lo que está pisando —murmuró Tersen.

—Eso parece una advertencia sincera.

—Lo es.

—Entonces diga algo útil.

El jefe de vigilancia suspiró por la nariz. Durante un instante fue solo un hombre cansado, con un agente herido, una plaza llena de testigos y un miedo que ya no podía delegar por completo en los protocolos.

—Lo útil es que no se quede sola esta noche.

Christina lo miró con determinación.

—¿Por los reaparecidos?

Tersen parpadeó. Había usado una palabra que no debía haber usado ella, o quizá una que él esperaba no oír fuera de ciertos lugares.

—No he dicho eso.

—Acaba de confirmarlo.

—Bequer.

—¿Cuántos han bajado antes?

Tersen cerró la boca. Mallas, como si hubiera percibido el cambio de presión, levantó la vista hacia ellos y Tersen dio un paso atrás, recuperando el tono oficial.

—Entregue el arma para registro antes del final de la mañana. No me obligue a convertir esto en otra cosa.

—Ya es otra cosa.

El jefe se alejó sin responder. Christina volvió a cargar la pistola con un cargador de repuesto, no para exhibirse, sino porque había aprendido a no quedarse con una herramienta inútil en la mano cuando el suelo aún olía a sangre.

El agente que la observaba desvió la mirada.

Bien. Algo estaba cambiando en la jerarquía inmediata del miedo.

Adrián permanecía cerca de la farola, pálido y con la mirada fija en los restos metálicos que los técnicos intentaban cubrir con una lona.

No se había movido desde que reconoció la unidad oriental doce, salvo para guardar apresuradamente sus propias hojas de registro dentro del abrigo.

Christina se acercó a él sin apartar del todo la atención del cuerpo.

—Vete de aquí.

—No. Si se llevan esa pieza sin leerla, perderemos el único dato limpio.

—No hay datos limpios en una plaza con dos litros de sangre.

—Sabes a qué me refiero.

Christina lo sabía. La pieza de la unidad oriental doce no solo probaba que un dron estaba implicado; podía contener memoria física, rastros de ruta, daños, barro de procedencia, quizá señales de manipulación o, quizá nada.

Pero en una investigación, “quizá nada” seguía siendo más que lo que les ofrecía Mallas.

—¿Puedes extraer algo de aquí?

Adrián miró la lona, a los técnicos y después a los agentes.

—No sin que me vean.

—Ya te han visto decir en voz alta que no era vigilancia.

—Eso ha sido una estupidez.

—Pero ha sido útil.

—Las dos cosas pueden coincidir.

Christina aceptó la respuesta con un leve movimiento de cabeza. Adrián tenía miedo, pero no intentaba esconderlo detrás de frases solemnes. Eso lo hacía más fiable que la mayoría.

—¿Qué necesitas para leerla?

—El módulo de borde. Una pequeña placa interna del tamaño de una uña. Suele quedar en la carcasa curva. Si se desprende o alguien la rompe, puede conservar el último enlace con la red.

—¿Dónde está?

Adrián tragó saliva.

—Probablemente en esa pieza grande que van a meter en una bolsa sellada.

Christina miró a los técnicos. Dos de ellos levantaban la carcasa con pinzas largas.

Un tercero sostenía una bandeja metálica.

Mallas supervisaba. Tersen hablaba por radio junto al furgón.

Demasiados ojos. Demasiada luz. Demasiado poco margen.

Entonces vio a Evan, aún inclinado sobre el agente herido, y a Marek en la puerta entreabierta de El Deshielo.

Sam, junto al puesto de leche, seguía inmóvil como un poste envejecido.

Olin había desaparecido, lo que significaba casi siempre que estaba más cerca de lo conveniente.

—Quédate donde estás —dijo Christina.

—¿Qué vas a hacer?

—Una estupidez.

No esperó respuesta. Caminó hacia Evan con paso decidido, como si fuera a ayudar con el herido.

El agente joven gemía entre dientes, consciente a medias, con un lado de la cara convertido en una masa sangrante que Evan mantenía comprimida.

La sanitaria del dispensario intentaba colocar una vía, pero le temblaban los dedos.

Evan no le hablaba al herido como se habla a un moribundo, sino como se habla a un niño obstinado.

—Mírame, Ilan. No cierres los ojos. Si los cierras, te doy una bofetada y luego te cobro el servicio.

El muchacho emitió algo parecido a una risa rota.

—No... no veo bien.

—Tienes una cara feísima ahora mismo. Ver poco puede ser una bendición temporal.

Christina se agachó junto a ellos.

—¿Vivirá?

—Si dejan de estorbar quienes no sangran —dijo Evan.

—Necesito cinco segundos de ruido.

Evan no la miró, pero entendió. Había personas que no necesitaban explicaciones, porque llevaban toda la vida rodeadas de cuerpos, familias histéricas y funcionarios impacientes. Levantó la voz de pronto, seca y autoritaria.

—¡La camilla no está bloqueada! ¿Quién ha preparado esta basura?