Ladrones de sueños 5 El hombre de las montañas #4
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5 El hombre de las montañas #4

La coincidencia habría resultado cómica si el suelo no estuviera manchado de sangre.

Rul Tersen se acercó al cadáver, vio la pieza metálica y miró a Adrián.

—¿Eso es de uno de los drones?

Adrián no respondió, pero Christina sí.

—Sí.

Mallas intervino rápido.

—No hay confirmación técnica.

—La habrá —dijo Christina—. Aquí mismo.

—El señor Ross no está autorizado para declarar sobre sistemas de vigilancia en una escena abierta.

Adrián levantó la vista.

—No es vigilancia.

El silencio que siguió fue distinto. Incluso Mallas se quedó quieto.

—¿Qué ha dicho? —preguntó Tersen.

Adrián tragó saliva, como si acabara de cruzar un límite que llevaba años rodeando.

—He dicho que esa pieza no pertenece a un sistema de vigilancia. Es de una unidad de barrido onírico. Y si un reaparecido la traía atada a la mano, alguien tiene que explicar dónde está el resto.

Mallas dio un paso hacia él.

—Cuidado.

Christina se colocó entre ambos sin convertir el gesto en espectáculo.

—No. Ahora tendrán todos cuidado.

Los técnicos de aislamiento esperaban junto al cadáver, incómodos, atrapados entre órdenes y testigos.

Los vecinos miraban desde ventanas, puertas y esquinas.

Demasiados para borrar la escena sin dejar un rumor.

La plaza de Ðawn’s Falł, tan acostumbrada a cerrar la boca, había mostrado y contemplado demasiado a plena luz.

Entonces el cadáver se movió. Apenas una contracción de la mano izquierda, un cierre de dedos sobre el empedrado.

Pero bastó y Evan y Christina lo vieron.

Adrián retrocedió y uno de los técnicos soltó una maldición.

Mallas levantó la mano para detener cualquier reacción pública, como si pudiera ordenar también a la muerte.

El hombre no se incorporó ni respiró ni abrió los ojos. Solo movió la boca, llena de barro, sangre y una oscuridad que parecía demasiado espesa. Christina apuntó de nuevo.

De entre los labios rotos salió una voz casi inaudible.

—Dulces...

La palabra se arrastró por la plaza.

Después otra.

—...sueños.

La cabeza cayó de lado. Esta vez inmóvil del todo.

Nadie habló. Ni siquiera Olin. La frase había sonado menos como un nombre de empresa que como una despedida, una burla o una orden aprendida en un lugar donde las palabras llegaban deformadas.

Christina bajó el arma despacio y miró hacia las montañas, invisibles tras la niebla.

Durante años, el pueblo había dicho que nadie entraba, nadie salía y nadie bajaba de las zonas prohibidas salvo en historias de borrachos, ancianas y niños asustados.

Ahora dos hombres habían descendido en dos días, ambos marcados, violentos y unidos a algo que la administración llamaba descanso, que Dulces sueños vendía como placer y que Harrow había cartografiado décadas antes con veinte círculos sobre los tejados.

Mallas recuperó la voz.

—¡Aislamiento inmediato!

Esta vez Christina no se opuso. Había obtenido lo esencial: demasiados ojos habían presenciado.

Demasiados oídos habían escuchado. Pero mientras los técnicos envolvían el cuerpo, ella recogió del suelo, con el pañuelo de Mina, un pequeño fragmento de la pieza metálica desprendida durante el ataque. Adrián la vio hacerlo y no dijo nada.

En la plaza, la gente empezó a retirarse lentamente, no por orden, sino por agotamiento. Marek cerró la puerta de El Deshielo con los vecinos heridos dentro. Evan acompañó al agente más grave hacia el dispensario y Sam permaneció quieto, mirando el cielo, aunque aún era de día.

Christina se acercó a él.

—¿Qué cuentas ahora?

Sam tardó en responder.

—No cuento.

—Bien.

Él negó con la cabeza, sin apartar la vista de la niebla.

—Escucho.

Christina miró también. Al principio no oyó nada más que ambulancias viejas, murmullos y el llanto de una mujer.

Luego, muy arriba, donde no debía haber rutas diurnas, percibió un zumbido bajo, intermitente, casi enterrado en el viento.

Un sonido incompleto. Un dron, quizá. O algo que había aprendido a imitarlo mal.

Adrián apareció a su lado.

—Tenemos que encontrar la unidad doce antes que ellos.

—¿Ellos quiénes?

Él miró a Mallas, a los técnicos de aislamiento, al furgón que esperaba con las puertas abiertas y luego hacia el local cerrado de Dulces sueños , al otro lado de la plaza, donde las luces rosadas del escaparate permanecían encendidas pese a que el cartel decía: CERRADO POR MANTENIMIENTO .

—Todos los que prefieren que sigamos llamando normalidad a esto.

Christina guardó el fragmento metálico en el bolsillo.

La mañana había empezado como aniversario, había seguido como ceremonia y terminado con otro cadáver en la plaza.

La Ruptura ya no parecía un hecho enterrado ochenta y cinco años atrás, sino algo que aún estaba ocurriendo, despacio, con nombres cambiados, mapas recortados y hombres que bajaban de las montañas llevando sobre la piel la marca de sueños vendidos a un pueblo que no podía soñar y, por primera vez desde que disparó en la cafetería, Christina sintió que el caso no empezaba con el primer hombre muerto, sino con todo lo que el valle había aprendido a no despertar.