5 El hombre de las montañas #3
Christina avanzó tres pasos y disparó al costado.
Una vez. Dos. El hombre soltó al agente, se volvió hacia ella y arrastró el cable como una cola rota.
La marca de Dulces sueños en su pecho parecía más roja ahora.
Adrián gritó su nombre, pero Christina ya estaba calculando la distancia, el fondo, los vecinos y los ángulos.
A su izquierda, Sam intentaba ayudar a una mujer caída.
A su derecha, Marek abría la puerta de la cafetería, pese a sus propias órdenes de esconderse. Demasiados cuerpos demasiado cerca.
—¡Al suelo! —gritó Christina.
El hombre corrió hacia ella y Christina disparó al pecho.
El impacto lo frenó una fracción de segundo.
Disparó de nuevo y el cuerpo se inclinó, recuperó equilibrio y siguió avanzando.
Christina retrocedió, pisó una cesta caída y casi perdió estabilidad.
El hombre levantó la pieza metálica. Adrián apareció de lado y arrojó su maletín de herramientas contra las piernas del atacante.
No lo derribó, pero lo desvió lo suficiente para que Christina pudiera moverse hacia una zona sin nadie detrás.
—¡Ahora! —gritó Adrián.
Christina no necesitaba que se lo dijera.
Disparó tres veces seguidas, centro de masa, garganta y cabeza.
El último disparo rompió algo que no quiso mirar de cerca y el hombre cayó sobre de rodillas, aun intentando avanzar, y después se desplomó de lado, junto al bordillo de la plaza.
La pieza metálica golpeó el suelo una última vez y el cable quedó extendido como una vena arrancada de su cuerpo.
El silencio posterior fue más brutal que los gritos.
Christina mantuvo el arma apuntada. Había disparado seis veces. Lo comprendió con una mezcla desagradable de precisión y superstición. Seis ayer. Seis hoy. En Ðawn’s Falł, los números nunca tardaban en enfermar a alguien.
—¡No te acerques! —dijo a Adrián.
Él obedeció a medias, quedándose a dos metros.
Los agentes heridos gemían. Evan ya estaba junto al primero, presionando la cara destrozada con una tela limpia sacada de algún bolsillo funerario.
Marek arrastraba a una mujer hacia la cafetería.
Sam seguía mirando el cadáver como si escuchara algo por debajo de los disparos.
Christina se agachó junto al hombre. Esta vez no esperó a que vigilancia administrara la escena.
Observó el pecho. Dulces sueños estaba incompleto, pero bajo las letras había otra marca más pequeña, casi oculta por la sangre y la suciedad: un círculo atravesado por tres líneas, parecido a las marcas del papel vegetal de Harrow.
Miró la mano izquierda. Los dedos estaban negros hasta la segunda falange y llenos de cortes.
Bajo las uñas había tierra, sal y pequeños fragmentos brillantes.
Trozos de espejo. En la muñeca, el implante Atrapasueños no estaba quemado, sino abierto.
La piel alrededor se había separado en un círculo perfecto, como si alguien hubiera extraído una pieza o como si algo hubiera salido empujando desde dentro.
—Christina —dijo Adrián.
—No hables.
—Eso que arrastraba...
Ella miró la pieza metálica. De cerca se veía mejor. No era una carcasa cualquiera. Tenía restos de pintura negra, un filo aerodinámico, cables cortados y una etiqueta medio borrada. Adrián se agachó pese a la advertencia y leyó en voz baja:
—Unidad oriental doce.
La plaza se movió alrededor de ellos. Vecinos murmurando. Agentes pidiendo refuerzos. Alguien llorando. Las luces automáticas parpadeando con retraso, como si todavía intentaran decidir qué parte de la coreografía correspondía a aquel cadáver.
Torven Mallas llegó desde la avenida con cuatro agentes y dos técnicos sanitarios vestidos con trajes grises de aislamiento ligero. No corrió. Los hombres como Mallas nunca corrían hacia la desgracia; dejaban que la desgracia se estabilizara para entrar en ella con autoridad.
—Acordonen la zona —ordenó—. Nadie toca el cuerpo.
Christina se levantó con la pistola aún en la mano.
—Llega tarde.
Mallas vio el cadáver, la pieza de dron, los agentes heridos y a Adrián junto a ella y, durante un segundo, su control facial no bastó. El miedo apareció. Pequeño. Rápido. Perro real.
—Detective Bequer, entregue el arma.
—No.
—Ha efectuado disparos en una plaza pública.
—He impedido que matara a gente.
—Entregue el arma para su registro.
—Cuando haya otro armado competente aquí, me lo pensaré.
El jefe de vigilancia, Rul Tersen, llegó detrás de Mallas con la cara roja y la respiración agitada.
Era grande, de cuello ancho, con bigote gris y la autoridad de quien había pasado demasiados años gestionando multas, peleas domésticas y cierres de toque del sueño sin enfrentarse a algo que no cayera al primer golpe.
Vio a su agente en el suelo y perdió cualquier intención de protocolo elegante.
—¿Qué demonios ha pasado?
—Bajó de la montaña —dijo Christina.
—¡Nadie baja de la montaña!
Ella señaló el cadáver.
—Díselo a él.
Mallas hizo un gesto a los técnicos.
—¡Procedan a aislamiento!
—No se lo llevan todavía —dijo Christina.
Mallas la miró.
—¡Esto no es una negociación!
—Es una escena con dos ataques casi idénticos en cuarenta y ocho horas, los dos con marcas de Dulces sueños , vinculados a rutas de drones y con indicios de implante alterado. Si retiran el cuerpo sin documentar delante de testigos, tendrá un problema.
—¿Con quién? —preguntó Mallas.
La pregunta no era arrogante, sino práctica. En un valle sin exterior, ¿ante quién se denunciaba al sistema? Christina sintió el golpe, pero no bajó la mirada.
—Conmigo.
Olin Vark, que había aparecido detrás de una columna, soltó una risa afilada.
—Eso casi ha sonado heroico.
—¡Cállate, Olin! —dijeron Marek y Sam al mismo tiempo.