5 El hombre de las montañas #2
—Es peor porque es más banal. Tienen contratos sanitarios, licencias de estimulación guiada, módulos compatibles con los lectores de cápsula y acceso parcial a los patrones de descanso.
Oficialmente venden experiencias seguras, pero para hacerlo, necesitan saber dónde está el límite de lo inseguro.
Eso les da permiso para acercarse a cosas que nadie más puede nombrar.
Christina tocó con un dedo la fotografía de 1941.
—¿Y un hombre de las montañas con su nombre marcado en el pecho?
—Eso no debería existir.
—Nada debería existir.
Adrián se volvió.
—Christina, esa marca no pudo hacérsela la empresa de forma oficial. Dulces sueños usa sellos dérmicos temporales en algunos clientes, pero superficiales, de identificación, como tinta de seguridad. Nada profundo ni que prenda.
Ella recordó las palabras de Marek: la marca no había prendido del todo.
—¿Qué significa prender?
Adrián tardó una fracción de segundo en comprender que ella ya había oído el término y su cara cambió.
—¿Quién te dijo eso?
—Uno de los que entró en El Deshielo.
—¿Seguro?
—Marek lo oyó.
—Marek oye detrás de paredes como si fuera Sam.
—Y tú evitas responder como si fueras Mallas.
Adrián aceptó el golpe. Volvió a sentarse y apoyó los codos sobre las rodillas. Parecía más joven de pronto, no por inocencia, sino por agotamiento.
—En estimulación guiada, prender significa que una imagen artificial se fija bien.
Que el cliente la acepta durante el sueño inducido.
Una playa, una habitación, un rostro, una secuencia emocional.
Si no prende, el sueño se rompe. Despiertas antes, sientes náusea, lloras sin motivo o no recuerdas nada.
—El hombre no parecía venir de una playa.
—No.
—¿Puede alguien imprimir una marca en un sueño inducido?
—Un recuerdo sensorial, tal vez. Dolor, calor, presión. Pero no abrir la piel desde dentro, si eso es lo que viste.
Christina se quedó quieta.
—No he dicho desde dentro.
—No hace falta.
La estufa soltó un crujido breve y Adrián miró el sobre, como si supiera más de lo que quería.
—¿Quién era H? —preguntó Christina.
—Un nombre viejo. Harrow.
—Necesito algo mejor.
—Archivista técnico, según algunos. Médico del sueño, según otros. Traidor, según la administración. Santo, según los locos de sótano.
—¿Los estériles oníricos?
Adrián no disimuló lo bastante. Apenas un parpadeo, un músculo junto a la mandíbula, la mirada bajando al mapa antiguo. Fue suficiente.
—No he dicho eso —murmuró.
—Pero has pensado algo parecido.
—Christina.
—¿Estás con ellos?
—No sabes quiénes son.
—Por eso pregunto.
—No es un grupo como vigilancia cree. No hay uniformes ni juramentos ni reuniones con velas negras. Son personas cansadas de que les digan que una ausencia es salud.
La frase tenía demasiada convicción.
—¿Y tú estás cansado?
Adrián no respondió. En su silencio había una puerta, pero todavía no convenía atravesarla. Antes de que ella pudiera formular otra pregunta, el teléfono de la oficina sonó, y ambos se quedaron inmóviles. Christina dejó sonar dos veces, tres, cuatro. Entonces descolgó.
—Bequer.
No hubo saludo. Solo la voz de Marek, baja, rota por la estática y por algo parecido al esfuerzo.
—Ha vuelto.
Christina se enderezó.
—¿Quién?
—No lo sé.
—Marek, habla claro.
—Hay un hombre en la plaza. Viene de arriba. No camina bien. Está... Christina, está como el de ayer.
La línea crujió y al fondo se oyó un golpe, luego voces.
—¿Dónde estás?
—En El Deshielo. No he abierto, pero lo vi desde dentro. La gente está saliendo de los controles. Él baja por la calle de los depósitos. Lleva algo escrito en el pecho.
Christina miró a Adrián.
—Cierra la puerta y aléjate de las ventanas.
—Hay niños fuera.
—Marek.
—Hay niños fuera.
La llamada se cortó tras esa frase.
Christina colgó y cogió la pistola. Adrián se puso de pie.
—Voy contigo.
—No.
—Conozco las rutas desde los depósitos.
—Por eso precisamente no necesito que te maten en la plaza.
—Si viene de la zona oriental, puede estar siguiendo un pulso de retorno.
—¿Eso significa que puedes detenerlo?
—Significa que quizá pueda entender por qué viene.
Christina ya abría la puerta.
—Entenderlo no lo hará más inofensivo.
La calle recibió a ambos con un aire distinto, más húmedo, cargado de esa electricidad que precede a una tormenta, aunque el cielo no hubiera cambiado.
La gente se movía hacia la plaza en oleadas contradictorias: algunos corrían para ver, otros para alejarse, otros se quedaban en las puertas con la estupidez hipnótica de quien cree que mirar desde el umbral, no cuenta como exponerse.
Christina avanzó deprisa, sin correr del todo hasta doblar hacia la calle de los depósitos.
Allí oyó el primer grito. Después otro. Un grupo de escolares cruzó delante de ella empujado por una maestra que repetía “adentro, adentro, adentro” con la voz cada vez más aguda.
Dos agentes de vigilancia subían desde el mercado, uno con la porra en la mano y el otro intentando desenfundar una pistola reglamentaria que parecía no haber usado nunca fuera de prácticas.
Adrián se quedó a medio paso detrás de Christina, respirando con dificultad, pero sin detenerse.
—Si ves que levanto la mano izquierda, te apartas —dijo ella.
—¿Y si levantas la derecha?
—Entonces ya será tarde.
Llegaron a la esquina de la plaza.
El hombre apareció entre la niebla como una repetición mal hecha del horror anterior.
Era más alto que el de la cafetería, o quizá solo lo parecía, porque venía erguido a ratos, con la cabeza inclinada hacia un lado y los brazos colgando de una forma suelta, inservible.
Llevaba un abrigo de montaña desgarrado, pantalones de lana empapados y botas sin cordones.
No iba descalzo, pero caminaba como si no sintiera los pies.
Su cara estaba cubierta de arañazos y de una barba irregular.
Bajo el abrigo abierto se veía el pecho desnudo, grisáceo por el frío y con letras marcadas sobre la piel.
No eran tan claras como las del primero.
Dulces sueños aparecía incompleto y deformado, algunas líneas hundidas y otras apenas enrojecidas, como si la marca hubiera intentado escribirse y se hubiera quedado sin fuerza o sin tiempo.
Tenía los labios negros de tierra. En la mano derecha arrastraba algo atado con un cable: una pieza curva de metal, quizá parte de una carcasa de dron, que golpeaba el suelo a cada paso.
Los agentes le ordenaron detenerse, pero el hombre no reaccionó.
La gente se apiñó junto a las fachadas. Christina avanzó hasta quedar con ángulo limpio.
Marek estaba detrás de la puerta de El Deshielo, con los ojos visibles a través del cristal.
Sam, inexplicablemente, había salido a la plaza y se mantenía junto al puesto de leche, pálido, contando sin mover los labios.
Evan apareció al otro lado, cerca de la calle de la funeraria, y tiró de una anciana para apartarla del paso.
—¡Alto! —gritó el agente armado.
El hombre se detuvo y, durante un segundo, todo el mundo quiso creer que había obedecido.
Christina no. Lo vio levantar la cabeza, no hacia el agente, sino hacia una de las farolas automáticas de la plaza.
La luz de la farola parpadeó una vez. Dos.
Tres. Adrián susurró algo que ella no entendió.
El hombre abrió la boca y de ella cayó un hilo de barro líquido sobre su pecho marcado.
—¡No disparéis aún! —dijo Christina.
El agente armado la miró, furioso y asustado.
—¡Apártese, Bequer!
—¡No disparéis aún!
El hombre empezó a hablar.
Al principio no salieron palabras, solo aire y un sonido de garganta raspada, como si hubiera tragado piedras. Luego formó una frase con una voz gutural que no parecía suya.
—La puerta no abre hacia fuera.
Adrián se quedó inmóvil y Christina sintió que la frase se paseaba por la plaza con un filo helado. No era una amenaza normal, sino una repetición. Una pieza de algo más grande. El hombre volvió a arrastrar el metal contra el suelo y dio otro paso.
—¿Quién eres? —preguntó Christina.
Sus ojos se movieron hacia ella. No estaban vacíos del mismo modo que los del primero. Había algo dentro, una persona aplastada contra el fondo, mirando desde muy lejos.
—No los contéis —dijo.
Sam soltó un sonido ahogado.
—¿Qué hay en las montañas? —preguntó Christina, sabiendo que la pregunta era demasiado pronta, grande e inútil.
El hombre sonrió con la boca sucia de tierra.
—Casas.
Nadie entendió. O quizá todos entendieron una parte equivocada de esas palabras.
Adrián dio un paso imprudente.
—¿La unidad doce? —dijo—. ¿Dónde está la unidad doce?
Christina lo miró con rabia.
El hombre oyó la frase y su cuerpo reaccionó antes que su cara. El brazo derecho se tensó alrededor del cable y levantó la pieza metálica con una fuerza súbita. La farola parpadeó de nuevo. El agente joven perdió el control y disparó.
El tiro impactó en el hombro del hombre, pero no lo derribó. Lo despertó.
Se lanzó hacia el agente con una velocidad torpe, explosiva, impropia de alguien en ese estado.
Christina disparó a la pierna para romper el avance, pero el hombre giró en el mismo instante y la bala le atravesó el muslo sin detenerlo.
La pieza de metal golpeó al agente en la cara con un crujido húmedo.
El muchacho cayó de espaldas, la pistola saltó sobre el empedrado y la plaza se abrió en gritos.
El segundo agente intentó usar la porra; el hombre lo agarró por el cuello, lo empujó contra una farola y empezó a apretar.