Ladrones de sueños 5 El hombre de las montañas
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5 El hombre de las montañas

El sobre con la inicial H permaneció cerrado durante casi tres horas, no por prudencia, sino porque Christina había aprendido que algunas pruebas no se abren en cuanto se encuentran, igual que algunos cadáveres no se giran antes de mirar el entorno.

Lo llevó dentro del abrigo mientras abandonaba la explanada de la Ruptura, mientras cruzaba la avenida de los Fundadores bajo los últimos restos de la ceremonia, mientras dejaba atrás a los niños que volvían a la escuela en filas demasiado rectas y a los funcionarios que recogían mapas falsamente completos, y también mientras regresaba a su oficina sin permitir que la urgencia le dictara los pasos.

En Ðawn’s Falł, la prisa era una forma de confesión.

Quien corría atraía miradas. Quien miraba atrás confirmaba culpa.

Quien se apartaba demasiado de la ruta esperada, empezaba a existir en los registros de otros.

Por eso Christina caminó como si solo estuviera cansada del frío, como si el aniversario no hubiera dejado grietas visibles en la memoria del valle, como si una anciana no hubiera hablado de una hermana borrada, como si Marek no acabara de contarle que alguien de Dulces sueños había entrado de madrugada en El Deshielo para arrancar tablas manchadas por el cadáver de un hombre que oficialmente no importaba a nadie.

Las casas del barrio bajo la recibieron con su olor habitual a carbón húmedo, sopa de nabo, cuero mojado y ropa secándose cerca de estufas viejas.

En las ventanas, rostros breves desaparecían como fantasmas al reconocerla.

No la temían exactamente. La necesitaban demasiado a veces como para temerla con limpieza.

Pero aquella mañana, Christina llevaba encima algo que los vecinos detectaban sin saber nombrarlo: una atención distinta, la clase de atención que precede a las preguntas peligrosas.

Su oficina ocupaba la planta baja de una antigua tienda de herramientas, en una calle estrecha donde el agua se acumulaba junto a las aceras y las paredes parecían sudar incluso en verano. En la puerta, sobre un cristal rayado, se leía:

BEQUER

INVESTIGACIONES

La palabra privada había sido raspada años atrás por un inspector municipal que alegó que en el valle ninguna actividad de interés público podía anunciarse como privada sin autorización.

Christina no volvió a pintarla. La ausencia decía más.

Dentro había una mesa de madera oscura, dos sillas desparejadas, una pequeña estufa, un archivador metálico, un lavabo con manchas de óxido, un mapa oficial del valle lleno de marcas propias y una cortina gruesa que separaba el despacho de una habitación trasera donde guardaba expedientes cerrados, munición, botellas de licor que no bebía y un catre para las noches en que prefería no subir a su apartamento.

Antes de quitarse el abrigo, revisó la ventana, el cierre de la puerta, la línea del teléfono y la pequeña tira de papel que dejaba cada noche en el borde inferior del archivador para saber si alguien lo había abierto.

Seguía en su sitio. Eso solo significaba que nadie torpe había entrado.

Encendió la estufa, colocó sobre la mesa la placa del acoplador, la astilla chamuscada de Mina, el fragmento de espejo que Sam le había entregado y, por último, el sobre de Harrow.

Lo miró todo durante unos segundos. El papel era antiguo, de fibra gruesa, amarillento por los bordes, con una humedad ya seca que había curvado una esquina.

La inicial H no estaba escrita con la misma tinta que el resto del sobre, porque no había resto.

Solo esa letra. Una letra sencilla, inclinada, hecha por una mano que no buscaba elegancia, sino duración.

Christina abrió el cajón, sacó una cuchilla fina y levantó la solapa sin rasgar.

Dentro había una pequeña fotografía, una tira de papel vegetal doblada y un recorte de mapa.

La fotografía mostraba la entrada de la carretera oriental antes de la Ruptura, o eso parecía a primera vista: un camino estrecho entre muros de piedra, pinos altos, nieve sucia en los márgenes y cuatro personas de pie junto a una señal de madera.

Dos hombres, una mujer y una niña. La imagen estaba desenfocada por movimiento, quizá tomada con prisa.

Al fondo, detrás de los árboles, se distinguía una estructura metálica elevada que no encajaba con la versión escolar del antiguo paso: una torre de soporte, o una antena, o una pasarela.

En el reverso, escrito con la misma letra de la H, aparecía una fecha:

3 de noviembre de 1941

Debajo, una frase:

“ Todavía entraban por el norte ”

Christina dejó la foto sobre la mesa.

El recorte de mapa era más inquietante, porque confirmaba lo que el mapa ceremonial había eliminado.

Mostraba el valle en una escala antigua, con líneas de nivel dibujadas a mano y tres accesos marcados: la carretera oriental, el sendero de los pastos altos y un paso estrecho junto al barranco del molino.

No eran simples trochas de cabras. Tenían nombres.

Lengua Mayor, Lengua Alta y Lengua Negra. A un lado, alguien había escrito:

“ Cerrar solo la Mayor no bastó ”

El papel vegetal contenía una cuadrícula superpuesta con marcas circulares distribuidas sobre el pueblo. Veinte marcas. Christina no necesitaba entender de drones para reconocer la coincidencia. No había fechas junto a ellas, pero sí una anotación en el margen:

“ Patrón del sueño común: cubrir techos antes de cubrir calles ”

La frase olía a sistema, a ensayo, a algo construido antes de convertirse en normalidad. H no explicaba; dejaba piezas. Eso lo hacía más creíble y más desesperante.

Christina estaba comparando el mapa oficial de la pared con el recorte antiguo cuando llamaron a la puerta. Dos golpes. Pausa. Un tercero más suave.

—Está abierto —dijo ella sin levantar la voz.

Adrián entró con el cuello del abrigo subido, el maletín de herramientas en una mano y una carpeta bajo el brazo. Miró primero la ventana, luego la estufa y después la mesa. Su vista se detuvo en el recorte de mapa durante un instante demasiado largo.

—No deberías tener eso.

—Vas a tener que renovar tu repertorio de reproches.

Él cerró la puerta a su espalda.

—Lo digo porque es verdad.

—La verdad también se repite demasiado cuando no viene acompañada de nada útil.

Adrián dejó el maletín junto a la silla, pero no se sentó.

Tenía la cara de alguien que no había dormido y que no podía permitirse admitirlo en un lugar donde el descanso era expediente.

Bajo el ojo izquierdo se le marcaba una sombra violácea y la quemadura de la mano derecha estaba cubierta con una venda estrecha.

—¿De dónde lo has sacado?

—Del monumento.

—Eso es imposible.

—Entonces he encontrado algo imposible doblado en un sobre.

Adrián se pasó la lengua por el labio inferior, nervioso.

Christina no lo presionó. Sabía que algunos silencios trabajan mejor si no se interrumpen.

Finalmente, él se sentó, abrió la carpeta y sacó tres hojas impresas con códigos de ruta, esquemas de iluminación y registros de sincronía nocturna, pero no los puso aún al alcance de ella.

—Anoche no hubo un fallo de iluminación.

—Eso ya lo intuía.

—No. Instituías que la explicación era mala.

No que fuera al revés. La red de luz hizo exactamente lo que tenía que hacer.

Encendió los sectores correspondientes a veinte rutas.

Los pulsos salieron completos. Los repetidores contestaron.

Las cápsulas emitieron dentro de sus parámetros. El vacío no estaba en tierra.

—Estaba en el cielo.

—En una ruta concreta. La del tramo oriental bajo, la que cubre parte de la Carretera Sepultada y los almacenes de sal. El dron asociado dejó de responder durante once minutos y cuarenta segundos. Luego regresó a la red con señal degradada.

—¿Regresó?

—Eso dicen los datos.

—Yo vi algo volando bajo en el sector norte.

Adrián cerró los ojos con cansancio.

—Entonces no regresó a la estación, sino a la red, de cualquier manera.

—¿Qué significa eso?

—Que siguió emitiendo, pero fuera de ruta. Como una lámpara arrancada de su poste que aún recibe corriente.

Christina empujó hacia él la placa metálica.

—¿Esto corresponde a ese dron?

Adrián la examinó sin tocarla. Sacó un pañuelo, le dio la vuelta y buscó una marca casi invisible en el borde.

—Sí.

—¿Número?

—No usamos números en mantenimiento.

—Sam sí.

—Sam no firma informes.

—¿Cómo lo llamáis?

Adrián dudó.

—Unidad de barrido oriental doce.

—El duodécimo.

—Si quieres.

—Quiero precisión.

—La precisión es que la unidad oriental doce perdió su acoplador, salió de ruta, emitió una señal fantasma durante once minutos y después desapareció de la interfaz pública, pero no del todo de la red antigua.

—¿Red antigua?

Él miró el recorte de mapa.

—Hay capas del sistema que no aparecen en los paneles actuales.

—¿Como caminos en los mapas?

—Exacto.

La palabra los dejó en silencio. Afuera pasaron dos mujeres hablando de harina, un carro chirrió sobre el empedrado y una pequeña campana anunció el cambio de turno en el dispensario.

La vida del valle seguía produciendo sonidos domésticos alrededor de una mesa, donde todo empezaba a perder su forma normal.

—¿Dulces sueños tiene acceso a esa red?

Adrián levantó la vista.

—¿Por qué preguntas eso?

—Porque entraron en la cafetería de madrugada a arrancar tablas del suelo.

—¿Quién te lo dijo?

—Marek.

—Marek debería cerrar la boca.

—Marek vio un broche.

Adrián se levantó y caminó hasta la ventana. No apartó la cortina; miró el reflejo del cuarto en el cristal.

—Dulces sueños no es solo una empresa.

—Eso también lo imaginaba.

—No en el sentido conspirativo que estás pensando.

—No sabes qué estoy pensando.

—Piensas que son una pantalla del Consejo, una forma de comerciar con lo que el sistema prohíbe, una contradicción demasiado rentable para ser inocente.

—Vas bien.