10 El dron desaparecido #2
Christina le hizo una señal para que se apartara y abrió la puerta con el pie.
El pasaje del otro lado era estrecho, de ladrillo húmedo, con tuberías a media altura y cables nuevos siguiendo el techo.
No llevaba a una montaña abierta, al menos no de forma inmediata, sino al subsuelo del valle, a esa red de conducciones, desagües, cámaras de sal, sótanos comunicados y tramos ciegos que cualquier pueblo antiguo acumula bajo su vida cotidiana.
En los mapas oficiales, Ðawn’s Falł era una superficie: calles, plaza, escuela, cementerio, carretera sepultada.
Bajo esa superficie, como bajo la piel de los tatuajes, había otra escritura.
—Aún no seguimos por ahí.
Livia soltó el aire que estaba conteniendo.
—Gracias.
—No es por usted. Es porque primero necesito apagar esto.
Adrián ya estaba junto al aro de la unidad doce, examinando conexiones sin tocar el núcleo.
—No se apaga como una lámpara.
—Entonces como lo que sea.
—Si corto la alimentación de golpe, puede liberar el patrón incompleto a la red. Y no sé qué consecuencias tendría eso.
—¿Y si no la cortamos?
El aro volvió a emitir un pulso, y esta vez las luces ámbar recorrieron casi todo el círculo. En el panel apareció una cifra: 19/20. Christina no necesitó preguntar. Adrián se quedó mirando el número con una mezcla de horror y fascinación.
—Está usando la ausencia de la unidad doce para simular que sigue habiendo veinte barridos.
—¿Por eso los drones pasan antes?
—Quizá. Si la red detecta un hueco, intenta compensar. Adelanta rutas, superpone señales y refuerza luz. Pero esta antena está devolviendo una respuesta falsa. Le dice al sistema: aquí está el doce. Y al mismo tiempo busca el hueco que el doce dejó. Se trata de una contradicción activa.
Christina se obligó a traducirlo a hechos.
—El valle cree que está protegido y a la vez la protección está señalando una entrada.
—Sí.
Livia se cubrió la boca con ambas manos.
—¡Dios!
Christina la miró.
—En este sótano no parece tener mucha plantilla.
Adrián abrió el maletín, sacó una sonda y la acercó a un puerto lateral. Christina no lo detuvo, porque el tiempo de las sospechas sin utilidad había terminado.
—¿Puedes saber quién lo activó?
—Puedo intentarlo.
Conectó la sonda y la pantalla de su equipo mostró caracteres rotos, registros de acceso y marcas horarias. Christina vio varios nombres bloqueados, iniciales, códigos y algo que sí entendió: L.N. repetido, tal como en la cabina cuatro. Livia se acercó al borde del llanto en ese momento.
—¡No fui yo!
—Lo sé —dijo Adrián.
Christina lo miró.
—¿Ahora lo sabe?
—Su tarjeta fue clonada. Mire. Las entradas tienen milisegundos idénticos en puertas distintas. Una persona no puede abrir cabina, sótano y panel de carga a la misma vez. Es una firma duplicada.
—¿Quién puede clonar tarjetas?
Livia respondió sin apenas voz:
—Dirección. Seguridad interna. Supervisión. Técnicos con acceso a lectores maestros.
Christina pensó en Mallas, en su fatigada sonrisa, en sus advertencias y en su manera de permitir que otros obedecieran sin saber qué obedecían.
Podía ser él o alguien por encima. Tal vez alguien que usaba su autoridad como otros usaban el nombre de Dulces sueños : una estructura conocida para abrir sin resistencia.
Adrián siguió navegando los datos.
—Hay otro acceso.
—Nombre.
—No es un nombre. Es un código de operador antiguo. H-VENN .
Livia cerró los ojos.
—Patrón Harrow.
—No patrón —dijo Adrián—. Operador.
Christina se acercó.
—¿Harrow Venn tenía acceso al sistema?
—¡Imposible! —dijo Livia—. ¡Esto se montó décadas después!
—La palabra imposible está envejeciendo mal.
Adrián señaló la pantalla.
—No digo que Harrow haya entrado. Digo que alguien usa su código matriz como credencial. El sistema lo acepta porque las capas antiguas fueron construidas alrededor de ese patrón.
—¿Una llave muerta?
—O una que nunca retiraron.
En ese momento, desde el pasaje de conducción norte llegó una voz infantil.
—¿Puedo abrir ya?
Livia dio un paso atrás tan brusco que chocó contra la mesa.
Adrián desconectó la sonda sin querer y el aro emitió una descarga sutil.
Christina mantuvo el arma apuntada hacia el pasaje.
No respondió. La voz había sonado cercana, detrás de la puerta entornada, pero también deformada por ladrillos y agua.
Una niña, o algo imitando a una niña, con una paciencia extraña al hablar.
—¿Puedo abrir ya? —repitió.
Christina pensó en Mina, en el lago negro, en las piedrecitas toc, toc, toc. Pero no era su voz. O no exactamente. En un pueblo lleno de niñas asustadas, el miedo sabía usar tonos parecidos.
Livia susurró:
—No conteste.
Christina no pensaba hacerlo. Se acercó a la puerta y la cerró despacio con el pie. La voz no protestó. Al contrario, rio muy bajo, como si ese cierre fuera una mera cortesía.
—Mala educación —dijo desde el otro lado.
Adrián estaba inmóvil.
—Eso no puede pasar por un conducto sellado.
—Deja de buscar frases nuevas para imposible.
El aro de la unidad doce volvió a parpadear y en la pantalla aparecieron otras líneas:
HUECO COMPATIBLE LOCALIZADO
PREPARANDO RETORNO
—¡Apágalo! —dijo Christina.
—¡Necesito más tiempo!
—¡No lo tenemos!
—¡Si corto mal...!
—¡Adrián!
Él levantó la vista. Christina no gritó. No hizo falta. Pero la tensión en sus palabras era evidente.
—Dime qué necesitas.
Adrián respiró despacio, volvió al equipo y empezó a desconectar cables secundarios.
—Tengo que aislar la antena de la red de cápsulas antes de cortar la alimentación. Si no, el patrón puede rebotar hacia todos los lectores activos del sector inferior.
—¿Y eso qué haría?
—No lo sé. Pesadillas, microdespertares, imágenes, convulsiones, o quizá nada. No quiero descubrirlo.
—¡Livia, ayúdale!
La mujer se acercó, aún temblando, pero sus manos encontraron competencia en cuanto tocaron los conectores.
Christina reconoció ese cambio: el miedo humano se ordena cuando una tarea concreta le ofrece materia.
Livia apagó un módulo de cartuchos, retiró dos placas de experiencia y empezó a separar cables identificados por colores.
Adrián la corrigió una vez; ella lo insultó en voz baja y siguió trabajando mejor.
Christina cubrió el pasaje esgrimiendo el arma y escuchó.
La voz infantil no volvió a oírse. Pero eso era peor.
Las presencias que insisten parecen humanas; las que saben esperar, no.
Arriba, los drones continuaban pasando con su zumbido casi apagado por la estructura.
Aunque el sótano amortiguaba el sonido, cada zumbido producía una vibración mínima en los cables del techo.
Christina intentó no contarlos. Uno puede no decir un número y aun así sentirlo crecer dentro de sí.
La advertencia no era superstición: contar fijaba el hueco.
Atención como ancla. Sam llevaba toda la vida haciendo precisamente eso.
El pensamiento la golpeó con una fuerza inesperada.
Sam, el hombre que detectaba ausencias, el que miraba el cielo, el que nombraba rutas populares y escuchaba diferencias de motor, podía haber estado ayudando sin saberlo a aquello que buscaba ser contado.
O quizá, al contar, mantenía al valle consciente del hueco antes de que otros lo hicieran.
Otra vez la ambigüedad. Otra vez ninguna teoría concisa.
—Casi está —dijo Adrián.
La pantalla mostró 19/20 , después 20/20 , luego 19/20 otra vez. Un parpadeo imposible, como si la red dudara entre aceptar la mentira y reconocer la pérdida.
—¡No me gusta eso! —dijo Livia.
—¡A nadie! —respondió Adrián.
Del pasaje llegó un golpe, pero no en la puerta, sino más lejos. Luego otro. Metal contra piedra. Después arrastre. Algo avanzaba por la conducción norte, no deprisa, pero sin perder su dirección.
—¡Adrián! —dijo Christina.
—¡Treinta segundos!
—¡Tienes quince!
—¡No funciona así!
—¡Ahora sí!
Livia desconectó un cable grueso y el aro soltó una chispa azul y una parte de las luces se apagó. La pantalla cambió a otras palabras:
RED DE CÁPSULAS AISLADA
BARRIDO LOCAL ACTIVO
Adrián soltó una respiración.
—¡Ahora!
—¿Ahora qué?
—¡Dispara a esa caja!
Señaló el módulo central de alimentación, una caja blindada bajo el aro, conectada a una batería de cabina y a un viejo transformador de pared.
Christina no preguntó dos veces. Apuntó, esperó a que Livia y Adrián se apartaran y accionó el martillo percutor del arma.
El primer tiro abolló la carcasa. El segundo rompió un conector.
El tercero hizo estallar el panel lateral con un fogonazo y olor a metal quemado.
El aro de la unidad doce vibró, emitió un zumbido agudo y finalmente se apagó de golpe.
La oscuridad cayó de inmediato a su alrededor.
No solo se apagó la estructura. También las luces del sótano, las tiras del pasillo de servicio y, por un instante, quizá todo el edificio.
Christina encendió la linterna, pero el haz tembló en el aire como si la humedad lo doblara.
Livia respiraba con dificultad y Adrián tosía por el humo.
Desde el pasaje de conducción norte, al otro lado de la puerta, los golpes cesaron.
El silencio duró cinco segundos.
Después algo llamó a la puerta desde dentro del conducto.
Tres golpes suaves.
Toc. Toc. Toc.
Christina no respondió. Movió la linterna hacia Adrián.
—¿Aislado?
Él revisó la pantalla de su equipo, alimentada por batería propia.
—Sí. Creo que sí. La red de cápsulas no recibió el corte completo.
—¿Crees?
—Es lo mejor que tengo.
Livia iluminó el aro apagado. Sin luces, parecía menos una antena y más el cadáver de una máquina.
La etiqueta OR-12 quedaba visible en el lado.
Christina se acercó y arrancó la placa con el número usando la punta de una herramienta de Adrián y la guardó en el bolsillo.
Prueba física. Aunque, en Ðawn’s Falł, las pruebas físicas tenían la mala costumbre de desaparecer de manos ajenas y convertirse en solo rumores.
—¡Nos vamos!
—¡Hay que destruir el resto! —dijo Adrián.
—¡Aquí no! ¡Ni ahora!